lunes, 19 de julio de 2010

¿A qué piso va?

Las ocho y veinticinco ¡justo a tiempo! Pulso el botón del ascensor y miro como siempre hacia arriba, sobre el quicio de la puerta veo pasar los números, 5, 4, 3, 2, 1 y por fin 0, recuerdo películas americanas en blanco y negro de ascensores en los que el piso lo marcaba una flecha, tenía su gracia, ojala siguieran el ejemplo y lo pusieran aquí, pero claro, eso era el Empire State, aquí en este edificio no me imagino a King Kong encaramado, llevando en la mano a la rubia de recursos humanos mientras nuestras fuerzas aéreas intentan abatirle con la ayuda de Jorge de compras que sé que bebe los vientos por ella.

Entro en el elevador y pulso mi piso y me siento transportado otra vez en blanco y negro a un lugar de África donde un elefante tira de una soga ante el grito de Tarzán: -Ankawa y soy elevado en una plataforma de bambú a la copa del árbol donde me espera Jane con un plato de fruta y Chita revoltosa me arrebata un plátano recién pelado.

De vuelta a la realidad, siento un sobresalto, cuando el ascensor emite un ruido extraño, como de fricción, no quiero recordar aquí la escena del coloso en llamas cuando el padre de Bonanza salva a su secretaria de la catástrofe, intento tocar madera pero no lo consigo, aquí todo es metálico.

En mi búsqueda de madera me doy cuenta que me miran, ¿habrase visto que insolencia? No podrá hacer como todo el mundo cuando entra en un recinto cerrado, es decir, mirar hacia las paredes buscando un ángulo muerto, hay unas normas de convivencia que hay que mantener, no se puede violentar a las personas de esta manera, hay una norma no escrita por la cual en los ascensores está muy mal visto mirar fijamente a otra persona, mis ojos siguen buscando las paredes, pero la curiosidad me lleva una y otra vez a mirarla, al tropezar nuestros ojos, los míos se desvían automáticamente hacia el techo, por instantes noto que me ruborizo, afortunadamente llegamos a su piso, donde educadamente me pide permiso para salir, la tierna voz con la que me lo pide, hace que perdone inmediatamente su descaro anterior.

Un ligero olor me pone en guardia, ¡Dios, no! Espero que no ocurra como en mentiroso compulsivo, cuando en un ascensor atestado, Jim Carrey pone cara de satisfacción y confiesa: ¡he sido yo!, afortunadamente es una falsa alarma, al vecino le abandonó el desodorante, es lo que tiene la proximidad, cuando se traspasa la distancia de seguridad te puedes encontrar con hechos como este.

Llega por fin mi piso y me bajo pensando en Star Trek y lo que se pierden con la tele transportación, las sensaciones que uno percibe en los breves segundos que dura un viaje en ascensor no tienen precio.

jueves, 15 de julio de 2010

De cine

Ella se acercó a mí, sin importarle que estuviéramos dentro de un autobús se subió en mis rodillas y abrazándome, me besó, sentí como nunca sus labios cálidos, apenas los separó, le dije:
-Tú sabes que esto es una locura.
-Más que una locura, esto es un sueño.
Densos nubarrones acechaban, a pesar de todo hacía mucho calor, apenas crucé la calle, gruesos goterones comenzaron a caer, me estaba empezando a mojar, pero no me importaba, quería poner en orden mis ideas, los ojos me picaban y tenía una leve opresión en el pecho.
¿Por qué con ella? Me venía a la cabeza una y otra vez esta pregunta, era lo más puro que quedaba, mis pensamientos hacia ella eran impolutos hasta este día, no sabía como iba a reaccionar en cuanto la viera, ya no sería lo mismo, su relación con ella quedaba marcada para siempre.
Era de esperar, tarde o temprano ocurriría, todos los días laborables viéndose ocho horas, apenas separados por un metro de espacio entre ellos, continuas confidencias compartidas y múltiples guiños de complicidad hacían que su compenetración en el trabajo fuera total.
Me conquistó cuando un compañero de trabajo, el típico guasón, me quiso embromar, ella saltó como una fiera, como un cisne en defensa de sus polluelos, para desbaratar la broma, saliendo en mi defensa y dejando cortado a mi eventual oponente ante su vehemente defensa, nunca la había visto así, con el ceño fruncido y los labios apretados en una dura mueca, ella era Meryl Streep y yo Robert Redford en memorias de África, cuando el se acera con un pañuelo a enjugar la sangre de su labio partido y después la besa suavemente.
-Despierta bobo ¿porqué me miras así?
-Disculpa chica, estaba pensando.
-En que estarías pensando…


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-Mira esta es Elsa, Elsa este es Juan tu nuevo compañero.
Que tontería alumbrar la oficina, pensé, con su sonrisa lo ilumina todo, me dedicó una sonrisa amplia, sincera, afable, cálida, nunca nadie me había hecho un regalo igual, era un incentivo imprevisto de mi nuevo trabajo, algo de que disfrutar todos los días laborables, a primera hora según llegaba a la oficina, mi corazón buscaba su rostro para obtener mi recompensa diaria, ella nunca me defraudaba, indefectiblemente día tras día me premiaba con su sonrisa, era mi vitamina, a partir de entonces podía afanarme en mi trabajo con toda la ilusión del mundo, lo que devengaba en la confianza y buena opinión de mis superiores, lo que obviamente también se lo debía a ella.
Todo terminó aquel infausto día, era viernes, todo un fin de semana por delante, me había armado de valor, había masticado varios chicles para tapar el aliento del sol y sombra que me había tomado, por si me faltaba el valor del que presuntamente me había armado, por fin le iba a hablar de lo nuestro, es decir de lo que sería nuestro, es decir de… bueno espero que las palabras fueran fluyendo cuando me lanzase, estaba seguro que todo iba a salir bien.
La euforia se iba apoderando de mí, me sentía como nunca, la felicidad por fin me iba a llegar, mi vida iba a dar un vuelco, mi mediocridad se acabaría estando a su lado por siempre jamás, todos estos pensamientos se agolpaban en mi mente en la puerta del edificio donde con un subterfugio, le dije que me iba antes, me hallaba esperándola, en cuanto saliera la abrazaría y mi corazón hablaría por mí.
La puerta del ascensor se abrió y el mundo cambió de color, un color más claro, más humano, más colorido, de allí salía ella con su sonrisa, de pronto sus ojos se iluminaron, me había visto, nunca vi sus ojos brillar así, abrió la boca y oí música celestial.
-Amor mío
Ella acompañó tan bellas palabras con el gesto de abrir los brazos según caminaba hacia mí, mi rostro también se iluminó, el corazón me dio un vuelco y las piernas me empezaron a temblar, ni en mis mejores sueños pensé que todo iba a salir así.
Ella pasó a mi lado y abrazó a un espigado personaje vestido de ejecutivo con el pelo engominado, imaginé más que observé sus labios jugosos unirse con los de aquél tipo y tuve la ilusión que fueran los míos, pero todo se apagó frente a mí de repente, los plomos de toda la ciudad se fundieron y todo quedó en oscuridad, la calle se volvió de un pesado color gris sin atisbo de otro color, hasta el cielo que apenas unos minutos se hallaba despejado y brillando el sol, se tornó plomizo, obscuro y triste.
Pasaron junto a mí como si yo no existiera y así debía de ser, pues ni yo mismo ya creía en mi existencia, me sentía vacío, inmaterial, como Claude Rains despojado de sus vendas en el hombre invisible

¿Iba a ponerme a llorar? Bueno, en ese momento salía Laura del departamento de contabilidad, nunca me había fijado en ella, con ese brillo en el pelo tan especial, cada vez que movía el cabello y la forma que le caía por la cara me recordaba a Verónica Lake en me casé con una bruja, era especial para mí, me sentí transportado al séptimo cielo al verla, ¿Cómo no me había fijado antes en ella?



martes, 13 de julio de 2010

En blanco

Abro los ojos y todo es blanco, estoy en un lugar desconocido por mí, tumbado en una cama, con cables a mi alrededor que conectan mi cuerpo con máquinas que emiten luces y sonidos acompasados con un ritmo peculiar, repetitivo, monocorde, como una aburrida sinfonía emitida por un solo instrumento. Intento incorporarme pero estoy sujeto a la cama por dos correas que me aprisionan los brazos a unas barras metálicas a los lados, por lo que mi única visión se reduce a un techo blanco y girando la cabeza, a un lado las máquinas a las que estoy conectado, junto a una percha donde cuelga una blanca botella de plástico de la que sale un fino tubo que va a parar a mi antebrazo y al otro, un sillón forrado en escay verde, una mesa plegable y una taquilla que conoció mejores días pintada por enésima vez de gris metálico.

Pasa así el tiempo, me encuentro relajado, un poco inquieto por mi situación, pero no mucho, será seguramente porque me estarán suministrando algún lenitivo a través del suero, intento recordar el porqué de mi estancia en este lugar, pero no lo consigo, no recuerdo haber sufrido accidente alguno ni me noto lesión ni herida en mi cuerpo, muevo perfectamente brazos y piernas lo que permiten las correas que me aprisionan.

Por fin entra una persona que viste un pijama verde, enfundado en una bata blanca, sin prestarme atención ni dirigirme la palabra, se dirige resuelto hacia los aparatos, lleva en la mano una tabla metálica donde lleva varios folios sujetos por una pinza y se dispone a anotar varias cifras con los datos que le van suministrando las máquinas que inmisericordes no dejan de pitar, hasta que no se da la vuelta, no trato de hablarle, lo que por fin consigo.

-Oiga, ¿dónde estoy?

Silencio es todo lo que recibo, no se para a mirarme y sale de la habitación sordo a mis preguntas.

-No se vaya, responda ¿dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?

Nunca hubiera esperado este trato, si estoy en un hospital, lo menos que merezco es que respondan a las preguntas tan básicas como las que le he formulado, empiezo a desesperarme, mi inquietud aumenta por momentos, los mismos que marcan que el suero de la botella se ha agotado, me noto vibrante, más nervioso que antes, quiero respuestas y las quiero ya.

Vuelve a pasar el tiempo con su pesada monotonía, donde sólo escucho el ruido acompasado de mi corazón latir regularmente, ¿estaré tonto? no es mi corazón, son los aparatos que siguen con su tabarra infernal, ya me cansa su sonido ojala tuviera libres las manos para poder taparme los oídos.

Enfrascado en mis penas, no aprecié como la puerta de la habitación era abierta de nuevo, por lo que al aparecer una persona frente a mí me hizo dar un respingo en la cama, con el corazón desbocado, conseguí preguntar.

-¿Quien es usted? ¿Qué hago aquí?

Increíblemente conseguí que por fin me hablaran.

-Tranquilícese, todo está controlado, lo peor ha pasado ya.

-¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy sujeto a la cama?

Obviando la primera pregunta me respondió:

-Es para que no se haga daño, no se preocupe, enseguida le quitaremos estos cables que ya son accesorios.

-Pero hombre, por Dios, respóndame ¿Qué me ha pasado?

-¿No lo recuerda?

-¿Recordar el qué? ¿Qué me ha pasado? Se lo ruego déme una respuesta clara.

-Es curioso que no recuerde nada -Dijo más bien hablándose a si mismo. –Muy curioso.

Dándose media vuelta, salió de la habitación, dejándome en un gran estado de agitación, no fui capaz de repetirle más veces mis preguntas, rápidamente me había dado cuenta que no tenía ningún interés en contestarlas, según salía entró un enfermero que sin dirigirme la palabra me quitó los cables y ¡por fin! Apagó las máquinas, me retiró el tubo del suero de la vía, con el mismo mutismo con el que entró, salió dejándome de nuevo sólo y desanimado.

Esto no me estaba pasando, no me puede suceder a mí, a… ¿Cómo me llamo yo? Ahora que lo pienso no recuerdo nada, no se como me llamo, intento pensar algo de mí y no lo consigo, no tengo recuerdo alguno de mi vida, no es que no sepa que sucedió ayer, es que no se nada de lo que me pasó el último mes, ni el año pasado, ni todos los años que he vivido, que tampoco recuerdo cuantos son.

Vacío, así me siento ahora, siento un vacío interior terrible, lo acabo de perder todo, mi identidad, mi pasado, mi edad, mi familia, mi relación con la humanidad, siquiera se en que ciudad o en que país me encuentro o me he podido encontrar antaño, ahora si que soy un ciudadano del mundo me da por pensar con ironía, aunque no se de donde la saco, pero se que en otras circunstancias habría tenido gracia.

Vuelve a aparecer el mismo enfermero que sigue sin decirme nada y me suministra por la vía una inyección, no tengo tiempo ni a hacerle una pregunta, pues los ojos se me empiezan a nublar y caigo en la oscuridad.

No se cuanto tiempo ha pasado, maldito si tengo la manera de medirlo, de nuevo abro los ojos, no ha cambiado nada, ¿nada? Algo ha cambiado, mis manos y mis pies se encontraban libres, las ataduras habían desaparecido, ¡por fin libre!

Rápidamente me levanté de la cama dispuesto a huir de allí, me paré en seco al ver que me encontraba vestido únicamente con un sucinto camisón, abrochado por la parte de atrás con un cordón que sólo conseguía evitar que se cayera el camisón, no que tapara por detrás mi anatomía.

Esperanzado, me dirigí a la taquilla, pero la expresión de mi cara mutó cuando vi que sólo se encontraba dentro una manta de color marrón claro, esto no me desanimó por completo dispuesto a salir de allí como fuera, aunque escapase medio desnudo, giré el pomo de la puerta y mi expresión se volvió a transformar de alegría la ver que conseguía abrir la puerta, me introduje en un largo pasillo con puertas a los lados cada cuatro metros más o menos, todas las puertas estaban numeradas como se supone deben estar en un hospital, imaginé, pues me di cuenta hace tiempo que de un hotel no se trataba, de reojo vi que la habitación en la que había estado recluido era la 431, avancé hasta el final del pasillo buscando una salida y al final encontré una puerta que conducía a las escaleras, bajé desbocado por ellas, todo lo que podía con mis pies descalzos, uno tras otro fui bajando pisos, pasado un rato, me paré atónito pues no encontraba el final de ellas, busqué en el rellano el número de piso y vi que ponía encima de la puerta cuarto piso, bueno, me dije, tampoco sabía desde que piso empecé el descenso, aunque por el número de habitación podría haber supuesto que empecé en la cuarta planta, pero al parecer había errado, continué bajando pisos uno tras otro hasta que volví a parar pensando que estaría en la planta baja, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando vi otra vez sobre la puerta el mismo número cuatro, abrí la puerta a observar el interior y vi el mismo frío e impersonal pasillo desprovisto de todo objeto que me pudiera dar una pista que me sacara de dudas si se trataba del mismo pasillo de donde había empezado la huída, deseché ese pensamiento sobre todo porque el pánico empezaba a apoderarse de mí, a riesgo de tropezar y bajar rodando, corrí desesperado escaleras abajo, un tramo tras otro, un piso tras otro, escalones, meseta, escalones, meseta, así hasta el infinito o más bien hasta que las fuerzas me abandonaron y me dejé caer desmayadamente en el rellano delante de la puerta de salida, ¿salida adonde?, no quería mirar, pero debía hacerlo, poco a poco fui levantando la vista por el quicio de la puerta hasta el ápice y para mi desgracia encontré el odioso cartelito que ponía un cuatro.

Es difícil explicar la situación en que me encontraba, lloré como nunca nadie ha llorado, grité como nadie gritó jamás y maldije a todo a todos y a mí mismo con la desesperación de alguien que busca respuestas y sólo encuentra preguntas.

Cuando recuperé medianamente las fuerzas, ante lo absurdo de seguir por las escaleras, volví al pasillo observando que las habitaciones estaban todas numeradas por dígitos de la cuarta centena, al azar intenté introducirme en una pero no pude, estaba cerrada, lo intenté en la aneja con el mismo resultado, así una tras otra, hasta que por fin se abrió una puerta, miré el número y era la 431, no podía ser, después de tanto esfuerzo, estaba de nuevo donde empezó todo, extenuado y sin fuerzas, lo único que me restaba hacer era tumbarme de nuevo en la cama.

Ni un solo pensamiento más me pasó por la mente, pues me quedé dormido inmediatamente.

Abro los ojos y todo es blanco, estoy en un lugar desconocido por mí, tumbado en una cama, con cables a mi alrededor que conectan mi cuerpo con máquinas que emiten luces y sonidos acompasados con un ritmo peculiar, repetitivo, monocorde, como una aburrida sinfonía emitida por un solo instrumento. Intento incorporarme pero estoy sujeto a la cama por dos correas que me aprisionan los brazos a unas barras metálicas a los lados, por lo que mi única visión se reduce a un techo blanco y girando la cabeza, a un lado las máquinas a las que estoy conectado, junto a una percha donde cuelga una blanca botella de plástico de la que sale un fino tubo que va a parar a mi antebrazo y al otro, un sillón forrado en escay verde, una mesa plegable y una taquilla que conoció mejores días pintada por enésima vez de gris metálico.

miércoles, 7 de julio de 2010

Locomotoro

El primer héroe que tuve, ese espejo donde quería verme reflejado, si alguien me preguntaba: ¿niño qué quieres ser de mayor? Indefectiblemente contestaba:

  -Yo de mayor quiero ser Locomotoro

Y es que era un tipo genial, era conductor de todo menos del codo, era capaz de cual torre de Pisa, inclinarse de pié hasta limites insospechados, en fin como el mismo decía era muy chimichurri.

Pocos niños coetáneos míos habíamos visto películas de Abott y Costelo, por lo que las aventuras de Locomotoro junto al Capitán Tan (tan capitán que parece un rataplán) sobre todo en su lucha contra los fantasmas, nos parecían increíblemente audaces, divertidas, originales y sobre todo hilarantes, a estos dos les acompañaban un maduro Tío Aquiles vestido de tirolés, ¡a su edad con pantalones cortos! Y una sabihonda y gafotas muchacha que se llamaba Valentina, igual que mi odiado primo, por lo que esta mujer pocas simpatías tenía de mi parte, al cabo del tiempo y exterminados todo monstruo y fantasma viviente, tuvieron que meter en plantilla a dos malos de relumbrón: los hermanos Malasombra, unos tipos geniales donde los haya, sino fuera por mi admiración hacia Locomotoro, me hubiera hecho fan suyo, dos vaqueros vestidos de negro de luengas patillas y gatillo fácil, sólo la determinación de mi héroe, conseguía evitar que se salieran con la suya.

Que tardes de merienda de pan y chocolate, (aún no se había inventado la nocilla) ante un televisor en blanco y negro con un canal y medio, que propugnaban unos valores ya perdidos de amistad y paz, aunque en las calles nuestros padres lucharan ante carencias de entonces como pan y libertad y nosotros ignorantes de lo que nos aguardaba fuera, veíamos con fruición los episodios de los Chiripitiflauticos.


Sortilegio

No podía concebir lo que estaba a punto de hacer, pero estaba desesperado, mi jefe me hacía la vida imposible, llevaba así casi dos años, estrechamente fiscalizado en todos mis actos cotidianos, la más leve inacción por mi parte llevaba aparejada un bronca descomunal, por no hablar de los inevitables fallos que todos cometemos “errare humanum est”, entonces se convertía en un ser alejado de toda humanidad, solía comentar con mis compañeros de trabajo, que había pasado un orco buscando hobbits.

Creo que ese juego de palabras tuvo la culpa de lo que sucedió, la comparación con un ser de leyenda, me hizo buscar también la solución a través de la magia, un anuncio en el diario gratuito que todos los días recogía en la boca del metro, me puso en contacto con ese mundo, “Almus, hechicero conocedor de la magia de Babilonia, hará realidad tus deseos con todo tipo de sortilegios y encantamientos (se aceptan tarjetas de crédito).

-¿Por qué no? Me dije, peor que ahora no iba a estar, ¿qué tenía que perder? Sólo algo de dinero, era consciente que mi situación cada día que pasaba era insostenible, mi temor era perder los nervios y hacer una barbaridad, siempre llegaba a casa en un estado nervioso lamentable, mil y una vueltas en la cama me tocaba dar antes de quedar dormido, incluso llegué a pedir ayuda psicológica a un especialista, pero lo único que me aconsejó fue dejar el trabajo, a lo que me negué o en su defecto practicar yoga, lo que me aliviaba poco y al final abandoné a las pocas semanas ante la inutilidad de mejora en mi caso.

Allí estaba yo citado a las nueve de la noche, en la puerta de la casa del hechicero, un viejo chalet en la colonia del Retiro que había conocido mejores tiempos, hacía años de la última vez que la verja y paredes recibieron una capa de pintura, por no hablar también de la ausencia de grasa en las bisagras, lo que provocaba un chirrido molesto y patético, muy “ad hoc” para darle un ambiente de misterio al entorno, la puerta estaba entornada, la empujé y me introduje en la sala de espera, ésta estaba adornada con varios aperos y zarandajas de la profesión, desde atrapasueños, tarros de porcelana con letreros en latín, cuadros con pentaculos, y varias figuras de barro simulando lares y amuletos.

No tuve que aguardar mucho tiempo, un personaje vestido con una negra túnica, me dijo que le acompañase, me fijé en su monda calva y pensé que bien podría haber realizado un sortilegio para recuperar el cabello perdido, mal empezaba dudando de los poderes del individuo aquel, le seguí a un salón iluminado con una decena de velas a medio consumir, tanto los tapices como las cortinas y el paño de la mesa eran negros, realmente lo único que destacaba era yo con mi blanca camisa, me sentí el centro de la habitación, como si todo girase en torno a mí.

Educadamente, Almus me preguntó el motivo de mi visita, por lo que la siguiente media hora estuve relatándole todas mis cuitas, el asentía de vez en cuando moviendo levemente la cabeza sujetándose la barbilla con los pulgares y teniendo entrelazados el resto de los dedos, al cabo terminé mi alocución y sin decirme nada, salió del salón regresando al poco tiempo con varios objetos que dispuso en la mesa.

  -¿Cuál es el nombre de su jefe?

  - Jose Luís, le respondí

En un papel amarillo escribió el nombre tres veces, al lado escribió 4 + 4=8, sacó un pequeño espejo de mano y lo puso hacia abajo con el papel encima y unas hierbas, sacó dos frascos, el primero con un cartel que ponía palmacriste, puso tres gotas en el papel, igual repitió con otro frasco que ponía ricino y con voz ronca me dijo que repitiera lo mismo que el:

  -Jefe malvado que me tienes la vida atormentada…

  -Ahora te maldigo para que te vayas…

  -Con mi poderosa maldición de la ¡Solvaya! ¡Solvaya! ¡Solvaya! ¡Solvaya!

Terminado el conjuro, partió en varios pedazos el papel y con la ayuda de una vela los quemó, formando una negra humareda provocada por las hierbas y el aceite vertido, no pude evitar el toser varias veces al inhalar el espeso humo; Almus, con los ojos cerrados comenzó entonces a salmodiar, murmurando quedamente, al poco tiempo abrió de golpe los ojos dicendo: -He terminado, son quinientos euros.

Le pagué, (era cierto que admitían tarjetas de crédito) y salí a la calle sintiéndome mejor, la verdad es que a pesar de cierto desasosiego ante el temor a que todo fuera una patraña, sentía un alivio en el pecho, como si respirase mejor, llegué a casa y dormí como hacía muchos años que no lo hacía, dormí de un tirón nueve horas sin que pesadilla alguna turbase mi sueño.

A la mañana siguiente bajé a la oficina tarareando una canción, ¡yo que incluso fui al trabajo llorando!, entré en la oficina y me encontré a todos mis compañeros ociosos, por lo que me sobresalté.

  -¿Estáis locos? Va avenir el ogro y nos va a comer.

  -¿No te has enterado de la noticia?

  -¿Qué noticia?

  -A Gárgamel le dio anoche un infarto.

De pronto noté como la tensión me bajaba súbitamente y un temblor en las piernas me hizo buscar asiento con urgencia, inconscientemente hice la pregunta maldita:

  -¿A que hora pasó?

  -Según su mujer, anoche sobre las nueve y media.

Según me contaron después, mi rostro pasó por todos los colores y ninguno parecía bueno, sólo después de que me hube tomado una copa de brandy, mi tez volvió a un color con aspecto sano.

No tuve valor para acudir al entierro, a pesar de todo mi escepticismo referente al conjuro, mi conciencia me hacía sentir culpable, todos sabíamos de la vida de excesos que llevaba, malvivía, malcomía y coqueteaba con ciertas drogas, por lo que el infarto que acabó con su vida era más que predecible a corto plazo.

Lo peor de todo, es que varios meses después me hallo a las puertas del chalet, esta vez para solicitar un sortilegio para encontrar otro trabajo.



Responso

Como todos los días, me he despertado y no recuerdo lo que he soñado, estoy espeso, sería alguna tontería, noto la garganta y los labios secos, que raro, por más que paso la lengua por ellos, siguen igual y la garganta no mejora, hay un viejo remedio que me enseñó mi madre que era pensar en limones recién cortados, pero tampoco surte efecto, bueno, me levantaré que ya es hora, seguro que no habré oído el despertador.

Caramba, esto no me lo esperaba, por más que lo intento no puedo incorporarme, será algún calambre, pero no, tampoco puedo mover los brazos, a ver si mantengo la calma, esto no me había pasado nunca, respiro hondamente, miro mi brazo derecho y le ordeno que se mueva…

Esto ya me preocupa, estoy como paralizado, no consigo mover ningún órgano de mi cuerpo, por más que lo intento no consigo ningún resultado, llevo ya un rato así y ya no se me ocurre nada, de pronto la noto a ella, me zarandea, me llama pero no la oigo, por sus gestos creo que me está chillando, pero mi parálisis me debe estar afectando al oído pues a pesar que ella mueve la boca y pone gestos de desesperación no consigo entender lo que me está diciendo, intento mover un brazo para agarrarla y sentir su contacto, para decirle que estoy bien, que pida ayuda, pero sigo sin conseguirlo.

Después de un tiempo aparecen unos sanitarios que me rodean y me insertan aparatos médicos que intentan explorar mi cuerpo, me intentan hablar pero tampoco les oigo, intento hablarles también, para que me digan que es lo que me está pasando, estoy preocupado, tengo una opresión en el pecho terrible, mi falta de comunicación con los demás me lleva a un estado de agobio, me siento prisionero dentro de mi propio cuerpo y de sus limitaciones.

El tiempo transcurre lentamente sin cambios, pasa mucha gente a mi lado, pero ya no les hago caso, de vez en cuando intento moverme, pero cada vez son menos los intentos, me siento muy cansado y abatido, ojalá pudiera llorar, pero hasta eso lo tengo vedado.

Así transcurre todo el resto del día y de la noche, sigue pasando gente, me preocupa ella cada vez más, no para de llorar, cada vez más abatida, pasa por delante de mi vista desconsolada, a veces se abraza a mí y son otras personas las que la tienen que incorporar del lecho donde estoy y la intentan consolar en vano, cada vez que pasa a mi lado sigo forzando mi mente, intentando asirla, para decirle que estoy bien, que esto es un mal sueño y que todo pasará pronto, pero no lo consigo, me desespero más y más ¿Dios, qué me está pasando?

Con el amanecer llega un sacerdote con el viático, ella llora desconsolada a su lado ¡estoy vivo! ¡no lo necesito! ¿es que no os dais cuenta? Me doy cuenta horrorizado de lo que viene a continuación, los deudos me introducen en un ataúd, intento zafarme de ellos desesperadamente pero no consigo moverme un ápice, ¡soltadme!, ¡dejadme de nuevo en la cama! Intento gritar otra vez, pero ni un solo sonido es capaz de emitir mi garganta.

Al cabo llegamos al camposanto y me introducen en una oscura fosa, en aquel momento me sentí encanecer de terror y desesperación, ¡no me dejéis aquí, por favor! Pero nadie oye ya mis suplicas llorosas

Ne recordéris peccáta mea, Dómine.Dum véneris iudicáre sæculum per ignem.. Dírige, Dómine, Deus meus, in conspéctu tuo viam meam.. Dum véneris iudicáre sæculum per ignem.Réquiem ætérnam dona ei, Dómine, et lux perpétua lúceat ei .Dum véneris iudicáre sæculum per ignem.

Kyrie, eléison, Christe, eléison. Kyrie, eléison.

Es increíble pero empiezo a oír, el sacerdote en el borde de la fosa canta con voz monótona el responso en latín, ¿me estaré recuperando? Pero la tapa del ataúd se cierra ya y siento las primeras paletadas de tierra caer sobre mi.

A porta ínferi.Erue, Dómine, ánimam eius.Requiescat in pace.Amen.Dómine, exáudi oratiónem meam.Et clámor meus ad te véniat. Dóminus vobíscum.Et cum spíritu túo.

Orémus: Absólve, quæsumus, Dómine, ánimam fámuli tui ab omni vínculo delictórum: ut, in resurrectiónis glória, ínter Sanctos et eléctos tuos resuscitata respíret. Per Chrístum Dóminum nostrum.Amen.

¡Os equivocais!,¡sacadme de aquí!, ¡estoy vivo! ¡estoy vivo!

Réquiem ætémam dona ei, Dómine. Et lux perpétua lúceat ei . Requiescat in pace. Amen. Anima eius et ánimæ ómnium fidélium defunctórum per misericórdiam Dei requiéscant in pace.

¡ESTOY VIVO!



Atracción

Nunca supe lo que era un canto de sirena, pero aquello debía ser algo parecido, su atracción era total, mi mente quedó embotada, un aroma dulzón guiaba mis sentidos en una única dirección, nada ni nadie se hubiera podido interponerse en mi camino, caminaba lánguido con los brazos caídos y los oídos sordos ante cualquier ruido o palabra, ella me llamaba con su mente, era mi faro, mi guía mi destino.

La conocí por pura casualidad, o eso creí entonces, me pareció entonces una persona rara por sus oscuros vestidos, pero esa misma rareza la hacía más atractiva, su piel blanca sin mácula alguna, me enervaba, imaginaba el resto de su piel perfecto, sin aristas, todo lleno de suaves ondulaciones capaz de llevarte al más alto grado de satisfacción, de dejarte en el lecho con los ojos fijos en el infinito, la mente y los fluidos vacíos y el cuerpo exánime, no sé porqué desde el primer momento era capaz de tener esta clase de sueños con ella, no era ningún pacato en mis relaciones con las mujeres, por lo que no me explico como perdí la cabeza de esa manera y me fui tras ella de una manera boba, tartamudeando incluso, llenando de rubor mis mejillas ante la falta de convicción de mis palabras para hacerme notar delante de ella, de atraerla hacia mí, pero la verdad no la supe hasta mucho después, no hacían falta mis requiebros, pues era ella la que había echado su red y me atrajo a ella inmisericorde, no hubiera tenido escapatoria.

Ya casi no recuerdo las tonterías que fui capaz de hacer aquella noche, bebí, aposté, juré, blasfemé, cualquier perjuicio a la ley de Dios o de los hombres fui capaz de hacer, ya no estaba en mis cabales, me humillé salvajemente arrastrándome a sus pies, sólo quería su atención, por una mirada suya habría matado, pero aun no estaba maduro para conseguirla, a lo largo de los días siguientes lo perdí todo, el dinero, la familia, los amigos, el trabajo, la paz interior, la razón, fui poco más que un pelele, un bufón, un triste payaso que no despertaba ya, algo de compasión ante los demás.

Hoy ha llegado el día sublime, lo noto, me llama y voy hacia ella, apenas me quedan fuerzas ya, la salud me abandonó hace tiempo pero por fin consigo llegar, la veo a lo lejos, en las sombras, en la niebla, en la oscura mansión, - Soy tu esclavo, -la digo,- Llévame donde tu vayas, quiero que seamos uno, la suplico.

Ella abre sus brazos, me llama, musita apenas una oración o una maldición ¿qué más da? me atrae, me abraza, me da calor, me muerde en el cuello y mi cuerpo queda atrás como una cáscara vacía mientras se apodera de lo único que me queda de valor, el alma.



Elegía

El ángel de la muerte fue a visitarle, apareció de repente, vino de la nada, cruzó el portal de otro tiempo y otra dimensión, con una frazada deshilachada a modo de vestimenta que apenas tapaba sus doce alas, en su mano derecha empuñaba su espada, ni el más fuerte de los mortales hubiera podido levantarla un palmo del suelo, a pesar de todo nunca tuvo que utilizarla para herir a nadie con ella, su uso era más sutil que eso.

La futura viuda y los deudos se apelotonaban en la antesala de la habitación del hospital, todos resaltaban sus hechos pretéritos con la complacencia de evocar grandes hazañas de un guerrero urbano, buen esposo y padre y portentoso contertuliano de mil y una batallas dialécticas sobre el verde tapete en la mesa del bar en interminables partidas de mus.

El agonizaba dulcemente, la enfermedad le atacó vilmente, con un hachazo terrible que le destrozó los sentidos, alejándole del dolor y de la sensación agridulce que perciben los que la vida se les pierde por los poros de la piel, apenas en su delgado cuerpo quedaba el ánima que aun se aferraba a su corazón.

Azrael se encaminó directamente al cabecero de la cama, pasando a través de los cables de los aparatos que pugnaban por mantener las constantes activas, no tuvo compasión, pues ese era su cometido, el reloj se había parado ya, levantó su espada y una bermeja gota de sangre se deslizó por su filo introduciéndose en su boca, apenas hubo paladeado su acre sabor, expiró.

El ángel se volvió y reemprendió el camino hacia el vórtice de donde vino, llevando consigo el alma del finado, al ver que esta misión terminaba en el cielo, una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

† Helmut Pohl In Memoriam


 

Naufrago

Día 3

Continúo igual que ayer, sol, un sol inmisericorde que me abrasa la piel, con mucha frecuencia tengo que meterme en el mar a remojarme para aliviar mi sufrimiento, solo me guarnece un leve sombrajo donde me cobijo en las peores horas de calor.

Día 6

Afortunadamente por la noche pesco a la luz de la luna, es entonces cuando este paisaje se transforma, se hace mas bello, la luna se refleja en el mar y extiende un manto de plata que da un color irreal al paisaje, a la espuma que bate en la orilla olas que apenas golpean el borde de la playa y se retiran con un leve siseo, mis manos también grises intentan atrapar esos rayos de luz que lo transforman todo en un paisaje de otro mundo, de un cuento de hadas.

Día 8

Otro día de sol y calor, a lo lejos vuelan gaviotas alegres y afortunadas, ellas pueden volar, marcharse de aquí cuando se les antoje, buscar lugares arbolados con verdes suelos donde retozar y ponerse a la sombra de algún chopo en la ribera de cualquier rio en un verde valle bajo la umbría de un montaña

Día 11

¿Cuántos granos de arena caben en una mano?, ¿Cuántos habrá en la playa?, imposible saberlo, como imposible es masticar cualquier alimento sin que inmisericordes los aprecies en tu boca, los dientes rechinan cada vez que cierras la boca, con un sonido que te taladra el cerebro, todos los huecos del cuerpo se llenan con su presencia, es posible que allá en el infierno, Satanás tenga previsto un suplicio parecido.

Día 14

Afortunadamente mi salvación llegó, hoy abandono estos lugares tan desesperantes, el calendario llegó en mi ayuda, lo dicho, es la última vez que veraneo en la playa.


Peregrino

Ciento cuarenta leguas en mis piernas, me parecía increíble, Zaragoza quedaba muy atrás en mi recuerdo y en la distancia, tantos días, tantos esfuerzos, tantas penalidades, todo por un ideal, por una expiación, por el perdón de mis pecados si esto es posible aun, ya no se que creer, que esperar, una vida como la mía es difícil que alcance el perdón suficiente para alcanzar a mi muerte siquiera el purgatorio, donde mi alma alcanzase tras varios eones el anhelado premio de la gloria.

Sin una caballeriza que me ayudara a sobrellevar el camino, mis esperanzas de dormir esta noche en algún albergue u hospital se evaporaban por momentos, la noche se echaba encima rápidamente, en Noviembre pocas horas de sol iluminan el trayecto, empero el bosque de castaños y carballos se cerraba cada vez más a mi paso y sus copas cada vez más, impedían la llegada de la luz a la tierra, por lo que los tropezones con las piedras y raíces eran continuos.

Me senté por fin a la vera del camino bajo un añoso castaño al cobijo de sus ramas y me dispuse a pasar la noche, el ambiente era tan húmedo, que no fui capaz de encender un fuego reparador que me calentara los huesos, todo a mi alrededor rezumaba humedad y podredumbre, me envolví como pude pues en mi capa y usé como almohada una de las raíces de mi improvisado hogar.

Cientos de ruidos acompañaron al ocaso, es increíble la cantidad de vida que puede acoger un bosque, al ulular de una lechuza, le hacía eco un cuclillo a lo lejos, la hojarasca a mi alrededor se sentía desplazarse con un ruido sordo, varias musarañas o cualquier otra sabandija se movían de aquí por allá, de repente un suave aleteo y un agudo chillido me indicó que la lechuza por fin alcanzó a su presa, - Que suerte. Pensé, ella por lo menos cenaría esta noche, pues el ruido que hacían mis tripas me recordaban que hacía varias horas que tuve mi última colación.

Súbitamente todo cambió, el silencio se apoderó de la noche, no se escuchaba absolutamente nada, el viento se paró de repente, con lo que el rozamiento de las ramas desapareció, fue como si hubieran desaparecido de repente todos los animales del bosque.

Silencio, silencio y en un momento una explosión de luz al aparecer la luna llena en un claro entre las nubes, tras la oscuridad mas absoluta, la aparición de los plateados rayos de la luna me deslumbraron e hicieron parpadear para acostumbrarme a la nueva iluminación, fue un espejismo pues las nubes pugnaban de nuevo por tapar su aparición, por lo que a partir de entonces se turnaban luces y sombras de una manera que aturdía los sentidos.

Intenté cerrar de nuevo los ojos, pero un leve murmullo se apoderó del ambiente, una cantinela apenas musitada se oía por el camino, pero que poco a poco se podía comprender.

Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.

Me puse en pié con gran agitación los latidos de mi corazón intentaban acallar aquella letanía.

Et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquiatatem meam.

Unas ambarinas luces mortecinas asomaban por el camino, poco a poco se acercaban donde me encontraba agazapado tras mi castaño.

Amplius lava me ab iniquitate mea: et peccatto meo munda me.

Me santigüé repetidamente intentando alejar de mí todo mal que pudiera venir del infierno, a pesar que me merecía morar allí, con mi viaje precisamente era lo que quería evitar.

Quoniam iniquitatem meam ego cognosco: et peccatum meum contra me est semper.

¡Dios mío sálvame! En mi mente se agolpaban mil y una ofrendas a todos los santos que fueran capaces de hacerme eludir el peligro que me acechaba.

Tibi soli peccavi, et malum coram te feci: ut justificeris in sermonibus tuis, et vincas cum judicaris.

Cuando las luces se hallaban a pocos pasos de mi posición, un rayo de luna se filtró entre las ramas, poniéndome los pelos de punta al ver que quien portaba las velas eran unos frailes encapuchados que caminaban encorvados.

Ecce enim in inquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea

Al llegar el primer fraile donde me encontraba, toda la fila se detuvo, su motete, apenas musitado continuaba sonando, las luces de las velas que portaban intentaban taladrar, sin conseguirlo las blancas sayas con que iban vestidos.

Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et occulta sapientiae tuae manifesti mihi

El primer fraile volvió su rostro hacia mí, apartó levemente su capucha asomando de ella una monda calavera, donde asomaban unos ojos rojos saltones que me taladraron el entendimiento, no se como en mis manos ya no portaba mi cayado, éste se había convertido en una gran cruz de madera de la que no era capaz de deshacerme.

Asperges me, Domine, hyssopo, et mundabor: lavabis me, et super nivem dealbabor.

Toda la fila se puso a caminar de nuevo, al pasar el último monje a mi altura, mis pies se pusieron a moverse sin poderlo evitar, siguiendo la misma lenta cadencia de los que me precedían, en un último acto de humanidad que me quedaba pensé: - Ya nunca veré Santiago.

Sicunt erat in principo, et nunc semper, et in saeculorum. Amen



Silencio

El silencio lo llenaba todo, notaba en los oídos un leve zumbido provocado por la ausencia de sonido, no era normal lo que estaba sucediendo, sobresaltado salí a la calle para encontrarme el panorama más desolador que jamás hubiera imaginado, ni un solo alma por las calles, nada, ni un vehículo en movimiento, todo estaba vacío, entré en una tienda, estaba abierta, estaba en horario de apertura, paro nadie me atendió, el cascabel encima de la puerta sonó como un trallazo sobresaltándome, llamé con un tímido -¡hola!, pero no encontré a nadie detrás del mostrador, lo rodeé para mirar en la trastienda y no encontré tampoco al dependiente, salí trastabillado hacia la salida, de nuevo en la calle, silencio, avancé poco a poco, mirando en las calles adyacentes por si era capaz de vislumbrar la existencia de alguna persona, al cabo, llegué a la avenida principal de mi barrio, la que nos conecta con el centro, allí volví a encontrar, si cabe, un panorama aún peor, algunos vehículos estaban detenidos en los semáforos, al asomarme por las ventanillas seguí encontrando el mismo vacío desolador, nadie en las aceras, ni en los bares, ni en las tiendas, nada.

Un leve movimiento al frente, una urraca picoteando en un cubo de basura era lo único con vida que encontré, todo esto era demasiado para mí, me senté en un banco y me froté los ojos, miles de preguntas se agolpaban en mi mente, ¿qué había pasado? ¿dónde estaba la gente?, no podía ser que toda la humanidad hubiera desaparecido de repente, si fuera así, ¿qué sería de mi vida?, no me imaginaba una existencia sin nadie mas en el orbe, ningún castigo puede ser más terrible que el de la soledad.

De pronto cientos de sonidos comenzaron a escucharse, los pájaros sin el estorbo de mil ruidos provocados por las máquinas, comenzaron a cantar provocando una sinfonía de miles de notas con la música más maravillosa que jamás escuché, en los rincones de los edificios los grillos les acompañaban, cigarras y cientos de insectos, aves y otros animales que no era capaz de identificar hacían coro, la redención al mundo animal acababa de llegar.
 

Catch-as-catch-can

Hubo un tiempo en el que en España todo era en blanco y negro, a veces más bien gris, la tele, para el que la tenía, era de ese color, lo que provocaba que también soñásemos con una total ausencia de colores, los edificios los recuerdo en gris, las calles adoquinadas, el uniforme de los policías y un sinfín de cosas más, en una época en que los espectáculos más corrientes ahora como el cine y el teatro, el fútbol y los toros, estaban vedados para la economía de la clase trabajadora, entre los que se encontraba mi padre.

Pero había una cosa en todo color, un hecho que se repetía todos los viernes y llenaba de gozo e ilusión a toda la chiquillería del barrio: el catch-as-catch-can, o sea, la lucha libre americana.

Apretujados en el taxi 1500 que trabajaba mi padre, o en el autobús que salía de la calle Robles, íbamos al único espectáculo que nos podíamos permitir, la plaza de toros de las ventas o en el campo del gas, se convertían en el nuevo coliseo donde gladiadores con nombres tan pintorescos como Hércules Cortés, Chausson, Catarecha y el Ángel Blanc (mi favorito), lidiaban contra una caterva de villanos de nombres olvidados y rostro enmascarado, en la que los bellacos solían salir ganadores por sus malas artes para disgusto nuestro, por la misma razón cuando nuestros héroes lograban la victoria por puesta de espalda o nuestra llave favorita: la corbata invertida, salíamos con un gozo en nuestros corazones en los que olvidábamos que la televisión de casa se averió y mi padre no tenía suficiente dinero para arreglarla.

Con el paso de los años y el “milagro español” de principios de los 70, la bonanza económica hizo que el acudir al cine no fuera tan oneroso, por lo que poco a poco el mundo del match languideció hasta su desaparición, Hércules Cortés se convirtió en un juguete roto y tras un problema con las drogas, abandonó España para morir de un accidente de tráfico en Estados Unidos, del resto de los gladiadores, nunca supe más, están seguramente en el limbo de los héroes de leyenda, pues legendarios fueron sus combates.

Mi Atleti campeón

He resistido, he visto el partido y mi corazón no estalló, será que ya está acostumbrado al sufrimiento, como no podía ser de otra manera, me hizo sufrir no noventa, sino cientoveinte minutos, ha merecido la pena, el atleti me mata, me da vida.


El acólito

Multitud de frascos se acumulaban en polvorientas estanterías de madera de robles que debieron ser talados en la noche de los tiempos, en ellos era difícil reconocer el contenido, a través de cristales traslucidos por la patina del tiempo acumulada sobre ellos.


Ambarinos líquidos que debían servir para la conservación de pequeñas sabandijas de múltiples colores en los que sobre todo destacaban los ojos, ojos saltones, desproporcionados, en cabezas reducidas por el baño continuado en arcanas formulas creadas por extintos sabios al servicio de las más oscuras artes jamás imaginadas por eruditos de la inquisición, si hubieran llegado a su conocimiento, una legión de brujos y alquimistas, habrían acabado sus días en hogueras de terribles autos de fe.

No imaginaba cuando entré al servicio de mi señora, que esta era la más pérfida y terrible bruja que hubiera salido del reino de Satanás, sus conocimientos en materia de pócimas y hechizos no tenían igual, era la más docta entre los suyos, todos los libros y pergaminos escritos por los señores oscuros, leyó, cultivó e incluso mejoró en sus ingredientes, poderes y resultados, para cualquier petición que le hicieran, por difícil y complicada que pareciera, ella tenía un sortilegio adecuado.

Año a año, década a década, iba acumulando conocimientos, pero la inquina de ignorantes e hipócritas campesinos temerosos de sus poderes y conocimientos que antaño no tenían escrúpulos de solicitar sus servicios, hicieron que comenzara una vida itinerante, estos, empujados por los clérigos del lugar, solicitaban mil tormentos para ella, olvidando los tiempos en que muchas doncellas recompusieron gracias a mi ama, lo que la pasión había descompuesto, también solicitaban hechizos y pócimas para lograr el amor deseado y alcanzar el fruto prohibido que luego habría que recomponer.

Yo era uno más de varias generaciones de servidores de su casa, mi padre, el padre de mi padre y así hasta ancestros que se pierden en la memoria, hemos sido fieles servidores, leales hasta la muerte, en aras de tener un hogar caliente y una nutrida despensa, yo era un símbolo de su identidad, de su poder, un tótem callado, apenas musitaba mi cantinela sin ser escuchado por nadie, pues ¿quién le hace caso a un gato negro?



La misión

Hoy era uno de esos días que gustosamente me hubiera vuelto a acostarme en mi tumba.

Todo había empezado mal, la fractura de la puerta había costado mas esfuerzo del que hubiera deseado, afortunadamente mi victima quedó paralizada por el terror y no dio aviso a la policía, se limitó a quedarse en medio del salón con los ojos abiertos de manera desorbitada y salmodiando entre labios alguna oración desconocida por mí.

Mi primera victima era una anciana menuda y frágil de lacios cabellos blancos, piel pálida, más ondulada que arrugada, con marcadas líneas de expresión que dulcificaban con agrado su rostro, las criaturas del infierno como yo, no tenemos madre que evocar, pero cualquier mortal sería incapaz de hacer daño a una criatura como ella, afortunadamente no era mi caso, por lo que con un leve golpe la dejé sin sentido, cayendo al suelo como a cámara lenta, desmayadamente, lo que no impidió que su cabeza al golpear contra el suelo, sonase con un doloroso chasquido que no auguraba nada bueno para su salud futura.

Me introduje en la vivienda, en la que la pulcritud reinaba en sencillos muebles y cándidos adornos, daban la sensación de acompañar a moradores de vidas lineales y monótonas costumbres, por supuesto en la cocina hervía el imprescindible café en cafetera italiana estándar, que con su agudo silbido, exigía ser retirado del fuego, algo que yo me iba a encargar que no sucediera.

Me acercaba a mi enemigo, no quería darle aviso de mi presencia, estaba sentado en uno de los bancos, meditando de espaldas a mí, en ningún momento se dio cuenta que alcanzaba el cielo tan citado por el tantas veces, al darle la vuelta, sus ojos me lo confirmaron, murió placidamente, sin padecimientos, esto me causó algún resquemor, aunque mi misión no era causar dolor y sufrimiento, hubiera preferido causar en mis enemigos algún quebranto mas, pero el tiempo que poseo es escaso en mis misiones; lástima, espero que algún día todo cambie y pueda exhibir mis instintos más salvajes.

Al ser un edificio de madera, había elegido para rematar la misión un bidón de gasolina, no quería dejar tras de mí más que cenizas, borrar de la memoria de los hombres, que allí mismo, en algún tiempo había existido este edificio tan contrario a la razón y al conocimiento e intereses de mis patrones.

Con una estrepitosa risotada, prendí fuego al reguero de gasolina que tenía a mis pies, cerré la puerta con la satisfacción del deber cumplido y me esfumé convertido en una nubecilla de humo que se unió a la de la iglesia que comenzaba a arder.

Obituario

  - ¿Sabías que se murió Pedro?

Una nube de dolor y de recuerdos me embargó, un par de lágrimas pugnaban por asomarse y arrasar mis ojos, con un disimulado gesto, froté levemente mis parpados para evitar destaparan la emoción que comenzaba a fluir.

Desde que comencé a tener recuerdos de mi infancia, el primer personaje ajeno a mi familia que recuerdo fue a Pedro, Pedrito por entonces, en el absurdo afán de nuestros mayores de diminutivizar a toda persona que no sobrepasara el metro y cincuenta centímetros de estatura, con nuestra tierna edad, no hacían falta presentaciones ni zarandajas, nos pusimos a jugar como si fuera lo más natural del mundo, las chapas, la peonza, las canicas y otros juguetes perdidos en el olvido, llenaban las tardes a la salida del colegio, pronto el tener que socializarnos y reunirnos en pandilla, nuestro más importante esfuerzo era jugar al rescate o al churro mediamanga mangaentera, en el mismo grupo, no consentíamos ser rivales en nada, era inconcebible que no pudiéramos tenernos el uno al otro para proveernos de mutua ayuda y apoyo, los rivales eran los demás y así lo fueron asumiendo rápidamente, motejándonos como los dos inseparables.

Siquiera fuimos rivales cuando los años fueron pasando y empezamos a interesarnos por el misterio que significaba la inexorable atracción que sentíamos por las chicas, ninguna pudo interponerse entre los dos, en caso de interesarnos por la misma chica, la solución instantánea era obviar nuestro sentimiento por ella y dedicárselo a otra muchacha.

Por mucho que lo intentamos evitar, hubo algo que por fin nos separó, el sorteo del servicio militar, nos destinó a casi mil kilómetros de distancia, el no estar acostumbrados a la comunicación epistolar, hizo que nuestra amistad padeciera.

Terminamos la mili y a la vuelta, el se fue con sus padres a una ciudad dormitorio del extrarradio, en mi trabajo me destinaron un par de años a otra provincia, por lo que nuestra amistad quedó varada en vía muerta a la espera de retomarla, lo que no ocurrió ya más, breves llamada por Navidad, dieron paso a un silencio final.

  - ¿Y su mujer como lo lleva?

  - ¿Que mujer?, si era soltero

  - Entonces no es el mismo Pedro que yo pensaba.







martes, 6 de julio de 2010

Las siete

Las siete, suena el despertador y me levanto como todos los días, llorando, lloro en silencio, no quiero que ella se despierte y se siente tan mal como me siento yo, si me ve llorar sufrirá y con uno que pase el mal trago es suficiente.

Cojo mis ropas y me voy al comedor a vestirme, de inmediato voy al baño a lavarme la cara, a desleír mis lágrimas con el agua del grifo, me miro en el espejo y veo a un pobre hombre al que últimamente todo le sale mal, parece que el mundo lucha contra él y generalmente sale malherido de todas las batallas; apenas desayuno pues un nudo me atenaza el estómago, un regusto a bilis en la boca hace que sienta la amargura de un modo físico.

Camino por la calle, atravieso un paso de peatones y ruego que algún conductor despistado me lleve por delante, todo menos llegar a mi destino, a llegar a la monotonía, al sufrimiento, solo de pensarlo empiezo a llorar de nuevo, esta vez no lo disimulo, verdaderos lagrimones se desparraman por mi cara, no doy abasto a retirarlos con mis puños, ¿porqué no me rindo? todo sería mas fácil, seguir varios consejos que me lo proponen, pero no soy de los que siguen los consejos, ni de los que toman el camino fácil, no pienso tirar la toalla, no me rendiré.

Estoy llegando, no me apresuro, miro el reloj, ni un minuto más estaré allí, hasta las ocho no pienso llegar, me miro en un escaparate para reparar los estragos de la penúltima batalla, estoy llegando, a través del cristal le veo, como siempre, ladino, inquieto y sobre todo torturador, me mira y no me dice nada, ya no me chilla, sabe que no lo consiento, porque en el fondo sabe que está perdiendo la partida y eso es lo único que me da vida y me evita tirar la toalla.

El carro

Uncí las vacas al ubio, no es cosa fácil, una especie de nudo gordiano enlaza el ubio y sus pasadores con las astas de las vacas y su testuz, me costó en su tiempo un par de coscorrones de mi padre aprender a hacerlo correctamente, después guiándolos con la ijada saqué el viejo carro del pajar, ¿cuántas generaciones habrían pasado desde que fue fabricado? Le pregunté a mi padre una vez sobre su antigüedad y me contestó que ya era propiedad de su abuelo y puede que de algún familiar más allá en el tiempo, fuera el que lo fabricara o encargase su construcción, desde entonces mil y una reparaciones menores, como cambiar alguna tablazón o algún remache hecho de latas de conserva claveteadas en las traviesas; espero que dure mucho tiempo, creo que ahora no hay nadie que supiera fabricar un carro nuevo, hace muchos años que se perdió aquel oficio.

Hoy los tiempos están cambiando, cada vez es más difícil comprar aperos para el campo, las horcas para la paja hay que ir a Segovia a comprarlas y se venden más como adorno para las nuevas casas de los veraneantes que como útil de trabajo, ¡veraneantes! una plaga de señoritos con poco dinero y muchas ínfulas, te miran por encima del hombro y no recuerdan que sus padres y abuelos vistieron las mismas ropas e hicieron el mismo trabajo que aquellos a quien ahora desprecian, toda la vida llevo pisando el barro de las rúas y ahora quieren empedrarlas, si no les gusta mi pueblo, ¿para que vienen?

Hoy mi tarea es acercarme a los campos y recoger el trigo y la cebada para la trilla en las eras, ya monté mi chozo con altas ramas de rebollo para que en este mes de verano tener un lugar donde recogerme a la fresca y resguardarme junto al botijo y la comida, buen invento el del chozo, un oasis en el desierto de la planicie de las eras, antaño las eras estaban llenas de ellos, pero hogaño sólo quedo yo sin nadie a quien traspasar mi trabajo, mis costumbres y mis animales; los jóvenes hace tiempo que marcharon a Madrid y los que quedan sólo se dedican a la construcción, el trabajo en el campo es muy afanoso y ya nadie quiere dedicarse a esto, ¡que pena! se perdieron las costumbres, todo es nuevo, hasta los cigarrillos vienen ya liados.



La huida

Contemplé horrorizado mis manos ensangrentadas, - no puede ser, me dije, no me está pasando, es irreal, todo un sentimiento cainita se me vino encima, me acerqué a la fuente e introduje mis manos en el pilón frotándolas salvajemente como si quisiera alejar de ellas la ignominia que llevaban además de la sangre, pero el pilón contestó con un rojo estremecedor, todo se tiñó de sangre el agua resplandecía con un chillón tono bermejo, -¿porqué será tan escandalosa la sangre? me pregunté.

Me sequé las manos en los costados del pantalón y maquinalmente me guardé la navaja dentro de la faja, si me hubiera parado a pensar seguramente la habría arrojado lejos de mí, me senté abatido en un poyo de la fuente con la cabeza gacha, con la mente vacía y los ojos extraviados, -¿qué hacer? me repetía una y otra vez, de repente me daba cuenta que ya nada en mi vida sería igual, si me hubiera caído un rayo en aquel momento, hubiera sido el hombre mas feliz de la tierra, todo de repente habrá acabado para mi y no me encontraría en esa tesitura.

De improviso una sombra se me acercó y me dijo:

  - Aquilino, huye, han ido a avisar a los civiles.

Como un espectro me levanté y entré en casa, apresuradamente hice un hato con una muda, un trozo de pernil y las pocas monedas que guardaba en un rincón de la buhardilla y sin mirar atrás salí de la casa que tantos años me acogió.

Atravesé el pueblo por la calle principal, los pocos vecinos que me observaban se apartaban silenciosos, algunas mujeres se santiguaban, otras musitaban una oración, no se si por mi o por mi victima.

Cuando llegué al empalme me detuve indeciso, no podía huir hacia Madrid, tanto por Rascafría, como por el nuevo camino hacia Lozoya, había destacamentos de la guardia civil, así que seguí hacia delante, por el camino de la dehesa, según caminaba empecé a despejar mi mente, subiría por el camino de Malagosto con la idea de ir a Segovia o incluso a Burgos, el camino dictaría cual sería mejor destino.



La Gran Vía


Recuerdo mi primer contacto con la Gran Vía, con dieciséis años empecé a trabajar de botones en una academia de inglés, estaba regentada por argentinos en la vecina calle de San Bernardo, pero mantenían un local en la esquina de la avenida de Jose Antonio, como aún se llamaba por aquel entonces, la mantenían sencillamente porque vestía mucho por todo el mundo tener las oficinas centrales en esta calle, supongo que sería como tener una agencia de detectives en Baker Street de Londres.

Esta gente fue la que me hizo saber que bajo el patriótico nombre de la avenida de Jose Antonio se escondía el más pomposo y prosaico de Gran Vía y la verdad es que rápidamente empecé a comprender porqué era el mejor nombre que se le podía poner a esta calle.

En cada esquina había un minibar de comida rápida antes que se implantaran las hamburgueserías y pizzerías que ahora predominan, en estos pequeños figones sólo había un plato en el menú: perritos calientes y sólo dos salsas: tomate y mostaza, ¿para qué complicarse la vida?

Recuerdo sobre todo los Sótanos, la boca del averno de Dante debía ser algo parecido, varios niveles de locales a mi paso se abrían, la afamada y añorada casa de discos te llamaba para que te introdujeras en el no va más de los discos de vinilo de todos los artistas del mundo y más abajo el submundo de los billares y juegos recreativos, antro de perdición donde los haya, jamás declaré a mis padres que alguna vez frecuenté aquel lugar.

Y los cines… que decir de los cines, increíbles carteles, grandes como campos de fútbol, siempre imaginaba que cuando los cambiaban, cortarían el tráfico rodado y peatonal y alguna gigantesca grúa se encargaría de cambiarlos. Dentro del cine un mundo irreal de dorados oropeles, arañas palaciegas y enormes pantallas de proyección te llevaban a soñar y a viajar por los mundos de mil películas de riguroso estreno.

Las cafeterías eran realmente señoriales, para un chico de extrarradio, el que un camarero te atendiese vestido de chaqueta blanca y pajarita negra, era sentirse en el mismísimo Hotel Riviera, por supuesto que iba siempre que me invitaban, el sueldo de un botones en 1976 no daba para tanto.

Era en fin, el lugar donde encontrarte con todo el mundo, si hacía mucho tiempo que no veías a una persona, el sitio mas lógico para encontrarla era en la mismísima Gran Vía.

Ahora me cuesta pasear por ella, treinta y cuatro años después, es otra calle, no sé si mejor o peor, es lo bueno que tiene, va mutando maleada por el tiempo, pero por siempre no hay ninguna calle en el mundo como la Gran Vía.



El encuentro

La muchacha corría entre la niebla, leves ráfagas de viento formaban caprichosas volutas a su alrededor, el que ella fuera descalza, no hacía sino aumentar su ansiedad y sufrimiento, el miedo le salía por lodos los poros de su piel, alguien pensaría que era simple transpiración, pero era el mas puro terror lo que le hacía sudar copiosamente.

Estaba totalmente desorientada, la niebla no le podía dar la mas mínima orientación, hace tiempo que dejó de atisbar un leve camino hacia la seguridad de una casa que pudiera acogerla, empezó a delirar, tal vez debido a la fiebre que padecía, sus leves vestidos no eran lo mas apropiado para la época otoñal, sobre todo en esta altitud de la campiña, pero cuando al fin pudo huir de la mansión, no pudo pensar en coger algo de abrigo.

A su alrededor veía siluetas fantasmagóricas, no se daba cuenta que solamente eran fresnos con las copas podadas, pero a ella se le antojaban gigantescas amenazas de largos brazos y grandes fauces, cada vez que se topaba en la dehesa con algún árbol, un agudo chillido escapaba de sus heridos labios, hacía poco que esos labios habían besado y habían sido besados con una pasión que hacía tiempo que no recordaba haber disfrutado, creía haber encontrado el verdadero amor, pero solo encontró a un monstruo en cuanto se quitó la careta y descubrió su verdadero rostro y sus libidinosas y crueles intenciones; desde entonces todo su afán era encontrar un refugio, pero sin conocer la zona, éste se le antojaba imposible de localizar.

Varios ruidos por distintas direcciones, le avisaban que no estaba sola, ruidos de hojarasca pisada le decían que varias sabandijas se movían a su alrededor, no podía saber el tamaño de estos animales, pero algo le decía que en aquel lugar cualquier encuentro, tendría que ser peligroso con toda seguridad, se apoyó en una roca a descansar y desde allí acallando sus jadeos, logró escuchar leves resuellos que se acercaban a ella, lo notaba, el ruidos de pisadas era cada vez mas cercano, suaves chillidos emitidos por arcanas gargantas.

Todo esto no hacía más que aumentar su angustia, ahora si comenzó a llorar, sus gemidos se sumaron a los de las bestias próximas, abandono la frágil seguridad de la roca y empezó a correr desaforadamente, braceando en un inútil intento de apartar la niebla en torno suyo, de repente un leve claro se abrió y paró de repente, se arrodilló ya sin fuerzas ni valor para continuar, ya no tenía sentido correr, su fuga acabó, delante de ella a unos pocos metros un fiero lobo de color blanco estaba plantado sentado sobre sus cuartos traseros, mirándola con sus fieros ojos refulgentes, se dio cuenta que todo terminó, cerró sus ojos y se abrazó a la madre tierra.







Cien

Pensaba que iba a ser un día normal, un día como otro cualquiera, ¡que equivocado estaba! , bajé los escalones de mi casa silbando esa del muelle de la bahía con los pies colgando, siempre he tenido mala memoria para la música y según opinión general, también muy mal oído: abrí el buzón con la esperanza de no recibir ninguna factura más por este mes, alborozado vi que no había ningún sobre, sólo un papel arrugado, una hoja de libreta de colegial con trama cuadriculada, la desplegué y sólo había escrito en ella una cifra: 100 , un cien a bolígrafo rojo sin respetar las líneas de la cuadrícula, - que raro, pensé. No sabía la razón que el anónimo comunicante tendría para dejarme tan escueta nota.

La hora de entrada al trabajo se acercaba a pasos agigantados a mi pesar, por lo que decidí dejar el misterio para más tarde, metí la nota en el bolsillo de mi abrigo y salí a la calle con paso ligero, Mercurio mismo no habría sido tan veloz en su camino a una misión en el olimpo.

Llegué a la avenida principal, mi parada de autobús se hallaba en la otra acera, por lo que resueltamente me dispuse a cruzar obviando toda norma de urbanidad y de seguridad vial, atravesando por el medio de la calle, alejado del correspondiente paso de peatones; de repente una mano firme me sujetó por el cuello del abrigo impidiéndome avanzar, ¡en que momento! Un raudo autobús me pasó a pocos centímetros de mi rostro, cortándome el aliento, la respiración y llevándose consigo un puñado de latidos de mi desbocado corazón, del autobús lo único que pude observar era el cartel posterior donde figuraba una cifra conocida: 100.

Con un suspiro, me volví para dar mis mas efusivas gracias a mi salvador, pero solo encontré el vacío, detrás de mí en una distancia respetable a mi alrededor no se encontraba nadie, bueno si, una viejecita que musitaba algo así como: si es que van como locos y pasan luego las cosas.

La verdad es que me lo merecía, seguramente aunque fuera solo por la cara de bobo que se me quedó, merecía cualquier epíteto desagradable; ante la ausencia de mi ángel de la guardia, continué mi camino, esta vez, haciendo uso del mas cercano paso de cebra, para subirme al bus esta vez si por la puerta y con todos los honores usando mi abono.

Llegué a la oficina sin mas novedad que la de haber pisado un chicle que algún espíritu incívico había dejado salvajemente abandonado en vez de depositarlo en una papelera. Me dispuse a meterme de lleno con el maldito balance que me venía llevando por la calle de la amargura y la calle de la desesperación (maldito barrio) me estaba dejando las pestañas delante del ordenador y nada, pero de pronto todo cambió, me dispuse a dar el último toque, pulsé la tecla gorda (el enter) y ¡hale-hop! ¿que cifra creéis que salió? ¡ por supuesto! Un enorme cien se plantó en medio de la pantalla, ni el barrotes noviembrero me habría causado tanto dolor, asombro y desesperación, una semana de trabajo al garete y el misterio de la tonta cifra que se repite una y otra vez.

Me separé de la mesa de trabajo y me puse a reflexionar ¿que extraño enigma era este? La verdad es que las piernas se me estaban aflojando de la desazón que estaba comenzando a sentir, como decía el principito, cuando el misterio es impresionante, no se puede desobedecer a la razón, por lo que recogí mi mesa y fiché como día de asuntos propios y me marché, pensaba encerrarme en casa a esperar que pasase el día placidamente metido en mi cama, la verdad es que iba pensando en el calendario romano, ¿sería hoy un día nefasto? , a sabe, seguro que para mi lo estaba siendo.

De camino a casa, circulando con precaución y respetando todas las normas de circulación y de urbanidad, y evitando en lo posible las calles con más tráfago que podrían traerme complicaciones a la hora de atravesarlas; mis ojos se posaban una y otra vez en carteles con la misma cifra: calle de Velázquez número cien, cocochas a cien euros el kilo, una reedición de cien años de soledad en las librerías, las radios de los porteros de las fincas atronaban con la publicidad de la cadena Cien, el remate fue en el cine anejo anunciaban la película cien dálmatas, ¡como lo digo! uno de los carteles tenía una errata tipográfica y uno de los malditos dálmatas había desaparecido o no lo contaron adecuadamente, esto era mas de lo que mi mente podía absorber, me senté en un banco de madera junto al cine y me sujeté la cabeza con mis manos, un dolor intenso surgía del interior de mis sienes, cienes como diría un andaluz, allí un estupido ciempiés intentaba subir por la pernera de mi pantalón, mareado me incorporé y de pronto un rayo de luz inundó mi intelecto, -seré idiota, me dije y dándome un palmetazo en la frente, la solución vino a mi.



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