martes, 6 de julio de 2010

Cien

Pensaba que iba a ser un día normal, un día como otro cualquiera, ¡que equivocado estaba! , bajé los escalones de mi casa silbando esa del muelle de la bahía con los pies colgando, siempre he tenido mala memoria para la música y según opinión general, también muy mal oído: abrí el buzón con la esperanza de no recibir ninguna factura más por este mes, alborozado vi que no había ningún sobre, sólo un papel arrugado, una hoja de libreta de colegial con trama cuadriculada, la desplegué y sólo había escrito en ella una cifra: 100 , un cien a bolígrafo rojo sin respetar las líneas de la cuadrícula, - que raro, pensé. No sabía la razón que el anónimo comunicante tendría para dejarme tan escueta nota.

La hora de entrada al trabajo se acercaba a pasos agigantados a mi pesar, por lo que decidí dejar el misterio para más tarde, metí la nota en el bolsillo de mi abrigo y salí a la calle con paso ligero, Mercurio mismo no habría sido tan veloz en su camino a una misión en el olimpo.

Llegué a la avenida principal, mi parada de autobús se hallaba en la otra acera, por lo que resueltamente me dispuse a cruzar obviando toda norma de urbanidad y de seguridad vial, atravesando por el medio de la calle, alejado del correspondiente paso de peatones; de repente una mano firme me sujetó por el cuello del abrigo impidiéndome avanzar, ¡en que momento! Un raudo autobús me pasó a pocos centímetros de mi rostro, cortándome el aliento, la respiración y llevándose consigo un puñado de latidos de mi desbocado corazón, del autobús lo único que pude observar era el cartel posterior donde figuraba una cifra conocida: 100.

Con un suspiro, me volví para dar mis mas efusivas gracias a mi salvador, pero solo encontré el vacío, detrás de mí en una distancia respetable a mi alrededor no se encontraba nadie, bueno si, una viejecita que musitaba algo así como: si es que van como locos y pasan luego las cosas.

La verdad es que me lo merecía, seguramente aunque fuera solo por la cara de bobo que se me quedó, merecía cualquier epíteto desagradable; ante la ausencia de mi ángel de la guardia, continué mi camino, esta vez, haciendo uso del mas cercano paso de cebra, para subirme al bus esta vez si por la puerta y con todos los honores usando mi abono.

Llegué a la oficina sin mas novedad que la de haber pisado un chicle que algún espíritu incívico había dejado salvajemente abandonado en vez de depositarlo en una papelera. Me dispuse a meterme de lleno con el maldito balance que me venía llevando por la calle de la amargura y la calle de la desesperación (maldito barrio) me estaba dejando las pestañas delante del ordenador y nada, pero de pronto todo cambió, me dispuse a dar el último toque, pulsé la tecla gorda (el enter) y ¡hale-hop! ¿que cifra creéis que salió? ¡ por supuesto! Un enorme cien se plantó en medio de la pantalla, ni el barrotes noviembrero me habría causado tanto dolor, asombro y desesperación, una semana de trabajo al garete y el misterio de la tonta cifra que se repite una y otra vez.

Me separé de la mesa de trabajo y me puse a reflexionar ¿que extraño enigma era este? La verdad es que las piernas se me estaban aflojando de la desazón que estaba comenzando a sentir, como decía el principito, cuando el misterio es impresionante, no se puede desobedecer a la razón, por lo que recogí mi mesa y fiché como día de asuntos propios y me marché, pensaba encerrarme en casa a esperar que pasase el día placidamente metido en mi cama, la verdad es que iba pensando en el calendario romano, ¿sería hoy un día nefasto? , a sabe, seguro que para mi lo estaba siendo.

De camino a casa, circulando con precaución y respetando todas las normas de circulación y de urbanidad, y evitando en lo posible las calles con más tráfago que podrían traerme complicaciones a la hora de atravesarlas; mis ojos se posaban una y otra vez en carteles con la misma cifra: calle de Velázquez número cien, cocochas a cien euros el kilo, una reedición de cien años de soledad en las librerías, las radios de los porteros de las fincas atronaban con la publicidad de la cadena Cien, el remate fue en el cine anejo anunciaban la película cien dálmatas, ¡como lo digo! uno de los carteles tenía una errata tipográfica y uno de los malditos dálmatas había desaparecido o no lo contaron adecuadamente, esto era mas de lo que mi mente podía absorber, me senté en un banco de madera junto al cine y me sujeté la cabeza con mis manos, un dolor intenso surgía del interior de mis sienes, cienes como diría un andaluz, allí un estupido ciempiés intentaba subir por la pernera de mi pantalón, mareado me incorporé y de pronto un rayo de luz inundó mi intelecto, -seré idiota, me dije y dándome un palmetazo en la frente, la solución vino a mi.



Esa mujer

Me fije en ella, me recordaba a una novia que nunca tuve, uno de mis amores platónicos mas dolorosos, alguien a quien amé en silencio y no fui capaz de declarar mis intenciones respecto a ella, mi fogoso corazón latió en vano, mi miedo al rechazo me separó para siempre de su alma.

Bien pensado caminaba igual a otra mujer a la que desprecié, una chica de pasos torpes y risa estentórea, que al oírla me hacía rechinar los dientes; la di mil y una falsas ilusiones, nunca fue capaz de darse cuenta que todo era una broma cruel, después de varios meses de chanza, desapareció de mi vida.

Un reflejo del sol en su pelo me hizo evocar a esa que tanto odié, a quien me partió el corazón y se rió de mí mientras recogía los pedazos, fui un juguete en sus manos, expertas manos en deformar la realidad, en manejar las cuerdas de las que, pobre de mí, colgaba como una marioneta, mentí, robé, lloré, cometí toda clase de tropelías bajo su antojo, realicé todos los pecados del catecismo y en siete vidas que viviera, no penaría la penitencia impuesta.

Movió los brazos como mi profesora favorita, esa a la que yo le buscaba en la espalda el hueco donde se colocaba las alas, era un ángel, alguien a quien la docencia realmente la tomaba como una vocación, siempre atenta, afable y dispuesta a explicarme mis primeras letras poniendo todo su empeño en desasnarme a base de cariño, a veces juntaba su mejilla con la mía y tomaba mi mano para guiarme en prístinos ejercicios caligráficos, salvo cuando me abrazaba mi madre, en ningún momento me he sentido mejor que en aquel pupitre.

Se alejó calle arriba, la seguí con la mirada, aun siendo una mezcla de recuerdos, no había logrado verla la cara, se perdía poco a poco de mi vista y antes de doblar la esquina, giró la cabeza y entonces exclamé:

  -¡Pero si es…!





El pacto

¡Dong! ¡una!

La primera campanada del maldito reloj sonó a hueco en mi triste corazón, un corazón que hace muchos años debiera estar parado y seco, las lágrimas escapan de mis ojos sin remisión, son muchos años de dolor, de sufrimiento y hoy por fin todo va a terminar estoy decidido, hoy es el último día de mi vida.

¡Dong! ¡dos!

Todo empezó hace muchos años, tantos que el dolor en la memoria me impide determinar su cuantía, la vejez me acechaba, se me hacía insoportable su presencia, ¡tanto por hacer! sobre todo en aquella época en que un hombre con cuarenta años, había llegado a una situación en la que se daba cuenta que pocos iguales de su edad quedaban con vida en la tierra, la mayoría eran ya polvo y su existencia a partir de entonces, estaba determinada a morir de cualquier enfermedad para las que entonces no existía cura alguna y a una vejez inminente y atroz.

¡Dong! ¡tres!

Reuní a todos los sabios de la época y les pregunté la manera de esquivar a la parca, hubo respuestas para todo, panaceas imposibles de hallar, ritos mágicos dedicados a dioses de imposible pronunciación, imposiciones de manos de charlatanes a los que debí dejar mancos, así hasta que despedí a todos dándome cuenta que en este mundo no iba a encontrar la solución.

¡Dong! ¡cuatro!

Me introduje en mi magna biblioteca, estaba orgulloso de ella, todo el saber de mi época se hallaba allí, pocas bibliotecas podían presumir de tener más volúmenes que la mía, sabía lo que buscaba, lo compré como una curiosidad de coleccionista y por fin iba a darle utilidad, un ejemplar del Grimorium Verum, febrilmente lo abrí y me dispuse a leerlo, noche tras noche día a día, sin apenas alimentarme, sin perder un tiempo que sabía escaso, apenas cejaba en mi empeño de saciarme de su sabiduría, sabía lo que tenía que aprender.

¡Dong! ¡cinco!

Una vez que conseguí instruirme sobre la invocación, comencé la liturgia, después de varios días de ayuno y abstinencia y vestido con una simple saya blanca, dibujé un pentáculo en el suelo y comencé la invocación: Adonai, Elohim, Jehovah, yo te imploro, oh, patrono y señor de todos los espíritus, y te entrego mi alma, mi corazón, mis vísceras, mis manos y mis pies, todo mi ser.

Ante mi se manifestó una mesa y un tintero, frente a mí un cuervo me indicó con su mente que firmase el pergamino con mi sangre, no había más que decir, el sabía lo que yo quería y yo sabía lo que ofrecía a cambio.

¡Dong! ¡seis!

Firmé y en ese instante todo un maremagnum estalló ante mí, mi cuerpo se comprimió y expandió varias veces, mi vista solo notaba extrañas formas descompuestas, mi sangre hervía y todos mis sentidos se agudizaron enormemente, no se cuanto tiempo pasó, pero al abrir de nuevo los ojos, todo había desaparecido, en su lugar quedaba solo un reloj de péndulo, este era el testigo y la prueba de nuestro acuerdo, mientras siguiera dando las horas nuestro trato sería firme, cerré con llave la puerta de la biblioteca y a partir de entonces nadie pudo acceder a ella, solo yo de vez en cuando me acercaba para comprobar la certeza de su existencia.

¡Dong! ¡siete!

A partir de entonces mi vida experimentó un cambió radical, sin la atadura del tiempo, pude realizar todos los proyectos a tan largo plazo como quisiera, magnas obras dilatadas en el tiempo, como si se me hubiera antojado edificar pirámides y poder contemplar su término años después. Viajé por el mundo recorriendo hasta el último rincón, visité tierras jamás holladas por hombre alguno, todas las maravillas del mundo desfilaron ante mis ojos.

¡Dong! ¡ocho!

Por todo esto, superé la torre de Babel, no hubo lengua ni dialecto que no aprendiera, pues no hubo raza ni pueblo que no parlamentara ni comerciara, gracias a esto mi fortuna tomó proporciones legendarias, Creso o Rockefeller eran unos pobres hombres a mi lado, dominaba la economía mundial en la sombra y las bolsas de todos los países, eran meros juguetes en mis caprichosas manos.

¡Dong! ¡nueve!

Me cultivé con todos los mejores maestros que la humanidad tuvo, con todos los sabios más doctos estuve en el momento crucial de sus enseñanzas, fui testigo directo de los más grandes inventos que cambiaron el modo de vida, por lo que mi sabiduría y conocimiento no tuvieron parangón alguno.

¡Dong! ¡diez!

Maté, robé, engañé, todas las maldades y los pecados los cometí sin ningún remordimiento, todas las aberraciones creadas por la mente humana, los mas abyectos vicios y los mas viles libertinajes, todo lo probé, asumí, cometí y disfruté, todo en búsqueda de una diversión que me diera placer y me sacara del cruel aburrimiento que estaba comenzando a padecer.

¡Dong! ¡once!

Cometí un error, probé el veneno más amargo y cruel, el diablo se regocija con ello, pues mi alma al fin va a ser suya; me enamoré, perdí la cabeza y conocí el sabor mas dulce que un humano puede saborear, me volví un corderito, viví una pasión que jamás había conocido y en muchos eones, por fin fui feliz.

Entonces saboreé el sabor amargo del amor, el sentimiento mas cruel, los años no pasaron en balde para ella, la vejez la marchitó y ni todo mi dinero, ni mi sabiduría, ni mi poder, nada sirvió para evitar que un día la muerte me separase de ella y volviera a mi soledad insoportable.

Es por eso que me rindo, el diablo ha esperado su presa con paciencia y por fin hoy tiene mi alma.

¡Dong! ¡doce!

Es la última campanada, abro la caja del reloj y como un acto sublime, paro el péndulo.




Romero

Por la ventanilla del avión el mundo se mostraba a mis ojos de una manera fascinadora, ya estaba arriba, jamás hubiera pensado que me hubiera atrevido a entrar en un pájaro de acero, tantos años de decir que si Dios hubiera querido que el hombre volara, le habría dado alas, para al final embarcarse en la más grande aventura que había vivido hasta entonces, no era comparable a aquella vez que miré a los ojos a mi hija recién nacida, pero hacía veinte años de eso y desde aquel día, pocas alegrías y sí muchas tristezas, me habían sobrevenido.

Me reí tontamente, al recordar la broma de Tom Sawyer, ¿sería verdad que desde aquí se ven pintados los meridianos?, aunque hubieran existido, no los hubiera apreciado, el cielo se empezó a llenar de una manada de borregos voladores que impedían cada vez mas la contemplación de la miríada de piscinas que en el secarral que es la Alcarria, a uno le da por pensar que en época de pertinaz sequía, podríamos aprovechar las piscinas para efectuar trasvases que pusieran fin a rencillas de políticos regionales tan paletos mentales como insolidarios.

No fue hasta que llegamos al mediterráneo, cuando los volátiles corderitos nos abandonaron, ¿será que no sabían nadar? entonces, ante la falta de estímulos visuales me dispuse a leer, pero no, mi mente volaba desbocada por la ansiedad, ¿no sería posible coger viento de cola para llegar antes? Afortunadamente llegó el carrito con el ínfimo tentempié que la compañía aérea tuvo a bien agasajarnos, ¿aperitivo de qué? Estábamos a más de mil kilómetros de cualquier restaurante terrestre y las cuatro galletitas, sólo consiguieron exacerbar mi apetito siempre insatisfecho.

Afortunadamente un atávico grito, cual Rodrigo de Triana, salió de mi garganta: ¡tierra! , no puede ser, me dije, es demasiado verde, pero si, es “la bota”, estamos llegando, los latidos de mi corazón se fueron acelerando hasta llegar a la cadencia de una ametralladora, ¡quiero llegar ya!, la próxima vez viajaré en el Enterprise de Star Trek, es mucho más rápido, y cuando estás en la vertical del destino, bajas inmediatamente por teleportación.

Algunos minutos mas tarde, por fin tomamos tierra, más ansiedad, ¿dónde está la terminal? vaya, encima no vamos al “finger" , mejor así “tomaré” tierra antes, bajo la escalera y un último escalón, un paso pequeño para el hombre pero uno enorme para la humanidad, Armstrong dixit, mi humanidad es la que pone el pié en esta prístina tierra, me giro, le doy un beso a mi amor y le digo:

  -Chiqui, por fin en Roma.



Ven dulce muerte

Ven dulce muerte, se me ha concedido un gran poder, un poder sublime, elegir la hora de mi muerte y voy a hacer uso de mi poder, no me da miedo del infierno, no creo en el infierno del más allá, aquí en la tierra desde que venimos al mundo, somos unos pobres diablos atormentados y tormentosos, que durante nuestra rastrera vida, solo sabemos sufrir y hacer sufrir, no existe mayor condena que la vida, por lo que la muerte, al fin y al cabo, es sencillamente una liberación.

¿Hacerlo como Sócrates? es una muerte plácida, la cicuta fue adormeciendo sus extremidades poco a poco, su mente se embotó con un sopor del que solo salió para recordar pasados débitos.

¿Lo haré como Séneca? , pobre hombre, fue un poco chapucero, después de abrirse las venas de brazos y piernas, tuvo que beber una poción de cicuta, no le hizo efecto y sólo el vapor de la bañera le hizo morir por efecto del asma que padecía.

Sin salir de la bañera, recuerdo a Marat, pero no tendré la ayuda en el tránsito de una nueva Carlota Corday, por supuesto me olvido de la guillotina, es difícil de localizar fuera de Francia una en buen uso y asequible; me molesta de manera particular el humo, por lo que una solución a lo Juana de Arco es inviable, además una carga de leña similar es costosa económicamente además de un lugar retirado de las miradas ajenas, no es fácil de conseguir, verdaderamente queda descartado, me olvido pues de la solución francesa.

Ni hablar de la soga, es poco original, además, tengo leído que se suelen aflojar los esfínteres y me parece poco elegante irse de este mundo dejándolo todo perdido.

Cerca de aquí está el viaducto, pero anteriores volatineros, hicieron que el ayuntamiento pusiera una barrera de cristal para evitar tener que recogernos en la calle Segovia.

En mi mente se agolpaban todas las maneras más o menos civilizadas de morir y las iba desechando una a una, algunas por difíciles de conseguir la parafernalia adecuada como la guillotina y la silla eléctrica y otras por no poder dejar tras de mi un bonito cadáver, la verdad me fastidiaba tener que hacer que pobres trabajadores de la limpieza se esforzaran en limpiar mis sesos incrustados en el techo de algún lugar.

Recapitulando, busco una muerte higiénica, sin importar el dolor y el sufrimiento, pero que no me desfigure en exceso…. mmmm. creo que lo tengo, seguiré viviendo, moriré dulcemente, mi sufrimiento no tendrá fin, continuaré siendo seguidor del Atlético de Madrid.





Los perros de la guerra

Avanzamos por un viejo camino polvoriento a lomos de un viejo Land Rover, el runrún de su gastado motor me adormece a pesar de los baches del camino, llevo un gran pañuelo anudado en el rostro para evitar el maldito polvo de esta odiada tierra en este asqueroso país, ¡maldito sea el día que entré aquí! Solo la necesidad puede llevar a gente como yo a hacer este asqueroso trabajo, hubiera preferido limpiar letrinas con la lengua, pero ya es tarde, mi ansia de dinero fácil, aventuras y afán de emociones fuertes me trajeron aquí, parece mentira, pero ahora el protagonista del videojuego soy yo.

El sol está en todo lo alto, aprovecho para beber un largo trago de agua, el combate está próximo y matar reseca la garganta, a pesar de mi resaltada experiencia, un sabor a bilis me sube por el estómago hasta la boca, escupo a menudo pero el regusto sigue ahí, “el viejo” me dice que es el sabor de las almas que abandonan los cuerpos de nuestras victimas, se quedan flotando hasta que los aspiramos y nos nutrimos de ellas, el sabrá, es el mas veterano de nosotros a pesar que no pasa de los cuarenta años le llamamos “el viejo”, ha estado en mas guerras de las que su estúpido cerebro abotargado por el alcohol y las drogas es capaz de recordar, prefiero esa explicación, hay otros que se creen las malditas religiones animistas que pululan por este continente y son capaces de comer el corazón de sus primeras victimas, ¡locos!.

Recuerdo como empecé en esto, una visita a un hotel, una promesa de riqueza fácil, una firma, un apretón de manos y de ahí un viaje a una ex república soviética, donde unos sádicos instructores nos enseñaban la miles de formas de matar y no ser matado, que miles de años habían sido dados a los hombres, una sabiduría durante este tiempo que nos llevaba a conocer como hacer sufrir de la manera mas cruel a tus semejantes, a despreciar el dolor propio y sobre todo el de los demás y a no temblar ante las atrocidades más extremas que la mente humana puede se capaz de crear sin que a nadie le tiemble el pulso y ser capaz de acostarse esa noche y dormir sin remordimientos.

De pronto el Land Rover se detiene, vamos a entrar en acción, repaso rápidamente la posición y estado de mis armas, salto del vehículo y me introduzco en la sabana, seguimos un sendero al que cientos de años de idas y venidas de la población dejaron brillante el suelo, como si la tierra estuviera pulida, mejor, así llegaremos sin apenas emitir ruido alguno, el “capitán” nos hace una señal, sigilosamente rodeamos el poblado, esta vez no habrá prima pues no se espera que haya gente armada, sólo se trata de masacrar un pequeño poblado de chozas de barro y ramas, mujeres, niños y viejos son nuestro objetivo, ¡bah! un paseo, de pronto suena la señal, monto el arma y empiezo a disparar.



Malditos

Caminaba cojeando por la calle mayor del pueblo, pregonando mi mercancía, maldita cojera, hace diez años de lo de Trafalgar, pero todavía maldigo a gabachos e ingleses mil veces al día desde entonces.

A todos les iba con el cuento de que una bala de cañón del mismísimo Victory de Nelson se llevó la pierna, la verdad era mucho más prosaica, más humilde, cualquier buque de los que estaban en la refriega, nos mandó una andanada que explotó en la cubierta, provocando que un millón de astillas salieran volando en todas direcciones, una de ellas del tamaño de una estaca se clavó en mi pierna, el cirujano de a bordo, no se lo pensó, amputó a la altura de la rodilla, ya sin láudano ni ron que mitigaran mi dolor, tuve la inmensa fortuna de perder el conocimiento al poco de ponerse a la faena.

Ya en Cádiz, una vez repuesto de las heridas y licenciado de una marina sin barcos, mi siguiente inquietud fue la de buscar un buen carpintero que pudiera reponer mi apéndice, por un sustituto de haya, desde entonces me conocen por el reloj, por el ruido que forman mi pata de palo y el cayado en el que me apoyo.

¡Maldito calor andaluz! me recuesto en una sombra de una tapia, aquí ni los arboles refrescan con su sombra, el suelo agrietado de la serranía pide a gritos una lluvia que tardará en llegar, me encuentro recluido en Ronda, donde al faltarme medio apoyo, no pude valer para bandolero, por lo que sólo puedo vender gallos de caramelo por los pueblos serranos, hoy hasta los gallos sudan con este calor, me siento medio hombre, me perdí el resto de la guerra y ahora apenas puedo malvivir.

Continúo con mi tic-tac, por las calles de este villorrio llorando por mi juventud perdida por culpa de una maldita guerra que cercenó las ilusiones de tantos jóvenes y llenó de luto tantos hogares.

¡Malditos gabachos e ingleses!





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