domingo, 12 de febrero de 2012

Elemental


Lo primero que pensé cuando entré en aquella habitación, fue la extrañeza de que en un cuerpo humano cupiera tanta sangre, había un enorme charco de sangre, desproporcionado, desbordante, atroz, nada parecido había visto en mi vida, una vida dedicada a ver cuerpos muertos de todas las maneras, unas veces la muerte había llegado más o menos voluntariamente, otras de una manera artera, con resultados las más de las veces nada agradables para la vista.
Qué extraño, recuerdo la frase sobre la sangre de la gente, la dijo mi admirado Hércules Poirot, fabuloso detective simpar nacido de la pluma de la maravillosa Agatha Christie, envidia de la pluma del que me sustenta; lo que no recuerdo era el caso y la novela donde se pronuncia esta frase, quizás pudiera sacar alguna ayuda que me sirviera para resolver el caso que principiaba.
A mi espalda, el incombustible Bernal a duras penas lograba sujetar su bolo alimenticio entre las arcadas que le venían.
-    Si vas a vomitar hazlo en la calle, recuerda que estas dentro del escenario de un crimen.
Asintió con la mano cerrando la boca y salió con premura de la habitación dejándome solo con el finado. Ante mí, boca arriba o decúbito supino, como se diría finamente o en lenguaje forense, la camisa otrora blanca, estaba completamente empapada de sangre, el rojo es muy escandaloso, que decían nuestras abuelas; los ojos abiertos saliéndose de las órbitas y la boca torcida en un rictus de dolor, sorpresa y desesperación. Era, el finado, una persona ya mayor, alrededor de los sesenta, solamente le cubría la cabeza algunos cabellos grises sobre las sienes, regordete y no muy alto, alrededor de metro sesenta, si tuviera un fino bigote, podría ser realmente parecido a Franco con su edad.
Mal no le fue en vida, me encontraba en un hermoso chalet en la Piovera, con jardín, piscina y pista de pádel, dos alturas más garaje, donde asomaban el morro un par de Mercedes, y casa detrás para el servicio.
-    ¿Tenemos ya los datos del occiso?
Un Bernal de rostro amarillento causado por la bilis que acababa de soltar me contestó:
-    Facundo Peribañez, industrial del ramo de la construcción, 62 años, casado con Puri Ridruejo, dos hijos (estos se encuentran ahora en el extranjero, el mayor un varón de veinticinco años está en Saint Moritz esquiando y la hija, veintidós, en San Francisco, no he logrado averiguar para qué está allí); no constan enemigos conocidos, al parecer el móvil no ha sido el robo, pues la caja fuerte está cerrada y no falta nada del interior, la mujer se encontraba durmiendo en su habitación (pues lo hacen en dormitorios separados) y no oyó ni sintió nada pues toma píldoras para dormir.
-    Muy bien chaval, por una vez te estás ganando los garbanzos, tu sigue cerca de mí y algún día volverás a ser inspector sin necesidad de que te enchufen de nuevo tus oscuros amiguetes. ¿Qué hay del servicio?
-    Un mundo, tienen mayordomo, dos doncellas, cocinera, jardinero-chofer, amén de eventuales guardias de seguridad, camareros, costureras y limpiadoras según se van necesitando. Pero se alojan en el otro pabellón por lo que nadie oyó nada, están todos temblorosos pensando en su futuro; y es que con la crisis que está cayendo…
-    Muy bien, pasemos a ver a la desconsolada viuda
-    En el salón de té la tiene usted.
Si el finado era talmente Paco, la ya enlutada (qué rapidez en cambiar el atrezzo) viuda, era la Collares sin duda alguna, una serpiente nacarada daba mil vueltas sobre su arrugado cuello. Me miró altiva con esa soberbia y altivez, que solo los ricos de solemnidad saben poner delante de alguien a quien consideran poco menos que un gusano.
-    La acompaño en el sentimiento señora de Peribañez, estoy aquí para llegar al fondo del asunto y encontrar al criminal, permítame unas preguntas.
-    Como usted diga, pero por favor sea breve, imagínese mi estado, además debo hacerme cargo de las exequias.
-    No se preocupe, su marido de usted ¿tenía algún enemigo reconocido?
-    ¿Facundo? Quite usted, era un trozo de pan, todo el mundo lo apreciaba de veras, nada más que tenía amigos en todas partes, pregunte usted, la casa siempre estaba llena de gente que venía a saludarle, banqueros, políticos, empresarios, marqueses, fíjese, hasta obreros venían y él les atendía como amigos, hasta les daba la mano, esto ha sido cosa de los anarquistas, ¡Dios mío! Como en el 36 ¿Dónde vamos a ir a parar?
-    Ya, ya veo, en fin, no la molesto más, a sus pies señora de Peribañez.
Me alejé de su presencia haciéndola una media reverencia y es que tal y como están las cosas, esta buena mujer tiene mucho poder al otro lado del hilo telefónico, los Peribañez están emparentados aunque lejanamente con G… flamante nuevo ministro, recién recuperado mi cargo y mi dignidad, había que ir con pies de plomo y sin pisar callos ajenos.
-    Inspector, el comisario Guillén ha llamado, dice que vaya pitando para Jefatura.
-    Muy bien, mira, cógeme al mayordomo y te lo llevas a comisaría y me lo aplicas el tercer grado, a ver qué sacamos.
De camino a Jefatura iba pensando en todos estos oscuros meses que habían discurrido hasta mi reposición, no había olvidado a mi archienemigo el Dtr. I. Mero, se me hacía raro sentir que nadie excepto yo supiera de su identidad y de sus oscuros planes para dominar el mundo, me sentía un poco como James Bond contra el doctor No, o como el que puso fuera de combate a Fu Manchú ¿Cómo se llamaba? Caramba, cuando llegue a casa tendré que mirarlo en la wikipedia.
El comisario Guillén era un advenedizo, de nuevo en esta era se habían puesto de moda los “cesantes” que según quien gobernara, trabajaba o no en el ministerio correspondiente a su enchufe, alguien que por afinidad política o familiar iba repartiendo cargos entre sus allegados, ¿Volverá también algún Larra a glosar sus desventuras?
-    Gracia, estamos en un lío, necesito que el crimen del industrial Peribañez se solucione a la máxima brevedad, un gran escándalo político se avecina, nuestros enemigos nos lo echarían en cara, fíjese, recién <nos> hacemos cargo del país y no somos capaces de traer la paz al reino, la ruina.
-    Me hago a la idea, comisario, no se preocupe, he puesto todos los medios a mi alcance para su resolución.
-    No es que quiera agobiarle, pero en el ministerio me indican que si no, rodarán cabezas, no se andan con chiquitas allí, imagínese, lo mismo que uno sube, pues cae de golpe.
Acompañó este movimiento con el de su palma de la mano simulando ser un avión cayendo en picado, golpeando al final las palmas de sus manos, como en una catástrofe aérea.
La entrevista no me satisfizo en absoluto, pero como los hechos eran de esta manera, decidí ir a mi lugar de meditación favorito.
-    Buenos días inspector ¿un guisquicito?
Se me acaban los adjetivos para describir al ángel que me aguardaba detrás de la barra del Búho Bizco, día tras día me la encontraba allí, bella, pizpireta y con esa sonrisa que lo iluminaba todo, lástima que la diferencia de edad entre nosotros fuera un muro infranqueable, tenía muy claro que la bella Lola (pues de ella se trataba ¿qué esperabas si no?) tiene la edad para ser mi hija, en el hipotético caso que en este hilo de la realidad y dimensión en que me hallaba, hubiera tenido alguna hija y eso me echaba para atrás, arrojándome tras el rastro siempre esquivo de la Ricchi, Margarita de nombre.
-    Me pareció oír el arrullo de un ruiseñor.
-    Nadie tan zalamero como usted.
Era perfecta, pues siempre acompañaba sus palabras con la acción, por lo que según me sentaba en el taburete, delante de mi persona se encontraba ya el ambarino liquido.
-    Óyeme Lola ¿por un casual no tendrás una hermana mayor o tu madre estará disponible para unir su vida a este pobre pecador? Pero sólo en el caso que sean tan hacendosas como tú.
-    Lo siento inspector, además de haber sido hija única, tengo el dudoso título de huérfana desde tierna edad.
-    Tú siempre serás tierna con cualquier edad.
Como en los cuentos de E.Alan Poe, siempre hay un cuervo que viene a fastidiarlo todo, en este caso fue el subinspector Bernal el que vino a interrumpir tan idílico momento.
-    Inspector, ya terminé con el mayordomo, ha cantado de plano, el comisario Guillén está hecho unas fiestas ¿cómo sabía usted que era el asesino?
-    Elemental querido Watson ¿o eso es de otra historia?
                                                                                                                                                                             
       

martes, 24 de enero de 2012

Paradoja


Al accionar el interruptor de la luz y verme puso la cara de sorpresa que esperaba encontrar, es lógico, encontrar a un desconocido dentro de tu casa apuntándote con un arma te tiene que causar esa reacción, la otra fue preguntarme:
-    ¿Qué hace usted aquí?
Me regodeé con la situación antes de contestarle, sabía que cuando comenzara a hablar, su sorpresa y extrañeza serían mayores, tenía memorizado el discurso que le iba a endilgar, pero aun así un ligero temblor me recorría la espina dorsal.
-    Vengo del futuro.
Una sombra de duda le cruzó la mente, le vi torcer el gesto y poner cara de extrañeza, era lógico ¿a quién no le pasaría lo mismo?
-    Si, no me mires así, es difícil de creer, dentro de unos años será posible, pero claro, con limitaciones, solo se permitirán para estudiar ciertos años y a muy poca gente, por eso de evitar cambiar la historia y no provocar paradojas.
-    ¿Entonces… que hace aquí?
-    Te comentaré, según la línea del tiempo, mañana vas a conocer a una mujer, os gustaréis desde el primer momento, tanto que en apenas un año os casaréis.
-    ¿Y qué tiene eso que ver contigo?
-    Tiene que ver que soy un cobarde y un pusilánime, mi vida ha sido siempre un infierno, no me extenderé mucho, apenas queda tiempo, no valgo para suicidarme, mi miedo al dolor me impide intentarlo ¿Y si algo sale mal? No puedo imaginar siquiera errar en el intento, sufrir, ya lo he hecho durante todos los años de mi vida y quiero abandonarla en paz, sin dolor.
-    Pero yo no tengo que ver en nada de eso.
-    Más de lo que te imaginas, en apenas dos años provocarás todo lo malo que me ha sucedido en la vida, lo siento, pero eres el único responsable de todo lo que me va a acontecer al conocer mañana a mi madre.
-    Entonces… ¿Soy tu padre?
-    Efectivamente.
-    ¿Y a qué viene entonces lo de apuntarme con un arma?
-    Ya te he dicho que soy un cobarde que no aguanta el dolor y voy a aprovecharme de la paradoja espacio-tiempo, si yo te mato, nunca habré existido, sufrimiento para mí: cero.



martes, 17 de enero de 2012

La abadía

Como una jauría, si, eso mismo le parecían sus perseguidores, una jauría desbocada persiguiendo a una liebre, lástima que la liebre fuera él, siquiera el haberse introducido en el fragoso bosque le había dado la ventaja que anhelaba, no había servido esta vez para despistar a sus enemigos, esta vez debían de ser expertos en estas lides, además de contar con excelentes sabuesos, a los que con sus tretas no había sido capaz de despistar, lo había intentado todo, desde circular un largo trecho dentro de un arroyo, hasta volver sobre sus propios pasos varias veces, de manera desesperada jugó su última carta rebozándose las calzas con excrementos de vaca, pero no logró distraer un instante el olfato de los perros.
La fatiga se iba apoderando de él, llevaba casi todo el día corriendo a pié desde que en un mal salto había perdido a su caballo, una pata fracturada en el pero momento, se entretuvo lo justo para poner fin a su sufrimiento, si bien no le importaba el sufrimiento de sus congéneres, incluso a veces disfrutaba infringiéndolo, era incapaz de ver como un noble animal sufría, lo degolló con un experto tajo y allí mismo dejó las alforjas con su botín, pensando que quizás sirviera para detener la persecución, lo que no había logrado a su pesar.
Se encontraba en lo más intrincado del bosque, por cierto un bosque que apenas recordaba, por lo que desconocía cualquier sendero o atajadero que le diera cierta ventaja, iba cada vez más a ciegas pues ciertamente la noche se iba abatiendo sobre todos, varias veces estuvo a punto de caer en precipicios que se asomaban a negras aguas turbulentas entre riscos, las más veces las ramas de los árboles le herían en cara y manos entorpeciéndole su huída y llenándole el cuerpo de arañazos que iban dejando su cuota en sangre.
Un cuarto de luna salió de pronto entre las nubes mostrándole más adelante la sombría forma de un edificio de piedra en lo alto de un otero, no se lo pensó dos veces y hacia allí dirigió sus pasos, una vivienda significaba un lugar de cierto cobijo, descanso o donde alimentarse y si la suerte acompañaba, donde conseguir un caballo para facilitar su huída.
Una alta valla de piedra le guió hacia la entrada del recinto, allí se aclaró su rostro con una sonrisa, ¡estaba salvado! Recorrió los pocos metros hasta la abadía, justo a tiempo, pues casi podía sentir el aliento de sus perseguidores, golpeó con todas las fuerzas que le quedaban en la puerta y una suave voz le contestó:
-    ¿Quién vive?
-    Mi nombre es Luis de la Peña y reclamo mi derecho de acogerme a sagrado.
-    Pasad pues, voy a buscar al padre prior, para ver que es lo que gusta de disponer.
Me introduje suspirando de alivio dentro del cenobio dejándome caer derrumbado en un poyo junto a la puerta, no podía creer en mi buena suerte, acababa de dejar con un palmo de narices a mis perseguidores, esta noche podría descansar y yantar y más adelante en un descuido de los guardianes que a buen seguro pondrían fuera de los muros de la abadía, escaparía de allí seguramente lleno el zurrón de alguna reliquia o del copón de oro de la sacristía, algo para poder resarcirme de la pérdida del botín que atrajo tras de mí a la jauría.
-    Por favor, descalzaos y seguidme
El fraile portero apareció de repente delante de mí sin darme cuenta de su llegada, seguramente al estar cavilando no me di cuenta  de su aparición ni por donde había llegado.
-    ¿Por qué he de quitarme las calzas?
-    Estáis pisando sobre suelo bendecido por nuestro fundador.
-    Por favor, coge esa cruz y sígueme.
-    Pero, ¿por qué?
-    Sígueme, por favor, todo a su tiempo.
Vaya, no sabía si era costumbre allí, así que recogí un pesado madero en forma de cruz y me lo encimé sobre el hombro, siguiendo al curioso personaje a través de una galería porticada, esta salía al claustro, donde encontré más monjes, cada uno de ellos portando también una cruz, por lo que me uní a ellos caminando por las pandas, no sé por qué, pero una pesadez se fue apoderando de mi ser, era incapaz de pensar con claridad, mis sentidos se iban embotando, mi vista nublada apenas me permitía vislumbrar la espalda del monje que me precedía, solo era capaz de andar cargando con el pesado madero, un paso, después otro, otro más, así una hora tras otra, un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro, siglo a siglo, eón a eón, dando vueltas sin parar subido a este loco carrusel del que soy incapaz de apearme, con un dolor infinito de huesos y articulaciones, no sé dónde está el alma, pero seguro que también me duele, mi pies descalzos acuchillados por el sempiterno frío que transmiten las baldosas, incapaces de sangrar a pesar del rozamiento, puede que sea porque ya me he convertido en un espectro y los espectros no sangran, solo penan.




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-    ¡Maese Lope! Fijaos, el rastro se pierde aquí, justo en las ruinas de la vieja abadía.
-    ¡Rodeadla, no puede andar muy lejos!
-    Pero maese, los perros han perdido su rastro, parece como si se hubiese volatilizado.
-    ¡Maldita sea, no puede quedar sin castigo ese bellaco!
-    ¡Chitón! Me parece oír algo.
-    Es cierto, un lejano rumor se oye… parece un madero arrastrándose.
-    ¡Bah! No es posible, prosigamos la búsqueda por aquella vereda.




sábado, 7 de enero de 2012

Kirk of Saint Nicholas


Miró por enésima vez su reloj, apenas era capaz de ver la esfera, maldijo no haberse comprado como le dijeron varias veces, un reloj electrónico, así a pesar de los vapores etílicos que le nublaban la vista, sería capaz de saber con exactitud la hora exacta.

Nunca le había dado los muertos ni su proximidad, y menos fallecidos hace tanto tiempo, creía recordar que el último enterramiento databa de mil ochocientos y pico, pero aun así no era un lugar para pasar un par de horas, con esta humedad y este silencio ¡y todo por una estúpida apuesta! Creía recordar que era hasta las tres de la madrugada, debía permanecer allí sin más compañía que un montón de lápidas y algunas cruces celtas a su alrededor, todas recubiertas de una pátina verde de tantos años cayendo la lluvia inmisericorde de Escocia. Afortunadamente ahora sólo caía una suave niebla húmeda que apenas servía para mojarle la cara y que debía restañar frotándose los ojos de vez en cuando, apenas una tenue luz se escapaba ya de la luz del reloj de la abadía de St. Nicholas, el resto era una oscuridad que tremolaba a su alrededor movida por un ligero céfiro moviendo la niebla.

Las baldosas que pisaba estaban desniveladas por el paso del tiempo y de tanta gente como las había hollado, se dispuso a caminar para desentumecer los músculos de unas piernas que le temblaban por el exceso de güisqui de la tarde pasada con sus amigos, creía recordar que un poco más adelante había un recio banco de madera, allí se apoyaría e incluso si no estaba muy mojado podría tumbarse, de pronto, algo le sujetó el pie, unas garras salidas del mismo infierno se aferraban a su tobillo, intentó desembarazarse de ellas pero fue incapaz de lograrlo, al contrario, otras manos huesudas, descarnadas le comenzaron a sujetar de la manga del abrigo, con la mano izquierda luchó por zafarse de ese abrazo, pero solo consiguió sentir dolor, mucho dolor, algo pegajoso le corría por los dedos, espantado observó que era sangre, su propia sangre que se escapaba de varios surcos de la palma de su mano, ahogó una maldición mientras que con todas las fuerzas que fue capaz de reunir tiró de si mismo en un esfuerzo brutal, por fin consiguió escapar de aquel abrazo mortal, tambaleándose por la inercia, no se dio cuenta que cayó dentro de una fosa recién levantada por las autoridades esa misma mañana para restaurar la lápida, tampoco se dio cuenta que aquel extraño ruido era el de su cuello al romperse.





























sábado, 17 de diciembre de 2011

Mutatis mutandis

- Buenos días señor ex inspector Gracia
- ¡Ay bella Lola, andas algo errada! Y sobre todo poco informada de los últimos acontecimientos, debes mutar el tratamiento, suprime el prefijo “ex” pues he vuelto a ser repuesto en mi cargo.
- ¡Enhorabuena! ¿Y a qué se debe tan maravillosa e inesperada noticia? 
- Bueno, obviamente te supongo enterada del vuelco electoral de hace unas fechas, y claro está que a alguien como un servidor, capaz de poner entre rejas no solo a un peligrosa célula maoísta, sino al mismísimo Santiago Carrillo en sus tiempos de poseedor de adminículos interparietales (o sea una peluca), pues bien, con esos méritos en mi expediente y otros que hoy no vienen al caso, era una tamaña insensatez tenerme fuera de la lucha contra el crimen.
- Pues no sabe usted como me regocijo de esa reposición, para celebrarlo ¿le pongo una cerveza?
- Bella Lola ¿estamos por ventura en Múnich, en octubre y tú eres una fornida teutona?
- No, no y no (San Pedro dixit) 
- Pues discúlpame, pero si no se dan esas tres premisas, ponme un güisqui como solía, no vayamos a perder las buenas costumbres, según Severo 8a, las conexiones neuronales discurren a mayor velocidad si van engrasadas con alcohol (de elevado octanaje)
- Marchando, y de nuestro buen amigo el ex inspector Bernal ¿Qué se fizo?
- Por aquí resopla, precisamente; ¡Bernal!
- ¡A sus ordenes señor inspector!
- Vamos a ver, ¿no te acabo de decir que quiero que el tráfago por la Gran vía discurra como cuchillo caliente sobre pastilla de mantequilla?
- Si señor inspector, pero con esto de las compras navideñas…
- ¿Sabes lo que hago yo con los peros? 
- No, señor inspector, pero me lo imagino. 
- Pues arreando, que es gerundio, si hace falta te pones en medio de la calzada en la plaza de Callao. Y ahora, si me disculpáis voy a darle la buena nueva a Margarita Ricchi.

Felices fiestas para todos, sobre todo a mis amigos de la blogosfera de los que no tengo su correo o su Facebook y no lo puedo hacer personalmente.


martes, 6 de diciembre de 2011

Tempus fugit


¿Cuántos números somos capaces de memorizar? No me refiero a los números ordinarios, sino a la cantidad de contraseñas distintas que poseemos, olvidémonos de los números de teléfono más habituales que todos recordamos en un instante sin necesidad de echar mano de un directorio, también de los número de las casas donde vivimos, trabajamos, de los familiares y conocidos; también de las líneas de metro y autobús; vamos a centrarnos en las contraseñas como dije al principio.

Pues bien, hoy me toca apuntarlas todas, y no es una cuestión baladí, empecemos  a enumerarlas: las tarjetas bancarias, mínimo dos, porque encima por pura vaguería no has sido capaz en todos estos años de unificar el número secreto, también está el número de acceso a la banca por internet, que es un número diferente pues te exige ocho dígitos y no cuatro como en las tarjetas, por lo que te toca acordarte de otro número y en este caso siguiendo las indicaciones de seguridad del banco, ni se te ocurra poner fechas, ni de aniversarios, ni de natalicios y si puede ser intercalando letras minúsculas y mayúsculas, mejor. 

-       -   ¿Te queda mucho?

Espera hombre, no acabo sino empezar; bueno continuemos con el número famoso del PIN del teléfono móvil; por cierto, me quedo con la duda de saber qué significa esta tan llevada sigla o abreviatura, en fin, qué se le va a hacer. En esto fui más inteligente que con las tarjetas, los dos móviles que poseo llevan el mismo número. Ahora otras contraseñas; claro, la del ordenador cuando arranca (algunas veces igual que una moto); luego hay otras contraseñas que reseñar, las de mis cuentas de correo electrógeno, eléctrico o electrónico, siempre los mismos números, pero distintos a los anteriores, las de acceso a páginas especiales como vagos, facebook, etc., sin olvidar por supuesto las de acceso a mis blogs, voy a apuntar que se las envíen a Andrés para que escriba un buen epílogo.

-          Venga hombre no te enrolles.

Que no tío, enseguida acabo; después de los números ¿qué más me queda? Si, apuntar que la contribución y la tasa de las basuras, se pagan entre Octubre y Noviembre, que esté pendiente del buzón pues estos recibos no están domiciliados y luego si se pasa la fecha de cobro vienen con un recargo de aúpa. Del “numerito” del coche que no se preocupe, lo bueno de la minusvalía es que no pago nada por él, pero mejor que lo venda, para tenerlo en la puerta de casa muriéndose de risa…

-          Qué pesado que eres

Entiéndeme,  hay que dejarlo todo atado y bien atado, estas cosas luego para la familia son un tostón, mejor apuntarlo todo. ¿Por dónde iba? Bueno, los recibos de la comunidad, como no tiene acceso a la banca virtual y no puede emitir transferencias, mejor que se acuerde de ingresar el dinero en la Caja del señor Rato, pero que recuerde que el ingreso solo se puede efectuar del diez al veinte de cada mes y en horario de ocho a diez de la mañana, simpatía que derrochan estos banqueros, luego en el anuncio dicen que te hacen las cosas más fáciles.

-          Mira, el tiempo ya se acabó

-          Bueno, no te pongas así, solo la digo que la quiero mucho y ya está, terminado, ya nos podemos ir.

-          ¿Sabes lo que pasa? Si hubiera muchos como tú, los sepultureros harían cola esperando y mi plus de productividad se iría al carajo. La muerte no puede esperar.

-          Bueno, perdona, ¿Dónde vamos, arriba o abajo?

-          Ya te enterarás.



Dedicado a Montse, afortunadamente a tu reloj le queda mucha arena

jueves, 24 de noviembre de 2011

Otoño en Madrid

Por razón de mis estudios no puedo escribir, pero para no perder el contacto os dejo las últimas fotos de mis paseos por Madrid, para mi desgracia  ni siquiera puedo ir a la sierra, otro otoño será.


Cervantes frente al Congreso de los Diputados, apenas una sombra, pero es él.


Cuando salgo del trabajo, la misma calle todos los días, pero el sol apenas alumbra.





Un ginkgo, hermoso fosil vivente, supervivente del Jurásico, lo bello perdura para siempre.




Hermoso grupo de varios liquidambar  junto a un haya, todos los colores del otoño a la vez.




Se le acumula el trabajo, parece un suplicio similar al de Tántalo, día tras día sin ver el final de la caída de la última hoja.




En el monumento a Emilio Castelar obra de Mariano Benlliure, La Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, vigilan el tráfico desde el centro de  la Castellana.




Retorcido, gris y nuboso; el arbol, el tiempo, el otoño y Madrid.

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