jueves, 12 de mayo de 2022

Sesenta

 

El número sesenta seguro que tiene que tener su importancia, no es un número cualquiera. La Historia comienza en Sumer, como dice Noah Kramer y los benditos sumerios nos legaron algo extraño: el sistema sexagesimal. ¿Por qué sesenta y no cien? Está muy claro que para el hombre moderno es más cómodo contar de diez en diez y de cien en cien. Ellos conocían de sobra el número cien, pero si nos fijamos cómo llegaron a un sistema que tenía el sesenta como base, la cosa tiene su aquél.

Si te pones a mirar tu mano izquierda (o derecha para los zurdos) y con el pulgar cuentas las falanges de los otros dedos, te da cuatro si lo repites con las otras falanges la suma hace doce. Levanta un dedo de la mano derecha cada grupo de doce, como resulta que casi todos los mortales tenemos cinco dedos, multiplicado por doce te da la cifra mágica: sesenta.

No le des más vueltas, el ábaco es posterior y no digamos la calculadora, ergo el sistema es genial. Luego vendrán los pitagorines y añadirán que además es divisible por 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20, 30 y 60, casi nada.

 No solo lo pitagorines tienen qué decir, los geógrafos te dirían que la circunferencia de la Tierra es de 360 grados, es decir, seis veces sesenta; cada grado se divide en sesenta minutos, y cada minuto en sesenta segundos.

Damos paso a los relojeros que también tienen su dato que ofrecer: cada hora se divide en sesenta minutos, y cada minuto en sesenta segundos.

Aún hay más, los super pitagorines te pegarán la siguiente pedrada: El número 60 puede tomar la forma algebraica mn (m² - n²)= m³n - mn³, para m = 4 y n = 1. Cuando estos números enteros positivos m y n son impares, primos entre sí y m > n, el número mn (m²-n²) se denomina "número congruente de Fibonacci".

¿Qué? ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

Ahora mismo estaréis pensando: a este hombre le ha dado un aire, un vahído, una lipotimia, un síncope o algo así. Tranquilos, ya vamos llegando al meollo.

En resumen, estamos observando cómo el número sesenta es un número lleno de paz, de armonía, de perfección si cabe. Es un número hermoso, lleno de madurez, de encanto, de sensatez, para gente del atleti, vamos; cariñoso, afable, amigo de sus amigos. En resumen, un número redondo.

Muchas felicidades Paly, sesenta años. Ojalá los pudiera haber vivido todos junto a ti, de momento van seis que es como se ha dicho, múltiplo de sesenta.




miércoles, 27 de abril de 2022

La marquesa

 

Una vez acabada la Semana Santa, no se esperaba en la iglesia basilical muchas más emociones y pasión, hasta las fiestas patronales de la población. En este impasse, todos los parroquianos sesteaban todas las tardes tras el rosario de rigor.

Por eso mismo, el sonido de la campanilla sonó como un cañonazo en el silencio de la tarde, solo roto por algunas tosecillas de los orantes más ancianos. Solo doña Fuencisla, la que fue boticaria por cincuenta años en la plaza del pueblo, osó ponerse en pie, despojarse del velo y dejarlo en el reclinatorio. Tonta ella, pensaba que alguien llamaba a la puerta, como si las iglesias tuvieran timbre.

Siguiendo el sonido, encaminó sus pasos por la nave lateral y en la capilla de la Encarnación halló el origen del insistente repiqueteo.

La capilla era la joya de la iglesia. En el centro, un panteón llenaba de orgullo a los paisanos por la grandiosidad del mismo. En él reposaban los restos del IX marqués de la Roñalera y de su señora esposa doña Gertrudis. Este linaje de rancia prosapia, procedía de los tiempos de los Trastámara.

El primer marqués según la maledicencia, le apretaba la almorrana al mismísimo Fernando IV el Emplazado. Y el actual titular del marquesado, en un alarde de orgullo y de demostración de poderío, se había hecho construir en vida, un panteón de mármol rojo Cehegín para ello había hecho llamar a un joven artista en ciernes, un escultor bohemio aficionado a la absenta.

Algunos años después y tras varios kilogramos de azucarillos, la obra estuvo terminada. Un hermoso panteón donde, sobre un túmulo apoyado sobre leones, dos bellas tallas yacentes del marqués y señora con las cabezas apoyadas en sendos almohadones y los pies sobre fieles lebreles.

No le dolió haber enajenado la finca de caza “Las jarillas”. Total, la hiperuricemia que padecía le impedía exterminar con fruición todas las sabandijas de la finca. A la postre se había ahorrado el estipendio del escultor, puesto que el continuo trasiego del verde licor, le llevó a ser un inquilino más del afamado sanatorio de Ciempozuelos, recién inaugurado por entonces.

El día de la exposición oficial a las fuerzas vivas del lugar, incluso vino el señor arzobispo, todos se extrañaron de un adminiculo que tenía el panteón. En la mano de la señora marquesa, una campanilla de bronce estaba enganchada a un cable que se hundía en el interior del conjunto en mármol.

El marqués se vio en la obligación de explicar que su señora esposa no estaba, como todas las mujeres de entonces, enganchada a las novelas de Guillermo Sautier Casaseca. Para su desgracia, pues él no entendía el beneficio, su esposa lo que leía afanosamente eran las novelas de Edgar Alan Poe. Tras leer “el entierro prematuro” le había hecho jurar sobre una pequeña biblia que atesoraban en el cajón de la mesilla, que haría todo lo posible para que a ella no le acaeciese lo mismo.

Pues bien, treinta años tras el entierro de la señora marquesa, la famosa campanilla devino a sonar para trastorno de los parroquianos.

Retomando al descubrimiento de doña Fuencisla, ésta hizo llamar al coadjutor que se encontraba en su despacho preparando el ropero de santa Rita. Tras un camino hacia la capilla donde hacía chanza de la pobre Fuencisla, al entrar y observar el prodigio, agobiado por la emoción se le aflojó el esfínter allí mismo.

El párroco alarmado por los gritos de espanto que proferían los fieles y guiado por el olor, al ver el panorama, tomó las siguientes determinaciones: en primer lugar que doña Paulina que era conocida por su mansedumbre, algunos decían imbecilidad, que limpiase con agua y lejía el interior de la capilla. Segundo, que el coadjutor corriese como pudiera a adecentarse y cambiar de vestimenta. Tercero, que el monago corriese hacia la casa solariega de los marqueses de Roñalera a dar noticia del hecho acaecido. Y por último que se diera parte al cabo de la guardia civil.

Todas las órdenes se cumplieron al instante y tras las medidas de higiene, se presentó el cabo de la benemérita que tomó las medidas oportunas para que nadie se acercase a la capilla. 

El señor XI marqués de la Roñalera, que no había conseguido que a sus espaldas todos le llamasen don Tirsín, se acercó con parsimonia como si aquello no le importase nada, a la postre apenas disfrutaba del patrimonio familiar, patrimonio que apenas existía, dilapidado en nocturnas timbas de poker y viajes a Méjico para consumir hongos que no eran níscalos precisamente.

En su mano portaba la llave del panteón y tembloroso, no se sabe si por mor del consumo de opiáceos, abrió la cerradura y tras abrir con esfuerzo la puerta, que chirrió lastimera sobre sus goznes, se introdujo en la oscuridad.

Varios minutos después salió con el cabello empolvado de telarañas y con paso vacilante, volvió a cerrar con llave la puerta. Se dirigió hacia la salida de la capilla donde aguardaban expectantes el cabo y el cura que le interrogaron con la mirada.

-       -  Nada, que la señora marquesa dice que quiere salir tres veces a la semana de paseo. ¡Y en calesa!

Y volviéndose como si se le hubiera olvidado algo, de un fuerte tirón arrancó el cable a la campanilla, mientras exclamaba:

-        -    No te jode




miércoles, 9 de marzo de 2022

Castigo

 

Había tragado océanos en esa singladura. Nunca creí que podría ocurrirme, pero sí, llegué a perder la noción de verticalidad y aunque fuera a vivir al rincón más recóndito del Sahara, jamás secaría mi humedad. Justo entonces me crucé con un gaviero que me preguntó dónde venía.

- Del carajo




martes, 4 de enero de 2022

César

 

Hoy he vuelto a ver a la madre de César. Iba como las madres cuando llegan a cierta edad, viejita, encorvada, arrugada y lo que es peor, con un negro agujero en el alma. Un agujero como solo lo puede provocar la pérdida de un hijo, algo tan contra natura como eso, la lógica dicta que seamos los hijos quienes lloremos a los padres y no al revés.

No sé si antes de conocerlo ya estaba marcado por el sino de la fatalidad. Recuerdo que cuando me lo presentaron, teníamos amigos comunes en el barrio, conectamos de inmediato. A los dos nos apasionaba la lectura y de inmediato comenzamos a intercambiarnos tebeos y libros, hasta que nos lo habíamos leído toda la biblioteca del otro.

El resto fue un continuo mendigar libros a otros amigos, para a su vez prestárnoslos. Él me aseguró que, en momentos de desesperación, había llegado a comenzar a leer la guía telefónica. Realmente hasta que no instalaron el bibliobús en el barrio, no fuimos felices.

La primera vez que me llevó a su casa para mostrarme sus libros, tuve que pasar por la curiosa liturgia de descalzarme y ponerme unos patucos para poder atravesar el umbral. Su madre era una maniática de la limpieza y tenía el parquet reluciente como un espejo. No solo con el suelo, César relucía impoluto, sin una mancha de polvo en los pantalones y los zapatos lustrosos.

Todo esto viene a colación de la primera vez que nos dimos cuenta que este chico era la percha de los golpes, el verano pasado ya se había partido el codo de una manera extraña, no recuerdo cómo, pero no se me olvida los escalofríos que me provocaba ver como era capaz de sacarse a medias los hierros que llevaba insertados en la articulación.

Pues bien, íbamos en pandilla dando una vuelta, por los cerros que ahora llaman de las siete tetas, y que antes llanamente denominábamos las montañas. Seguro que charlábamos sobre comics de superhéroes tan en boga entonces, cuando de improviso se acerca un muchacho mucho más mayor que nosotros y le sacude un soberano tortazo al pobre de César. Éste cayó al suelo y se encogió intentando resguardarse de la lluvia de golpes y patadas que le asestó el maldito individuo. Nosotros a pesar de ser más, nos quedamos paralizados ante este ataque tan gratuito, también sabíamos que de habernos interpuesto, viendo la catadura del mismo, hubiéramos acabado como él.

Al rato se cansó de suministrarle la tunda y como si no hubiera pasado nada, se disculpó ante él diciendo que pensaba que le había tirado una piedra y tras estrecharle la mano, se fue sin más.

Recogimos aquél derrelicto y lo recompusimos sacudiéndole el polvo de la ropa mientras él se lamentaba que lo que le había propinado aquel individuo no era nada con lo que le esperaba cuando llegase a casa y lo viera su pulcra madre.

Así que fuimos a mi casa y allí con cepillos de la ropa, agua y jabón lo dejamos como un pincel, o casi.

En el instituto tampoco fue un alumno aplicado, recuerdo que fuimos junto a recoger las notas de quinto y al suspender tantas asignaturas, se encontró que debía repetir curso. En la salida, a lo lejos vislumbró a la profesora de Historia, como era una de las asignaturas suspendidas, se envaró y aprovechando la impunidad de la distancia gritó: - ¡Viejaaa! – Pero al llegar a la jota, se atragantó, pues se acababa de tragar una mosca y comenzó a vomitar allí mismo.

Al tener que repetir curso, perdió poco a poco el paraguas de nuestra amistad, comenzando a salir con chavales, como diríamos poco recomendables. La última aventura que recuerdo que nos contó, fue que entraron sin permiso en el laboratorio de química para robar ácido sulfúrico. El resultado fue que no cerraron bien el recipiente y sí, el único que se quemó fue el bueno de César. El líquido le chorreó por los pantalones quemando piel y pantalones (doble bronca en casa).

El tiempo nos separó, me cambié de barrio y no nos volvimos a ver hasta que una vez casado, regresé a mi viejo barrio.

Lo que vi me dejó sin habla. Cesar siempre fue rellenito y el espectro con el que me crucé era un esqueleto con algo de piel. De primeras no lo reconocí, era alguien lejano ya y esa sonrisa sardónica, casi un rictus con el que me miró, era algo que el César que conocí era incapaz de llevar a su rostro. Hasta varios días después no conseguí reconocerlo, quizás lo que sí reconocí fueron los gritos, pues vivíamos uno frente del otro, que propinaba a sus padres demandándoles dinero.

Qué triste conclusión, César, ese alma débil, estaba enganchado a las drogas. En ocasiones me lo cruzaba por la calle, pero quizá mi cobardía o el miedo de que me acosase también por el dinero en aras de nuestra antigua amistad, hizo que le diese la espalda.

Cierto día vi a su madre vestida de luto y comprendí que nos había dejado, ya no oiría sus gritos por el patio demandando dinero a sus atribulados padres, ni me cruzaría cabizbajo evitando su mirada inquisitiva.

Solo maldigo a quienes te llevaron por ese camino, los que se aprovecharon de una personalidad débil que solo quería agradar dentro de la manada.

Vi a su madre y me dieron ganas de decir que no sufra, que estoy seguro que ahora mismo César está tan feliz leyendo un cómic de los Vengadores.




viernes, 16 de julio de 2021

El verano de mi vida

 

Ese verano fue distinto, había cumplido otro año más y algo en mí cambió de repente, aunque no me diese cuenta. Un aviso sí me daba el espejo, una sombra oscurecía la parte superior de mi labio y notaba más ronca mi voz, pero a la postre ¿no era eso lo que estaba buscando? Las friegas a escondidas de mis padres con piedra pómez, parecía que empezaban a dar sus frutos.

Comenzaba a ver de otra manera a las niñas y ahora ya no rehuía sus cercanías, por considerarlas poco interesantes, nada aptas para jugar a pídola, churro mediamanga o al rescate.

Como todos los veranos volví al pueblo de mis ancestros, huyendo del calor capitalino para reencontrarme con mis abuelos, mis primos y sobre todo con mis amistades veraniegas.

 Me sorprendió enormemente ver que en la pandilla habían aceptado presencia femenina, en la de Madrid todavía no habíamos dado semejante paso. El caso es que no me pareció mal ya que había una chica a la que no sabía porqué empezaba a mirar de otra manera.

Y es que Montse había comenzado a veranear en el pueblo el año pasado. Hice muy buenas migas con su hermano, pues aunque un par de años mayor que yo, nos unía la misma pasión por los aviones. Inevitablemente esto hizo que me cruzara muchas veces con su hermana y este año esos cruces de miradas tenían algo especial.

Ella era rubia natural, algo raro en aquella época donde apenas existían los tintes capilares y eso la hacía destacar sobremanera. Tenía una conversación entretenida y chispeante, en la que abundaban los chistes lo que hacía que fuese muy popular en la pandilla.

Yo no sé cómo empecé a mirarla de otra manera, me apetecía estar junto a ella, no solo en el mismo equipo cuando jugábamos al pañuelo en el prado de las escuelas, sino también cuando nos sentábamos en corro a jugar a las prendas o sencillamente a contar nuestras historias del colegio o las películas que habíamos visto. A veces cruzábamos nuestras miradas y al darnos cuenta, enseguida volvíamos la cabeza azarados de haber sido pillados mirándonos algo embobados.

Una tarde húmeda en la puerta de su casa, nuestros juegos se vieron interrumpidos por una violenta tormenta que se desató de improvisto. Gruesos goterones cayeron sobre la pandilla, que por arte de magia se dispersó en todas direcciones. En aquel maremágnum una mano cogió la mía y me llevó bajo un soportal.

 Allí acurrucados Montse y yo, pues de ella se trataba, intentábamos capear el temporal que de repente se desató. Rayos, centellas y una cortina de agua se desencadenaron contra el mundo, todo dentro de la oscuridad casi absoluta, rota por algunos relámpagos que aterrorizaban a mi pareja. Ella intentaba abrazarse a mí todo lo que podía y yo notaba cómo se estremecía ante los estampidos ensordecedores de los truenos que sonaban cada vez más cercanos.

Creo que fue en el último estampido, el más fuerte y sonoro de la tormenta, cuando ella buscó protección arrebujándose si cabe en mis brazos y en ese momento nuestros rostros se juntaron. Ella poco a poco, pues yo estaba completamente anonadado por cómo se desencadenaban los acontecimientos, acercó sus labios a los míos y allí quedaron pegados unos segundos. Una vez roto el hechizo, repetimos dulcemente los encuentros con unos besos sacados de cualquier película. Hacía pocos días que habíamos visto en el cine Love Story y creo que nos figurábamos en ese momento como sus protagonistas.

Tal como vino la tormenta terminó y trajo de nuevo el sol, si cabe para nosotros más radiante y espectacular.

Ese fue para nosotros nuestro más preciado secreto. Yo no lo conté a ninguno de mis amigos, aunque por las miradas de complicidad que a veces me echaban sus amigas, no creo que por su parte hiciera otro tanto.

El resto del verano transcurrió entre nubes de algodón, aunque para nuestra desgracia no hubiera más tormentas. Los juegos y los baños en el río transcurrieron igual, aunque ya siempre ella y yo participando en el mismo equipo. A veces, cuando los miembros de la pandilla decidíamos salir de excursión a merendar a alguna fuente fuera del pueblo. En el camino, apartados de cualquier mirada de adultos, nos atrevíamos a ir cogidos de la mano. En ese momento me sentía el ser más afortunado sobre la tierra.

Un día de repente llegó el temido trofeo Carranza de fútbol. Todas las alarmas se encendieron de repente, el verano llegaba a su fin. Nuestras madres aprestaban las maletas de nuevo con aviesos fines e insistían que diésemos un postrero repaso a los libros de texto que no habíamos abierto en casi sesenta días.

Ella se fue unos días antes de mi partida, me acerqué a la esquina de su casa contemplando cómo metían las maletas en el coche que la separaría de mí. Ella entró displicente en el vehículo y en el último momento se giró hacia mí y sacudió suavemente su mano.

Allí me quedé un rato con las manos en el bolsillo, saboreando su recuerdo y a la postre feliz por aquel verano tan distinto, el primero de unos veranos totalmente distintos a los que había vivido hasta entonces.




lunes, 21 de junio de 2021

De merienda en la dehesa

 

Por más que lo intento, me es imposible conseguir evocar mi primer recuerdo de Alameda, tengo que recuperar en todo caso lo que otros cuentan de mí. Según mi madre, era realmente pequeño cuando hice mi primera trastada.

Hasta muy crecidos a todos los chavales nos encantaba columpiarnos subidos en los zarzos, los zarzos son los portones, entonces de madera, que cerraban los caminos o algunas propiedades. No había mayor placer que subirnos a ellos y cuanto más alto mejor, mientras otra persona u otro amigo de correrías, nos empujaba hasta pegar fuertemente contra el tope y aguantar el golpe que se producía.

Pues bien, al parecer ya desde muy pequeño era uno de mis juegos preferidos, y no tuve a bien más que escapar de casa de mi abuela, cruzar la carretera, por aquel entonces no existía el túnel, y encaramarme al zarzo que entonces cerraba la dehesa.

Según me contaron, les debí de dar un buen susto a mi familia cuando descubrieron mi ausencia del corral de la casa de mi abuela y después de buscarme por los alrededores, alguien les debió de dar noticia de mí, encaramado en mi particular tiovivo.

Otro hecho que no consigo recordar, acaeció en el Roble Gordo. Éste era un viejo y seco árbol enorme que había en la dehesa. Era uno de los típicos lugares de merienda y esparcimiento que solíamos utilizar. Bajo su sombra extendíamos un mantel y allí extendíamos la pitanza acompañada con una botella de agua recogida en el manantial cercano.

Al estar hueco, los chavales nos entreteníamos arrojando cantos en su interior, pues al chocar con las paredes del árbol hacía un sonido muy curioso, como de un timbal. Pues bien, una de estas piedras arrojadas, al parecer por mí, impactó en un panal de abejas que se hallaba en su interior, con el consiguiente enfado de las mismas. Huelga decir que ante su furibundo ataque, la jira se dio por terminada, comenzando por nuestra parte, una carrera pedestre hasta algún lugar que nos cobijase de aquellas huestes.

Quizás a colación de este episodio, mi primer recuerdo de Alameda pudiera ser alguna de estas meriendas en una tarde de verano. El lugar no importa, lo más seguro en el manantial que había al principio de la dehesa, pues su hermosa y verde pradera nos impelía a acudir de constante. La hierba era (y todavía lo es) realmente mullida y acogedora y no era infrecuente que varias familias acudiesen a la vez a disfrutar de sus aguas allí. Recuerdo a mi padre casi tumbado bebiendo de sus transparentes aguas, apoyadas sus manos en dos cantos y sorbiendo ruidosamente, mientras nos sonreía y nos decía: esto es agua pura de Lozoya y no el “fino cañería” que bebemos en Madrid.

Otro lugar para merendar era la fuente de la dehesilla, mucho más sombría y apartada, pero llena de rincones para descubrir y retozar alrededor. Lástima que se secara a mediados de los años setenta, luego al no acudir nadie, se convirtió en un lugar sombrío y extraño por lo montaraz del entorno.

Para los más arriesgados y que no temieran al sol veraniego, estaba la fuente del final de la dehesa. Había una caminata con un leve desnivel que nos llevaba hasta la falda de los Carpetanos, el problema es que apenas había árboles junto al camino que nos aliviasen de los rigores del sol, por lo que era un lugar más frecuentado al final de agosto. Además coincidía con la época de recolectar manzanilla, con lo que el viaje era rentable.

Esta fuente, también dejó de manar a mediados de los años setenta, aunque se ha recuperado un poco más arriba, portando un gran pilón para alivio del ganado.

Desechad las tumbonas cuando vayáis al campo, a lo sumo disponed de una toalla, tumbaros en la hierba y mirad al cielo, contemplad las nubes pasar, imaginad a qué animal conocido o por conocer se asemejan, antes de que a las nubes les pase como a las estrellas que un buen día miréis al cielo y ya no estén. Lo peor de todo es no recordar que un buen día, sí estuvieron.




viernes, 14 de mayo de 2021

Valentín

 

Caminó por la alameda procurando no llamar la atención, desde lo más cerca que pudo, pegado a la cinta de plástico, que la policía había colocado entre dos chopos, se acercó al cadáver y pensó: si estuviera escribiendo una novela, ya tendría fijada la atención del lector, además en la primera página, todo un éxito.

Desde cerca ya no le pareció tan grande. Siempre le tuvo miedo. Ya desde niño le evitaba aunque para su desgracia era contraproducente, como un imán allá aparecía para hacerle la vida imposible, sus peleas fueron épicas, así como sus derrotas.

Valentín era el matón del barrio, bueno, matón entre comillas. Las comillas las dictaba el hecho  de que nunca había matado a nadie, como era lo más lógico cuando se tienen diez años, lo contrario hubiera supuesto su inclusión en la primera plana del periódico El Caso.

A ratos mi niñez fue un infierno. Toda la chavalería, después de la salida del colegio, cogíamos en nuestras casas el bocadillo con un par de onzas de chocolate, que ya nos tenía preparado nuestra madre y salíamos alborozados a jugar a la calle.

Entonces, en los años sesenta, por la calle era anecdótico el paso de cualquier vehículo y más si era a motor. Por lo que aprovechábamos el adoquinado suelo, nunca embarrado, para disfrutar jugando a pídola, al rescate o a churro, media manga, manga entera.

Para nuestra desgracia, el cielo se oscurecía cuando aparecía Valentín. Por el artículo catorce, se erigía en el director del juego imponiendo sus reglas. En pídola, aunque se equivocase en alguna tabaca o en el lique, él nunca apochaba. En el rescate, nunca era de los que tenían que capturar, siempre era de los evadidos. Y lo peor venía en el juego del churro.

Aprovechándose de su imponente humanidad, siempre era el último en saltar, por lo que todos nos hacíamos cruces, rezando para que no nos cayese encima.

Todavía era motivo de conversación aquella vez que desgració a Pedrito. Pedrito era un poco retrasado, como se decía entonces. Lo teníamos adoptado entre todos los miembros de la pandilla. Tenía un gran corazón y siempre compartía todo lo suyo. Por supuesto que participaba con nosotros en los juegos como si fuera uno más, a pesar de su evidente torpeza en desenvolverse.

Un aciago día, jugando a pídola, le tocó hacer de burro. Valentín, cómo no, era el director, el primero, el que decía lo que teníamos que repetir saltando. Al cabo de un par de tandas de saltos, Valentín gritó: Corrida de toros. Y comenzó a fustigar al pobre de Pedrito con varias series de banderillas en las que todos al saltar, teníamos que clavar nuestros dedos juntos en forma de punta sobre su pobre espalda.

Lo peor estaba por venir, Valentín gritó: llega el torero y clava su espada. En ese momento, nunca supimos el porqué, en vez de clavar su puño en el lomo de Pedrito, hizo una sentada violenta sobre su hombro, derribando contra los adoquines al pobre Pedrito.

A los pocos días vimos el resultado de tal brutal acción, Pedrito apareció con el brazo escayolado y sin un par de dientes. Todos lo contemplamos con afección, nos podía haber pasado a cualquiera, pero le había pasado a él, a un inocente, a nuestra percha de los golpes.

Los mayores dijeron, son cosas de críos, pero todos pudimos ver la cara de satisfacción que puso Valentín cuando su pobre víctima cayó como un pelele a sus pies, todavía me estremezco al recordarlo.

Volviendo a la realidad, me acerqué un poco más a la cinta que delimitaba la escena del crimen y escupí allí dentro ante la mirada invectiva del policía.




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