jueves, 17 de febrero de 2011

El botón rojo (I)

Apuré de un trago mi tercer cubata, mientras con la otra mano le hice un gesto como de escritura a Thomas, para que me lo apuntara todo a mi cuenta, en el Búho bizco tenía cuenta abierta para mis consumiciones, aunque este mes, esta empezaba a tomar dimensiones preocupantes, tanto para solventarlo con mi próxima nómina, como para los efectos que estaban produciendo a mi hígado.

Acababa de recibir el aviso, que a un par de manzanas había aparecido un cadáver con signos de violencia, maldije mi perra suerte, esto solo sucedía en mis guardias, para los demás inspectores toda su preocupación consistía en discernir al final de su turno, cuantos carteristas debía presentar al juez o si los ponía en la calle de nuevo, después de administrarles un merecido soplamocos.

Saludé con un displicente gesto al agente que protegía que nadie rebasase el cordón de seguridad y con una mirada adusta pedí novedades a Bernal, mi subinspector adjunto.

- Buenas tardes jefe, un navajazo en el hemitorax izquierdo, mortal de necesidad.

- ¿Tenemos al que lo hizo?

- No, y por supuesto nadie ha visto nada, todos ciegos y mudos.

Me acerqué al fiambre a echarle una ojeada, no se apreciaba nada en particular, un gris muerto en una gris calle de un barrio gris. Me di la vuelta a escuchar como explicaba el agente que lo encontró que todo se debía a una llamada anónima avisando del hallazgo.

Sería el sexto sentido que cada uno en su profesión solemos tener, pues no se por qué me di la vuelta de improviso, pero así lo hice y por eso le descubrí agachado junto al cadáver.

- ¿Pero niño, qué haces ahí?

Sorprendido me miró y entonces me di cuenta de mi error, aquellos ojos no eran de un niño, eran unos ojos pequeños, duros, perfilados en el rostro de una manera cruel, severos y firmes, esa fracción de tiempo que duró mi sorpresa fue lo que hizo que se me escabullera, pues de un salto salió disparado calle abajo a toda velocidad, en cuanto me repuse, hice lo mismo detrás de el, con la desesperación del que sabe que no va a conseguir su objetivo, aunque mi vida dependiera de ello, sabía que jamás le alcanzaría.

A pesar de todo esto, continué persiguiéndole varios minutos y calles más, hasta que por fin, giró a la derecha y al hacer yo lo mismo, me encontré con la nada.

Semiagachado para recuperar el resuello, con las manos sujetándome las rodillas, no podía dar crédito a su desaparición, no me llevaba tanta ventaja como para no haber visto como se hubiera escondido en un portal, ni para haber llegado al final de la calle, a pesar de todo, revisé cada portal y cada ventana de la calle con el mismo resultado, todos estaban cerrados e y las ventanas con su correspondiente reja, por ahí no había solución al enigma.

Regresé cabizbajo al lugar del crimen, donde me encontré con la mirada atónita de los presentes.

- ¿Dónde iba con tantas prisas jefe?

- ¿Pero qué pasa, no habéis visto al enano?

- ¿Qué enano jefe?

- ¡La madre que me…! Pues al enano que estaba junto al fiambre y echó a correr.

- Le juro jefe que aquí nadie ha visto a ningún enano.

La cara de los demás agentes así lo certificaban, al parecer yo era la única persona que lo había visto.

- Que curioso… mire lo que hay aquí jefe, esto antes no estaba.

Bernal se agachó ante el cadáver y con su mano enguantada extrajo un pequeño objeto que había encima del cadáver, extendió la palma de su mano y allí se encontraba un pequeño botón de color encarnado.

- Mírelo jefe, esto antes no estaba, se lo juro

- ¿Seguro?- Pregunté algo amoscado.

- Seguro jefe, mire mis notas si quiere.

Efectivamente, revisé sus notas, así como las del agente que descubrió el cadáver y no indicaban la existencia alguna de dicho elemento en el lugar del crimen.

- Mire jefe, a ver si era verdad lo del enano y ha sido él, el que lo ha puesto encima del muerto.

- Pero estúpido, ya te he dicho que el enano existe de verdad.

La llegada del juez de guardia, evitó que hiciéramos más elucubraciones al respecto del jodío enano, a partir de entonces todo siguió el triste ritual del levantamiento del occiso con destino al Anatómico Forense, partido este, allí quedamos Bernal y yo frente al lugar de los hechos.

- En América, todo esto tiene un halo de romanticismo, detrás del cadáver siempre queda una silueta pintada con tiza.

- Desde luego, tiene usted cada ocurrencia, jefe.

- Bueno, vámonos para comisaría, hay mucho papeleo por hacer.

- Espere un momento que me está sonando el móvil. –Si, dígame… Bien… Entiendo… Vale… Vamos para allá. Jefe, lamento fastidiarle la noche, pero hay otro fiambre.

- Maldita sea mi estampa, tener un crimen ya es malo pero tener dos… y a dos horas del fin del turno.

Salimos disparados en el coche patrulla, al parecer el crimen era distinto, un individuo que a la salida de un garito es tiroteado por un par de sicarios que le esperaban dentro de un coche.

Las luces azules parpadeando nos guían al final del recorrido, nos acercamos lo más que podemos a ese maremágnum de coches de policía, curiosos y gentuza varia que puebla ese distrito de las afueras de la ciudad, incluso un avispado periodista me espeta poniéndome un micrófono en mi boca.

- Inspector Gracia, ¿algo que declarar?

- Si, que me cago en tus muertos.

Y de un manotazo le arranco el micrófono de las manos tirándolo al suelo, donde mi subordinado Bernal, remata la acción pisoteándolo a continuación.

- ¡Esto es un atentado a la prensa libre!, ¡Me quejaré a sus superiores!

- Me cisco en ti y en ellos. –Fue mi desabrida respuesta y es que a estas alturas de la tarde mi humor era de perros, sabiendo que me quedaban muchas horas de trabajo fuera de mi turno para terminar todo el papeleo que se me avecinaba.

- ¿A ver, qué tenemos aquí? –Troné en dirección al primer agente que vi.

- Varón, alrededor de cuarenta años, por sus rasgos se deduce que es de procedencia hispanoamericana, dos disparos en el pecho y uno en la cabeza, le dispararon desde un vehiculo que se dio a la fuga, hasta el momento hemos encontrado ocho casquillos, calibre nueve milímetros, después lo de siempre, nadie ha visto nada, nadie oyó nada.

Después de escuchar el informe, me dirigí al finado, no vi nada en particular, una fea herida de bala en la cabeza, de la que corría un hilillo de sangre que corría por la acera, para morir en una alcantarilla, era lo más aparente, pero… un momento, esto no es sangre, me arrodillé y observé junto al orificio de uno de los disparos del pecho un objeto que no debiera estar allí, ¡efectivamente! Un botón rojo intentaba camuflarse entre la sangre de la camisa, me puse rápidamente un guante y lo recogí.

- Bernal, ¿Tienes el otro botón?

- ¿Qué botón jefe?

- ¿Qué botón jefe? –Repetí a mi vez, en son de burla. –¿Pues que botón va a ser? El del otro muerto.

- Sissssi, claro –Acertó a farfullar.

- ¡Maldita sea mi estampa y el día que se me ocurrió escoger esta jodida profesión! ¡Son idénticos!

No me dio mucho tiempo a abrumarme con mi sorpresa, pues allí mezclado entre los curiosos, se encontraba el enano.

- ¡Alto! ¡Detenedle! ¡Detengan a ese enano!

Y salí disparado como poseído por el diablo, en la dirección en la que alterado por mis gritos, el enano se escabulló. A trompazos aparté a la gente que se arremolinaba alrededor y me estorbaba en la persecución, desplazado el último estorbo, observé a unos veinte metros delante de mí al enano corriendo por la calle...
 
Continuará.
 
 
 
El final del relato el lunes próximo
Muchas gracias a Javir y a su blog: Al sol , por permitir introducirme en el  maravilloso mundo creado por su fertil imaginación, desde aquí prometo liquidar la deuda que mi protagonista mantiene en el Buho bizco.
 
 

lunes, 14 de febrero de 2011

La gota

Ya está la gota, inmisericorde, una y otra vez golpeando contra el suelo, con su “plonc, plonc” una y otra vez, como si de una pesadilla se tratase, se mete en los oídos a pesar de mis patéticos intentos de taponarlos con la almohada, pero es un tormento chino, no hay posibilidad de acallar este ruido que me está volviendo loco.

Poseído por la desesperación, me incorporo del catre y paseo por la celda de manera mecánica, un, dos, tres, media vuelta y de nuevo a empezar. Camino sin pensar en lo que hago, mi mente se vacía, a veces sueño mientras ando, intento imaginarme en mi pueblo allá en la sierra, me hallo descalzo y piso la hierba mojada junto al río, me introduzco en él intentando no resbalar sobre los guijarros redondeados por el arrastre de la primavera, el agua está helada, pero eso nunca fue un impedimento para mí, entro en la poza formada en un recodo y cuando el agua me llega a las rodillas, de golpe, como he hecho siempre, me zambullo en su interior, tras una larga brazada, emerjo en la mitad del cauce, luchando contra la corriente para así con este ejercicio, no me afecte la frialdad de las aguas, el río baja cantando entre las rocas de granito de las riberas, hasta que de nuevo el sonido de la gotera me devuelve a mi obscura realidad.

¡Maldita sea! Papillón y Chessman disfrutaron de un silencio a su pesar que a mí se me niega ¿Qué problema supone arreglar una triste gotera? Sobre todo cuando no hay manera de evitar que su golpeteo monótono se meta en mis oídos.

Vuelvo al pasear como un león enjaulado, un, dos, tres, media vuelta, un, dos, tres. ¡Alto! Me quedo parado como una estatua y agacho la cabeza avizorando el suelo, efectivamente, es una hormiga, me arrodillo y con un cuidado de relojero la atenazo entre mi pulgar y el índice, es muy importante no matarla ni lesionarla. Con ella por fin aprehendida me incorporo y me acerco al rincón de la celda junto a la ventana, allí está Petra, en su infinita paciencia aguarda esperando una presa, hoy no se puede quejar, la cena se la sirvo yo. Con la precisión que da el haber repetido este acto varias veces, introduzco la hormiga en la boca de la telaraña, teniendo sobre todo cuidado para no enganchar mis dedos en los hilos de la tela que se extienden radicalmente a partir de la boca de su cueva. No tarda mucho en aparecer y veloz como el rayo, cierra sus quelíceros en el abdomen se la victima y la sumerge en la profundidad de su madriguera. Sic transit gloria mundi

Mi relación con Petra es especial, debo aclarar que no es mi mascota, una mascota es algo más, una actitud de cariño cuando menos y yo obviamente no la tengo, todavía no tengo la mente tan perjudicada como para sentir afecto por una araña. Un día apareció en la celda, se coló por la ventana y sin pedir permiso, instaló su hogar en un rincón de la celda, me pasé horas de pié, observando como hilo a hilo, montaba su madriguera de forma tubular en una grieta del fondo del rincón, a partir de ahí fue extendiendo un tapiz de seda alrededor del agujero donde los insectos que lo rozaran, quedarían apresados sin escapatoria y finalmente varios hilos longitudinales que le avisaran de esta circunstancia.

¿Por qué consentí su estancia? No lo se, quizás porque en mi niñez dormía en la cámara en la casa de mis abuelos, un sitio terrible, lleno de ruidos de mil ratones que correteaban a sus anchas intentando aprovecharse de las legumbres que mi abuela disponía extendidas para su secado, el techo era un entramado de vigas de madera que sujetaban las tejas y un par de tragaluces llenos de polvo que daban una cierta luz por el día, todo esto se hallaba envuelto por infinidad de telas de arañas y dentro de estas, huéspedes de todos los tamaños que uno puede asociar a estos bichos.

Tácitamente hice un trato con las arañas, yo sería su amigo si ellas no me hacían nada, sobre todo por la noche, no se descolgarían para meterse conmigo en la cama. En pago de estos favores, todas las tardes recogía de vuelta del colegio, moscas y hormigas que iba introduciendo en una caja de cerillas y que al llegar a la casa de mi abuela, antes de merendar el rutinario bocadillo de carne de membrillo, subía los escalones hacia la cámara y allí iba depositando una a una todas las presas del día a mis nuevas favorecidas.

Gracias a todos estos recuerdos, he conseguido pasar otra tarde más sin volverme loco, un día más de condena, un día menos para la libertad.

Llega la oscuridad, me tumbo en el jergón, cierro los ojos, pero ahí está de nuevo con su plonc, plonc, la tabarra infernal de la maldita gota.

martes, 1 de febrero de 2011

Eladio

No era capaz de entenderlo, apenas llegaba corriente eléctrica para encender levemente una bombilla, pero para el viejo tocadiscos de mi abuela era suficiente, cuando estaba ella, una inmisericorde letanía de canciones de Manolo Escobar nos llenaba los oídos de música que entendíamos que no era para nuestros oídos, claro que cuando ella se marchaba al hostal, comenzaba la segunda parte de la tortura musical: mi tía cogía su turno y nos llenaba los oídos de sensibleras canciones de Julio Iglesias. ¡Que injusticia! Mi hermano y yo suspirábamos por alguna triste hora delante de un televisor, añorábamos Bonanza y Locomotoro y hubiéramos sido capaces de ver con agrado a la familia Telerín ordenando irnos a la cama.

La única canción que nos gustaba era el abuelo Víctor, de Víctor Manuel, nos hacía gracia, pues el primer nombre del abuelo también era Víctor, no nos imaginábamos en nuestra ignorancia, a nuestro abuelo de picador en una corrida de toros, cambiando su boina por un castoreño, sabíamos que valor no le faltaría, pero nos daba risa imaginarlo embutido en un traje de torear.

Lo de acostarnos temprano venía bien al fin y al cabo, así madrugaríamos y podríamos aprovechar los días, ya que las noches se presentaban mortalmente aburridas sin tele, pasear con el abuelo era lo mejor que nos podía pasar, si no estaba muy mal de los achaques, caminar con él era entrar en un mundo especial, donde se mezclaba el pasado y la actualidad y un conocimiento de plantas y animales como ningún libro, por muy ilustrado que fuera, nos iba a enseñar. Con él, aprendí a distinguir los avellanos, el beleño de las brujas, la hierba de savia naranja que curaba verrugas y el canto del cuco y sobre todo a maravillarme de sus manos encallecidas, que eran capaces de tocar las ortigas e incluso frotárselas por el dorso de sus manos sin sentir ningún dolor, ya me hubiera gustado tener ese don aquella vez que me caí de la valla medianera sobre las ortigas ¡estando en bañador!

Recuerdo aquella tarde con la maestra en Zarzosa, no sé su nombre, hace muchos años que lo olvidé, pero si recuerdo la canción que nos enseñó:



Don Caramelín

Se lava y se peina

Y se va al cafetín



A pesar de ser maestra, una profesión que odiábamos, la tomamos afecto, era una novedad en nuestro discurrir del verano, entonces no podíamos alejarnos mucho de la casa de los abuelos sin el acompañamiento de un adulto, como mucho a la pradera junto al Sauca, bajo unos chopos que nos parecían naves espaciales, allí juntábamos piedras e intentábamos imaginar que éramos padres de familia y tenderos, comerciando con piedras y semillas.

El Sauca, hoy falto de toda vida acuática, entonces nos daba para tardes enteras llenas de aventuras y descubrimientos, capturábamos renacuajos e intentaba ya lo mismo con gobios, soñando que algún día sería capaz de hacer lo mismo con las truchas que se escondían veloces en las oquedades debajo del puente, a pesar de nuestros torpes intentos, aun faltaban muchos años para que pudiera hacerme con ellas artesanalmente, es decir, como los osos, con las manos.

Aquel verano por más que lo intentaba no conseguí ninguna, prácticamente era lo único que podía comer mi abuelo, la lucha contra su enfermedad la perdió por aquel entonces, fue la primera vez que vi llorar a mi madre y no entendí muy bien lo que pasó aquella noche, pero desde entonces creo que Alameda añora una vieja boina castellana paseando por sus ruas.

lunes, 24 de enero de 2011

Mariló

Mi viejo barrio, hacía más de cuarenta años que no volvía a recorrer sus calles mal asfaltadas, antaño fue el extremo este de Madrid, más allá sólo había descampados formados por escombreras, el campo y varios centenares de kilómetros después, el mar. Esa cierta proximidad, sería la que convirtió a la virgen del Carmen, patrona de pescadores, en la patrona de mi barrio, más que la ironía del secarral donde se asentaba.

Llegué a él con algo más de siete años y recuerdo que no me costó mucho hacer amigos. Entonces se vivía en la calle, pocas eran las casas que contaban entre sus enseres con un televisor, por lo que aún nuestras mentes se hallaban libres de su perniciosa influencia. Nuestros juegos después de salir del colegio nos ocupaban toda la tarde hasta que al llegar el ocaso, la falta de luz artificial, pues en los arrabales, el ayuntamiento imaginaba que no necesitaríamos farolas, nos hacía buscar la seguridad de nuestras casas y una cena reconfortadora.

Recuerdo nuestros juegos eternos, duraban una vida, cada día era distinto al anterior, cada juego una aventura que no queríamos que terminara jamás, jugábamos a pídola, a churro-mediamanga, al escondite y a mi favorito: el rescate, me sentía un agente secreto cuya misión era salvar al mundo, los malos me acechaban como jaurías y sólo la agilidad de mis piernas me reportaría el éxito en la misión.

Recuerdo aquel extraño día que la conocí, jadeante, acababa de dar el esquinazo a los enemigos que me perseguían, y me senté en el único banco que había en la plaza, bajo la sombra de una acacia, en la otra punta del banco se hallaba sentada una niña de mi edad, a la que no había prestado atención.

- Buenas tardes. –Me saludó.

- Muy buenas. –Repuse algo azorado.

No era nada normal lo que estaba sucediendo, en aquella época, las niñas eran unos seres que deambulaban por las calles, totalmente separadas de los niños, sin tener contacto alguno con ellos, en aulas separadas en los colegios, no solíamos dialogar con ellas y mucho menos hacerlas partícipes de nuestros juegos, la razón de estos hechos, la supimos por nuestras primas, pues al parecer sus padres les prohibían jugar con nosotros, pues los chicos son muy burros y les podíamos hacer daño.

- ¿Cómo te llamas?

- Jose Antonio. -Contesté, poniéndome colorado ante su osadía y la falta de costumbre de hablar con niñas.

- ¿Cuántos años tienes? –Ella insistía machacona.

- ¿Es que no lo ves, debo de tener los mismos que tu?

- Perdóname, no, no lo he visto, es que soy ciega.

Agradecí entonces que ella no pudiera verme, pues me puse colorado hasta la raíz del pelo, mi cara hacía juego con los jerséis del Dúo Dinámico, que por entonces hacían furor y tanto encandilaban a mis tías solteras.

- Perdona, no me había dado cuenta.

- No te preocupes, estás perdonado, -Dijo risueña.

Y sonrió de una manera que yo nunca había visto en mi vida, una risa franca, cantarina, en una boca de labios sonrosados y dientes muy blancos. A mi edad, por supuesto no sabía lo que era el amor, pero me agradó sobremanera, me hizo abandonar toda mi reticencia a hablar con ella, por lo que me lancé a contarle que me hallaba descansando de la mayor batalla que en el barrio jamás hubiera disputado. Ella me habló de su tremendo viaje de exploración a través de selvas ignotas, hasta que al fin, después de muchas vicisitudes, había llegado desde su casa, hasta el banco de la plaza.

No se como, pero charlando tan amenamente, se pasó la tarde volando, en mi guerra particular, seguro que me habrían dado por desaparecido, por lo que estaría eliminado del juego y la verdad, es que no me importó, ella me pidió que la acompañara a la puerta de su casa, pues sus negros porteadores, ante la vista de un león, la habían abandonado, llevándose sus pertenencias. La acompañé poniéndome a su lado, pero lo suficientemente alejado para que ningún amigo mío que nos viera, pudiera decir de nosotros que éramos novios y así verme convertido en la rechifla de la pandilla.

En la puerta de su casa nos despedimos.

- ¿Te veré mañana?

- Si quieres…

- Pues a la misma hora entonces.

Y así nos despedimos. Me dirigí a toda prisa al punto de reunión de mi pandilla, para conocer el resultado de la guerra de hoy. Allí me recibieron con quejas sobre mi deserción, yo les contesté que mi madre me había visto por la calle y me había obligado a hacer un par de recados.

Nos disgregamos cada uno en dirección a su casa y agarré a Manolín de la manga, pues sabía que vivía en el mismo portal que la niña ciega.

- Oye Manolín, ¿en tu portal vive una niña ciega?

- ¿Mariló?

- No sé, una niña ciega de nuestra edad.

- Si, se llamaba Mariló.

- ¿Cómo que se llamaba, es que ya no se llama así?

- No idiota, es que murió.

- ¿Murió?

- Si jilipichi, murió hace un año, tu todavía no vivías en el barrio, al parecer tenía un tumor en la cabeza, primero la provocó la ceguera y pocos meses después murió. ¿Por qué lo preguntas?

- No, por nada, es que me hablaron de ella. –Tuve que inventar deprisa y corriendo, no quería que me tomara por loco.

Toda esta conversación me conturbó sobremanera, yo sabía lo que había visto, pero creí a pies juntillas lo que me dijo Manolín, esa misma tarde nos habíamos confesado en la capilla del colegio y habría caído en pecado mortal si me hubiera contado una trola, además Manolín no era de los que eran capaces de inventar tamaña barbaridad. Al llegar a casa mi madre me notó mi estado, me hizo beber agua con azúcar y una copita de quina, al parecer, entonces era la panacea contra todo tipo de síntomas de que alguna enfermedad pudiera empezar a estar incubando.

Al día siguiente, a la salida del colegio, evité encontrarme con mis amigos y salí disparado hacia la plaza, un par de ancianos ocupaban el banco de nuestra cita, yo tenía la secreta esperanza que ella viniera a la cita y que Manolín me hubiera gastado una jugarreta, pero las horas pasaron y ella no volvió.

Varios días seguí con la rutina de pasar por la plaza y echar una mirada triste al banco donde nos sentamos aquel día, pero nunca se presentó a nuestra cita, poco a poco la fui borrando de mi memoria, hasta el punto de sentarme en el banco muchas veces sin acordarme de ella.

Hoy, después de tantos años, al volver aquí, no se por qué, pero estoy en la plaza, delante del banco donde la conocí, o eso creo, pues después de tantos años, ya no sé que pensar de aquella experiencia que a nadie referí jamás.

Pero siempre, siempre recordaré aquella sonrisa tan luminosa que me regaló.

viernes, 21 de enero de 2011

Pataspelás

A pesar de que hace veinte años que ocurrió todo, todavía lo recuerdo como si fuera ayer, aun me sigo regodeando de los que hice, mis hermanos y yo disfrutamos de la venganza entonces, aunque hace cuatro años que Emilio ya no vive para disfrutarla.



Recuerdo aquel mes de Agosto, todo se fue elaborando para llegar a su clímax en verano, el frío agarrota mis dedos y no soy capaz de apretar el gatillo así, a pesar de sentirme entonces todavía joven a mis cincuenta y dos años y de pasar sin esfuerzo una jornada de trabajo en el campo o detrás de la perra cazando sin fatigarme, la artrosis me impide manejarme bien con los dedos en los días de invierno.



Ese día amaneció con un calor que picaba, un calor para el que hay que ser extremeño o andaluz para soportarlo sin sucumbir. Los jilgueros que mis hermanas poseían, apenas el alba dejó paso a una mayor claridad, dejaron de emitir sus alegres cantos, creo que barruntaban la tragedia que se avecinaba. Después de lavarnos, desayunamos fuerte, como si la jornada que nos aguardaba fuera a durar una eternidad, para algunos, así iba a ser, pero ellos aun no lo sabían.



Descolgamos las escopetas del altillo y nos dispusimos a efectuar su última limpieza, ellas iban a ser nuestra manera de hacer justicia, no podían fallarnos en aquella hora crucial. Con mimo, como siempre las habíamos tratado, pasamos varias veces la baqueta con un trapo por el ánima del cañón, unas gotas de aceite en las piezas móviles y quedó bruñida como si fuera nueva.



En ese ínterin nuestras hermanas habían hecho ya la maleta, el autobús para Badajoz salía dentro de media hora y por nada del mundo lo podían perder, para poder enlazar con el tren a Madrid, así estarán a salvo, nunca se sabe como saldrá todo y no queremos que vuelva a suceder como con madre, cuando estos cobardes de los Amadeos prendieron fuego a nuestra casa con ella dentro.



Ese es el motivo de nuestra acción de hoy, la venganza, ya que no tuvimos justicia por la inacción de jueces y guardias civiles, hoy nos tomaremos la justicia por nuestra mano y esta será dura, no temblará ni tendremos compasión.



Abandonamos por fin Monterrubio, dejamos toda nuestra vida atrás, ya nada importa, vamos a echar un órdago con todo lo que tenemos, vamos a por todas, ahora comienza el resto de nuestra vida, este es el punto de inflexión, lo que hicimos hasta el día de hoy no cuenta, no sirve de nada, ha quedado borrado de nuestra memoria, hoy lavaremos con sangre la afrenta que el pueblo de Puerto Hurraco le hizo a nuestra familia, perdimos a nuestra madre y nuestro hermano se pudrió en un manicomio, hay algo que flota en el ambiente que clama venganza, lo hemos respirado, lo hemos vivido, lo hemos mamado, no cejaremos en nuestro empeño.



Durante los doce kilómetros del recorrido, no cruzamos una palabra entre nosotros, no hay nada que decir, ya está todo dicho, noches de insomnio hacían que nos reuniéramos en la puerta de casa, sobre sillas de enea mascullamos nuestra venganza, recociendo una y otra vez nuestro rencor, nuestra rabia, nuestra desesperación, en años, no hubo un día que no tuviéramos en nuestro pensamiento a los Amadeos, como mala hierba, había que arrancarlos de raíz, borrarlos de la faz de la tierra y de la memoria de los hombres, maldita sea su ralea.



Por el camino nos saluda un labriego vecino de nuestra finca:

- ¿Dónde van los Patapelás?

- A cazar unas tórtolas allá pasado el linar.

- Que se os dé bien.



El no lo sabe, pero seguro que se nos va a dar bien.



Puerto Hurraco, mucho nombre para tan poco pueblo, antes que se ponga el sol, tus calles se llenarán de luto y de dolor, mañana se acabará la tela de color negro en todas las pañerías de la comarca, tu nombre será conocido en toda España y quedará grabado en periódicos y libros con letras rojas de sangre.



No sé cómo empezó todo, vimos dos niñas y disparé por pura simpatía tras mi hermano, fue sin pensar, como un acto reflejo, como cuando tras una mata saltan dos liebres a la vez en direcciones distintas, disparó mi hermano y yo después, no hay más.



Luego sobrevino una ordalía de fuego y sangre, el orden de los disparos y sus destinatarios apenas importaban, casi sin apuntar siquiera, no hacía falta, habíamos aprestado nuestras cananas con munición de postas, era imposible fallar.

Lo siguiente que recuerdo fue el color rojo, rojo en blancas camisas, rojo en blancas paredes encaladas, rojo en grises suelos, en marrones bancos, en cristales rotos. Vidas segadas, venganza cumplida.



Tenía el cuerpo mojado, lleno de sudor, no notaba el calor pero la garganta me escocía, intentaba por todos los medios encontrar algo de saliva para tragar, pero mis intentos eran vanos, entonces recordé el consejo de mi madre de pensar en limones abiertos y conseguí trasegar por fin algo de saliva. El sudor corría frente abajo, cegando mis ojos haciendo que sólo viera delante de mí, prismas irreales, caleidoscopio del averno dentro de mis ojos.



De pronto todo terminó, se hizo un silencio atroz, dolía, silbé para romperlo y saber que estaba vivo, no imaginaba que sobre la tierra pudiera existir algún lugar con tanta ausencia de sonido alguno. Por fin en el centro de la plaza después de beber largamente en la fuente, nos sentamos en el poyo junto al pilón, nos miramos y sonreímos moviendo levemente la cabeza, haciendo un movimiento de afirmación.



Nuestra madre está vengada. –dijimos al unísono y una paz se instaló en nuestro interior, haciéndonos sentir como hacía mucho tiempo que no lo lográbamos. Encendimos un cigarro dando largas caladas, nos sentimos por un momento los reyes de la creación, estábamos en la cumbre, más arriba era imposible estar.



Lo demás es historia, la conmoción nacional, la captura por las ahora eficaces fuerzas del orden, la presión de la prensa insultándonos y denominándonos con epítetos que no hubieran sido capaces de regalar al mismísimo Nerón, un falso juicio donde todo estaba dicho y planificado y una sentencia que les satisfizo a todas estas hienas sedientas de fabricarnos nuestra ruina.



Pero no obtuvieron nuestra humillación, entramos en la cárcel con nuestra dignidad sin corromper, con la cabeza muy alta, conscientes y orgullosos de lo que habíamos hecho, allí nos fabricamos nuestro propio mundo a medida de nosotros dos, donde nadie era bienvenido y nadie pudo entrar. La misma prensa que antes nos demonizó, ahora nos ofrecía sumas indecentes de dinero por hablar con nosotros, por supuesto que escupimos en su maldito dinero ¿para qué nos iba a servir ya?



Veinte años ya, atrás quedaron mis hermanas y hermano, sus huesos abonan camposantos ajenos a nuestra tierra. ¿Pero donde está nuestra tierra? Fuimos desheredados de nuestras raíces, despojados de nuestra casa, expulsados de nuestro paraíso.



Hoy es el día, hoy tendría que quedar libre, pero los que dejé vivos se han confabulado de nuevo con los jueces para evitarlo, eso es lo que se creen, hoy volaré libre tras estos barrotes, hoy me reuniré con mi familia para reírme de los Amadeos y gritar al mundo que los Patapelás se tomaron por fin cumplida venganza.











La Matanza de Puerto Hurraco nos acercó las terribles masacres que aterrorizan aún a la sociedad norteamericana, nos hizo ver la facilidad que en España, cualquier desequilibrado podía tener acceso fácil a armas largas con la excusa de la caza, a pesar del debate posterior y de los intentos por acotar los medios para lograr tener estos permisos, en España hoy en día sigue habiendo más cazadores que presas que abatir, sin contar con las armas ilegales que cualquier delincuente pude conseguir en el mercado negro, no es un hecho aislado de la España negra, es algo que cualquier día se puede repetir.



martes, 18 de enero de 2011

Quiero ser Peter Pan

Y viajar al país de nunca jamás junto con mi amor transformada en Campanilla, no envejecer (más) si puede ser al quedarme allí, rebajar algunos añitos (añazos) mi apariencia física, que por arte de birli-birloque recupere el riñón y el trozo de corazón, se desatasquen las arterias y la barriguita cocacolera se transforme en apolínea tableta de chocolate similar a la de Forlán.

Por si acaso me he quedado corto a la hora de pedir, no sólo quiero el corpore sano, sino que esta maravillosa mente que poseo con mis conocimientos y mi experiencia acumulada después de tantos (snif) años, se queden para un ulterior desarrollo dentro de ese joven cuerpo en la maravillosa tierra de nunca jamás.

Si se me concede tan exigua petición, sólo os pido que me remitáis a esa isla, dónde seguro que no existirá Internet (Deo gratias), las obras de literatura que vayan surgiendo y que consideréis interesantes, (Dan Brown no, por favor) pues seguro que entre pelea y pelea con los piratas, tendré tiempo de sobra para embeberme en la lectura de obras que también me trasladen a mundos donde sus habitantes tampoco envejezcan, pues al estar en palabra impresa, al volverlos a leer recuperan de nuevo su antigua edad.

A lo mejor es lo que quiero o lo que me falta llegar a ser es convertirme en una figura dentro de la trama de un libro, el protagonista por siempre de una aventura sublime, no sólo ser Peter Pan, sino Tom Sawyer adentrándome en esa cueva junto a Becky yendo los dos de la mano, o ser Denys, tomándome una copa de brandy en una noche estrellada junto al fuego, mientras contemplo arrobado como Karen enlaza una tras otra sus maravillosas historias sobre África, ser tambien Old Shatterhand galopando por las verdes praderas americanas junto a Winnetou, en fin ser uno tras otro, todos los héroes de los libros que leí en mi infancia e hicieron que viviese muchas vidas en una.

Así que en el aniversario de mi natalicio, os ruego que no me felicitéis, pasad de puntillas por esta página y contadme sólo el tiempo que hace por vuestra ciudad, si al mirar por la ventana habéis visto volar algún gorrión o si la vecina de enfrente por fin os guiñó un ojo al pasar, de todas formas os dejo esta tarta virtual, serviros una generosa porción y compadeceros de este pobre tipo que no es capaz de envejecer con una mínima dignidad.

Besos y abrazos para todos/as.

lunes, 10 de enero de 2011

Dialogo


- Cada día que pasa estás más guapa.
- …
- Es verdad, no es que sea zalamero, es la pura realidad, Como llevas muerta cinco años, no envejeces y te veo cada día mejor.
- …
- Si, es verdad, de mozos estábamos estupendos.
- …
- ¡Que tiempos aquellos! Mira que nos gustaba bailar, ¿Te acuerdas? Acabábamos con los pies destrozados.
- …
- ¡Qué va! Tú bailabas mejor que yo, recuerdo como te cimbreabas en mis brazos, tan flexible… parecías un junco en mis manos, la reina del pasodoble, todos en el baile me envidiaban, sabían que tenía la mejor partenaire.
- …
- Pues si, tienes razón, ahora me aburro mucho, desde que no estás no salgo mucho a la calle, tampoco tengo muchas fuerzas, apenas soy capaz de dar la vuelta a la manzana, tampoco me dejan ir más lejos, ya lo sabes, en esta residencia encima soy un privilegiado que me dejan pasear por fuera.
- …
- No, ya sabes que no me visitan mucho, desde que ingresé aquí los chicos apenas vienen, sabía que no debía haber repartido la herencia, pero ya sabes que soy débil, por no discutir… pero mejor así, si vienen es porque quieren y no porque se sientan obligados.
- …
- De todas formas la única visita que de verdad espero y agradezco es la tuya, que suerte que te dejen venir a visitarme, por cierto, ¿sabes si me queda mucho para irme contigo?
- …
- Bueno ya me imagino que no tendrás toda la información, pero era por si te habían dicho algo, tú ya sabes que no puedo estar sin ti, no me conformo con este ratito por la tarde, fueron muchos años sin separarme de ti y no me acostumbro a vivir solo.
- …
- Ya veo que te han contado mi robo de la almohada del cuarto de al lado, te juro que lo hice sin maldad, sólo la quería para ponerla en la cama a mi lado, para imaginar que estabas acostada junto a mí, ya sabes que siempre me dormía con el brazo rodeándote la cintura.
- …
- Que si, que me tomo las medicinas, no se me olvida ninguna, hay una enfermera aquí que nos controla, no tanto como tu, que no se te escapaba nada, paro no me puedo quejar.
- …
- ¿Ya te vas? ¿No te puedes quedar otro ratito? La verdad es que cada día se me pasa más el tiempo volando y es que cuando estás conmigo no me doy cuenta de nada. Bueno, dame un beso y se puntual mañana, que sabes que te espero a la misma hora.
- …
- Adiós amor.



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