lunes, 21 de junio de 2021

De merienda en la dehesa

 

Por más que lo intento, me es imposible conseguir evocar mi primer recuerdo de Alameda, tengo que recuperar en todo caso lo que otros cuentan de mí. Según mi madre, era realmente pequeño cuando hice mi primera trastada.

Hasta muy crecidos a todos los chavales nos encantaba columpiarnos subidos en los zarzos, los zarzos son los portones, entonces de madera, que cerraban los caminos o algunas propiedades. No había mayor placer que subirnos a ellos y cuanto más alto mejor, mientras otra persona u otro amigo de correrías, nos empujaba hasta pegar fuertemente contra el tope y aguantar el golpe que se producía.

Pues bien, al parecer ya desde muy pequeño era uno de mis juegos preferidos, y no tuve a bien más que escapar de casa de mi abuela, cruzar la carretera, por aquel entonces no existía el túnel, y encaramarme al zarzo que entonces cerraba la dehesa.

Según me contaron, les debí de dar un buen susto a mi familia cuando descubrieron mi ausencia del corral de la casa de mi abuela y después de buscarme por los alrededores, alguien les debió de dar noticia de mí, encaramado en mi particular tiovivo.

Otro hecho que no consigo recordar, acaeció en el Roble Gordo. Éste era un viejo y seco árbol enorme que había en la dehesa. Era uno de los típicos lugares de merienda y esparcimiento que solíamos utilizar. Bajo su sombra extendíamos un mantel y allí extendíamos la pitanza acompañada con una botella de agua recogida en el manantial cercano.

Al estar hueco, los chavales nos entreteníamos arrojando cantos en su interior, pues al chocar con las paredes del árbol hacía un sonido muy curioso, como de un timbal. Pues bien, una de estas piedras arrojadas, al parecer por mí, impactó en un panal de abejas que se hallaba en su interior, con el consiguiente enfado de las mismas. Huelga decir que ante su furibundo ataque, la jira se dio por terminada, comenzando por nuestra parte, una carrera pedestre hasta algún lugar que nos cobijase de aquellas huestes.

Quizás a colación de este episodio, mi primer recuerdo de Alameda pudiera ser alguna de estas meriendas en una tarde de verano. El lugar no importa, lo más seguro en el manantial que había al principio de la dehesa, pues su hermosa y verde pradera nos impelía a acudir de constante. La hierba era (y todavía lo es) realmente mullida y acogedora y no era infrecuente que varias familias acudiesen a la vez a disfrutar de sus aguas allí. Recuerdo a mi padre casi tumbado bebiendo de sus transparentes aguas, apoyadas sus manos en dos cantos y sorbiendo ruidosamente, mientras nos sonreía y nos decía: esto es agua pura de Lozoya y no el “fino cañería” que bebemos en Madrid.

Otro lugar para merendar era la fuente de la dehesilla, mucho más sombría y apartada, pero llena de rincones para descubrir y retozar alrededor. Lástima que se secara a mediados de los años setenta, luego al no acudir nadie, se convirtió en un lugar sombrío y extraño por lo montaraz del entorno.

Para los más arriesgados y que no temieran al sol veraniego, estaba la fuente del final de la dehesa. Había una caminata con un leve desnivel que nos llevaba hasta la falda de los Carpetanos, el problema es que apenas había árboles junto al camino que nos aliviasen de los rigores del sol, por lo que era un lugar más frecuentado al final de agosto. Además coincidía con la época de recolectar manzanilla, con lo que el viaje era rentable.

Esta fuente, también dejó de manar a mediados de los años setenta, aunque se ha recuperado un poco más arriba, portando un gran pilón para alivio del ganado.

Desechad las tumbonas cuando vayáis al campo, a lo sumo disponed de una toalla, tumbaros en la hierba y mirad al cielo, contemplad las nubes pasar, imaginad a qué animal conocido o por conocer se asemejan, antes de que a las nubes les pase como a las estrellas que un buen día miréis al cielo y ya no estén. Lo peor de todo es no recordar que un buen día, sí estuvieron.




viernes, 14 de mayo de 2021

Valentín

 

Caminó por la alameda procurando no llamar la atención, desde lo más cerca que pudo, pegado a la cinta de plástico, que la policía había colocado entre dos chopos, se acercó al cadáver y pensó: si estuviera escribiendo una novela, ya tendría fijada la atención del lector, además en la primera página, todo un éxito.

Desde cerca ya no le pareció tan grande. Siempre le tuvo miedo. Ya desde niño le evitaba aunque para su desgracia era contraproducente, como un imán allá aparecía para hacerle la vida imposible, sus peleas fueron épicas, así como sus derrotas.

Valentín era el matón del barrio, bueno, matón entre comillas. Las comillas las dictaba el hecho  de que nunca había matado a nadie, como era lo más lógico cuando se tienen diez años, lo contrario hubiera supuesto su inclusión en la primera plana del periódico El Caso.

A ratos mi niñez fue un infierno. Toda la chavalería, después de la salida del colegio, cogíamos en nuestras casas el bocadillo con un par de onzas de chocolate, que ya nos tenía preparado nuestra madre y salíamos alborozados a jugar a la calle.

Entonces, en los años sesenta, por la calle era anecdótico el paso de cualquier vehículo y más si era a motor. Por lo que aprovechábamos el adoquinado suelo, nunca embarrado, para disfrutar jugando a pídola, al rescate o a churro, media manga, manga entera.

Para nuestra desgracia, el cielo se oscurecía cuando aparecía Valentín. Por el artículo catorce, se erigía en el director del juego imponiendo sus reglas. En pídola, aunque se equivocase en alguna tabaca o en el lique, él nunca apochaba. En el rescate, nunca era de los que tenían que capturar, siempre era de los evadidos. Y lo peor venía en el juego del churro.

Aprovechándose de su imponente humanidad, siempre era el último en saltar, por lo que todos nos hacíamos cruces, rezando para que no nos cayese encima.

Todavía era motivo de conversación aquella vez que desgració a Pedrito. Pedrito era un poco retrasado, como se decía entonces. Lo teníamos adoptado entre todos los miembros de la pandilla. Tenía un gran corazón y siempre compartía todo lo suyo. Por supuesto que participaba con nosotros en los juegos como si fuera uno más, a pesar de su evidente torpeza en desenvolverse.

Un aciago día, jugando a pídola, le tocó hacer de burro. Valentín, cómo no, era el director, el primero, el que decía lo que teníamos que repetir saltando. Al cabo de un par de tandas de saltos, Valentín gritó: Corrida de toros. Y comenzó a fustigar al pobre de Pedrito con varias series de banderillas en las que todos al saltar, teníamos que clavar nuestros dedos juntos en forma de punta sobre su pobre espalda.

Lo peor estaba por venir, Valentín gritó: llega el torero y clava su espada. En ese momento, nunca supimos el porqué, en vez de clavar su puño en el lomo de Pedrito, hizo una sentada violenta sobre su hombro, derribando contra los adoquines al pobre Pedrito.

A los pocos días vimos el resultado de tal brutal acción, Pedrito apareció con el brazo escayolado y sin un par de dientes. Todos lo contemplamos con afección, nos podía haber pasado a cualquiera, pero le había pasado a él, a un inocente, a nuestra percha de los golpes.

Los mayores dijeron, son cosas de críos, pero todos pudimos ver la cara de satisfacción que puso Valentín cuando su pobre víctima cayó como un pelele a sus pies, todavía me estremezco al recordarlo.

Volviendo a la realidad, me acerqué un poco más a la cinta que delimitaba la escena del crimen y escupí allí dentro ante la mirada invectiva del policía.




miércoles, 24 de febrero de 2021

¿Qué hiciste en la guerra papi?

 


Hoy he evocado dos recuerdos de mi infancia, que a la postre van a desembocar al mismo lugar. A la sazón, el teatro chino de Manolita Chen y la película ¿Qué hiciste en la guerra papi? De Blake Edwards.

¿Quién no recuerda las ferias de los años sesenta? En mi casa siempre que la economía familiar lo podía permitir, íbamos a las de San Isidro y a San Antonio de la Florida, pero también recuerdo haber asistido, de la mano de mis padres a las fiestas de Calatayud y a las de algún pueblo, más cercano a Madrid como Getafe o Alcorcón.

¿Qué atracciones nos gustaban por aquél entonces a la chavalería? Los mismos que ahora seguramente, el carrusel, la noria, los caballitos, las sillas voladoras, etc. A los niños nos gustan entonces y ahora, todo lo que se salga de lo común.

Quizás lo que más me gustaba era el tren de la bruja, primero por poder montar en tren, cosa que apenas había hecho en mi vida y luego por la siniestra aventura de ser agredidos por un monstruo horripilante disfrazado de bruja. Ésta, repartía escobazos a diestro y siniestro y el afán común era cobijarse dentro del vagón para evitar ser golpeado por la escoba. Lástima que la economía y la paciencia de mis padres no lo permitiera, pero me hubiera pasado la vida dentro del tren. Pensándolo bien, en la vida real no he dejado de vivir esa sensación, brujas y brujos fustigándome y yo intentando evitar los escobazos.



También nos gustaba observar los divertimentos creados para los mayores, como las casetas de tiro al blanco, la montaña rusa, tazas voladoras, etc. Nada ha cambiado ¿o sí?

La atracción de mayores que menos me gustaba era la tómbola, en aquella España donde el juego estaba prohibido y la única posibilidad de apostar era en las quinielas y la lotería, la tómbola era una escapatoria a esas leyes. Para los chavales era un incordio estar parado allí hasta que se cubrían todos los números de apuestas y por fin hacían girar la rueda de la fortuna, total para que siempre le tocase al de al lado. Mi hermano y yo soñábamos con el premio de algún juguete, mientras mis padres lo hacían con la cristalería o juego de té expuestos. Al final suspiraba cuando conseguíamos salir de aquél lugar, sembrado de papeles de las cartas apostadas.

Hay atracciones que van desapareciendo. Echo de menos el tren para los forzudos, que era un tren o un cohete sobre raíles en la que los más forzudos del lugar, balanceaban el cohete provisto de un asa, para después lanzarlo con todas sus fuerzas contra el infinito. En realidad había un tope provisto de un petardo, que explotaba cuando algún supermán conseguía hacer llegar el cohete al tope, lo que ocurría en contadas ocasiones. ¿El premio? Ninguno, solo el batir de palmas de sus amiguetes y la mirada asombrada del público femenino.

Indefectiblemente el paseo por la feria pasaba por un lugar misterios para los niños: El circo chino de Manolita Chen. Era una carpa grande, pero no tan grande como la de un circo. Y tampoco era redonda. En las paredes había retratos de la tal Manolita, una señora con rasgos orientales con un sobretodo en la cabeza lleno de lentejuelas. También actuaban artistas reconocidos y había payasos y malabaristas.




Ante tal despliegue de luminarias y artistas, se despertaba mi interés por entrar a ver tal espectáculo, pero éste moría en el mismo instante que solicitaba a mis padres que comprasen entradas para todos. Craso error, el espectáculo era para mayores de 18 años. Vamos, como la televisión en horario nocturno, dos rombos = vedado para menores.

Así año tras año, se iba alimentando mi frustración de no poder asistir al citado espectáculo, mis ansias de ser mayor lo antes posible se iban agigantando, pero aún tenía que soportar más golpes y zancadillas.

Las ferias a la postre eran un extra de diversión en aquella España tan triste, lo más socorrido era ir al cine. Podías acudir a cines de barrio por poco dinero y la diversión estaba asegurada, no se era muy exigente con las reposiciones de las películas y a la postre, la táctica de los cines de sesión continua era poner una película buena junto a otra regular.

En Vallecas por los años sesenta llegó a haber alrededor de diez cines, contando los de verano. Por lo que la oferta solía ser muy extensa, en el mismo puente había cuatro y el aforo los fines de semana se solía completar.

De niños, obligatoriamente debíamos acudir con nuestros padres, por lo que en mi caso la mayoría de las veces lo hacíamos solo con mi madre, el trabajo de mi padre le imposibilitaba acudir con nosotros salvo en contadas excepciones.

Una de esas raras ocasiones, no sé el porqué, debimos de salir tarde y al comenzar el periplo por los cines del puente de Vallecas, no había localidades disponibles en los que íbamos mirando. Excelsior, Goya, Río y por fin el Bristol. En este último sí había localidades disponibles, pero había un obstáculo insalvable. Exhibían la película de Blake Edwards ¿Qué hiciste en la guerra papi? Y había un grave inconveniente, estaba clasificada como película para mayores de 18 años.





En la puerta del cine, el portero le indicó amablemente a mi padre la imposibilidad de que accediéramos al interior del recinto.

Imaginaros la cara de desencanto que se nos quedó, solo quedaba la opción de volver a casa para sentarnos delante del televisor de blanco y negro, para ver uno de los dos canales que se emitían entonces.



Pero mi padre se puso el traje de supermán que guardaba para las ocasiones, varias veces le vi ponérselo en su vida y aquél día no nos decepcionó.

Por aquél entonces estaba de moda la canción billetes verdes cantada por Paquito Jerez y una de las estrofas decía:

Y si quieres ir al fútbol

y se agotan las entradas,

enseña billetes verdes

y tendrás a montonadas





Pues bien, mi padre sacó su arma secreta más letal. Seguro que no era una “lechuga” lo más seguro es que fuera un billete de 100 pesetas que con gran arte y disimulo le endilgó al cancerbero. Al buen empleado con un sueldo tan ralo como solía, los ojos se le iluminaron y solo le faltó descabalgar el chapeo a la par que nos daba acceso al interior del cine.

Desde entonces he visto varias veces la película y nunca entendí el porqué de tal calificación, no había lenguaje soez excepto un par de cortes de mangas y apenas unas escenas en las que la actriz protagonista, aparecía enfundada en un picardías sin ninguna transparencia.

No voy a disertar sobre la censura en los años del franquismo, todos los que vivimos en aquella época tenemos recuerdos más o menos graciosos sobre ella y los casos aplicados, pero muchas veces el resultado era contraproducente y lo que hacían era excitar la curiosidad de los chavales.

La moraleja, los juegos malabares que por aquél entonces hacían mis padres y todos los padres de España para llegar a fin de mes y que  a veces tenemos un superhéroe en casa sin darnos cuenta.


Por si os interesa la historia del teatro chino, os dejo estos dos enlaces a la Wikipedia:

https://es.wikipedia.org/wiki/Teatro_Chino_de_Manolita_Chen

https://es.wikipedia.org/wiki/Manuela_Saborido_Muñoz

lunes, 23 de noviembre de 2020

¡Vivan los quintos del 78!

 

Una costumbre que el paso del tiempo y el cambio de los usos y maneras borró, ha sido la ceremonia del paso de la infancia a la edad adulta. Si bien para las mujeres suponía la puesta de largo para el mismo fin, para los varones en España ocurría lo mismo cuando uno entraba en la Caja de Reclutamiento.

Esto venía ocurriendo desde el principio de los tiempos, cuando un adolescente ya era considerado suficientemente apto para acompañar a los demás miembros de la tribu en sus correrías de caza. Entonces, bajo una sagrada ceremonia, a la luz de las hogueras, los adolescentes tras haber pasado una prueba de supervivencia, eran marcados con algún símbolo que los hacía miembros de pleno derecho de la tribu.

Varios siglos después, en la España de los años setenta, todavía perduraba el mismo rito, pero con distintos patrones.

En los pueblos y aldeas, cuando los chavales cumplían 18 años, se juntaban y recolectaban del resto de los vecinos, unas monedas mientras voceaban: - Para los quintos del setenta y ocho.- Con lo recaudado compraban vino y viandas varias y al llegar la noche, apilaban maderos en la plaza del pueblo y tras prenderlos fuego daban buena cuenta del vino y los alimentos. La ceremonia se cerraba cuando todos juntos acudían al frontón del pueblo, armados con una brocha y un bote de pintura donde dejaban escrito para la posteridad: VIVAN LOS QUINTOS DEL 78.




Pero esto no es un estudio sociológico, solo son mis recuerdos transcritos tal y como yo los viví.

Mi paso a la edad adulta comenzó cuando recibí una carta del Ministerio del Ejército, donde se me comunicaba que había entrado en la Caja de Reclutas y que tal día debía presentarme en el Gobierno Militar para ser tallado.

¡Toma ya! Mi paso a la edad adulta se acercaba a pasos agigantados, pronto podría decir: ¡Ya soy un hombre! Bueno esto es coña. Llevaba varios años afeitándome y además con cuchilla, nada de maquinilla. Mis años de infancia pasándome piedra pómez por la cara habían dado sus frutos.

Enseguida vino la coña con los amigos del barrio, Agustín, que era un año mayor que el resto, nos decía que cuando te tallaban, además de medir tu estatura, te medían la picha. Enseguida descubrimos su chanza, pero en realidad nos preocupó que juraba por las barbas del Che, cuando nos decía que comprobaban si tenías una hernia con el curioso sistema de decirte que te metieras el puño en la boca, a la vez que soplabas con potencia, mientras el médico te palpaba los cataplines. Años después cuando he tenido que hacer algún control de alcoholemia, me venía a la cabeza el miedo a que se me soltara alguna hernia, pero no era cuestión de decirle al benemérito agente que me sujetara los gemelos del sur.

En realidad el tallaje era para comprobar estadísticamente, como año tras año, los mozos españoles se iban acercando a la media europea, alejándonos del estereotipo que el Landismo nos había lastrado frente al resto de Europa.

En realidad los temores fueron infundados, solamente nos tallaron y nos midieron el perímetro torácico, lo que me hizo recordar en ese momento las burlas que hacía mi padre con ciertos individuos del Glorioso Movimiento Nacional, motejándolos como excluidos por estrechos de pecho.

Afortunadamente para mí, fui declarado apto, lo que me satisfizo en grado sumo, ante el temor de que se siguiera practicando en España algún tipo de eugenesia heredada de los nazis.

La siguiente etapa de mi iniciación llegó con otra carta del mismo Ministerio, en la que se me citaba para acudir al sorteo de mi quinta. Esta era una ceremonia muy importante, pues allí mismo, en vivo y en directo se iba a dilucidar, en qué parte de España me tocaría servir honrosamente a mi patria.

Afortunadamente, la muerte de Franco trajo consigo la pérdida de nuestra última colonia: El Sáhara Occidental, por lo que lo más lejos que te podían enviar era a las Islas Canarias, lo que no estaba mal, o a Ceuta y Melilla, lo que era terrorífico. No era el Sáhara pero casi.

Le dije a mis padres que no hacía falta que me acompañaran en tal trance, faltaría más. Había quedado con los amigos de mi pandilla y algunos amigos de mis amigos. Esto era típico desde los tiempos de Cascorro. Y así fue, pues tras salir de la estación de Campamento, grupos ingentes de muchachos nos íbamos encaminando al cuartel donde se celebraría el evento. Una recia marabunta subía la carretera de Portugal atronando con sus estentóreas voces, apagando a ratos el ruido de los vehículos que por allí circulaban.

Ya dentro del cuartel una gran explanada nos aguardaba, allí mismo donde infinidad de generaciones de soldaditos desfilaron y otros más desgraciados dieron talegazos contra el suelo en infinidad de marchas. A lo lejos de adivinaba un estrado donde al cabo del tiempo se subió un militar de alta graduación acompañado de dos soldaditos que portaban un bombo parecido al de los sorteos de lotería.

El militar de alta graduación soltó un discurso que gracias a la deficiente megafonía del lugar, nadie entendió y se dispuso a sacar la bola, la sacó y el acto se terminó. Hala, ya habíamos sorteado.




En realidad todo eso no servía para enterarse de nada, nadie sabía cuál era su destino, el militar sacó un número perteneciente a uno de los quintos españoles, a partir de ese individuo y en un orden preestablecido, se determinaría dónde se repartirían los reclutas por los cuarteles de España. Las listas personalizadas se colocarían dentro de unos días en cada Gobierno Militar.

Pero todos salimos muy contentos de allí, mi amigo Alipio se compró una escarapela en la que ponía: África. Quería dar un susto de muerte a sus padres el muy cabroncete. Por el camino al metro, los bares estaban abarrotados de grupos de quintos queriendo beberse toda la cosecha del año, por lo que mi grupo optó por hacer lo mismo, pero en Vallecas y dejarnos el dinero en nuestro propio barrio, y ahí nos fuimos a hacer patria.




Ya poco quedaba por hacer, sino esperar a que las listas estuvieran dispuestas. De repente alguien me lo dijo: - ¡Ya estaban las listas! – Por lo que en cuanto salí del trabajo me fui al paseo de María Cristina. Tras identificarme en la garita accedí al salón donde estaban las listas dispuestas en la pared, ansioso busqué mi apellido en la G y allí estaba. CIR 2 Obejo, Códoba.

Bueno, no está en la Primera Región Militar, pero es Andalucía y Córdoba solo está a 400 kilómetros, no iría a Canarias ni a Ceuta o Melilla, 400 kilómetros es nada. Poco imaginaba que el destino me mandaría a casi el doble de esa distancia, pero esa es otra historia.






jueves, 8 de octubre de 2020

Cientodoce

 

Se llamaba Carmen,  para mí era el arquetipo de secretaria, sobre todo porque era la primera secretaria que conocía y es que yo todavía no había cumplido los dieciséis años y esa iba a ser mi primera experiencia laboral.

Mis padres demostraron la poca fe que tenían en mí y en que pudiera prolongar los estudios más allá del bachillerato, buscándome un trabajo. En este caso de botones, algo muy habitual por entonces. Mi padre conoció a un argentino que le dijo que en la empresa donde trabajaba podría colocarme.

Y allí estaba yo todo azarado con la candidez de alguien que apenas salió de su barrio. Apenas había tenido conversación alguna con gente de mayor edad que la mía, aparte de algún profesor que se había dignado a dirigirse a mí en particular. Todavía recuerdo la dirección: Sagasta 12.

Subí a la primera planta y observé la placa de la puerta. Onetwelve Internacional. Tardé varios días en saber el significado. En el instituto, como la mayoría de los alumnos por entonces, elegí como idioma el francés. Como se decía, era más fácil y total, era una maría, es decir una asignatura que los profesores aprobaban siempre al igual que la Religión, y la Política.

La puerta estaba abierta y allí en la recepción estaba Carmen. Me preguntó qué quería y entre balbuceos y rojo por la vergüenza conseguí explicarle que venía recomendado por el señor Ynoub, pues así se apellidaba el argentino. Ella me miró sorprendida y me hizo sentar hasta que viniera el director de la empresa.

Al cabo llegó un señor mayor, de unos sesenta y tantos años y me hizo pasar a su despacho, después de escuchar mi historia y meditar un poco me comentó que le agradaba la idea, aunque desde luego el señor Ynoub se había excedido en sus atribuciones. Luego descubrí que el rioplatense era un comercial con muchas ínfulas y que en la empresa nadie habló de contratar a un botones.

Había tenido suerte, puesto que el señor Durante, pues así se llamaba el director, necesitaba además de un chico de los recados, alguien que le ayudase con las letras de cambio.

La empresa se dedicaba a la venta de cursos de inglés con material propio. Con el curso de dos años, te daban el material de libros y cassettes y la manera de pagar el curso era dando un dinero en efectivo de matrícula y dependiendo del poder adquisitivo del alumno, unas cuotas pagaderas en periodos de seis meses, un año o año y medio. Entonces los bancos no giraban recibos, por lo que había que emitir letras de cambio para que las firmase el cliente. Y así fue como aprendí de golpe a rellenar las referidas letras.

Al día siguiente llegué a la puerta de la oficina en lo que iba a ser mi primer día de trabajo, llegué antes de la hora, por lo que me senté en un banco que había en la puerta. Al cabo de un rato una rubia despampanante me interpeló:

-     -    ¿No subes?

Yo me quedé con los ojos como platos pensando en qué tipo de lío me había metido, yo no conocía a esa señorita y me estaba temiendo lo peor, además de rubia, lo cual ya era una certeza casi, de ser una mujer de la vida, el atuendo instaba a confirmarlo; abrigo corto de piel, falda asimismo corta y altas botas de cuero. Parecía escapada de la calle de la Ballesta, calle que de vez en cuando visitaba con mi pandilla de amigos, solo por el morbo de ver a las prostitutas acodadas en las esquinas.

Ante mi silencio, la señorita volvió a insistir.

-     -    Venga, sube.

Ahora el rubor me volvió a subir por la cara pues me acababa de dar cuenta de mi craso error, la que yo acababa de tomar por una meretriz, era la secretaria de la empresa; que, como ya lo vería en el futuro, mutó alegremente el color de sus cabellos. Además dentro de la oficina no había podido apreciar el colorido de sus vestimentas, algo que también apreciaría después.

Durante los tres meses que estuve en esa oficina, mi vida transcurría plácidamente, por las mañanas generalmente me dedicaba a hacer recados, como comprar las letras, pólizas, material de oficina o llevar documentos a la central de la empresa que estaba en la Gran Vía, que por aquél entonces llevaba mi nombre, aunque no era por mí, sino por un prócer al que después como una damnatio memoriae terminaron quitando la placa y cambiarla por el nombre que ya tenía la avenida antaño.

Las tardes eran algo más aburridas, debía ayudar al señor Durante, pues así se apellidaba el director, a rellenar las letras de cambio. Éste era un trabajo monótono, las escribíamos a mano, la única máquina de escribir la atesoraba Carmen. Y allí de frente con el señor Durante, me dejaba los nudillos apretando el bolígrafo e intentando sacar mi mejor caligrafía aun cuando había que ser veloz.

Durante era un tipo majete, también era argentino (todos los directores de la empresa lo eran) Y buen conversador, me hablaba de su tierra, de su hijo, que era el dueño de la empresa, de sus nietos y de su deseo de volver a la Argentina. Yo le miraba callado mientras observaba sus arrugas y su enorme nariz. Perdonaba mis errores con una sonrisa, estos errores costaban dinero a la empresa, puesto que las letras de cambio no podían ir con tachaduras ni correcciones, así que en ese caso la letra era inmediatamente rota y arrojada a la papelera.

Recuerdo que había días que estaba ciertamente torpe y debía romper muchas letras, por lo que avergonzado, al día siguiente compraba algunas letras, eran muy baratas, para reponer las que mi torpeza hizo romper. Es decir que todavía no había cobrado y el trabajar me había resultado oneroso.

Con Carmen mi relación era fenomenal, ella tenía alquilado un piso por la zona del Barrio de las letras, por lo que a la hora de la salida la acompañaba en el metro hasta su estación. Me hablaba de su vida y yo la miraba embobado. Estaba separada de su marido ¡separada! En la burbuja donde yo vivía no conocía a nadie así, solo había tres estados civiles: soltero, casado o viudo. Comenzaba a pensar que el trabajar me estaba abriendo los ojos a un mundo desconocido.

Pero así era, Carmen estaba separada de su marido y tenía una niña pequeña que después de salir del colegio, se quedaba a cargo de su abuela materna. Al parecer su marido se había desentendido de las dos y Carmen con su sueldo de secretaria, apenas conseguía llegar a fin de mes. Ella me decía que era una persona emprendedora y que estaba esperando que le apareciera una oportunidad, para cambiar de vida y de trabajo.

Recuerdo el día en que se incendió el teatro Español, en la plaza de Santa Ana, por curiosidad lo he buscado y fue el 19 de septiembre de 1975. Ella al enterarse del hecho, salió disparada para buscar a su hija. Me uní a ella para acompañarla y ayudar en lo que pudiera. Nos vimos envueltos en aquél maremágnum de bomberos, policías y curiosos. Afortunadamente tanto su hija como su madre se encontraban bien.

Ya dije que fueron apenas tres meses, pero fueron muy importantes en mi vida. Yo apenas era un chavea que acababa de romper el cascarón y aquella situación nueva para mí me abrió los ojos a un mundo nuevo, totalmente desconocido para mí.

Como final de aquella experiencia, a mí me trasladaron a la oficina de la avenida de Jose Antonio, el señor Durante volvió a su añorada patria y Carmen, ay Carmela, dejó la empresa sin más.

Pero tampoco salió por entonces de mi vida, dos años después… pero eso es otra historia.




sábado, 15 de agosto de 2020

Feliz Navidad

 

Todos estaban de acuerdo, después de las fiestas de verano, el encendido del alumbrado navideño era el mayor acontecimiento en la ciudad. Y por eso se puso sus mejores galas, comenzando por sus joyas, los pendientes de platino regalo de pedida, las ajorcas de oro herencia de su abuela y su más preciado tesoro: el collar que fue pasando de generación en generación desde los tiempos de María Antonieta, hasta lucir hoy en su cuello. Además llevaba el vestido de gasa de Dior, un poco atrevido pues casi se transparentaba, pero con el dinero que le costó, era el mejor día para lucirlo.

Miró hacia abajo, la plaza mayor estaba abarrotada, incluso en la grupa del caballo de bronce del prócer que adornaba el centro de la plaza, varios adolescentes se encontraban encaramados. Sonrió con satisfacción, su imagen tenía tirón. Tras tres años de mandato, el gobierno de la alcaldía no le había pasado factura. La oposición no podía presentar ninguna mácula en su trayectoria como regidora.

Pero el destino a veces es muy cruel, todo eso se le iba viniendo a la mente con una claridad manifiesta. Tenía razón la canción que aprendió de joven cuando estudiaba en un internado en Devonshire que decía:

 

Por un clavo se perdió una herradura,

Por una herradura se perdió un caballo,

Por un caballo se perdió una batalla,

Por una batalla se perdió el Reino.

Y todo por el clavo de una herradura.

 

Todo por una concatenación de hechos que parecían baladíes.

¿Por qué el balcón del ayuntamiento tenía una verja de estrechos barrotes que dejaban ver todo lo que había detrás?

¿Por qué había ordenado poner una pantalla gigante de televisión para que desde todos los lugares de la plaza se pudiera ver en primer plano su persona?

¿Qué le impulsó a pasar esa tarde por el mercadillo de Navidad?

¿Por qué tuvo que escaparse de su séquito y así a hurtadillas, comprar en un puesto el nuevo modelo de bragas rojas de Navidad,  que hacia furor este año?

¿Por qué tuvo el antojo de nada más llegar a la casa consistorial, meterse en un aseo y ponérselas?

¿Por qué, precisamente hoy, después de un mes sin llover, llovió esta tarde a raudales?

¿Por qué el técnico de sonido fue poco cuidadoso y dejó a la intemperie el material?

¿Por qué por todas dos circunstancias le dio un calambrazo?

¿Por qué precisamente este año el modelo de bragas de Navidad que estaba de moda llevaba varias luces led componiendo la frase” Feliz Navidad, aquí está tu regalo”?

¿Por qué por culpa del paso de la corriente, las luces de la braga se pusieron a lucir rabiosamente?

¿Por qué el torpe de la cámara estaba despistado y en vez de enfocar su busto, estaba enfocando la parte inferior de su cuerpo, mostrando a toda la concurrencia a través de las pantallas, el inoportuno eslogan?

 

 


 

En junio de 1967 Barbra Streisand en un concierto en Central Park, se puso a cantar “Silent Nigth siempre he querido emularla y nada mejor que escribir un cuento de Navidad en agosto.

domingo, 14 de junio de 2020

El primer día


Es curioso, pero me marcó más el primer día en el cuartel de Algeciras y su viaje, que el primer día realmente de militar, cuando fui al CIR de Obejo, en Córdoba.

Quizás porque ya sabía por mis amigos de mayor edad y que ya habían tenido la experiencia militar, que el CIR era para pasarlo lo más rápidamente posible, no hacer amistades, pues el sorteo posterior para darte destino, siempre será caprichoso e inexorablemente te separará de aquél con quien hayas congeniado.

Total al CIR fui en autocar como si de una excursión se tratara y una vez dentro de las instalaciones, todo fue una carrera continua de filiaciones, tallaje, reconocimiento médico, vacunas, retirada de ropa y atalajes y colocación en la camareta de la Compañía, en la que durante los próximos cuarenta y cinco días sería mi nuevo hogar.

Lo de contar con la experiencia ajena de mis amigos del barrio, fue muy importante a la hora de sobrevivir esos días. Sabía que fumando como yo hacía tabaco rubio, sería muy oneroso para mi bolsillo, por lo que en un bolsillo tenía tabaco rubio del que fumaba y en el otro bolsillo, llevaba tabaco negro que era el que me servía para pagar las tasas que nos imponían a los reclutas, los veteranos del lugar, esos pobres diablos que pasarían toda la mili en el CIR viendo pasar cada cuarenta y cinco días a los pelusos que tendrían a su cargo, para instruirlos en el más básico nivel militar.

De repente llegaba el día en que consideraban que ya sabías cómo atarte los cordones de las botas, para qué lado disparaba el CETME y eras capaz de desfilar sin tropezar demasiado. Entonces  montaban una gran fiesta a la que invitaban a tus padres a asistir y te hacían desfilar con el uniforme de calle.  Tus padres intentaban en vano distinguir cuál de esas cabezas era la de su hijo, mientras los hijos intentaban en vano divisar en aquél maremágnum a sus padres, mientras imaginas a tu madre soltando una lagrimita. Y cuando vuelves a la Compañía te dan los papeles para un permiso de quince días y el nuevo destino: Algeciras, Compañía de policía militar número 25.

Bueno, me dije, podía haber sido peor, más lejos está Ceuta, Melilla y las Canarias. O sea que por poco no me fui al fin del mundo, o eso creía, vana ilusión.

Los quince días, como el tiempo en la juventud, pasaron volando. El decimosexto día me encontré en la vieja estación de Atocha, flanqueado por mis padres buscando un hueco para poder subirme al tren que partía para Algeciras. ¡Caramba! Me dije, debe de haber una guerra por allí. La razón era sencilla, todo me recordaba a las películas que había visto sobre las guerras modernas, un andén abarrotado de soldados, muchos de ellos asomados a las ventanillas del tren despidiéndose de sus allegados y muchos padres atribulados contemplándolos.

Dos besos apresurados a mis padres y la orden de que no formaran parte del espectáculo de padres expectantes y una subida apresurada al tren para que nadie pudiera observar las lágrimas que pugnaban por salir y que me costaba reprimir.

Vagón de segunda clase, nunca había viajado en tren largas distancias, por lo que no sabía que un vagón de  la RENFE al principio (y al final) de los años ochenta del pasado siglo, era algo que a los afamados torturadores chinos se les había escapado contemplar y más, si dentro de mi ignorancia, había que pasar toda la noche y parte de la mañana siguiente en él.

Pero allí ocurrió una buena cosa para variar, conocí a José Luis. Era de mi remplazo y casualmente también tenía como destino Algeciras y la policía militar. José Luis era de las pocas almas puras que por entonces quedaban por el mundo, quizás me puede escribir tan bien de él el saber que está muerto. Falleció varios años después en Montejo de la Sierra, su pueblo natal, intentando apagar un incendio forestal como se hacía por entonces en el campo, las campanas de la iglesia tocan a rebato y todos los vecinos se presentan con picos y palas para atajar el incendio. Como solía pasar en muchos casos, estos bomberos voluntarios y aficionados, eran proclives a accidentes graves cuando las condiciones ambientales variaban y un golpe de viento podía hacer que un remolino de llamas te rodeara.

Mientras el cansancio no nos venció, estuvimos contándonos nuestras vidas, él trabajaba en Madrid en el Corte Inglés y sus padres trabajaban en el pueblo como ganaderos. La proximidad del pueblo de mis abuelos al suyo, hizo que nuestro tema de conversación fuera inacabable. Sí, porque el descansar era imposible, allí en aquél compartimento donde estábamos ocho personas, descansar era imposible, no podías estar nada más que sentado y con la espalda recta soportando los terribles traqueteos que te iban moliendo el cuerpo.

En medio de la noche una larga parada nos anunciaba la llegada a Córdoba, no me lo podía creer, apenas habíamos recorrido la mitad del camino, creí morir. Ya casi de madrugada una nueva parada: Bobadilla, no tenía ni idea de dónde estábamos, mi Geografía aprendida no daba para tanto. En Bobadilla siempre ocurría un hecho curioso: desde Atocha el convoy salía tirado por una locomotora eléctrica, pero en Bobadilla se terminaba el tendido eléctrico, por lo que había una larga parada mientras cambiaban la locomotora por otra diésel. Durante los próximos años padecí (y todos los viajeros) ese estúpido desorden estructural, this is Spain.

El resto del camino, una vez que hubo luz para contemplarlo, el paisaje fue algo excepcional. El tren atravesaba las serranías de Ronda y de Grazalema, tan diferente de los campos de viñas y olivos del principio del periplo.
San Roque, desbandada casi general. Luego supe que tanto San Roque como en la Línea estaban plagadas de cuarteles, nunca supe si era para algún día invadir a los pobres habitantes del Peñón o por miedo de que estos nos invadiesen.

Cuatro secarrales más adelante llegamos por fin a nuestro destino, la vieja estación de Algeciras nos abrió sus puertas. Humedad y luz, no se me olvida, allí mismo este nuevo clima me dejó algo trastornado. Hasta entonces no había viajado mucho, no estaba entre mis aficiones ni había tenido ninguna necesidad de ello. Un viaje a Orense para la boda de mi tío, los inevitables viajes a Calatayud para ver a la familia de mi padre y el viaje a Valencia que hice con un amigo en el permiso de jura de bandera, todo esto era mi bagaje viajero.

El viaje a Valencia como dije, lo hice en el  permiso de jura de bandera, me obsesionó la idea de no tener que agradecer a la milicia el conocer el mar. Así que al día siguiente de llegar a casa cogí por banda a mi amigo Javier y mi querido Seat 127 y nos fuimos a Valencia, más concretamente al camping del Saler. Montamos la tienda de campaña y me fui a ver el gran azul. Efectivamente, era grande y salado, lo pude comprobar in situ, metía la mano en el agua y la chupé, inmediatamente escupí.

Volviendo a la estación de Algeciras, José Luis y yo nos encontramos como el aviador del Principito: Estaba realmente más perdido que un náufrago sobre una balsa en medio del océano.

A pesar de todo había dos cosas que marcaban la diferencia: éramos soldados y estábamos de uniforme. A la salida de la estación, recuerdo que había un pequeño aparcamiento y allí se encontraban varios Jeeps (vaya, luego me enteré que la variante para la exportación se llamaba Willys) y a su alrededor pululaban varios soldados de la policía militar. Estos son de los nuestros, me dije. Y me dirigí al que parecía que daba las órdenes, un cabo primero que en aquél momento, más que gritar, ladraba las órdenes.

- A sus órdenes mi primero, mi compañero y yo estamos destinados a la policía militar.
-  Muy bien, poneros allí junto a aquél Willy.

En aquél momento me di cuenta de varias cosas, el cabo primero y todos los miembros que por allí pululaban de la patrulla, llevaban guantes blancos de desfile y pañuelo al cuello. Esto les hacía tener buena planta a juego con el casco y las trinchas blancas. Yo, sin llegar a ser como Goering, desde siempre me gustaron los bellos uniformes y el de “granito” o de paseo que llevaba el ejército español por entonces me parecía espantoso, no habíamos evolucionado nada desde Alfredo Landa y su “recluta con niño”. Otra cosa fue que aquél cabo primero, luego se convertiría en mi compañero de camareta cuando yo a mi vez me convertí en cabo primero.

Al cabo, cuando todo el trasiego de soldados se solucionó, montamos en el willys y nos llevaron al cuartel. Aquí tengo que hacer un alto para explicar un poco cómo estaba el ejército español en los años ochenta, intentaré que no sea una tesis doctoral. Pues bien, el país estaba dividido en Regiones militares, pero al parecer las había de primera y de segunda división y dentro de estas había cuarteles y algo parecido a cuarteles.

El cuartel general del Regimiento mixto de Artillería número 5 (RAMIX5) donde estaba situada la compañía de policía militar era algo que puedes imaginar encontrar en una película del Oeste, un lugar donde los buenos, o sea los yanquis van a atacar a los malos, o sea los mejicanos. Un edificio viejo, blanco por incontables manos de cal y con un aire de fortaleza medieval. Cuando vi a los centinelas me di cuenta que el tiempo no había pasado por allí, llevaban todavía los mosquetones de la guerra civil, claro que mis compañeros todavía portaban el subfusil Z-45 donde el 45 indicaba el año de comienzo de fabricación, una variante local del subfusil alemán que podemos ver en las películas de la Segunda Guerra Mundial.

Tuvimos suerte, justo llegamos a la hora de comer. Tengo que confesar que en el CIR nunca fui al comedor, sencillamente me daba asco el olor de las cocinas y no fui capaz de comer en la típica bandeja con varios huecos donde te ponían la comida. Pues allí era peor, también olía muy mal y la comida era grasienta y de mal sabor.

En la que iba a ser nuestra compañía por el año siguiente (en mi caso tres años) nuevas carreras, filiaciones, reparto de mantas y equipo con el consiguiente fielato en forma de tabaco, aunque luego nos embromaron a todos los novatos haciéndonos pasar por una ficticia oficina donde nos sacaron dinero para luego todos juntos tomar unos litros de calimocho.
Era muy tarde, ya habían tocado Silencio y oscurecido el cuartel cuando conseguí acostarme en mi catre. Estaba derrengado después de una noche sin dormir y un día cargado de emociones, cerré los ojos pensando en qué me depararía el destino en los próximos meses, cómo sería mi vida y deseando volver a Madrid, a mi ambiente.

Hasta entonces la experiencia no había sido mala, ingenuo pensaba que a la postre todo el mundo estaba allí como yo, para pasar el año de servicio lo más rápida y cómodamente. Luego te das cuenta de que todo no es enteramente así, encontraría gente maravillosa pero también perfectos hijos de la gran puta, encontraría mandos militares muy profesionales y  también perfectos inútiles que en la vida civil estarían pasando hambre, casualmente estos últimos luciendo la insignia del camello, pero se me estaban cerrando los ojos y ya era incapaz de pensar más.



Dedicado a mis amigos José Luis de Horcajo, Sema Estévez y a todas las buenas personas que encontré allí.




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