jueves, 23 de enero de 2014

Detective por sorpresa

I

Desde que falleció mi padre tomé por costumbre visitar a mi madre todas las semanas, bueno, tampoco es del cierto todo, al principio si fue así, pero según pasaron los meses y los años, mi molicie hizo que la mayoría de las veces  mi madre se tuviera que conformar con una llamada telefónica e incluso algunas semanas era ella la que terminaba por llamarme al comprobar que esa semana lo había olvidado.
Como una de tantas semanas, al descolgar el teléfono comprobé que era ella.
-        ¿Cuándo vas a venir?
-        Vaya, mamá, es que ando algo liado.
-        Pásate el sábado por la tarde, es que hay visitas que quieren verte.
-        ¿?
-        Mira te cuento, pero no te enfades, si no estás conforme les dices que no y ya está, sin compromiso.
-        Huy, qué mal me suena ¿en qué lío me has metido?
-        No te preocupes, mira es el asunto de Paco y Elvira, vienen del pueblo expresamente a verte.
El pueblo, aclararé, es un pueblecito de la sierra de Madrid donde mis padres hicieron una casa en lo que antes era un huerto y a donde mis hermanos y yo solemos ir cada vez menos, exclusivamente algunos periodos en el verano. Mi madre se crió allí y Paco y Elvira eran dos de sus amigos de la infancia residentes allí.
-        ¿Y qué tengo que ver yo con su asunto? –Pregunté algo amoscado.
-        Bueno, es que te quieren proponer que investigues tú el caso, pero sin ningún compromiso de tu parte.
-        Pe, Pero – interrumpí a mi madre - ¿Os habéis creído que soy Sherlock Holmes?
-        Vamos a ver, serénate, no te exigen nada, solo que lo veas un poco, ellos se fían de ti, y no tienen a quien recurrir, la policía ya no les da esperanza alguna y ya no confían en nadie.
-        Pero mamá, para eso están los detectives privados y yo no lo soy ¿quién les ha metido esa idea en la cabeza?
-        La culpa es mía, sabes que todo el pueblo se enteró por mi boca de que habías escrito una novela de intriga.
-        Sí, creo que es lo mismo, eso no me capacita para que en la vida real sea capaz de encontrar a una chica que desapareció hace… ¿seis meses?
-        Si es que están desesperados.
-        Ya me lo has dicho, pero eso a mí me deja en una hermosa situación ¿quién soy yo para meter las narices en ese asunto? Donde la policía no triunfó ¿crees que yo lo haré?
-        Tú haz lo que puedas, ellos no te exigen resultados, solo que lo intentes.
-        Desde luego, me metes en cada lío…
-        Venga, anda, lo mismo esto te da para otra novela.
-        Qué graciosa.
-        Anda, nos vemos el sábado por la tarde.
Nunca imaginé que mi madre sería capaz de meterme en semejante embolado, pero claro, nunca subestimes la capacidad de sobrevalorarte de una madre. Efectivamente, había escrito una novela de intriga que había auto publicado y cuya esperanza en ser publicada a lo grande, discurría por el camino de ganar algún certamen, la había presentado en un par de editoriales y solo recibí la típica carta de agradecimiento, en la que me indicaban con buenas palabras, que mi novela era lo bastante buena para encender la chimenea de la casa de mi madre en la sierra.
Por el prurito de verla impresa, la auto publiqué en una web de internet que se dedicaba a este menester, compré algunos ejemplares, uno para mí, para ponerla en la estantería de mis libros de cabecera junto a Cien años de soledad.
Empecé a darle vueltas al asunto, no sabía si mi madre me había metido en un pozo de difícil salida, no es lo mismo inventarse un crimen, un criminal y alguien que sea capaz de desenredar la madeja que le lleve a descubrir al asesino, que partiendo de cero, en cuanto a experiencia real, descubrir dónde se andaba la muchacha en cuestión.
Me apenó mucho cuando me enteré del problema surgido a Paco y Elvira, a ellos los conocía desde pequeño, el pueblo por aquél entonces era los suficientemente pequeño para que todos los que allí residíamos de manera más o menos continua, antes de que la fiebre por tener una segunda residencia en la sierra, hiciera desaparecer de sus calles, huertos y pajares transformados en chalets de todo tipo, sin guardar la apariencia pueblerina perdida ya para siempre.
Pues bien, Paco y Elvira, eran de los supervivientes de la emigración a la ciudad de los años sesenta, como otros pocos, el miedo a lo desconocido o sencillamente porque mantenían suficientes tierras y heredades para poder continuar con su vida de siempre. Se habían casado a una edad ya tardía, lo que nunca me expliqué pues se conocían desde siempre y consiguieron traer a este mundo un retoño que pudiera heredar todo lo que ellos habían conseguido mantener e incluso acrecentar.
Ana nació no solamente cuando sus padres peinaban canas, sino cuando la información de lo que ocurría al otro lado del valle indicaba que existía un mundo lleno de posibilidades, el cierre de la escuela del pueblo por falta de alumnos, hizo que todos los vástagos de los pueblos de la sierra, fueron educados en un instituto de nueva planta, por lo que salir fuera del valle ya no era una aventura, esta aventura continuó cuando Ana pudo formarse universitariamente, lo que solamente podía llevarla a Madrid. Paco y Elvira, orgullosos, no tuvieron reparos en darla todas las comodidades y ayuda en sus estudios, la pagaron una plaza en una residencia de estudiantes, así como la matrícula más dinero de bolsillo.
Un día, cuando Ana cursaba el segundo año de carrera, recibieron una llamada de la residencia, Ana llevaba una semana sin aparecer por allí, no la había visto nadie ni para comer ni para dormir, sus cosas seguían en la habitación si moverse.
 Mucha zozobra les causó la noticia, los padres presurosos acudieron allí, hablaron con el director y aconsejados por él, pusieron la correspondiente denuncia en comisaría. Y desde entonces nada, el vacío más absoluto, ninguna noticia en ningún sentido, la policía interrogó a compañeros y amistades y nadie sabía nada de ella, todo parecía conducir a un callejón sin salida por la falta absoluta de pistas sobre su paradero.
Al principio hubo el típico revuelo informativo, pero la falta de noticias hizo que los medios que se habían hecho eco, simplemente cesaran en el tema, si no hay nada que informar, sencillamente no interesa.
Y allí me encontraba yo, sin ninguna experiencia sobre cómo llevar una investigación así y el más que previsible encargo de unos atribulados padres.



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sábado, 11 de enero de 2014

Vida de Luci 2

..//.. El último verano que estuvimos en Villalgordo fue en 1959 y todo seguía igual que siempre, pero Tirso se constipó, y parecía un constipado sin importancia, pero desde el verano le daban muchos calambres en las piernas y ponía los pies en el suelo buscando el frescor pues era la mejor manera de que se le pasara, pero cada vez le pasaba más a menudo por lo que fuimos al médico que lo teníamos en Modesto Lafuente, el médico no le dio mucha importancia, pero le mandó una analítica y una radiografía.
Tirso tampoco le daba importancia pues comentaba que de joven, cuando jugaba al futbol, también le daban calambres. A los ocho días fuimos a recoger los resultados, íbamos tranquilos pues seguía trabajando y no se cansaba, pero nos llevamos una sorpresa, la radiografía no dio nada en el pecho, pero la analítica indicaba que tenía anemia, por lo que le dio la baja y le mandó hierro y otras pastillas y que comiera lo mejor que pudiera, con eso sería suficiente.
Volvimos desilusionados, pero como no le dio mucha importancia, empezó a cuidarse, reposar y comer algo más de carne, pescado y fruta para que se repusiera pronto. A los quince días regresamos a la consulta médica, pues en vez de mejorar, se encontraba más pálido y cansado, por lo que el médico le mandó otro tratamiento. Así pasaban los meses unas veces mejor y otras más desganado, pero como el tratamiento de la anemia suele ser lento, seguíamos haciendo caso a lo que nos decía el médico.
Un día hablando con unos amigos, nos comentaron que debería verlo otro médico para ver si coincidían en el diagnóstico, nos señalaron que en la calle Malasaña en el segundo piso había un médico de pago y que era muy bueno, por  lo que no nos lo pensamos y fuimos a verlo, allí le hizo un chequeo muy completo. Con este médico estuvimos mucho tiempo pues con el tratamiento que nos dio parecía mejorar, eso sí, las medicinas teníamos que ir a que las recetara la seguridad social pues eran caras.
A pesar de todo, seguía teniendo días que yo le notaba triste, muchas tardes siquiera quería salir, por lo que pasamos unas navidades tristes, incluso el veintidós de diciembre que era su cumpleaños, no quiso comer. Por lo que volvimos a pedir hora para ver al médico y le volvió a hacer análisis de sangre y orina, cuando tuvo los resultados, me llamó y me dijo que fuera sola, que no hacía falta que fuera él. A mí me entró un temblor por todo el cuerpo pensando en qué me diría. Cuando llegué, me mandó sentar y me dijo que lo que tenía era grave, pues tenía una esclerosis renal y no tenía solución, pues lo más que podía durar sería cuatro o cinco meses.
Yo me desmayé, pues le dije a gritos que no podía ser que era muy joven y que debía de haber algo para sanarlo. Fue tanta mi desesperación que no sabía cómo volver a casa, allí estaban padre e hijo esperándome y mi hijo todavía no había cumplido tres años. Estuve paseando un poco antes de llegar a casa para que no se me notara nada, me tocaba lo peor, todo el día disimulando para que él no supiera nada, pues aún hacíamos planes para el futuro.
El día diecinueve de enero nació Antoñito, el hijo de Carmen, íbamos a ir a verle al hospital de la calle O’Donnell y Tirso me dijo que se iba a echar la siesta y que se quedaba en casa con el niño, hice de tripas corazón y me fui a conocer al niño. Aproveché para darle la mala noticia a mi hermana Carmen y a mi hermana Julia que estaba también allí, se llevaron un gran disgusto pues lo apreciaban mucho.
Escribí a la abuela Manuela y a mis padres para que supieran lo que pasaba, pero estaban lejos y no tuve ayuda de nadie, pero a pesar de tener solo veinticuatro años y no haber visto una desgracia tan grande, hice todo lo que pude, incluso le contaba chistes y cuando en la radio sonaba una canción, sobre todo “Ansiedad, de tenerte en mis brazos y en la boca volverte a besar. ..//.. Tal vez esté llorando mis pensamientos. ..//.. Y hasta tu oído llegue la melodía salvaje y el eco de la pena de estar sin ti. ..//.. Ansiedad, de tenerte en mis brazos y en la boca volverte a besar.
Era una canción lenta pero tiene mucho sentimiento, a lo peor presentía lo que iba a pasar, si hubiera sido así, lo disimuló muy bien, nunca dijo nada, siempre estaba dispuesto a complacerme.
Tirso conocía muy bien a su familia y me dijo que todo el dinero que me prestaban lo apuntara, porque cuando él trabajara se lo devolveríamos, pero esto tampoco se pudo cumplir, pues cada día se iba deteriorando, la orina se le mezclaba con la sangre y eso fue su final. El 14 de junio de 1960 a las cinco de la tarde, nos dejó para siempre.


Me insiste mi amiga Esileviana que ponga algún otro retazo de la vida de mi tía y viniendo de ella, tengo el agrado de complacerla, si el anterior fue una anécdota jocosa, este supone un mal trago, casi el peor, para una mujer enamorada y con solo veinticuatro años. Nunca supe el porqué de mi padrinazgo por parte de mi tío Tirso a quien obviamente nunca conocí, transcribiendo sus memorias es cuando conozco y estimo en lo que vale tal hecho.
Transcribiendo las citadas memorias, me doy cuenta de que mi tía en vez de saber solo las cuatro reglas, hubiera podido acceder a una educación mucho más completa, de haberlo querido hubiera sido una buena escritora, de haber nacido en otra época y otra circunstancia, quizás hasta hubiera sido una excelente bloguera. ¿Quién sabe?
Lo que está claro es que cuando iba escribiendo el relato desgarrado de su desdicha, no tuve por menos, que de vez en cuando enjugar un asomo de lágrima.


Fotografía de mi bautismo, mi tío Tirso es el de la izquierda, quien me sostiene es mi abuela Matilde, recientemente fallecida y en el centro sujetando a mi primo, mi querida tía Luci

domingo, 29 de diciembre de 2013

Matilde

Le han faltado quince días para cumplir ciento y un años, ha dejado de luchar a pesar de que apostábamos que los cumpliría, adiós abuela Matilde.
Es curioso, a pesar de que murió cuando tenía solo once años, tengo un cariño casi mítico hacia mi abuelo y me dolió mucho más su muerte. Quizás porque el cumplir años te endurece el corazón, o más bien porque mi abuela era otra cosa.
En Alameda la llamaron “la loba” y bien que lo demostró sacudiéndole dos guantazos en medio del bar al pobrecillo que tuvo la ocurrencia, hace poco el alcalde tuvo a bien soltar el botellín del que parece que alguien le puso “loctite” para llevarla una placa nombrándola hija adoptiva de Alameda del Valle.
Pues ella no nació serrana, era del foro, inclusera para más señas, yo siempre decía en broma que era la hija de alguna vizcondesa avergonzada por un desliz, por lo que era posible que corriera sangre azul por mis venas.
A mí me deja como herencia el morderme las uñas, somos los únicos de la familia que tenemos este arrebato gourmet, o más bien aprendizaje caníbal. Además fue mi madrina de bautizo si es que eso sirve para algo, perdóname abuela, pero cada vez que veo las fotos me parto de risa al verte con ese abrigo de colas de zorro, más falso que una promesa de Rajoy.
Yo sabía de sus penurias tras la guerra y en los afamados “años del hambre” Ahora más, puesto que me dedico a transcribir las memorias de mi tía Luci, su hija mayor, quizás por eso su lucha de estos años con tantos achaques de la edad a los que ella siempre toreó.
Era famosa en el valle por su trabajo de cocinera en el Hostal del Marqués y por los “bartolillos” unas afamadas rosquillas, que debía de ser el único del orbe a quien no me gustaban, juro que tenían excesiva ralladura de limón.
En fin, ahora me toca pedirla perdón por haberla odiado desde mi más tierna niñez pues cuando íbamos juntos y veía a un conocido, ella tan ufana de mí, me presentaba como su nieto y para demostrar lo inteligente que era me hacía recitar el Jesusito de mi vida.

Descansa en paz Matilde, pero como nunca te perdoné tu segunda boda, hazme un favor, en el cielo no busques a mi abuelo.


martes, 17 de diciembre de 2013

Vida de Luci

Entre mis recuerdos está esta anécdota tan cierta como dolorosa. Ya narré que mi padre madrugaba para irse a trabajar, como las tres hermanas dormíamos juntas, aprovechábamos su ausencia para correr a meternos en la cama con mi madre, y esto lo teníamos como costumbre. Cierto día como mi hermana Julia era tan enclenque, al correr se cayó y me acusó llorando de la autoría del empujón. ¡Horror! Como siempre, me tocó pagar a mí el pato, mi madre para castigarme, me envió de vuelta sola a nuestra cama.
Por entonces tendría ya unos siete años y me rebelé ante esta injusticia, siempre culpabilizada por mi hermana Julia. Ante esto, no se me ocurrió otra cosa que decir a mi madre:
-       Por no dejarme ir contigo a la cama, no te voy a dar el duro que te he quitado.
Todavía hoy me arrepiento de esa mentira, pues me hizo levantar e ir a buscar el duro, presuntamente sisado. Por lo que me vi en la calle con la amenaza de no poder regresar a casa hasta que no trajera el susodicho duro.
En la puerta estuve elucubrando, de dónde iba a sacar tamaño capital, al final encontré la manera de resolver mis problemas, me acerqué a la casa del señor Marianillo, el tendero, diciéndole que me mandaba mi madre para que me prestara un duro y que al regreso de mi padre de su jornada, se lo devolvería. Tuve suerte pues el buen señor, como solía, nos daba otras veces dinero fiado.
Aliviada y con el duro en el bolsillo, regresé a casa, encontrándome a todos ya despiertos y junto a la lumbre, al verme mi madre me interrogó:
-       ¿Cuándo me cogiste el duro?
-       Pues, el otro día.
Con eso mi madre me dio un bofetón con la mano vuelta, con la consecuencia de perder allí mismo un diente y sangrar como un gorrino. Desde entonces jamás he vuelto a mentir a nadie.



La penúltima de mis aventuras es hacer de  “negro” escribiendo las memorias de mi tía Luci. ¿Cómo llegué a esto? Fue una conjunción de inquietudes. La mía por conocer la vida de mi abuelo y las vicisitudes que le llevaron de su Torrelaguna natal, hasta un pueblecillo atrasado varios siglos y desolado por la guerra llamado Alameda del Valle.
La otra inquietud fue la de mi tía por ver plasmada su vida en papel, mi “fama” de aprendiz de escritor llegó a sus oídos y el resto es un trabajo emocionante, en un cuaderno de tapas de hule, mi tía ha grabado de negro (coincidimos en el gusto del color del bolígrafo) ochenta años de amor, dolor, sentimientos y hasta donde he leído, hambre un hambre que desgarra. Una España que comía cáscaras de patatas asadas en la lumbre, madera robada asimismo pues ni eso tenía y una España que bebe de sus raíces, pícara, que no olvida a Guzmán de Alfarache o al Lazarillo de Tormes.
Este es una de las decenas de anécdotas de mi tía, triste y alegre a la vez, mi homenaje será ver un día el libro impreso como ella desea.


lunes, 9 de diciembre de 2013

Verde


-    La conocí en el metro, en la línea 4, yo acababa de salir de la consulta del psicólogo e iba de camino a la biblioteca. Iba molesto, me había pasado cinco días de la fecha tope de devolución del libro, era la primera vez que esto me sucedía, no sabía qué consecuencias me acarrearían, imaginaba que durante varios días no podría retirar ningún otro libro y esto me disgustaba sobremanera. Desde la noche de los tiempos, no recordaba ver la estantería de mis libros de cabecera sin algún libro con la vitola en el lomo, marcando con su especial código, la pertenencia al Ministerio de Cultura o al Departamento de cultura de la Comunidad Autónoma.
Seguro que fue ella quien inició la conversación, la timidez congénita que padezco me impide intercambiar cualquier frase que no fuera un educado “buenos días” con cualquier ser desconocido no importando la pertenecía a sexo cualquiera.
-       Si la homeopatía es una ciencia, la bruja Lola es doctora en aquelarres.
-       ¿Perdona?
-       Disculpa si te molesto con mi rollo, pero es que no aguanto a cierto tipo de personas que se creen doctores y solo son unos matasanos.
-       Bueno, en mi caso te diré que de Física ando pez, pero casualmente conozco el número de Avogrado y en esto te puedo dar honradamente la razón.
-       Ja ja, menos mal, me has evitado el tener que ponerte un ojo a la funerala.
Tenía una risa cantarina que escuché perfectamente a pesar de los mil ruidos inherentes a la circulación del suburbano, pitidos, conversaciones de mayor o menor intensidad, la insufrible voz grabada de la locutora que anuncia: “Próxima estación, Bilbao, correspondencia con línea 1”
Al oír su risa, por desgracia inhabitual en cualquier lugar que no sea en un botellón de porretas a las doce de la noche. Mucha de la gente que nos acompañaba en el vagón volvió sus rostros para mirarla, lo que la hizo sonreír y hacer brillar sus ojos.
Todo esto consiguió transfigurar su cara, recordándome los cuadros de los maestros renacentistas, en los que un Cupido alado intenta velar con etéreas gasas las desnudeces de diosas casquivanas con una mirada traviesa.
-       La gente no está acostumbrada a ver reír a los demás, es una desgracia de la raza humana, todo tiene que ser gris, o peor aún, negro. Nadie concibe siquiera la existencia de colores ¿Tú qué opinas?
-       Pues que me estás dejando alucinado, hacía eones que no tenía una conversación tan interesante con alguien, y permíteme decirte que afortunadamente me apeo en Arguelles que es el final de línea, para poder seguir disfrutando de nuestra charla.
-       Vaya, lamento comunicarte que me apeo en San Bernardo, no es porque quiera, sino por pura necesidad, pues allí mismo está ubicada la oficina en la que trabajo, más bien una de ellas, pues pertenezco al pulcro gremio de las señoras de la limpieza, vamos, las reinas del mocho, ja ja.
La insidiosa voz de la locutora se dejó oír en aquel momento: “Próxima estación San Bernardo, correspondencia con línea 2”
-       Pues antes de que desaparezcas de mi vida, solo decirte que muchas gracias por tu amena charla, hay días que empiezan grises, casi negros, pero gracias a ti hoy terminará de color.
-       ¿De qué color?
-       Verde, verde esperanza.


viernes, 15 de noviembre de 2013

La dama sin rostro


La muerte de mi padre lo cambió todo, recién acababa de doctorarme en leyes en la vieja universidad de Alcalá, las puertas que debieran de habérseme abierto, ante la ausencia de mi progenitor, todos esos clientes que tan devotamente me saludaban antaño, ahora estaban demasiado ocupados para recibirme siquiera.

Todas las oficinas en las que solicité un puesto de trabajo se hallaban atestadas, pues muchos cesantes aguardaban el cambio en el gobierno que les repusieran en su destinos ministeriales, trabajando por un mínimo estipendio dentro de notarías y corredurías de comercio, ejerciendo como pasantes.

Los parcos ahorros que conservaba se iban agotando y con ellos la esperanza de poder seguir viviendo con dignidad. Afortunadamente a pesar de los nubarrones que me acechaban, una misiva vino a aliviarme sobremanera.

Un familiar lejano de mi estirpe aragonesa, que en tiempos lejanos, en vez de emigrar a la capital como mis más cercanos antepasados, lo hizo a la ciudad condal donde había medrado comerciando en hilaturas. Éste al enterarse del óbito de mi padre se ofreció a acogerme en su casa y darme así mismo trabajo en su negocio, girándome además los dineros necesarios para el viaje.

Reuní mis escasos bagajes y me dispuse a comenzar una nueva vida y a padecer las ciento diez leguas que me separaban de Barcelona, en el interior de la galera que realizaba el traqueteante recorrido.

Sin más novedad que el lacerante dolor que discurría por todos y cada uno de mis huesos y el asqueante recuerdo de las fondas donde la obligada colación de alimentos de sospechosa procedencia y peor condimentación e higiene; conseguí llegar a mi destino, donde me detuve a aspirar el húmedo olor proveniente del cercano marque se vislumbraba, así como extasiarme ante la contemplación inédita de la enormidad de su superficie.

La bonhomía de la raza aragonesa me hizo considerarme rápidamente como en mi hogar y el trabajo asignado en absoluto afanoso, hizo que empezara a sentirme realmente feliz.

Todas las tardes libres las ocupaba en descubrir una ciudad que cada día era menos extraña para mí, enseguida quedé hechizado por sus amplias calles y sus recoletas plazas, así como por la luminosidad de los paseos junto al mar.

Un domingo cumpliendo con el precepto, acudí a oír misa a la catedral, situándome como era mi costumbre al final de la nave. Ya comenzada la liturgia, un leve movimiento en la puerta de entrada me hizo dirigir allí la mirada. Ante toda la concurrencia, una dama enfundada en un traje negro con un velo del mismo color cubriéndole el rostro, avanzó por el pasillo central hasta la zona destinada a las mujeres, donde siguió el rito sin moverse de allí, siquiera para comulgar, lo que me llenó de extrañeza. Mi mirada no hacía más que dirigirse hacia su figura intentando distinguir alguna parte de su rostro que pudiera escapar del tamiz de su velo, que en ningún caso apartó de ella. Lo único que me fue dado contemplar fueron sus manos blancas y finas como si el mejor orfebre las hubiera tallado en marfil.

Cuando por fin el oficiante exclamó “ite, misa est” no me encaminé de inmediato a la salida, sino me quedé esperando que pasara de nuevo por mi vera, causándome gran desazón el ver que no me era dado contemplar siquiera algún detalle de su tez. No me arredré por ello y caminé detrás de ella observando con desesperación cómo se introducía en un carruaje que a tal efecto la esperaba para su traslado. En aquel mismo lugar me quedé observando cómo partía hasta que transcurrido un trecho giró por una calle transversal, perdiéndose de mi vista.

Para mi desdicha pasé toda la semana con la razón extraviada y mis pensamientos puestos en aquella dama, lo que hizo que fuera reconvenido por mis errores en la administración de los asuntos de la oficina. Los días pasaban con una plomiza apatía y desesperante lentitud, pero como todo llega, el domingo hizo por fin su aparición.

Esta vez no me introduje en el templo, enrocado junto a la pila de agua bendita aguardé su llegada, que como el domingo pasado ocurrió al unísono con el principio del rito, ella alzó su alba mano para tomar el agua pero se encontró con que yo me había adelantado introduciendo la mía en su interior, la saqué chorreante ofreciéndosela, ella tras un breve momento de vacilación juntó sus dedos índice y corazón  apenas rozó mi mano humedeciéndolos. Volví a desesperarme cuando ella para persignarse no se desveló sino que lo hizo sobre él. Ésta fue incluso mayor cuando para aumentar mi dolor ni un solo sonido salió de sus labios para agradecer mi galante gesto.

Después de esto se introdujo en la catedral tomando asiento en el mismo banco que el domingo anterior, esta vez sin embargo me quedé en el exterior esperando su partida. Cuando esta se produjo, se encaminó hacia el mismo carruaje que la aguardaba, partiendo a continuación.

De nuevo padecí una semana intentando elucubrar el misterio de la enlutada dama pasando noches en vela. En vano pregunté a mis familiares y a mis compañeros de trabajo, pues nadie pudo darme razón de ella, ni al parecer nadie se había apercibido de su existencia.

Decidido a dar un paso más en la resolución del misterio que me atormentaba, solicité a mi tío un adelanto sobre mis emolumentos que utilicé en alquilar un caballo que me pudiera ayudar a seguir al carruaje en su salida de la catedral.

El siguiente domingo insistí en mi ofrecimiento de agua bendita con el mismo resultado, pero esta vez a su salida monté presto en mi cabalgadura y perseguí el carruaje a través de las estrechas calles de la parte antigua de la ciudad, saliendo al cabo de ella dirigiéndose hacia el pueblo de Horta donde se introdujo en una masía rodeada por una recia valla de piedra.

Me apeé y me acerqué presto hacia la verja de entrada que un criado estaba cerrando, al llegar junto a él le interpelé:

-       Buenos días.

-       Buenos los tenga usted.

-       Perdone mi intrusión, ¿Podría decirme quienes son los moradores de la masía?

-       ¿Y quién es el que así lo inquiere y con qué motivo?

No estaba preparado para inventar una excusa creíble que hiciera que el cancerbero de la mansión me franqueara la entrada, algo balbuceante intentando sin embargo aparentar confianza en mí mismo improvisé una respuesta.

-       Mi nombre es Jose Antonio, soy de la familia Gracia, propietaria de los afamados telares sitos en Martorell y el motivo de mi visita es que la dama que acaba de traspasar esta cancela, se ha dejado olvidada en el banco de la catedral una preciada y valiosa joya.

La mentira por fortuna tuvo un exitoso efecto y me fue franqueada la entrada,  el criado me acompañó hasta la entrada de la masía y me hizo pasar hasta el interior de una salita donde me indicó que aguardara hasta que avisara a su ama.

Transcurrido un breve tiempo, un frufrú delator, me anunció que la dama se aproximaba, dirigí la mirada hacia la puerta de la sala donde efectivamente ella se introdujo acercándose a mí y por fin dirigiéndome la palabra.

-       Y bien, decidme ¿Qué joya es esa que al parecer he perdido?

-       Disculpad mi osadía, todo ha sido una artimaña por mi parte para poder conoceros, el haberos visto en la catedral, velada como vais ha despertado mi inquietud por conoceros, si mi atrevimiento os ha podido contrariar os pido por ello mil perdones pero a fuer de… Daría mi vida por conocer vuestra gracia y poder contemplar vuestro rostro que con toda seguridad debe ser digno de admiración. Os ruego pues, libradme de esta tortura.

-       Caballero, medid vuestras palabras, estáis invocando poderes que desconocéis, vuestra apuesta es asaz arriesgada.

-       Me atengo letra a letra y palabra por palabra a lo dicho anteriormente, así me lleve el diablo si falto a mi palabra.

Nunca hubiera pronunciado esas palabras que fueron mi perdición, la dama se me aproximó y a partir de entonces la maldición cayó sobre mí.

¿Qué es un espectro vagando sobre la tierra? Un espíritu insatisfecho que no ha paz en la en la eternidad, sopla velas, apaga candiles y pasados los años es capaz de hacer chisporrotear las bombillas en su desesperación por hacerse notar, sin causa aparente hace estremecer a doncellas y jóvenes causándoles hormigueos por la piel, susurra por las esquinas de callejones cuando en apariencia no hay ni una ligera brisa. Ese es mi destino por los eones venideros, troqué mi vida y mi alma por conocer su nombre y contemplar su rostro. Antes de perderlo todo quedé cegado y solo conseguí escuchar:

-       Elisenda.




 

domingo, 10 de noviembre de 2013

El piano

Mientras tocaba al piano una triste melodía no dejaba de pensar en los tristes tiempos pasados, aquellos tiempos en los que mi juventud y mis errores dictaban el devenir del tiempo, para todos yo era solamente un joven inconsciente e inmaduro, bueno solamente para requebrar doncellas y correr detrás de cualquier sueño imposible, todos sabían que malgastaba mi juventud, todos menos yo. Cualquier canto de sirena me hacía coger una liviana maleta y tomar el primer tren hacia cualquier Shangri la que me ofrecieran, pero a la postre, donde realmente llegaba era a Xanadu en manos de cualquier Khan.
¿Decepción? ¡Ca! De eso no se hizo, otros sueños, más o menos forzados reconfortaron mi alma, siempre había una montaña que subir o una sima donde bajar.
Ella, su cara, no la olvidaré nunca, o quizás nunca la recordé, a veces se me figura su semblante en los vapores alcohólicos de mi inconsciencia, siempre la perseguí con un amor galante o una persecución atroz y dolorosa, daba lo mismo el lugar, un salón versallesco o el lupanar más abyecto.

Mis dedos seguían acariciando las teclas del piano, única enseñanza de mis maestros que aprendí con rigor, quizás lo único real que quedó de tantos años.


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