miércoles, 26 de febrero de 2025

Suavemente me mata

 

En las fiestas patronales de Alameda 1972 ocurrió un hecho poco habitual, las chicas del pueblo, gestoras del local El Refugio, lugar donde la juventud dedicaba las tardes a mover el esqueleto, decidieron con la excusa de poder adquirir nuevos discos. Hacía ya bastante tiempo que no sonaban los hits de actualidad.

A los veraneantes no les debió de gustar la idea, pues boicotearon el baile y montaron un guateque en casa de uno de ellos, más bien en el corral anejo a la casa. Allí montaron un tocata, aportaron los singles que poseían, e incluso montaron una guirnalda de luces. Vamos, la repera.

La chavalería de mi pandilla, todos nosotros unos imberbes preadolescentes, observamos con deleite que al contrario que en el Refugio, en la suerte de discoteca allí montada, no nos estaba vedada la entrada. Aunque allí poco podíamos hacer salvo alguna monería, no sabíamos casi bailar y ninguna chica de nuestra edad bailaría agarrado con nosotros.

Así transcurría la tarde-noche con ritmos salvajes (para entonces) de los Bravos, Suzie Quatro y Sweet. De pronto se hizo el silencio, roto al cabo de unos segundos por una dulce melodía.

 

I heard she sang a good song
I heard she had a style
And so I came to see her
And listen for a while

And there she was this young girl
A stranger to my eyes

Mi corazón dejó de latir cautivado por aquella voz que salía por los dos altavoces colocado en el corral, parecía que me envolvía. Nadie hablaba, todos escuchaban y poco a poco el centro del corral comenzó a llenarse de parejas abrazadas bailando despacio.

De pronto una mano tomó la mía y la dueña de la mano me dijo: Venga primo, vamos a bailar. Dos brazos rodearon mi cuello y yo en un acto reflejo puse mis manos en su cintura y comenzamos a bailar. No sé cómo lo conseguí, yo estaba flotando. Un leve calorcillo subía por mis manos al sentir su cintura y un escalofrío sacudió mi cuerpo. Su cuello olía a rosas, mi vista estaba nublada. De repente la oí tararear:

Strumming my pain with her fingers

Singing my life with her words

Killing me softly with her song

Killing me softly with her song

Telling my whole life with her words

Killing me softly with her song

Así estuvimos los cuatro minutos y cuarenta y ocho segundos que duró la canción, girando abrazados, rodeados de jóvenes que giraban abrazados mientras el mundo dejaba de girar. No existía nada fuera del corral, ni guerras, ni bombas, ni exámenes, ni dictaduras. Nada importaba, estábamos vivos, éramos jóvenes, algunos  solo niños, pero aquella voz nos unía a todos.

De repente, el mundo volvió a girar, un silencio atronador nos envolvió y recorrió Alameda, el disco se había acabado y con él mi vida terminó. Aterricé duramente contra el suelo. Ella se despegó de mí con un mohín risueño, se despidió de mí y se marchó.

Mi prima segunda había venido ese verano a Alameda a pasar sus vacaciones en el camping ilegal que había junto al Lozoya, habíamos hablado varias veces pero nunca me había fijado en ella, solo la volvía a ver en tres o cuatro ocasiones más y ni siquiera recuerdo su nombre. Sólo recuerdo de ella sus hermosos ojos verdes y aquél baile, mi primer baile con Roberta Flack matándome suavemente con su canción.




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