lunes, 4 de septiembre de 2017

El culpable


A ratos aporreo la máquina de escribir como si fuera un piano, intento, a veces en vano, que no se me escape la inspiración. Quizás solo el vago recuerdo que me une a ella me termina por sujetar a la silla, pero después de un tiempo golpeando las teclas, los dedos comienzan a dolerme lo que es suficiente para que tire de la hoja de papel hacia arriba, esto produce un chirrido quejumbroso en el rodillo como si le doliera que al sacar el papel también arrancase algo de su vida.

Del perchero recojo la gabardina y me sumerjo en la pestilente calle donde tengo mi oficina, llueve, por lo que me subo el cuello de la gabardina y cruzo las solapas, además encojo el cuello en un vano intento de evitar que la lluvia se cuele por mi pescuezo.

Meto las manos en el bolsillo y tanteo la vieja pistola que hace tiempo me agencié en un antro de los bajos fondos. Nunca la he utilizado por lo que no tengo nada claro que el día que la necesite funcione.

Llego donde aparqué mi viejo Oldsmóbile, observo con asco que las multas se van acumulando en el parabrisas ahora mojadas y desteñidas. Tras varios intentos girando la llave consigo que tras varias toses, el reumático motor se ponga en marcha.

A través del parabrisas, las gotas de lluvia forman un caleidoscopio donde se reflejan los escaparates de las tiendas y las amarillas luces de las farolas. Apago el mojado cigarrillo que llevaba hace tiempo mordisqueando y del que apenas conseguía sacar algo de humo, ni hablar de sabor, con el repetido mil veces gesto de ponerlo encima del cenicero atiborrado por decenas de colillas que nunca vacié.

Me las va a pagar mascullé. Era mucha la rabia acumulada que sentía. Di un volantazo y aparqué frente a la puerta de su trabajo. No tenía escapatoria, por allí tendría que pasar y esta vez iba a ajustar cuentas con él.

Sí, porque él era el culpable de esta situación, era el culpable de todos estos meses de parón de desidia por su parte. Por su culpa me hallaba allí con el folio recién sacado de la máquina en las que para romper este tiempo muerto, sin escribir, sin crear. Me había obligado a actuar, a ponerte tras la máquina y escribir estas líneas llenas de tópicos como si fuera Sam Spade, como si fuera un autor de novela negra, todo por ver subido al blog un triste relato.


jueves, 15 de junio de 2017

Viento


The answer my friend is blowin’ in the wind

 

El viento soplaba recio y como siempre me daba en la cara haciendo que las lágrimas anegaran mis ojos. ¿Pero quién soy yo para quejarme? una pobre señora lloraba dentro de un banco, pataleaba incluso de desesperación, le acababan de comunicar que el dinero de toda una vida se había esfumado, el Banco entero valía solo un triste euro, empleados incluidos. Y qué le podían decir estos pobres empleados, si ellos mismos habían cobrado sueldos en el mismo papel mojado que agita temblando la mujer.

Pero esto es así y no hay que darle más vueltas, pasa una y otra vez, en dictadura y en democracia, en el pasado, en el presente y en el futuro. No es cuestión de picaresca, es más bien la triste condición humana de robar, pero elegantemente.

En el Parlamento, imágenes sacadas de otros tiempos. Mientras un pater conscriptus enumera todos los presuntos del país, en sus escaños los aludidos leen el periódico. Deben de ser los últimos lectores de ese elemento de aleccionamiento de masas, la gente ya no los compra, prefieren la caja tonta, es más cómodo y eficaz para adormecer conciencias. Sólo les interesa un chico portugués que maneja con los pies una esfera de cuero que cosió por un salario de miseria un niño de Bangladesh.

Mientras tanto en las redes sociales fluye la noticia en la que un afamado industrial textil, que también se preocupa de que a los infantes asiáticos no les falte unas piastras por su labor, ha donado gentilmente unos milloncejos, calderilla para él, para el tratamiento de no sé qué enfermedad. Debería de sonarme, puesto que la padecí. Pues bien, hay ingratos que piensan que es malévolo al donar sus migajas, cuando a base de ingeniería fiscal se ahorra todos los años mucho más del doble, que bien podrían ir a las arcas de ese mismo país y así no harían falta tan arteras contribuciones. Afortunadamente siempre salen defensores de causas perdidas hasta debajo de las piedras. Es cierto pues lo que se dice, en caso de apocalipsis zombi, siempre saldría una  ONG que los amparase.

No tengo nada claro que quiera tener un nieto, el motivo es muy sencillo: El mundo se va a la mierda. Fin, kaputt, the end, c’est fini. Porque no creo que venga un viento asolador que limpie los establos de Augías y estoy seguro que en algún lado hay un pergamino que ponga: "El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas"

 

The answer is blowin’ in the wind


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