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miércoles, 24 de febrero de 2021

¿Qué hiciste en la guerra papi?

 


Hoy he evocado dos recuerdos de mi infancia, que a la postre van a desembocar al mismo lugar. A la sazón, el teatro chino de Manolita Chen y la película ¿Qué hiciste en la guerra papi? De Blake Edwards.

¿Quién no recuerda las ferias de los años sesenta? En mi casa siempre que la economía familiar lo podía permitir, íbamos a las de San Isidro y a San Antonio de la Florida, pero también recuerdo haber asistido, de la mano de mis padres a las fiestas de Calatayud y a las de algún pueblo, más cercano a Madrid como Getafe o Alcorcón.

¿Qué atracciones nos gustaban por aquél entonces a la chavalería? Los mismos que ahora seguramente, el carrusel, la noria, los caballitos, las sillas voladoras, etc. A los niños nos gustan entonces y ahora, todo lo que se salga de lo común.

Quizás lo que más me gustaba era el tren de la bruja, primero por poder montar en tren, cosa que apenas había hecho en mi vida y luego por la siniestra aventura de ser agredidos por un monstruo horripilante disfrazado de bruja. Ésta, repartía escobazos a diestro y siniestro y el afán común era cobijarse dentro del vagón para evitar ser golpeado por la escoba. Lástima que la economía y la paciencia de mis padres no lo permitiera, pero me hubiera pasado la vida dentro del tren. Pensándolo bien, en la vida real no he dejado de vivir esa sensación, brujas y brujos fustigándome y yo intentando evitar los escobazos.



También nos gustaba observar los divertimentos creados para los mayores, como las casetas de tiro al blanco, la montaña rusa, tazas voladoras, etc. Nada ha cambiado ¿o sí?

La atracción de mayores que menos me gustaba era la tómbola, en aquella España donde el juego estaba prohibido y la única posibilidad de apostar era en las quinielas y la lotería, la tómbola era una escapatoria a esas leyes. Para los chavales era un incordio estar parado allí hasta que se cubrían todos los números de apuestas y por fin hacían girar la rueda de la fortuna, total para que siempre le tocase al de al lado. Mi hermano y yo soñábamos con el premio de algún juguete, mientras mis padres lo hacían con la cristalería o juego de té expuestos. Al final suspiraba cuando conseguíamos salir de aquél lugar, sembrado de papeles de las cartas apostadas.

Hay atracciones que van desapareciendo. Echo de menos el tren para los forzudos, que era un tren o un cohete sobre raíles en la que los más forzudos del lugar, balanceaban el cohete provisto de un asa, para después lanzarlo con todas sus fuerzas contra el infinito. En realidad había un tope provisto de un petardo, que explotaba cuando algún supermán conseguía hacer llegar el cohete al tope, lo que ocurría en contadas ocasiones. ¿El premio? Ninguno, solo el batir de palmas de sus amiguetes y la mirada asombrada del público femenino.

Indefectiblemente el paseo por la feria pasaba por un lugar misterios para los niños: El circo chino de Manolita Chen. Era una carpa grande, pero no tan grande como la de un circo. Y tampoco era redonda. En las paredes había retratos de la tal Manolita, una señora con rasgos orientales con un sobretodo en la cabeza lleno de lentejuelas. También actuaban artistas reconocidos y había payasos y malabaristas.




Ante tal despliegue de luminarias y artistas, se despertaba mi interés por entrar a ver tal espectáculo, pero éste moría en el mismo instante que solicitaba a mis padres que comprasen entradas para todos. Craso error, el espectáculo era para mayores de 18 años. Vamos, como la televisión en horario nocturno, dos rombos = vedado para menores.

Así año tras año, se iba alimentando mi frustración de no poder asistir al citado espectáculo, mis ansias de ser mayor lo antes posible se iban agigantando, pero aún tenía que soportar más golpes y zancadillas.

Las ferias a la postre eran un extra de diversión en aquella España tan triste, lo más socorrido era ir al cine. Podías acudir a cines de barrio por poco dinero y la diversión estaba asegurada, no se era muy exigente con las reposiciones de las películas y a la postre, la táctica de los cines de sesión continua era poner una película buena junto a otra regular.

En Vallecas por los años sesenta llegó a haber alrededor de diez cines, contando los de verano. Por lo que la oferta solía ser muy extensa, en el mismo puente había cuatro y el aforo los fines de semana se solía completar.

De niños, obligatoriamente debíamos acudir con nuestros padres, por lo que en mi caso la mayoría de las veces lo hacíamos solo con mi madre, el trabajo de mi padre le imposibilitaba acudir con nosotros salvo en contadas excepciones.

Una de esas raras ocasiones, no sé el porqué, debimos de salir tarde y al comenzar el periplo por los cines del puente de Vallecas, no había localidades disponibles en los que íbamos mirando. Excelsior, Goya, Río y por fin el Bristol. En este último sí había localidades disponibles, pero había un obstáculo insalvable. Exhibían la película de Blake Edwards ¿Qué hiciste en la guerra papi? Y había un grave inconveniente, estaba clasificada como película para mayores de 18 años.





En la puerta del cine, el portero le indicó amablemente a mi padre la imposibilidad de que accediéramos al interior del recinto.

Imaginaros la cara de desencanto que se nos quedó, solo quedaba la opción de volver a casa para sentarnos delante del televisor de blanco y negro, para ver uno de los dos canales que se emitían entonces.



Pero mi padre se puso el traje de supermán que guardaba para las ocasiones, varias veces le vi ponérselo en su vida y aquél día no nos decepcionó.

Por aquél entonces estaba de moda la canción billetes verdes cantada por Paquito Jerez y una de las estrofas decía:

Y si quieres ir al fútbol

y se agotan las entradas,

enseña billetes verdes

y tendrás a montonadas





Pues bien, mi padre sacó su arma secreta más letal. Seguro que no era una “lechuga” lo más seguro es que fuera un billete de 100 pesetas que con gran arte y disimulo le endilgó al cancerbero. Al buen empleado con un sueldo tan ralo como solía, los ojos se le iluminaron y solo le faltó descabalgar el chapeo a la par que nos daba acceso al interior del cine.

Desde entonces he visto varias veces la película y nunca entendí el porqué de tal calificación, no había lenguaje soez excepto un par de cortes de mangas y apenas unas escenas en las que la actriz protagonista, aparecía enfundada en un picardías sin ninguna transparencia.

No voy a disertar sobre la censura en los años del franquismo, todos los que vivimos en aquella época tenemos recuerdos más o menos graciosos sobre ella y los casos aplicados, pero muchas veces el resultado era contraproducente y lo que hacían era excitar la curiosidad de los chavales.

La moraleja, los juegos malabares que por aquél entonces hacían mis padres y todos los padres de España para llegar a fin de mes y que  a veces tenemos un superhéroe en casa sin darnos cuenta.


Por si os interesa la historia del teatro chino, os dejo estos dos enlaces a la Wikipedia:

https://es.wikipedia.org/wiki/Teatro_Chino_de_Manolita_Chen

https://es.wikipedia.org/wiki/Manuela_Saborido_Muñoz

lunes, 23 de noviembre de 2020

¡Vivan los quintos del 78!

 

Una costumbre que el paso del tiempo y el cambio de los usos y maneras borró, ha sido la ceremonia del paso de la infancia a la edad adulta. Si bien para las mujeres suponía la puesta de largo para el mismo fin, para los varones en España ocurría lo mismo cuando uno entraba en la Caja de Reclutamiento.

Esto venía ocurriendo desde el principio de los tiempos, cuando un adolescente ya era considerado suficientemente apto para acompañar a los demás miembros de la tribu en sus correrías de caza. Entonces, bajo una sagrada ceremonia, a la luz de las hogueras, los adolescentes tras haber pasado una prueba de supervivencia, eran marcados con algún símbolo que los hacía miembros de pleno derecho de la tribu.

Varios siglos después, en la España de los años setenta, todavía perduraba el mismo rito, pero con distintos patrones.

En los pueblos y aldeas, cuando los chavales cumplían 18 años, se juntaban y recolectaban del resto de los vecinos, unas monedas mientras voceaban: - Para los quintos del setenta y ocho.- Con lo recaudado compraban vino y viandas varias y al llegar la noche, apilaban maderos en la plaza del pueblo y tras prenderlos fuego daban buena cuenta del vino y los alimentos. La ceremonia se cerraba cuando todos juntos acudían al frontón del pueblo, armados con una brocha y un bote de pintura donde dejaban escrito para la posteridad: VIVAN LOS QUINTOS DEL 78.




Pero esto no es un estudio sociológico, solo son mis recuerdos transcritos tal y como yo los viví.

Mi paso a la edad adulta comenzó cuando recibí una carta del Ministerio del Ejército, donde se me comunicaba que había entrado en la Caja de Reclutas y que tal día debía presentarme en el Gobierno Militar para ser tallado.

¡Toma ya! Mi paso a la edad adulta se acercaba a pasos agigantados, pronto podría decir: ¡Ya soy un hombre! Bueno esto es coña. Llevaba varios años afeitándome y además con cuchilla, nada de maquinilla. Mis años de infancia pasándome piedra pómez por la cara habían dado sus frutos.

Enseguida vino la coña con los amigos del barrio, Agustín, que era un año mayor que el resto, nos decía que cuando te tallaban, además de medir tu estatura, te medían la picha. Enseguida descubrimos su chanza, pero en realidad nos preocupó que juraba por las barbas del Che, cuando nos decía que comprobaban si tenías una hernia con el curioso sistema de decirte que te metieras el puño en la boca, a la vez que soplabas con potencia, mientras el médico te palpaba los cataplines. Años después cuando he tenido que hacer algún control de alcoholemia, me venía a la cabeza el miedo a que se me soltara alguna hernia, pero no era cuestión de decirle al benemérito agente que me sujetara los gemelos del sur.

En realidad el tallaje era para comprobar estadísticamente, como año tras año, los mozos españoles se iban acercando a la media europea, alejándonos del estereotipo que el Landismo nos había lastrado frente al resto de Europa.

En realidad los temores fueron infundados, solamente nos tallaron y nos midieron el perímetro torácico, lo que me hizo recordar en ese momento las burlas que hacía mi padre con ciertos individuos del Glorioso Movimiento Nacional, motejándolos como excluidos por estrechos de pecho.

Afortunadamente para mí, fui declarado apto, lo que me satisfizo en grado sumo, ante el temor de que se siguiera practicando en España algún tipo de eugenesia heredada de los nazis.

La siguiente etapa de mi iniciación llegó con otra carta del mismo Ministerio, en la que se me citaba para acudir al sorteo de mi quinta. Esta era una ceremonia muy importante, pues allí mismo, en vivo y en directo se iba a dilucidar, en qué parte de España me tocaría servir honrosamente a mi patria.

Afortunadamente, la muerte de Franco trajo consigo la pérdida de nuestra última colonia: El Sáhara Occidental, por lo que lo más lejos que te podían enviar era a las Islas Canarias, lo que no estaba mal, o a Ceuta y Melilla, lo que era terrorífico. No era el Sáhara pero casi.

Le dije a mis padres que no hacía falta que me acompañaran en tal trance, faltaría más. Había quedado con los amigos de mi pandilla y algunos amigos de mis amigos. Esto era típico desde los tiempos de Cascorro. Y así fue, pues tras salir de la estación de Campamento, grupos ingentes de muchachos nos íbamos encaminando al cuartel donde se celebraría el evento. Una recia marabunta subía la carretera de Portugal atronando con sus estentóreas voces, apagando a ratos el ruido de los vehículos que por allí circulaban.

Ya dentro del cuartel una gran explanada nos aguardaba, allí mismo donde infinidad de generaciones de soldaditos desfilaron y otros más desgraciados dieron talegazos contra el suelo en infinidad de marchas. A lo lejos de adivinaba un estrado donde al cabo del tiempo se subió un militar de alta graduación acompañado de dos soldaditos que portaban un bombo parecido al de los sorteos de lotería.

El militar de alta graduación soltó un discurso que gracias a la deficiente megafonía del lugar, nadie entendió y se dispuso a sacar la bola, la sacó y el acto se terminó. Hala, ya habíamos sorteado.




En realidad todo eso no servía para enterarse de nada, nadie sabía cuál era su destino, el militar sacó un número perteneciente a uno de los quintos españoles, a partir de ese individuo y en un orden preestablecido, se determinaría dónde se repartirían los reclutas por los cuarteles de España. Las listas personalizadas se colocarían dentro de unos días en cada Gobierno Militar.

Pero todos salimos muy contentos de allí, mi amigo Alipio se compró una escarapela en la que ponía: África. Quería dar un susto de muerte a sus padres el muy cabroncete. Por el camino al metro, los bares estaban abarrotados de grupos de quintos queriendo beberse toda la cosecha del año, por lo que mi grupo optó por hacer lo mismo, pero en Vallecas y dejarnos el dinero en nuestro propio barrio, y ahí nos fuimos a hacer patria.




Ya poco quedaba por hacer, sino esperar a que las listas estuvieran dispuestas. De repente alguien me lo dijo: - ¡Ya estaban las listas! – Por lo que en cuanto salí del trabajo me fui al paseo de María Cristina. Tras identificarme en la garita accedí al salón donde estaban las listas dispuestas en la pared, ansioso busqué mi apellido en la G y allí estaba. CIR 2 Obejo, Códoba.

Bueno, no está en la Primera Región Militar, pero es Andalucía y Córdoba solo está a 400 kilómetros, no iría a Canarias ni a Ceuta o Melilla, 400 kilómetros es nada. Poco imaginaba que el destino me mandaría a casi el doble de esa distancia, pero esa es otra historia.






domingo, 14 de junio de 2020

El primer día


Es curioso, pero me marcó más el primer día en el cuartel de Algeciras y su viaje, que el primer día realmente de militar, cuando fui al CIR de Obejo, en Córdoba.

Quizás porque ya sabía por mis amigos de mayor edad y que ya habían tenido la experiencia militar, que el CIR era para pasarlo lo más rápidamente posible, no hacer amistades, pues el sorteo posterior para darte destino, siempre será caprichoso e inexorablemente te separará de aquél con quien hayas congeniado.

Total al CIR fui en autocar como si de una excursión se tratara y una vez dentro de las instalaciones, todo fue una carrera continua de filiaciones, tallaje, reconocimiento médico, vacunas, retirada de ropa y atalajes y colocación en la camareta de la Compañía, en la que durante los próximos cuarenta y cinco días sería mi nuevo hogar.

Lo de contar con la experiencia ajena de mis amigos del barrio, fue muy importante a la hora de sobrevivir esos días. Sabía que fumando como yo hacía tabaco rubio, sería muy oneroso para mi bolsillo, por lo que en un bolsillo tenía tabaco rubio del que fumaba y en el otro bolsillo, llevaba tabaco negro que era el que me servía para pagar las tasas que nos imponían a los reclutas, los veteranos del lugar, esos pobres diablos que pasarían toda la mili en el CIR viendo pasar cada cuarenta y cinco días a los pelusos que tendrían a su cargo, para instruirlos en el más básico nivel militar.

De repente llegaba el día en que consideraban que ya sabías cómo atarte los cordones de las botas, para qué lado disparaba el CETME y eras capaz de desfilar sin tropezar demasiado. Entonces  montaban una gran fiesta a la que invitaban a tus padres a asistir y te hacían desfilar con el uniforme de calle.  Tus padres intentaban en vano distinguir cuál de esas cabezas era la de su hijo, mientras los hijos intentaban en vano divisar en aquél maremágnum a sus padres, mientras imaginas a tu madre soltando una lagrimita. Y cuando vuelves a la Compañía te dan los papeles para un permiso de quince días y el nuevo destino: Algeciras, Compañía de policía militar número 25.

Bueno, me dije, podía haber sido peor, más lejos está Ceuta, Melilla y las Canarias. O sea que por poco no me fui al fin del mundo, o eso creía, vana ilusión.

Los quince días, como el tiempo en la juventud, pasaron volando. El decimosexto día me encontré en la vieja estación de Atocha, flanqueado por mis padres buscando un hueco para poder subirme al tren que partía para Algeciras. ¡Caramba! Me dije, debe de haber una guerra por allí. La razón era sencilla, todo me recordaba a las películas que había visto sobre las guerras modernas, un andén abarrotado de soldados, muchos de ellos asomados a las ventanillas del tren despidiéndose de sus allegados y muchos padres atribulados contemplándolos.

Dos besos apresurados a mis padres y la orden de que no formaran parte del espectáculo de padres expectantes y una subida apresurada al tren para que nadie pudiera observar las lágrimas que pugnaban por salir y que me costaba reprimir.

Vagón de segunda clase, nunca había viajado en tren largas distancias, por lo que no sabía que un vagón de  la RENFE al principio (y al final) de los años ochenta del pasado siglo, era algo que a los afamados torturadores chinos se les había escapado contemplar y más, si dentro de mi ignorancia, había que pasar toda la noche y parte de la mañana siguiente en él.

Pero allí ocurrió una buena cosa para variar, conocí a José Luis. Era de mi remplazo y casualmente también tenía como destino Algeciras y la policía militar. José Luis era de las pocas almas puras que por entonces quedaban por el mundo, quizás me puede escribir tan bien de él el saber que está muerto. Falleció varios años después en Montejo de la Sierra, su pueblo natal, intentando apagar un incendio forestal como se hacía por entonces en el campo, las campanas de la iglesia tocan a rebato y todos los vecinos se presentan con picos y palas para atajar el incendio. Como solía pasar en muchos casos, estos bomberos voluntarios y aficionados, eran proclives a accidentes graves cuando las condiciones ambientales variaban y un golpe de viento podía hacer que un remolino de llamas te rodeara.

Mientras el cansancio no nos venció, estuvimos contándonos nuestras vidas, él trabajaba en Madrid en el Corte Inglés y sus padres trabajaban en el pueblo como ganaderos. La proximidad del pueblo de mis abuelos al suyo, hizo que nuestro tema de conversación fuera inacabable. Sí, porque el descansar era imposible, allí en aquél compartimento donde estábamos ocho personas, descansar era imposible, no podías estar nada más que sentado y con la espalda recta soportando los terribles traqueteos que te iban moliendo el cuerpo.

En medio de la noche una larga parada nos anunciaba la llegada a Córdoba, no me lo podía creer, apenas habíamos recorrido la mitad del camino, creí morir. Ya casi de madrugada una nueva parada: Bobadilla, no tenía ni idea de dónde estábamos, mi Geografía aprendida no daba para tanto. En Bobadilla siempre ocurría un hecho curioso: desde Atocha el convoy salía tirado por una locomotora eléctrica, pero en Bobadilla se terminaba el tendido eléctrico, por lo que había una larga parada mientras cambiaban la locomotora por otra diésel. Durante los próximos años padecí (y todos los viajeros) ese estúpido desorden estructural, this is Spain.

El resto del camino, una vez que hubo luz para contemplarlo, el paisaje fue algo excepcional. El tren atravesaba las serranías de Ronda y de Grazalema, tan diferente de los campos de viñas y olivos del principio del periplo.
San Roque, desbandada casi general. Luego supe que tanto San Roque como en la Línea estaban plagadas de cuarteles, nunca supe si era para algún día invadir a los pobres habitantes del Peñón o por miedo de que estos nos invadiesen.

Cuatro secarrales más adelante llegamos por fin a nuestro destino, la vieja estación de Algeciras nos abrió sus puertas. Humedad y luz, no se me olvida, allí mismo este nuevo clima me dejó algo trastornado. Hasta entonces no había viajado mucho, no estaba entre mis aficiones ni había tenido ninguna necesidad de ello. Un viaje a Orense para la boda de mi tío, los inevitables viajes a Calatayud para ver a la familia de mi padre y el viaje a Valencia que hice con un amigo en el permiso de jura de bandera, todo esto era mi bagaje viajero.

El viaje a Valencia como dije, lo hice en el  permiso de jura de bandera, me obsesionó la idea de no tener que agradecer a la milicia el conocer el mar. Así que al día siguiente de llegar a casa cogí por banda a mi amigo Javier y mi querido Seat 127 y nos fuimos a Valencia, más concretamente al camping del Saler. Montamos la tienda de campaña y me fui a ver el gran azul. Efectivamente, era grande y salado, lo pude comprobar in situ, metía la mano en el agua y la chupé, inmediatamente escupí.

Volviendo a la estación de Algeciras, José Luis y yo nos encontramos como el aviador del Principito: Estaba realmente más perdido que un náufrago sobre una balsa en medio del océano.

A pesar de todo había dos cosas que marcaban la diferencia: éramos soldados y estábamos de uniforme. A la salida de la estación, recuerdo que había un pequeño aparcamiento y allí se encontraban varios Jeeps (vaya, luego me enteré que la variante para la exportación se llamaba Willys) y a su alrededor pululaban varios soldados de la policía militar. Estos son de los nuestros, me dije. Y me dirigí al que parecía que daba las órdenes, un cabo primero que en aquél momento, más que gritar, ladraba las órdenes.

- A sus órdenes mi primero, mi compañero y yo estamos destinados a la policía militar.
-  Muy bien, poneros allí junto a aquél Willy.

En aquél momento me di cuenta de varias cosas, el cabo primero y todos los miembros que por allí pululaban de la patrulla, llevaban guantes blancos de desfile y pañuelo al cuello. Esto les hacía tener buena planta a juego con el casco y las trinchas blancas. Yo, sin llegar a ser como Goering, desde siempre me gustaron los bellos uniformes y el de “granito” o de paseo que llevaba el ejército español por entonces me parecía espantoso, no habíamos evolucionado nada desde Alfredo Landa y su “recluta con niño”. Otra cosa fue que aquél cabo primero, luego se convertiría en mi compañero de camareta cuando yo a mi vez me convertí en cabo primero.

Al cabo, cuando todo el trasiego de soldados se solucionó, montamos en el willys y nos llevaron al cuartel. Aquí tengo que hacer un alto para explicar un poco cómo estaba el ejército español en los años ochenta, intentaré que no sea una tesis doctoral. Pues bien, el país estaba dividido en Regiones militares, pero al parecer las había de primera y de segunda división y dentro de estas había cuarteles y algo parecido a cuarteles.

El cuartel general del Regimiento mixto de Artillería número 5 (RAMIX5) donde estaba situada la compañía de policía militar era algo que puedes imaginar encontrar en una película del Oeste, un lugar donde los buenos, o sea los yanquis van a atacar a los malos, o sea los mejicanos. Un edificio viejo, blanco por incontables manos de cal y con un aire de fortaleza medieval. Cuando vi a los centinelas me di cuenta que el tiempo no había pasado por allí, llevaban todavía los mosquetones de la guerra civil, claro que mis compañeros todavía portaban el subfusil Z-45 donde el 45 indicaba el año de comienzo de fabricación, una variante local del subfusil alemán que podemos ver en las películas de la Segunda Guerra Mundial.

Tuvimos suerte, justo llegamos a la hora de comer. Tengo que confesar que en el CIR nunca fui al comedor, sencillamente me daba asco el olor de las cocinas y no fui capaz de comer en la típica bandeja con varios huecos donde te ponían la comida. Pues allí era peor, también olía muy mal y la comida era grasienta y de mal sabor.

En la que iba a ser nuestra compañía por el año siguiente (en mi caso tres años) nuevas carreras, filiaciones, reparto de mantas y equipo con el consiguiente fielato en forma de tabaco, aunque luego nos embromaron a todos los novatos haciéndonos pasar por una ficticia oficina donde nos sacaron dinero para luego todos juntos tomar unos litros de calimocho.
Era muy tarde, ya habían tocado Silencio y oscurecido el cuartel cuando conseguí acostarme en mi catre. Estaba derrengado después de una noche sin dormir y un día cargado de emociones, cerré los ojos pensando en qué me depararía el destino en los próximos meses, cómo sería mi vida y deseando volver a Madrid, a mi ambiente.

Hasta entonces la experiencia no había sido mala, ingenuo pensaba que a la postre todo el mundo estaba allí como yo, para pasar el año de servicio lo más rápida y cómodamente. Luego te das cuenta de que todo no es enteramente así, encontraría gente maravillosa pero también perfectos hijos de la gran puta, encontraría mandos militares muy profesionales y  también perfectos inútiles que en la vida civil estarían pasando hambre, casualmente estos últimos luciendo la insignia del camello, pero se me estaban cerrando los ojos y ya era incapaz de pensar más.



Dedicado a mis amigos José Luis de Horcajo, Sema Estévez y a todas las buenas personas que encontré allí.




lunes, 1 de octubre de 2018

Elisabeth


Se llamaba Elisabeth, era rubia y era estadounidense. Desde luego lo tenía todo para destacar en aquel pueblito de la sierra pobre de Madrid. Sería amiga de alguna veraneante, porque ella en sí no creo que desde aquellas lejanas tierras se enterase de la existencia ni de la situación en el mapa de Alameda del Valle, nunca lo sabré ni importa para la historia.

Destacaba y de qué manera, a todos los adolescentes los traía locos y a los preadolescentes, como era mi caso, también. Era el centro de la pandilla de los chicos del preu, no recuerdo qué chicas formaban parte también de su pandilla, pero seguro que estarían de uñas con ella.

Yo tenía por entonces la edad justa en la que empezaba a mirar de otra manera a las chicas y si eran algo mayores, más formadas, más mujeres y no tan niñas como las de mi edad, mejor. La mayor parte de mi tiempo  vacacional la dedicaba a pescar, a montar en bicicleta, a nadar en el río ye en todos estos supuestos nunca entraba, ni era de imaginar, una chica en ellos. Las chicas eran algo molesto y  chillón que cuando se entrometían por la tarde en nuestros juegos en las Escuelas del pueblo, generalmente terminaban llorando porque jugando al rescate o al pañuelo, nunca entendieron el valor de la fuerza para zafarse de pringar y perder el juego.

Había algo que comenzaba a cambiar y éramos conscientes de ello pues las mirábamos de otra manera, pero siempre nuestros pensamientos volaban hacia sus hermanas mayores o las veraneantas ocasionales y este verano la reina era Elisabeth.

El Refugio era el baile del pueblo. Un local que el ayuntamiento cedió a los mozos de la villa. Las chicas del pueblo hicieron una colecta y con ella compraron un tocadiscos y algunos singles de los éxitos de aquellos años. Ya no había que esperar a las fiestas patronales para poder escuchar buena música y poder bailar, todos los días de verano se celebraban guateques.

De aquellos años me viene mi gusto por la música de Roberta Flack, Adamo, Pekenikes, Los Sirex y toda aquella caterva de melenudos como los apostrofaban nuestros mayores.

Pero el Refugio no estaba acorde con los tiempos, el interior estaba deslavazado pintura blanca en las paredes que la humedad desconchaba, dos bombillas de 60 vatios derramando luz por todos los rincones y ni una triste silla donde descansar entre baile y baile.

Todo cambió aquel verano, una nueva colecta hizo afluir las obras al local. Un poyo corrido de piedra y cemento trajo las conversaciones y corrillos al local, además de atalaya donde las chicas feas aguardaban a que las sacasen a bailar. Pero lo mejor estaba por llegar: la pintura.

Y aquí interviene mi querida Elisabeth, los chicos pintaron en tonos pastel las paredes, pero estaban huérfanas de toda simbología. Elisabeth se puso manos a la obra, llenó de vida y color aquellos muros. Allí conocimos el símbolo de la paz, que love significa amor y toda la parafernalia hippie, corazones y psicodelia. Pero lo mejor lo dejó para el final. En el centro de la pared, dos figuras, una masculina y otra femenina vestidas a la moda de final del siglo XIX con una mirada de desprecio y de superioridad, con  un bocadillo en el que figuraba la frase: Míralos, cómo se divierten.

Como si de un tótem se tratara donde toda la tribu bailaba alrededor, aquellas figuras se convirtieron en santo y seña del local, de repente el Refugio se puso de moda, la juventud de los pueblos de alrededor vinieron a observar aquél prodigio. Nosotros, yo también me incluía, estábamos exultantes de orgullo, éramos el referente del Valle. Durante muchos años aquellas pinturas fueron algo más que unos simples trazos en la pared, desgraciado fue el día en que las vi desaparecer.

Ello llevó a la cúspide de la fama y de la gloria a Elizabeth, era querida y admirada, hasta las personas mayores del pueblo, reacias en un principio por su condición de extranjera a saludarla, se dirigían a ella con aquiescencia. Era feliz y era joven ¿Qué más podía desear?

Yo llegué a saberlo, había algo que la inquietaba y era su gran secreto. Un día que paseaba como siempre, seguramente con un palo en la mano creyéndome alguien importante o soñando con un futuro lleno de dicha y aventuras como mi apreciado Tom Sawyer, la vi en un rincón a la sombra de un fresno. No era la mejor manera que me hubiese gustado de contemplarla pues lloraba, lloraba y sufría. No tenía consuelo y yo no era nadie para dárselo. Escondido tras unos arbustos la veía llorar sin parar, unos lloros quedos y lastimeros que me rompían el corazón.

Musitaba unas frases en inglés que para mi desgracia no pude entender, la chamulla de Chespir nunca fue de mi agrado ni pude hacerme con ella. Para mi desgracia, allí estaba la solución al secreto que la afligía, seguramente entre su alocución estaría el nombre del maldito que la hacía sufrir. Lo odiaba y a la vez lo envidiaba, cuanto daría porque aquel ángel se hubiera fijado en mi persona, aunque hubiera tenido que esperar a que mis hormonas se estabilizaran, en vez de aquél maldito charrán.

Al cabo dejó de llorar, se acercó al riachuelo que bordeaba el prado donde se hallaba y se lavó la cara, si hubiera podido acercarme también al río sin descubrirme, hubiera bebido de él para poder llevar dentro de mi sus lágrimas, pues era lo más poético que en aquel momento sentía.

El resto del verano transcurrió pesadamente, llegó el Trofeo Carranza y con él la llegada del día 31 de agosto, nefasta fecha en la que volvíamos a la gran ciudad. Sentado en el asiento del coche de mi padre de camino a Madrid en la salida del pueblo la vi. Solitaria llevaba un ramo de florecillas, el tipo de flores que salen al final del verano, flores de colores apagados, tristes, aromosas pero sin vida, casi como ella con la mirada perdida. Volví mi mirada hacia la carretera, enjugué una lágrima rebelde y supe que no la volvería a ver.


martes, 10 de mayo de 2016

Así comenzó todo


Tap, tap, tap, el golpeteo rítmico de mi bastón blanco sobre las baldosas de la calle, me guían en mi camino mil veces repetido. Cerrado el quiosco, marcho a casa. La calle de Alcalá es mi yincana particular, una carrera de obstáculos me aguarda. Cubos de basura, carteles publicitarios, corrillos de personas aturdidas por su propia conversación, tanto que no denotan mi presencia.

Lo peor, las múltiples baldosas sueltas que mi bastón no es capaz de detectarlas, a ver si inventan de una vez el bastón radar.

Hoy es un día especial y no sé la causa, pero me encuentro alegre, he logrado vender todos mis cupones, lo que no suele ocurrir todos los días, cosa de la crisis.

Pero la causa principal ha sido la conversación que he tenido con una viejecita, o eso he colegido a causa de su cascada voz. Venía muy contenta pues la había tocado un pellizquito, lo justo para  compensar la magra pensión que cobra. Me ha comprado una tira y al pagar me ha dejado una flor en la bandeja.

Al despedirse me dijo alegre:

-          Ojalá tus deseos se cumplan.

-Qué simpática- Me dije. Cogí la flor y la acerque a mi nariz. Era una rosa de la que lamenté no discernir el color, pero su maravilloso olor me satisfizo por el sentido perdido.

En fin, ya de camino a casa me quedó el último obstáculo, las dársenas de Ciudad Lineal. Después de esquivar viandantes aguardando su transporte y a los propios autobuses, un último semáforo, no adaptado para los invidentes, huérfano pues de señales acústicas.

Golpeo varias veces contra el suelo el bastón en busca de un buen samaritano que me ayude a cruzar el Rubicón. Esta vez escucho a pesar del ruido del motor del bus a una persona que al parecer se dirige al conductor y lo interpela:

-          Espérame un segundo, voy a ayudar a esta persona y ahora subo.

Se acerca a mí y me toma del brazo, sietes pasos más adelante me advierte:-Cuidado con el escalón- Y una vez a salvo en la acera se despide:

-          Hasta luego.

No tengo tiempo de agradecer su acto pues escucho desolado cómo el bus ha partido sin aguardar a mi benefactor.

-          Vaya, cuánto lo siento –Solo acierto a decir compungido.

-          No te preocupes, no tardará en llegar otro.

Entonces recuerdo las palabras de la viejecita y le digo:

-          Deseo que seas feliz.



Es más que probable que no volveremos a encontrarnos, pero estoy seguro que tarde o temprano mi deseo se cumplirá.





Dedicado a Pali, que cumplas muchos más.


miércoles, 6 de abril de 2016

Sema



Tenía 59 años y acaba de dejarnos. Nunca me dijo nada, sabía que había luchado contra el cáncer, pero pensaba que venció, no me dijo que estaba perdiendo la batalla, quizás por ello se casó con su compañera de siempre, de toda la vida, la que le dio sus hijos y sobre todo su Después de treinta años sin saber nada de él, gracias al milagro del “feisbus” nos volvimos a reencontrar, me llamó por teléfono y su cerrado acento andaluz me costó seguir nuestra conversación, pero disfruté del reencuentro telefónico, prometí volver a verlo cuando volviera a Andalucía, él se comprometió incluso a hacer los 234 kilómetros entre Motril y Algeciras para verme.
No pudo ser, nunca volví a bajar al sur y ahora me arrepiento, pero no estaba en mi mano. A la postre nada  está ya en mi mano.
Qué decir de él. Era capaz de sacar dinero de la nada, sabía que triunfaría en la vida y así fue. No imaginaba que se metería en política, pero estoy seguro que fue porque después de garantizarse el futuro quiso devolver a la sociedad todo lo que él había logrado y ayudar a los jóvenes, seguro que nunca fue por figurar.
Cumpliendo el servicio militar lo conocí, Era el discreto dueño de la Compañía, además de estar reenganchado lo que le daba un plus de experiencia, tenía la tranquilidad de quien sabe hacer las cosas bien.
Nuestro primer contacto fue un encontronazo en toda regla, acababa de aprobar el curso de cabo primero y lo estaba celebrando con un compañero de reemplazo, el calimocho corría por mis venas y siempre tuve un torrente por voz cuando ello ocurría, él mi vino a reconvenir por ello, al ver mis ojos nublados me interpeló:
-         - ¿Tú eres tonto o comes mierda?
Estaba claro que la preguntita se las traía, yo tenía muy claro que el rancho que comíamos era la segunda opción por lo que le respondí:
-         - Yo no soy tonto.
No tenía espíritu de Forrest Gump, pero él no lo entendió así, por lo que su contra respuesta fue de cajón.
-         - Entonces comes mierda.
Y se volvió para la camareta de los cabos primeros tan ufano. Yo le dejé llevarse esa victoria, no me convenía malquistarme con quien iba a compartir camareta a partir del día siguiente y por supuesto no me arrepentí de ello.
A partir de entonces lo llegué a conocer, a convivir veinticuatro horas al día, a tener un hermano mayor que me guiara y me apoyara. Cuando me pasaba con la bebida sabía que tenía un amigo que me llevaría a la cama.
Se licenció y después de varias vicisitudes cuando me licencié a mi vez nos seguimos viendo hasta que un día rompió con su novia y perdimos el contacto.
Después de recuperarlo y no habernos vuelto a ver, tengo esa espina clavada, pero hay una promesa que cumpliré, la de llevar una flor a tu tumba para confirmar nuestra amistad perpetua.
Para siempre, Sema.


sábado, 26 de marzo de 2016

Previsor



Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión que mi libro de cabecera en mi infancia fue Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain. Una vida en un pequeño pueblo con excitantes aventuras y ganar el amor de Becky. ¡Qué más podría desear!
Sencillamente acudir a mi propio funeral, ni más ni menos. Según pasa el tiempo me excita más la idea. No por mi familia, dios me libre.  No me gustaría ver su sufrimiento, solo sería por el morbo que me daría observar a mis ex.
Algunas ya me habrán olvidado ¿Jose Antonio Qué? – No lo conozco o no le recuerdo.- contestarían la mayoría. Otras sencillamente le trairía al pairo la noticia. Pero luego me gustaría ver si hay genuino dolor en ellas.
¿Y qué decir de tus conocidos? Aún recuerdo cuando llegué al mi trabajo, al poco falleció uno de los directores, debía de ser un tipo honrado fuera del “corralito” que tienen montado el resto. Y más cuando al día siguiente el trabajo no se interrumpió, un leve comunicado por correro electrónico y santas pascuas, si te he visto no me acuerdo. Sus objetos personales introducidos en una bolsa a disposición de su familia.
¿Seré merecedor de alguna lágrima auténtica? No lo tengo muy claro, desde luego en mi trabajo a pesar de mi interes en agradar a mis compañeros e incluso ser algo más que el chaval simpático que reparte la valija y tiene soluciones para todos los problemas, mi actividad sindical hace que me haya creado muchos enemigos.
Me preocupa más que mis obras se queden inconclusas, mi blog, afortunadamente, tiene un testaferro, no quedará como otros muchos sin un final, sin una nota del porqué de repente las entradas cesaron de repente y espero que mi albacea también dé la noticia en el Facebook. Hay que ser precavido.


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