jueves, 8 de octubre de 2020

Cientodoce

 

Se llamaba Carmen,  para mí era el arquetipo de secretaria, sobre todo porque era la primera secretaria que conocía y es que yo todavía no había cumplido los dieciséis años y esa iba a ser mi primera experiencia laboral.

Mis padres demostraron la poca fe que tenían en mí y en que pudiera prolongar los estudios más allá del bachillerato, buscándome un trabajo. En este caso de botones, algo muy habitual por entonces. Mi padre conoció a un argentino que le dijo que en la empresa donde trabajaba podría colocarme.

Y allí estaba yo todo azarado con la candidez de alguien que apenas salió de su barrio. Apenas había tenido conversación alguna con gente de mayor edad que la mía, aparte de algún profesor que se había dignado a dirigirse a mí en particular. Todavía recuerdo la dirección: Sagasta 12.

Subí a la primera planta y observé la placa de la puerta. Onetwelve Internacional. Tardé varios días en saber el significado. En el instituto, como la mayoría de los alumnos por entonces, elegí como idioma el francés. Como se decía, era más fácil y total, era una maría, es decir una asignatura que los profesores aprobaban siempre al igual que la Religión, y la Política.

La puerta estaba abierta y allí en la recepción estaba Carmen. Me preguntó qué quería y entre balbuceos y rojo por la vergüenza conseguí explicarle que venía recomendado por el señor Ynoub, pues así se apellidaba el argentino. Ella me miró sorprendida y me hizo sentar hasta que viniera el director de la empresa.

Al cabo llegó un señor mayor, de unos sesenta y tantos años y me hizo pasar a su despacho, después de escuchar mi historia y meditar un poco me comentó que le agradaba la idea, aunque desde luego el señor Ynoub se había excedido en sus atribuciones. Luego descubrí que el rioplatense era un comercial con muchas ínfulas y que en la empresa nadie habló de contratar a un botones.

Había tenido suerte, puesto que el señor Durante, pues así se llamaba el director, necesitaba además de un chico de los recados, alguien que le ayudase con las letras de cambio.

La empresa se dedicaba a la venta de cursos de inglés con material propio. Con el curso de dos años, te daban el material de libros y cassettes y la manera de pagar el curso era dando un dinero en efectivo de matrícula y dependiendo del poder adquisitivo del alumno, unas cuotas pagaderas en periodos de seis meses, un año o año y medio. Entonces los bancos no giraban recibos, por lo que había que emitir letras de cambio para que las firmase el cliente. Y así fue como aprendí de golpe a rellenar las referidas letras.

Al día siguiente llegué a la puerta de la oficina en lo que iba a ser mi primer día de trabajo, llegué antes de la hora, por lo que me senté en un banco que había en la puerta. Al cabo de un rato una rubia despampanante me interpeló:

-     -    ¿No subes?

Yo me quedé con los ojos como platos pensando en qué tipo de lío me había metido, yo no conocía a esa señorita y me estaba temiendo lo peor, además de rubia, lo cual ya era una certeza casi, de ser una mujer de la vida, el atuendo instaba a confirmarlo; abrigo corto de piel, falda asimismo corta y altas botas de cuero. Parecía escapada de la calle de la Ballesta, calle que de vez en cuando visitaba con mi pandilla de amigos, solo por el morbo de ver a las prostitutas acodadas en las esquinas.

Ante mi silencio, la señorita volvió a insistir.

-     -    Venga, sube.

Ahora el rubor me volvió a subir por la cara pues me acababa de dar cuenta de mi craso error, la que yo acababa de tomar por una meretriz, era la secretaria de la empresa; que, como ya lo vería en el futuro, mutó alegremente el color de sus cabellos. Además dentro de la oficina no había podido apreciar el colorido de sus vestimentas, algo que también apreciaría después.

Durante los tres meses que estuve en esa oficina, mi vida transcurría plácidamente, por las mañanas generalmente me dedicaba a hacer recados, como comprar las letras, pólizas, material de oficina o llevar documentos a la central de la empresa que estaba en la Gran Vía, que por aquél entonces llevaba mi nombre, aunque no era por mí, sino por un prócer al que después como una damnatio memoriae terminaron quitando la placa y cambiarla por el nombre que ya tenía la avenida antaño.

Las tardes eran algo más aburridas, debía ayudar al señor Durante, pues así se apellidaba el director, a rellenar las letras de cambio. Éste era un trabajo monótono, las escribíamos a mano, la única máquina de escribir la atesoraba Carmen. Y allí de frente con el señor Durante, me dejaba los nudillos apretando el bolígrafo e intentando sacar mi mejor caligrafía aun cuando había que ser veloz.

Durante era un tipo majete, también era argentino (todos los directores de la empresa lo eran) Y buen conversador, me hablaba de su tierra, de su hijo, que era el dueño de la empresa, de sus nietos y de su deseo de volver a la Argentina. Yo le miraba callado mientras observaba sus arrugas y su enorme nariz. Perdonaba mis errores con una sonrisa, estos errores costaban dinero a la empresa, puesto que las letras de cambio no podían ir con tachaduras ni correcciones, así que en ese caso la letra era inmediatamente rota y arrojada a la papelera.

Recuerdo que había días que estaba ciertamente torpe y debía romper muchas letras, por lo que avergonzado, al día siguiente compraba algunas letras, eran muy baratas, para reponer las que mi torpeza hizo romper. Es decir que todavía no había cobrado y el trabajar me había resultado oneroso.

Con Carmen mi relación era fenomenal, ella tenía alquilado un piso por la zona del Barrio de las letras, por lo que a la hora de la salida la acompañaba en el metro hasta su estación. Me hablaba de su vida y yo la miraba embobado. Estaba separada de su marido ¡separada! En la burbuja donde yo vivía no conocía a nadie así, solo había tres estados civiles: soltero, casado o viudo. Comenzaba a pensar que el trabajar me estaba abriendo los ojos a un mundo desconocido.

Pero así era, Carmen estaba separada de su marido y tenía una niña pequeña que después de salir del colegio, se quedaba a cargo de su abuela materna. Al parecer su marido se había desentendido de las dos y Carmen con su sueldo de secretaria, apenas conseguía llegar a fin de mes. Ella me decía que era una persona emprendedora y que estaba esperando que le apareciera una oportunidad, para cambiar de vida y de trabajo.

Recuerdo el día en que se incendió el teatro Español, en la plaza de Santa Ana, por curiosidad lo he buscado y fue el 19 de septiembre de 1975. Ella al enterarse del hecho, salió disparada para buscar a su hija. Me uní a ella para acompañarla y ayudar en lo que pudiera. Nos vimos envueltos en aquél maremágnum de bomberos, policías y curiosos. Afortunadamente tanto su hija como su madre se encontraban bien.

Ya dije que fueron apenas tres meses, pero fueron muy importantes en mi vida. Yo apenas era un chavea que acababa de romper el cascarón y aquella situación nueva para mí me abrió los ojos a un mundo nuevo, totalmente desconocido para mí.

Como final de aquella experiencia, a mí me trasladaron a la oficina de la avenida de Jose Antonio, el señor Durante volvió a su añorada patria y Carmen, ay Carmela, dejó la empresa sin más.

Pero tampoco salió por entonces de mi vida, dos años después… pero eso es otra historia.




sábado, 15 de agosto de 2020

Feliz Navidad

 

Todos estaban de acuerdo, después de las fiestas de verano, el encendido del alumbrado navideño era el mayor acontecimiento en la ciudad. Y por eso se puso sus mejores galas, comenzando por sus joyas, los pendientes de platino regalo de pedida, las ajorcas de oro herencia de su abuela y su más preciado tesoro: el collar que fue pasando de generación en generación desde los tiempos de María Antonieta, hasta lucir hoy en su cuello. Además llevaba el vestido de gasa de Dior, un poco atrevido pues casi se transparentaba, pero con el dinero que le costó, era el mejor día para lucirlo.

Miró hacia abajo, la plaza mayor estaba abarrotada, incluso en la grupa del caballo de bronce del prócer que adornaba el centro de la plaza, varios adolescentes se encontraban encaramados. Sonrió con satisfacción, su imagen tenía tirón. Tras tres años de mandato, el gobierno de la alcaldía no le había pasado factura. La oposición no podía presentar ninguna mácula en su trayectoria como regidora.

Pero el destino a veces es muy cruel, todo eso se le iba viniendo a la mente con una claridad manifiesta. Tenía razón la canción que aprendió de joven cuando estudiaba en un internado en Devonshire que decía:

 

Por un clavo se perdió una herradura,

Por una herradura se perdió un caballo,

Por un caballo se perdió una batalla,

Por una batalla se perdió el Reino.

Y todo por el clavo de una herradura.

 

Todo por una concatenación de hechos que parecían baladíes.

¿Por qué el balcón del ayuntamiento tenía una verja de estrechos barrotes que dejaban ver todo lo que había detrás?

¿Por qué había ordenado poner una pantalla gigante de televisión para que desde todos los lugares de la plaza se pudiera ver en primer plano su persona?

¿Qué le impulsó a pasar esa tarde por el mercadillo de Navidad?

¿Por qué tuvo que escaparse de su séquito y así a hurtadillas, comprar en un puesto el nuevo modelo de bragas rojas de Navidad,  que hacia furor este año?

¿Por qué tuvo el antojo de nada más llegar a la casa consistorial, meterse en un aseo y ponérselas?

¿Por qué, precisamente hoy, después de un mes sin llover, llovió esta tarde a raudales?

¿Por qué el técnico de sonido fue poco cuidadoso y dejó a la intemperie el material?

¿Por qué por todas dos circunstancias le dio un calambrazo?

¿Por qué precisamente este año el modelo de bragas de Navidad que estaba de moda llevaba varias luces led componiendo la frase” Feliz Navidad, aquí está tu regalo”?

¿Por qué por culpa del paso de la corriente, las luces de la braga se pusieron a lucir rabiosamente?

¿Por qué el torpe de la cámara estaba despistado y en vez de enfocar su busto, estaba enfocando la parte inferior de su cuerpo, mostrando a toda la concurrencia a través de las pantallas, el inoportuno eslogan?

 

 


 

En junio de 1967 Barbra Streisand en un concierto en Central Park, se puso a cantar “Silent Nigth siempre he querido emularla y nada mejor que escribir un cuento de Navidad en agosto.

domingo, 14 de junio de 2020

El primer día


Es curioso, pero me marcó más el primer día en el cuartel de Algeciras y su viaje, que el primer día realmente de militar, cuando fui al CIR de Obejo, en Córdoba.

Quizás porque ya sabía por mis amigos de mayor edad y que ya habían tenido la experiencia militar, que el CIR era para pasarlo lo más rápidamente posible, no hacer amistades, pues el sorteo posterior para darte destino, siempre será caprichoso e inexorablemente te separará de aquél con quien hayas congeniado.

Total al CIR fui en autocar como si de una excursión se tratara y una vez dentro de las instalaciones, todo fue una carrera continua de filiaciones, tallaje, reconocimiento médico, vacunas, retirada de ropa y atalajes y colocación en la camareta de la Compañía, en la que durante los próximos cuarenta y cinco días sería mi nuevo hogar.

Lo de contar con la experiencia ajena de mis amigos del barrio, fue muy importante a la hora de sobrevivir esos días. Sabía que fumando como yo hacía tabaco rubio, sería muy oneroso para mi bolsillo, por lo que en un bolsillo tenía tabaco rubio del que fumaba y en el otro bolsillo, llevaba tabaco negro que era el que me servía para pagar las tasas que nos imponían a los reclutas, los veteranos del lugar, esos pobres diablos que pasarían toda la mili en el CIR viendo pasar cada cuarenta y cinco días a los pelusos que tendrían a su cargo, para instruirlos en el más básico nivel militar.

De repente llegaba el día en que consideraban que ya sabías cómo atarte los cordones de las botas, para qué lado disparaba el CETME y eras capaz de desfilar sin tropezar demasiado. Entonces  montaban una gran fiesta a la que invitaban a tus padres a asistir y te hacían desfilar con el uniforme de calle.  Tus padres intentaban en vano distinguir cuál de esas cabezas era la de su hijo, mientras los hijos intentaban en vano divisar en aquél maremágnum a sus padres, mientras imaginas a tu madre soltando una lagrimita. Y cuando vuelves a la Compañía te dan los papeles para un permiso de quince días y el nuevo destino: Algeciras, Compañía de policía militar número 25.

Bueno, me dije, podía haber sido peor, más lejos está Ceuta, Melilla y las Canarias. O sea que por poco no me fui al fin del mundo, o eso creía, vana ilusión.

Los quince días, como el tiempo en la juventud, pasaron volando. El decimosexto día me encontré en la vieja estación de Atocha, flanqueado por mis padres buscando un hueco para poder subirme al tren que partía para Algeciras. ¡Caramba! Me dije, debe de haber una guerra por allí. La razón era sencilla, todo me recordaba a las películas que había visto sobre las guerras modernas, un andén abarrotado de soldados, muchos de ellos asomados a las ventanillas del tren despidiéndose de sus allegados y muchos padres atribulados contemplándolos.

Dos besos apresurados a mis padres y la orden de que no formaran parte del espectáculo de padres expectantes y una subida apresurada al tren para que nadie pudiera observar las lágrimas que pugnaban por salir y que me costaba reprimir.

Vagón de segunda clase, nunca había viajado en tren largas distancias, por lo que no sabía que un vagón de  la RENFE al principio (y al final) de los años ochenta del pasado siglo, era algo que a los afamados torturadores chinos se les había escapado contemplar y más, si dentro de mi ignorancia, había que pasar toda la noche y parte de la mañana siguiente en él.

Pero allí ocurrió una buena cosa para variar, conocí a José Luis. Era de mi remplazo y casualmente también tenía como destino Algeciras y la policía militar. José Luis era de las pocas almas puras que por entonces quedaban por el mundo, quizás me puede escribir tan bien de él el saber que está muerto. Falleció varios años después en Montejo de la Sierra, su pueblo natal, intentando apagar un incendio forestal como se hacía por entonces en el campo, las campanas de la iglesia tocan a rebato y todos los vecinos se presentan con picos y palas para atajar el incendio. Como solía pasar en muchos casos, estos bomberos voluntarios y aficionados, eran proclives a accidentes graves cuando las condiciones ambientales variaban y un golpe de viento podía hacer que un remolino de llamas te rodeara.

Mientras el cansancio no nos venció, estuvimos contándonos nuestras vidas, él trabajaba en Madrid en el Corte Inglés y sus padres trabajaban en el pueblo como ganaderos. La proximidad del pueblo de mis abuelos al suyo, hizo que nuestro tema de conversación fuera inacabable. Sí, porque el descansar era imposible, allí en aquél compartimento donde estábamos ocho personas, descansar era imposible, no podías estar nada más que sentado y con la espalda recta soportando los terribles traqueteos que te iban moliendo el cuerpo.

En medio de la noche una larga parada nos anunciaba la llegada a Córdoba, no me lo podía creer, apenas habíamos recorrido la mitad del camino, creí morir. Ya casi de madrugada una nueva parada: Bobadilla, no tenía ni idea de dónde estábamos, mi Geografía aprendida no daba para tanto. En Bobadilla siempre ocurría un hecho curioso: desde Atocha el convoy salía tirado por una locomotora eléctrica, pero en Bobadilla se terminaba el tendido eléctrico, por lo que había una larga parada mientras cambiaban la locomotora por otra diésel. Durante los próximos años padecí (y todos los viajeros) ese estúpido desorden estructural, this is Spain.

El resto del camino, una vez que hubo luz para contemplarlo, el paisaje fue algo excepcional. El tren atravesaba las serranías de Ronda y de Grazalema, tan diferente de los campos de viñas y olivos del principio del periplo.
San Roque, desbandada casi general. Luego supe que tanto San Roque como en la Línea estaban plagadas de cuarteles, nunca supe si era para algún día invadir a los pobres habitantes del Peñón o por miedo de que estos nos invadiesen.

Cuatro secarrales más adelante llegamos por fin a nuestro destino, la vieja estación de Algeciras nos abrió sus puertas. Humedad y luz, no se me olvida, allí mismo este nuevo clima me dejó algo trastornado. Hasta entonces no había viajado mucho, no estaba entre mis aficiones ni había tenido ninguna necesidad de ello. Un viaje a Orense para la boda de mi tío, los inevitables viajes a Calatayud para ver a la familia de mi padre y el viaje a Valencia que hice con un amigo en el permiso de jura de bandera, todo esto era mi bagaje viajero.

El viaje a Valencia como dije, lo hice en el  permiso de jura de bandera, me obsesionó la idea de no tener que agradecer a la milicia el conocer el mar. Así que al día siguiente de llegar a casa cogí por banda a mi amigo Javier y mi querido Seat 127 y nos fuimos a Valencia, más concretamente al camping del Saler. Montamos la tienda de campaña y me fui a ver el gran azul. Efectivamente, era grande y salado, lo pude comprobar in situ, metía la mano en el agua y la chupé, inmediatamente escupí.

Volviendo a la estación de Algeciras, José Luis y yo nos encontramos como el aviador del Principito: Estaba realmente más perdido que un náufrago sobre una balsa en medio del océano.

A pesar de todo había dos cosas que marcaban la diferencia: éramos soldados y estábamos de uniforme. A la salida de la estación, recuerdo que había un pequeño aparcamiento y allí se encontraban varios Jeeps (vaya, luego me enteré que la variante para la exportación se llamaba Willys) y a su alrededor pululaban varios soldados de la policía militar. Estos son de los nuestros, me dije. Y me dirigí al que parecía que daba las órdenes, un cabo primero que en aquél momento, más que gritar, ladraba las órdenes.

- A sus órdenes mi primero, mi compañero y yo estamos destinados a la policía militar.
-  Muy bien, poneros allí junto a aquél Willy.

En aquél momento me di cuenta de varias cosas, el cabo primero y todos los miembros que por allí pululaban de la patrulla, llevaban guantes blancos de desfile y pañuelo al cuello. Esto les hacía tener buena planta a juego con el casco y las trinchas blancas. Yo, sin llegar a ser como Goering, desde siempre me gustaron los bellos uniformes y el de “granito” o de paseo que llevaba el ejército español por entonces me parecía espantoso, no habíamos evolucionado nada desde Alfredo Landa y su “recluta con niño”. Otra cosa fue que aquél cabo primero, luego se convertiría en mi compañero de camareta cuando yo a mi vez me convertí en cabo primero.

Al cabo, cuando todo el trasiego de soldados se solucionó, montamos en el willys y nos llevaron al cuartel. Aquí tengo que hacer un alto para explicar un poco cómo estaba el ejército español en los años ochenta, intentaré que no sea una tesis doctoral. Pues bien, el país estaba dividido en Regiones militares, pero al parecer las había de primera y de segunda división y dentro de estas había cuarteles y algo parecido a cuarteles.

El cuartel general del Regimiento mixto de Artillería número 5 (RAMIX5) donde estaba situada la compañía de policía militar era algo que puedes imaginar encontrar en una película del Oeste, un lugar donde los buenos, o sea los yanquis van a atacar a los malos, o sea los mejicanos. Un edificio viejo, blanco por incontables manos de cal y con un aire de fortaleza medieval. Cuando vi a los centinelas me di cuenta que el tiempo no había pasado por allí, llevaban todavía los mosquetones de la guerra civil, claro que mis compañeros todavía portaban el subfusil Z-45 donde el 45 indicaba el año de comienzo de fabricación, una variante local del subfusil alemán que podemos ver en las películas de la Segunda Guerra Mundial.

Tuvimos suerte, justo llegamos a la hora de comer. Tengo que confesar que en el CIR nunca fui al comedor, sencillamente me daba asco el olor de las cocinas y no fui capaz de comer en la típica bandeja con varios huecos donde te ponían la comida. Pues allí era peor, también olía muy mal y la comida era grasienta y de mal sabor.

En la que iba a ser nuestra compañía por el año siguiente (en mi caso tres años) nuevas carreras, filiaciones, reparto de mantas y equipo con el consiguiente fielato en forma de tabaco, aunque luego nos embromaron a todos los novatos haciéndonos pasar por una ficticia oficina donde nos sacaron dinero para luego todos juntos tomar unos litros de calimocho.
Era muy tarde, ya habían tocado Silencio y oscurecido el cuartel cuando conseguí acostarme en mi catre. Estaba derrengado después de una noche sin dormir y un día cargado de emociones, cerré los ojos pensando en qué me depararía el destino en los próximos meses, cómo sería mi vida y deseando volver a Madrid, a mi ambiente.

Hasta entonces la experiencia no había sido mala, ingenuo pensaba que a la postre todo el mundo estaba allí como yo, para pasar el año de servicio lo más rápida y cómodamente. Luego te das cuenta de que todo no es enteramente así, encontraría gente maravillosa pero también perfectos hijos de la gran puta, encontraría mandos militares muy profesionales y  también perfectos inútiles que en la vida civil estarían pasando hambre, casualmente estos últimos luciendo la insignia del camello, pero se me estaban cerrando los ojos y ya era incapaz de pensar más.



Dedicado a mis amigos José Luis de Horcajo, Sema Estévez y a todas las buenas personas que encontré allí.




jueves, 7 de mayo de 2020

Mirada torva


Había hecho mucho calor todo el día, lo corriente en la provincia de Sevilla cualquier día de julio, pero al parecer esto había molestado a alguien en las alturas. Una enorme nube de condensación se iba formando  y cada momento, según iba creciendo, su color iba tornándose más oscuro.

El aire acondicionado de mi coche no daba más de sí, por los conductos de salida apenas salía un aire tibio y todavía me quedaban dos horas para llegar a mi destino. Un fuerte viento lateral comenzó a sacudir mi coche según me iba acercando a la tormenta y a la oscuridad.

Poco a poco la lluvia comenzó a caer, al principio pequeñas gotas, pero estas solo eran un anticipo de lo que estaba por llegar. Gruesos goterones comenzaron a machacar el parabrisas sin conmiseración, cada segundo que pasaba con mayor cantidad y virulencia. El limpia apenas era capaz de dejarme vislumbrar la carretera. Encendí los faros coincidiendo con el fogonazo de un rayo, lo que me hizo sobresaltarme. El poco tiempo transcurrido entre el rayo y su correspondiente trueno, me indicó que me encontraba en el centro de la nube y que estaba justo en lo peor.

Aminoré todo lo que pude la velocidad para poder hacerme con el manejo del vehículo con toda seguridad, puesto que apenas había visibilidad alguna y el firme estaba totalmente anegado. Pocos metros más adelante, en el arcén derecho se encontraba otro vehículo con las luces de emergencia puestas y junto a él, una mujer me hacía violentos aspavientos con los brazos para llamar mi atención. Pensando que había sucedido una desgracia, me detuve unos metros más adelante. No hizo falta que me bajase, la mujer se acercó a la ventanilla gritando para superar el ruido del temporal:

    - ¡Por favor, ayúdeme!

    - ¿Qué le ocurre?

    - Mi coche, se ha averiado.

    - ¿Quiere que avise a emergencias?

    - No, ya lo hice yo, por favor ábrame la puerta.

Esa respuesta me envaró, llevo muchos años en la carretera y son muchas las ocasiones que en casos muy parecidos a este el “buen samaritano” es sorprendido por un cómplice de la supuesta víctima para desvalijarlo.

Miré a ambos lados de mi coche intentando ver si había alguna persona agazapada en los alrededores, pero apenas veía más que los cristales empañados chorreando cascadas de agua. Nerviosamente apreté el botón de desbloqueo de las puertas, lo que hizo que la mujer se introdujera en el habitáculo.

Ella se encontraba chorreando agua, los pelos se le pegaban a la cara impidiéndome en un primer momento contemplar su rostro. Enseguida ella los apartó como pudo con sus dedos, pudiendo entonces ver que se trataba de una mujer de entre treinta y cuarenta años. Nunca se me ha dado bien valorar la edad de las personas, pero creo que en esta ocasión no me equivocaba. Llevaba unos vaqueros ensombrecidos por la humedad y una camisa totalmente pegada al cuerpo, que al mojarse se había pegado a su torso como una segunda piel, mostrando los encajes y dibujos de su sujetador.

Cuando terminó de componerse, me miró a la cara y entonó en modo de súplica:

    - Necesito que me hagas un favor, te lo ruego, me tienes que llevar a una dirección no muy lejos de aquí, te pagaré lo que me pidas.

    - Pero…

    - De verdad, es muy importante para mí.

    - Pero tu coche…

    - Ya he avisado a una grúa, no hay problema, en un rato vienen y se llevan el coche, pero necesito que me lleves a un sitio, tengo una cita importantísima.

    - La verdad es que…

    - No te lo pediría si no fuera tan importante para mí.

Francamente me estaba hartando de que no me dejara terminar mis frases. Pero con sus últimas palabras, dudo si lo hizo inconscientemente, se estiró la camisa separándola de su cuerpo mojado, dejando apreciar unas hermosas ondulaciones.

No sé si fue por la bella visión de su anatomía o por mi espíritu de caballero andante por lo que accedí, todavía no las tenía todas conmigo sobre en qué clase de aventura me estaba metiendo. No tenía ninguna prisa por llegar a mi destino, un triste hotel en un pequeño pueblo, donde haría noche para seguir con mi labor comercial por el resto de la provincia de Sevilla.

    - Vale, ¿por dónde vamos?

    - Ay, muchas gracias de verdad, eres un cielo. Sigue por esta misma carretera, yo te iré guiando.

Me incorporé de nuevo a la calzada con toda precaución y continuamos varios kilómetros por la misma autovía, hasta que me indicó una salida, no pude ver el pueblo de destino, la densa lluvia me impidió ver el contenido del cartel. Circulábamos por una carretera comarcal atravesando campos de labor. Ella cogió el teléfono y discutía con el destinatario de la llamada intentando hacerle comprender el motivo de su retraso.

La noche se iba echando encima rápidamente, pero afortunadamente caía ya una lluvia fina por lo que reduje la velocidad de los limpiaparabrisas. Ella terminó su llamada y fijó su atención en mí.

    - No nos hemos presentado, me llamo Perla.

    - Qué casualidad, yo tuve una perra que se llamaba así.

No sé por qué dije esa mentira, la verdad es que lo dije con socarronería, nunca había tenido una perra llamada así, aún más nunca tuve perras, solo miembros masculinos de la familia de los cánidos. Creo que fue más bien porque me chocaba que alguien se pudiera llamar así, bajo mi punto de vista, Perla era más bien el nombre de alguien de la farándula o el nombre de guerra de una prostituta y no estaba muy seguro de a cuál de los dos mundos pertenecía mi pasajera.

Ella al parecer no se lo tomó a mal y siguió hablando.

    - Ah, ¿sí? y ¿cuál es tu nombre?

   - Jose Antonio.

   - Pues yo tuve un hámster que se llamaba así. ¿A qué te dedicas?

   -  Soy viajante de comercio, represento a una empresa de ascensores. ¿A qué te dedicas tú?

   - Soy abogada, estoy en un despacho en Sevilla, estamos especializados en herencias, no es un mundo muy apasionante que digamos, pero el sueldo y las comisiones están pero que muy bien.

La hora siguiente la pasamos conversando muy amigablemente, una vez roto el hielo, Perla, pues así me juró que era su auténtico nombre, se reveló como una excelente conversadora, unido a mi condición de vendedor, lo que hacía que a mí tampoco me faltasen buenos temas de conversación, hizo que el tiempo se pasase volando y nos conociéramos un poco. Ella estaba realmente agradecida con el favor que la había hecho y notaba que algo la rondaba por la cabeza.

   - Mira, estamos casi llegando, no sé si dejar que me acompañes. Si vienes conmigo ten en cuenta que vamos a un lugar muy especial.

     - ¿Como cuánto de especial?

   - Muy, muy especial. Tiene unas normas muy estrictas, tienes que prometerme que las vas a cumplir a rajatabla, si en algún momento te ves incómodo, te marchas en silencio y aquí no ha pasado nada.

      - Caramba, cuanta intriga.

     - No te lo tomes a chacota, allí dentro hay gente muy importante.

    - No será una secta? – Dije amoscado.

    - No, no te preocupes no es nada religioso, solamente es un club algo especial.

Apenas pudimos ya charlar más, ella me indicó que aminorara la marcha y a lo lejos vi el portón como tantos otros que se ven en Andalucía, indicando la entrada a un cortijo. Me desvié como ella me había indicado y tomamos un camino de gravilla que se perdía entre campos de trigo.

Un último relámpago me mostró la silueta del cortijo donde terminaba la carretera, aparqué en un lateral del mismo en un lugar habilitado para ello. Según descendimos del coche, dos porteros con grandes paraguas salieron a recibirnos para acompañarnos al interior. Un portal rústico daba acceso a una entrada donde mi acompañante enseñó una credencial y explicó que yo era un invitado excepcional. El portero asintió con un leve gesto y me dejó pasar, no sin antes entregarme una tarjeta magnética sin estampación alguna, toda ella de color blanco.

Perla me condujo a una estancia lateral donde colegí enseguida que se trataba de un vestuario y allí, frente a dos taquillas vacías ella comenzó a desvestirse sin mostrar pudor alguno. No me quedé atrás aun cuando era incapaz de dejar de contemplar cómo lo hacia ella. Sin duda era muy hermosa, más de lo que sus ropas mojadas dejaban entrever, su piel será tersa y firme con las redondeces justas para mi gusto. No tenía tatuaje alguno, lo que hizo merecer mi postrera aprobación.

Al caer su última prenda de ropa, ella abrió la taquilla y sacó un albornoz blanco, lo que me hurtó seguir disfrutando de la visión de su bello cuerpo. Prácticamente a la par que ella terminé de desvestirme y también me enfundé la bata. Ella me tomó de la mano y la seguí mansamente.

Creo que realmente me llevó al infierno de Dante y cada sala era un anillo. Todo el lujo y la ostentación se encontraban en las salas, todas llenas de pecadores y todas llenas de objetos para pecar. Había una sala con todos los artilugios para jugar: ruleta, mesa de bacarrá, dados, póker, etc. Otra sala llena de artilugios de tortura sadomasoquista, que bien podía parecer un viaje hacia atrás en el tiempo al Toledo del tiempo de la Inquisición. Una sala con participantes en un remedo de misa negra, otra mucho más terrorífica con participantes en sesiones de necrofilia lo que me provocó retirar rápidamente la mirada de ellos mientras me acometían violentas arcadas.

Me reservo la narración de las demás salas que tuvimos que atravesar, creo que lo más conveniente hubiera sido crear un pasillo y cerrar con puertas esos pozos de verdadera maldad, de la conducta más infame e ignominiosa que la mente humana hubiera podido imaginar.

En fin, parecía que lo más abyecto de la sociedad tenía su acomodo allí y lo que era peor, todavía no sabía en qué sala me acomodaría Perla, realmente cualquier atisbo de curiosidad se había esfumado por mi parte y francamente, lo único que deseaba era salir de allí y encontrarme lejos de aquél lugar.

Pero al parecer lo que realmente me aguardaba era mejor que lo que temía, me terminó arrastrando a una cabina con doseles y un diván con varios almohadones. En una pequeña mesa adjunta se encontraban varias botellas de distintos licores, junto a unos vasos y una cubitera con trozos de hielo.

Nos acomodamos y ella literalmente se abalanzó sobre mí. Me comenzó a besar con auténtica pasión, como solo una mujer enamorada es capaz de hacer, lo que me hizo enrojecer hasta las raíces del cabello. No solo manejaba bien la lengua, la mano no se le daba mal, sus caricias iban cada vez subiendo de tono mientras cada vez iban bajando más sobre mi anatomía.

Yo intentaba no quedarme atrás intentando manejarme diestramente en las caricias en justa reciprocidad, su piel suave y templada me enervaba cada vez más.

Parecía que aquello iba a durar un siglo, no teníamos ninguna prisa, me encontraba flotando. De vez en cuando parábamos lo suficiente para tomar aire y beber una copa de licor. Yo apenas unos chupitos, al fin y al cabo tendía que conducir, ella en mucha más cantidad que yo, realmente casi de forma compulsiva, llenaba el vaso y de golpe lo echaba al coleto casi con violencia.

Creo que algo se comenzó a fundir en su interior, movía la cabeza como una poseída al compás de mis caricias agitando con fuerza sus cabellos. Tenía la lengua trabada y ya no conseguía entender lo que iba diciendo cada vez más fuerte, hasta que terminó chillando como una loca.

Me separé súbitamente de ella acurrucándome en un rincón de la estancia. Creo que sus gritos alarmaron a nuestros vecinos, porque al poco rato se presentaron los dos porteros y la sacaron de allí casi a rastras. Todo esto lo iba contemplando estólidamente con los ojos muy abiertos y totalmente lleno de asombro y de pavor.
Apenas tuve tiempo de meditar sobre lo ocurrido, al cabo se presentó un hombre vestido de traje negro que se sentó junto a mí y comenzó a hablarme.

-         Si puede ser no me interrumpa ni responda, voy a ser totalmente claro. Lógicamente para el lugar donde se halla, hemos abierto la taquilla y revisado su documentación. No se preocupe, no le falta nada ni siquiera los 320 euros que hay dentro en billetes. Para nuestra base de datos usted es un don nadie y no tiene el mínimo nivel económico para haber entrado aquí. La señorita Perla ha cometido un grave error y ha sido reconvenida por ello. A continuación le voy a dar varias directrices de obligado cumplimiento para usted: Usted no ha estado aquí, en cuanto salga del complejo, se le olvidará la situación de este lugar, usted no ha visto ni oído nada, no ha visto ni conoce a ninguna persona que se halla en este lugar. Tenga algo muy en cuenta, sabemos dónde vive, cualquier indiscreción por su parte hará que usted o alguien de su familia pague por ello. ¿Me ha comprendido?

    - Si señor – fue lo único que conseguí musitar ante tamaña contundencia.

    - ¿Alguna pregunta?

    -¿Cómo se encuentra la señorita Perla?

  - No se preocupe usted, se encuentra bien atendida por nuestro servicio médico. Por supuesto entre las órdenes, también se encuentra la de no volver a ponerse en contacto con ella bajo ninguna circunstancia ¿entendido?

    - Perfectamente ¿puedo irme ya?

     - Por supuesto, permítame acompañarlo.

Y efectivamente bajo su mirada circunspecta, me acompañó al vestuario para recoger mi ropa y después a la salida. Allí mismo en la puerta me despidió con un:

    - Buenas noches y hasta nunca, recuerde lo que hemos hablado.

Asentí gravemente y me di media vuelta encaminándome a mi coche. La tormenta hacía tiempo que había terminado y en el horizonte no había ninguna nube. El cielo al estar lejos de cualquier ciudad estaba estrellado, resplandeciente como un millón de alfileres incandescentes.




sábado, 16 de noviembre de 2019

Mirar atrás


Miré hacia atrás, sabía que no debía hacerlo pues de inmediato sentí que mis ojos se anegaban de lágrimas, atrás quedaba toda una vida de recuerdos, toda una vida.

-         -¿No te llevas ninguna foto?

-                No

No veía el motivo, cada marco con una fotografía era una puñalada a mi maltrecho corazón. Eran espejos donde se reflejaba mi vida anterior, la juventud, la de mis hijos, la de mis seres queridos, la de los viajes y momentos donde fuimos tan felices. Todo eso dejaba atrás y no quería que me siguiera dando dolorosas punzadas allá donde iba.

Con un suspiro cerré la puerta del que había sido mi hogar durante tantos años y esta vez no me guardé la llave en el bolsillo, la puerta se cerró para siempre, quizás como despedida chirrió un poco, siempre tuve bien engrasados los goznes, por lo que lo tomé como un adiós.

Bajé torpemente los escalones, qué diferencia de cuando los subí por primera vez, feliz e ilusionado, ágil y joven, toda una vida por delante en un sitio al que llamaría hogar.

Entré por la puerta trasera del vehículo de mi hijo y miré por última vez las calles por las que tanto paseé, el jardín por el que paseaba a mis queridas mascotas. Hacía ya unos años que me negué a tener más, no quería que ningún perro me sobreviviese dejándolo huérfano y en otro hogar que no fuera el mío bajo mis cuidados.

Al cabo de un tiempo llegamos al destino, el cartel me hizo que otra lágrima rodara por mi mejilla: Residencia Nuestra Señora del Rosario. Abrí la ventanilla y respiré profundamente, ésta sería mi última bocanada de aire fresco hasta que un día cercano cerrasen la tapa de mi ataúd.



sábado, 1 de junio de 2019

Sudor


Todavía recuerdo como si fuera ayer la primera y última vez que me subí a un ring y tuve mi primera pelea de boxeo. No fue un pecado de juventud como se podría suponer, más bien era un pecado crepuscular. En mi juventud tuve a bien proteger mi cara y sobre todo mi nariz, ese hermoso apéndice piramidal que aun mantengo recto, en sus justas proporciones y con las reglas estéticas justas para que no parecer desagradable a los componentes el otro sexo.

El lugar donde ocurrió era tan sórdido como sórdidos son todos los lugares relacionados con ese mundillo y sobre todo el olor a sudor, ese olor que es igual a todos los gimnasios y que desde mi niñez lo recuerdo. Recuerdo cuando acompañaba a mi tío al gimnasio, transcurrían  los años sesenta del pasado siglo y milenio y mantenía la costumbre de acompañarlo muchas tardes.

El lugar era la antigua Casa del Pueblo de Vallecas, expropiada por la Falange en los años cuarenta, albergaba la Delegación Nacional del Movimiento, o algo así. La última planta, desconozco a instancias de quién, se había convertido en la afamada entonces, escuela de boxeo de Vallecas. Por allí pasó una juventud dispuesta a abrirse paso a mamporros, antes de caer en el desengaño de la triste realidad que sobrellevaba el convertirse en un mero pelele, sparring se decía, de figuras emergentes con un adinerado apoderado.

Endiosado en mi imaginación de niño, mi tío entrenaba allí a diario. Mi diversión era estirar y enrollar las vendas que protegían sus puños y mi sueño era verlo participar en un combate en lo alto del ring.

El gimnasio por supuesto tenía uno, pero para mi desgracia nunca conseguí ver a mi tío subido en él. Indefectiblemente todas las tardes participaba en ejercicios gimnásticos de fintas, levantamientos de pesas y salto de comba. Mi interés entonces se movía en observar a otros esforzados gimnastas en golpear sacos de arena que colgaban del techo. Allí comprendí la fortaleza que debían de llegar a tener, pues estos sacos eran duros como piedras e inamovibles, para mí,  como pudiera ser un edificio.

Todos los presentes sudaban con ese olor del que ya he hablado, un sudor que se mantenía perenne día tras día, con ellos o sin ellos. Cuando terminado el tiempo de esforzado entrenamiento, todos corrían a las duchas, yo me quedaba solo en aquella enorme sala mal iluminada y sentía como aquél maremágnum de olores me iba impregnando todo mi cuerpo. Cuando salíamos a la calle de camino a la casa de mis padres, me avergonzaba pensar que la gente por la calle fuera capaz de sentir ese olor y mirarme de forma despectiva.

Volviendo al pasado más cercano, ahora era yo el que estaba rodeado de esos olores que en cierta manera me repugnaban, más uno nuevo, el del linimento y otras cremas que profusamente mi entrenador me embadurnaba por cara y cuerpo, exacerbados  al máximo por el vaporub que había puesto al comienzo de mis fosas nasales para intentar que estas no se cerrasen durante la pelea y poder oxigenarme.

Enfundado en un viejo batín que había conocido infinidad de dueños, hice el paseíllo hasta el centro del ruedo, donde aguardaba un centenar y pico de pequeños mafiosos y especuladores de tres al cuarto, viciosos de las apuestas, ansiosos de sangre y dinero ajeno. El local no estaba ni por asomo lleno en su aforo, los buenos tiempos del boxeo hacía bastantes años que pasaron y todo ya era un triste y denigrante espectáculo.

Nunca pensé que con mis cuarenta años cumplidos me vería allí, pero estaba abocado a conseguir algo de dinero por cualquier vía. Por aquél entonces había tocado fondo en mi vida y algunas alimañas me convencieron de que esa era una manera como cualquier otra de redimirme y no acabar durmiendo en algún banco de un parque envuelto entre cartones.

Subo al ring y encuentro que hasta en esto todo es decepcionante, en vez de la luz cegadora de los focos, encuentro algunas luces mortecinas dispuestas con la finalidad de permitir la justa iluminación de la contienda. Miro desde allí al público y me fijo en un energúmeno que me grita desaforado: ¡Albañil! – Tú qué sabrás, desgraciado.

En mi esquina aguardo a mi contrincante, él tiene el privilegio de ser esperado, es de mi misma edad pero por lo menos ha combatido en varias ocasiones, lo que le otorga un cierto status ante mí.

Por fin llega, es más alto y más fuerte que yo, o eso me parece. Su cabello ralea por la coronilla lo que le asemeja a un monje tonsurado que hubiera tenido una mala noche. Es moreno y malencarado, tiene toda la espalda y los brazos llenos de pelos, parece un oso. Pienso que quizás el dinero lo quiere para hacerse un trasplante de pelo hacia la cabeza. Me mira feroz, intento lanzarle la misma mirada, pero creo que solo he conseguido un rictus de tristeza.

Mi preparador me dice algo que no entiendo mientras me sigue embadurnando la cara de vaselina. Comienzo a sudar y un reguero que recorre la espalda, intento que no me provoque un escalofrío y lo consigo. El runrún del público sigue en aumento, huelen la sangre o la tragedia que es lo mismo y eso les excita. Miro de reojo al energúmeno y sigue gritando pero ya no le oigo, no oigo nada ni a nadie ni siquiera al árbitro que nos reúne en el centro del ring y nos dice algo.

Cuando termina de hablar, mi contrincante golpea sus puños contra los míos, me ha pillado de improviso y estos caen hacia abajo dando un triste espectáculo y una triste imagen sobre mí, los abucheos crecen.

De vuelta al rincón aguardo expectante al sonido de los clarines, pienso que me va a destrozar en cuestión de segundos, mi cara saldrá tan desfigurada de esta experiencia, de tal manera que mi pobre madre será incapaz de reconocerme.

Transcurre un mundo hasta que por fin suena el gong y hago lo que me han enseñado, me lanzo para adelante. Veo a cámara lenta como un puño se desplaza hacia mi cara con aviesas intenciones, por instinto me agacho e inexplicablemente y quizás solo por el instinto de supervivencia, desplazo mi puño hacia arriba. Siento un tremendo dolor en los nudillos, han alcanzado su objetivo. La cámara lenta no deja de acompañarme, su cara se vuelve de plastilina y sus ojos denotan la sorpresa de lo que le está ocurriendo. Poco a poco como si fuera un pino talado va cayendo hacia el suelo, sus ojos se cierran de golpe.

 Cae en la lona y su cabeza rebota varias veces, abre los brazos en aspa y allí se queda por fin inmóvil, de su boca abierta se escapa el protector bucal. El árbitro me empuja a mi rincón pero soy incapaz de dar un paso, mi entrenador me coge de los hombros y me arrastra, pero sigo siendo incapaz de dejar de mirarlo. Recogido y aprisionado contra las cuerdas me siento protegido, miro hacia el energúmeno y creo leer en sus labios: está muerto, está muerto. 


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