jueves, 15 de junio de 2017

Viento


The answer my friend is blowin’ in the wind

 

El viento soplaba recio y como siempre me daba en la cara haciendo que las lágrimas anegaran mis ojos. ¿Pero quién soy yo para quejarme? una pobre señora lloraba dentro de un banco, pataleaba incluso de desesperación, le acababan de comunicar que el dinero de toda una vida se había esfumado, el Banco entero valía solo un triste euro, empleados incluidos. Y qué le podían decir estos pobres empleados, si ellos mismos habían cobrado sueldos en el mismo papel mojado que agita temblando la mujer.

Pero esto es así y no hay que darle más vueltas, pasa una y otra vez, en dictadura y en democracia, en el pasado, en el presente y en el futuro. No es cuestión de picaresca, es más bien la triste condición humana de robar, pero elegantemente.

En el Parlamento, imágenes sacadas de otros tiempos. Mientras un pater conscriptus enumera todos los presuntos del país, en sus escaños los aludidos leen el periódico. Deben de ser los últimos lectores de ese elemento de aleccionamiento de masas, la gente ya no los compra, prefieren la caja tonta, es más cómodo y eficaz para adormecer conciencias. Sólo les interesa un chico portugués que maneja con los pies una esfera de cuero que cosió por un salario de miseria un niño de Bangladesh.

Mientras tanto en las redes sociales fluye la noticia en la que un afamado industrial textil, que también se preocupa de que a los infantes asiáticos no les falte unas piastras por su labor, ha donado gentilmente unos milloncejos, calderilla para él, para el tratamiento de no sé qué enfermedad. Debería de sonarme, puesto que la padecí. Pues bien, hay ingratos que piensan que es malévolo al donar sus migajas, cuando a base de ingeniería fiscal se ahorra todos los años mucho más del doble, que bien podrían ir a las arcas de ese mismo país y así no harían falta tan arteras contribuciones. Afortunadamente siempre salen defensores de causas perdidas hasta debajo de las piedras. Es cierto pues lo que se dice, en caso de apocalipsis zombi, siempre saldría una  ONG que los amparase.

No tengo nada claro que quiera tener un nieto, el motivo es muy sencillo: El mundo se va a la mierda. Fin, kaputt, the end, c’est fini. Porque no creo que venga un viento asolador que limpie los establos de Augías y estoy seguro que en algún lado hay un pergamino que ponga: "El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas"

 

The answer is blowin’ in the wind


domingo, 11 de diciembre de 2016

Mi viejo amigo Tom


Las aguas del Mississipi, el padre de los ríos, bajaban lánguidamente. Tumbado perezosamente en la hierba en uno de sus recodos, sostenía una caña de pescar hecha de bambú entre el pulgar y el índice de mi pie derecho. A mi derecha se encontraba mi viejo amigo de nombre impronunciable Huckleberry Finn, hijo de lo que ahora se llama una familia desestructurada, pero con un corazón que no le cabe en su pecho, capaz de dejarlo todo, incluso una vida regalada junto a la viuda Douglas, por mor de llevar hacia la libertad al bueno de Jim, un pobre esclavo nacido en la nación de la libertad.

A mi izquierda estaba tumbado viendo las nubes pasar con una brizna de hierba en la comisura de la boca, mi gran amigo Tom Sawyer, un gran tipo, capaz de lo mejor y también de crear la mayor barrabasada que alguien pudiera imaginar.

No sé qué extraña magia me había hecho llegar hasta allí, cierro los ojos y no tengo muy claro dónde estoy, los olores me son muy familiares, me recuerdan al río Lozoya a su paso por Alameda, pero estaba dispuesto a disfrutar cualquier aventura que a Tom se le ocurriese, a él o al genial Samuel Langhorne Clemens. A pesar de estar terriblemente a gusto tumbado en la orilla del río, ansiaba que fuera de noche para que provistos de un pico y una pala fuésemos a desenterrar un tesoro bajo la sombra de la luna proyectada por un árbol, donde hubiesen ahorcado a un criminal.

Esa misma noche, aprovechando que nuestro hermanastro Sid dormía como un lirón, vino Huck a maullar debajo de nuestra ventana, utilizando el emparrado que trepaba por la fachada nos descolgamos alegres por la nueva aventura que íbamos a vivir. Yo había encontrado un gato muerto e íbamos a utilizarlo para eliminar nuestras verrugas ¿cómo? Muy fácil, se lleva el gato al cementerio y a las doce en punto se lanza el gato sobre una tumba reciente acompañándolo del siguiente sortilegio: El diablo sigue al muerto, el gato sigue al diablo, las verrugas siguen al gato y yo ya me las he quitado. Es un remedio infalible según cuentan los esclavos negros del lugar.

Pero no contábamos con lo que estábamos a punto de presenciar pues no éramos los únicos visitantes del camposanto, el doctor Gordon, el borracho de Muff Potter y el indio Joe acababan de desenterrar un cadáver, a mis amigos y a mí se nos erizaron los cabellos al contemplar la escena, pues de pronto comenzaron a discutir y enseguida pasaron a las manos y a las armas, pues el doctor le dio con la pala a Muff Potter y acto seguido el indio Joe le asestó al doctor una artera puñalada. Aprovechando el fragor de la reyerta pusimos pies en polvorosa y no paramos hasta llegar al pueblo, allí nos juramentamos para no contar jamás lo ocurrido.

A la mañana siguiente todo el pueblo se levantó alborotado, nos acercamos a los mentideros de la plaza mayor y contemplamos horrorizados como por la avenida del Generalísimo, una pareja de la guardia civil traía esposado al pobre de Eleuterio. Ya era un viejo conocido de la Benemérita, al parecer era dado a sustraer volátiles en corrales ajenos. Tom y yo nos miramos sobrecogidos mientras lo introducían en los calabozos, pero, nos bastó una mirada en dirección al gitano Joe para reafirmarnos en nuestro código de silencio.

Pero la vida continúa  y nuestro afán de divertirnos y hacer trastadas también. Tom tuvo una dolorosa discusión con su tía Molly que le hizo acreedor de un par de papirotazos con el dedo enfundado en un dedal metálico, me dolió a mí incluso cuando me lo contó. Con estas decidimos fugarnos de casa y llevar a partir de entonces una vida de piratas y perroflautas.

Rápidamente hicimos los preparativos, cada uno aportó todo lo que pudimos para la despensa común, Tom aportó su espada de madera, su inseparable caña de pescar así como sus aparejos, una hamaca de pita y su peonza más sus canicas. Huckleberry aportó lo poco que su magra economía le permitió: varias pipas hechas de mazorca de maíz, tabaco y unas hierbas que dijo que nos aumentarían la euforia y las ganas de vivir.  Tom y yo nos miramos estupefactos, pues él no sabía fumar y yo desde mi infarto no lo hago, por lo que las risas solo se las iba a pasar el bueno de Huck.

Por mi parte aporté todos mis tesoros, mi ebook, mi móvil para poder seguir conectado al Facebook y mi cámara fotográfica, además de la paletilla que nos dieron por Navidad en mi empresa, pues algo hay que echarse entre pecho y espalda.

Cargados pues con todos estos tesoros nos embarcamos en el Manzanares y tomamos una barca de las que usan para medir el nivel de espuma sobre el río. En medio del cauce más o menos frente al estadio del Atleti, se encontraba una isla ignota por todos donde pusimos nuestras miras para pasar allí nuestra aventura. Allí pasamos nuestro primer día de libertad haciendo lo que más placía a tres rapaces de nuestra edad: nadar, leer, publicar bulos en Twitter y ver películas pornográficas.

Al segundo día cuando nos desayunábamos contemplamos con estupor nuestra cara en los cartones de leche ¡nos daban por desaparecidos! Esa noche contemplamos alborozados el programa de Lobatón que estábamos al mismo nivel que el niño pintor de Málaga. Al parecer iban a celebrar unos funerales in corpore insepulto en la Almudena lo que nos hizo que nuestras neuronas trabajasen afanosamente. Pues sí, ¿quién no es capaz de acudir a su propio funeral y ver llorar a sus deudos?

Por mi parte lo que quería era aprovechar los funerales y que las fuerzas vivas de la ciudad estarían dentro de la catedral, para desvalijar todas las joyerías y bancos del pueblo, pero mis prosaicos deseos se vieron abatidos por la más romántica idea de Tom. Allí nos vimos pues en la iglesia del pueblo, nos abrimos paso entre los Mercedes estacionados en la puerta pues allí se encontraban la jet-set del Estado, ministros, inspectores de Hacienda, tertulianos del Sálvame, futbolistas, toreros y hasta un cantante de éxito galardonado con el Cervantes.

Al vernos, nuestros familiares corrieron hacia nosotros alborozados, los políticos en cambio se fueron amoscados, pues todos sabemos lo bien que salen en la tele dando el pésame contritos y cariacontecidos.

Varios días después, ya restablecidos de los zurriagazos recibidos, nos embarcamos en la siguiente aventura, esta vez con Becky mi novia. Nos habíamos aficionado a asistir a una cueva: el Osiris 2 allá por Cea Bermúdez, un territorio inexplorado, recóndito y recoleto, un lugar ad hoc para sentarnos en un cómodo rincón y besarnos con fruición bajo la luz de una vela. Una infausta tarde descubrimos consternados que uno de los camareros era ni más ni menos que el indio Joe, por lo que tuvimos que huir despavoridos entre sus galerías, atestadas de pollos ociosos que intentaban sacar a bailar a las muchachas que por allí pululaban sin gozosos resultados.

Huyendo pues del indio Joe, me interné junto a mi bella lady Marian en el proceloso bosque de Sherwood. Enseguida nos encontramos al estúpido acromegálico con el equívoco nombre de “pequeño Juan”, me arrojó en un duelo sobre un riachuelo, pero con mi buen corazón lo perdoné e incorporé a mi banda recién creada, por fin iba a dedicarme al latrocinio como ansiaba.

Teníamos un radio a cassette en el que no parábamos de introducir cintas de Arévalo y enseguida nos conocieron por aquellos lugares como la alegre banda de Robin Hood.

Durante años disfruté de múltiples aventuras, ora como Robin Hood, ora como John Silver “el largo” y distintos alias más como “el Lute”, “Gárate”, “Old Shatterhand”,”Ulises” etc.

De vez en cuando usaba el de Jose Antonio, mis aventuras no eran tan espectaculares pero eran más vívidas, aventuras como llegar a fin de mes teniendo dos hijos adolescentes y sueldos miserables trabajando doce horas y cómo soportar a encargados empeñados en hacerte la vida imposible sin desfallecer ni cometer un crimen.

Por eso a veces no llego a distinguir la realidad de la ficción, ni cuando soy lector o cuándo soy el protagonista de la aventura.


viernes, 21 de octubre de 2016

Ucronía


Año 2036. Tras la victoria del Nuevo Frente Popular y la instauraciónón de la III Republica estalla la Segunda Guerra Civil. La caudillesa Soraya con la ayuda de la Unidad Militar de Emergencias y el ICONA levantados en armas desde las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla y tras un valeroso paso del Estrecho confiscando las pateras que por doquier había, avanzan primero hacia Sevilla donde a pesar de ser la patria chica de la zarina Susana, las tropas acantonadas allí se alzaron contra el gobierno andaluz gracias a las soflamas emitidas por la radio por el insigne periodista del Olmo.
Desde allí las tropas legionarias portando brazos en alto al Cristo de la buena muerte, toman la taifa de  Extremadura, tristemente abandonada a su suerte por el Gobierno Central que no acude en socorro de su titular, siempre crítico con la cúpula del soviet de la nación.
Por el camino hacia Madrid, se desvían las tropas hacia Toledo donde José Bono y los nietos de Raphael, sobreviven a duras penas encastillados en su finca, rodeados de milicianos que exigen la reforma agraria.
Pero al llegar noviembre la conmoción estalla, Pablo Iglesias, líder de la facción más izquierdista, es “afusilado” en la cárcel de Alicante donde estaba prisionero desde el principio del conflicto, juzgado porque al parecer se le encontró un “Errejón” armado en su domicilio, fue condenado a la pena capital. Las malas lenguas dicen que desde el Soviet de la Federación Ibera, la zarina Susana no había hecho nada por evitarlo, incluso desoyendo a los que optaban por canjearlo por Alberto Rivera, preso en los Países Catalanes. El muy honorable y nuevo conde de Barcelona, Artur Mas i Mas Artur se había negado bajo ningún concepto a liberarlo.



miércoles, 5 de octubre de 2016

Pañales


Hoy mientras esperaba mi turno en el médico, un extraño ruido rompió el silencio que siempre suele acompañar a estos locales, un desconsolado lloro de un bebé en los brazos de su solícita madre que intentaba amorosamente acallar sus vagidos.

Hace muchos años que mis vástagos dejaron la edad de llorar, por lo que el ruido me llenó de estupor y, cómo no, de añoranza.

Después, ya de camino al trabajo me crucé con dos monjas octogenarias que a duras penas se sostenían la una contra la otra, y me dio por pensar que a la postre era una manera de controlar la natalidad, en circunstancias normales se entiende, Al igual que en los países de Asia donde a los monjes budistas, se les mantiene, graciosamente, en su alimentación, pues representan otra manera de que la superpoblación no se dispare. Lo que me lleva a pensar que en el fondo la crisis de vocaciones es una mala noticia. Quién lo iba a decir.

A la espera de un apocalipsis zombie o de que China despierte y den una patada contra el suelo todos sus habitantes, no está de más que vayamos pensando en menos vagidos de los niños. No tengo ni idea cómo hemos sobrepasado los peores pronósticos realizados a finales del siglo pasado, en los que para estas fechas estaríamos sin una gota de petróleo y ni un triste grano de trigo, pero tengo claro que “esto” va a estallar en cualquier momento.

Y no será porque un virus ataque al papel, como indicaba Stalislaw Lem, más bien el virus será informático, porque de irnos al espacio a poblar las estrellas estamos todavía en pañales.

Los pañales que solicitaba esta mañana le fueran cambiados al neonato de esta mañana.


jueves, 11 de agosto de 2016

Terrores nocturnos





Me desperté chillando. No era nada nuevo, seguro que mis vecinos estaban acostumbrados a mis terrores nocturnos y a los sobresaltos que les causaba con relativa frecuencia. Es curioso, siempre que sucedían me despertaba boca abajo y con los brazos entumecidos por tenerlos  debajo del cuerpo, quizás algo tuviera que ver esta circunstancia al sentirme indefenso, sin poderme proteger o incluso luchar, pues en mis sueños era un mero espectador sin poder actuar de ninguna manera, solo sufriendo agresiones e injusticias, sobre todo lo segundo.



Por nimias que fueran sobre todo las segundas, solo podía manifestar mi disgusto y disconformidad, entonces era cuando comenzaba a hablar en sueños primero y finalmente con un exasperado chillido, ponía fin a mi sueño llenándome de alivio al poder constatar que nada en realidad había existido.



Entonces comenzaba el resto de la jornada, una jornada en la que comenzaba a arrastrar las piernas por la calle apesadumbrado, triste y con unas tremendas ganas de llorar aun sin motivo. El carácter se me agriaba y era incapaz de esbozar la más leve sonrisa. Abría la tienda y era incapaz de ser amable con los primeros clientes que osaban entrar a comprar, lo que desde luego no era bueno para el negocio.



Desde hace años regentaba una carnicería de barrio, a duras penas conseguía lograr el ganar un beneficio decente a fin de mes. La competencia con las grandes superficies era cada vez más abrumadora y solo a base de trabajar cada vez más horas y de rebuscar en el mercado mayorista una carne excelente, pero a  la vez no muy cara, conseguía mantener una parroquia fiel.



Cuando abrí el negocio, apenas recuerdo cuántos años hace ya de eso, incluso pude tener el lujo de mantener a sueldo a un ayudante, tan bien iba el negocio, pero comenzó la crisis y además el barrio se llenó de inmigrantes musulmanes que en ningún modo podrían comprar la carne que yo vendía al no cumplir con sus preceptos religiosos.



Por eso aquel día me extrañó ver dos miembros de esa comunidad que entraban en la tienda.




  • Buenos días ¿Qué les pongo?

  • No, nada, nosotros venimos hablar con ti

  • Pues ustedes dirán.

  • Nosotros queremos negocio con ti, hay mucho delincuencia en el barrio, creo que tu dar cuenta.

  • Pues sí, la verdad es que todo está fatal últimamente, con esto de la crisis hay mucha necesidad y hay muchos que han tirado por la calle del medio comenzando a delinquir.

  • Por eso nosotros ofrecemos seguridad, tu nos pagas cincuenta euros a la semana y tú no tener problemas de atracos, nosotros ser los vigilantes del barrio. Si tú tener problema dilo y nosotros solucionar.

  • Ca caramba. – Apenas pude tartamudear. – Me pillas recién abierto el negocio no tengo un duro en la caja.

  • No problemo, tú decir cuando volver.

  • Pues venid sobre las ocho y media que habré terminado.

  • Muy bien, nosotros venir luego.




Apenas se fueron comencé a maldecirme a mí y a mi perra suerte, esto sí que significaba el fin de mis sueños y tanto afán puestos en el negocio.



El resto del día lo pasé como buenamente pude, gracias al guante de malla metálica no perdí ningún apéndice, lo que es de agradecer, pues no tenía más que negros pensamientos, barruntaba problemas y eso me hacía descomponer el vientre, tuve que ir varias veces a los aseos a descargar y esto hizo que al mediodía no pudiera probar bocado. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, incluso alguna vez tuve que enjugar alguna lágrima que pugnaba por salir. Nunca creí que la película “El padrino” se hiciera realidad en Vallecas, el Nueva York de los años 20 quedaba muy lejos en tiempo y lugar, o eso creía.



Yo era más ingenuo, lo que más me asemejaba a un gánster eran Giuliano Gemma y Bud Spencer en la película que tanto me hizo reír en mi niñez: También los ángeles comen judías. Donde eran incapaces de cobrar el “impuesto de protección” gracias a su gran corazón.



Comenzaba a darme cuenta que la vida real es totalmente distinta, ya no existen los buenos corazones y los héroes justicieros son cosa de las novelas de Marvel.



Con todos estos pensamientos rondándome por la cabeza llegó la hora temida de echar el cierre y aguardar la llegada de los recaudadores y éstos no se hicieron esperar.




  • Hola, venimos por lo nuestro.

  • Vale, pero pasad a la trastienda, aquí delante de todo el mundo no es conveniente, cualquiera puede vernos a través del escaparate.

  • Nos parece muy bien.




Pasamos a través de una cortina de canutillos que había entre el mostrador y una habitación donde se hallaba la cámara frigorífica y una gran mesa de madera donde troceaba las piezas de las reses que compraba.




  • ¿Y bien, dónde está nuestro dinero?

  • Aquí, en el cajón.




No sé si fue un acto reflejo, creo que sí, desde luego no fue premeditado, pero junto a la recaudación del día tenía mi otro bien más preciado, un cuchillo comprado en Albacete al que cuidaba como la niña de mis ojos, solo apto para filetear la mejor carne para mis clientes más distinguidos.



Pues bien, así el cuchillo, y al extorsionador que tenía a la derecha de un tajo le seccioné la garganta, prácticamente llegué a las cervicales, casi no pudo ni ponerse las manos en el cuello para hacer un vano intento de taponar la herida, trastabilló dos pasos hacia atrás, se apoyó en la puerta de la cámara frigorífica y allí mismo fue resbalando suavemente hasta quedar sentado en el suelo con el pecho tinto en sangre.



Su compañero apenas podía moverse paralizado por la sorpresa y esto lo supe aprovechar, con el mismo movimiento de retracción del brazo y se lo clavé en el pecho hasta la empuñadura. Sonó igual que el rasgueo del pellejo cuando intentas descuartizar el cuarto trasero de un cerdo, pero algo que había escuchado cientos de veces, esta vez me puso los pelos de punta.



Entonces me fijé en sus ojos, unos ojos desorbitados, que denotaban sorpresa, que ni por asomo esperaban ver lo que estaba ocurriendo. Y lo que ocurría sencillamente es que la vida se le escapaba a chorros. Yo lo sentía, con cada latido, un golpe de sangre caliente me llegaba a la mano en la que empuñaba el cuchillo, cada vez más caliente, pero cada vez con menos volumen de líquido, hasta que de pronto paró. Intentó aferrarse a mí para no caer, pero me zafé de él extrayendo de paso el cuchillo, con un golpe sordo cayó boca abajo en el suelo.



En ese momento me di cuenta que mis terrores nocturnos habían terminado, jamás tendría unas pesadilla, eso quedaba para el pasado, por fin había vencido a mis temores.



La campanilla que tenía en lo alto de la puerta de entrada de la tienda rompió el silencio con su repiqueteo, a mí me pareció el mismo estruendo que hubiera hecho las campanas de la catedral de Santiago tocando a rebato. Asomé la cabeza a través de la cortina de canutillos y observé a una de mis más ancianas parroquianas.




  • ¿Estás ya cerrado, Jose Antonio?

  • Sí señora, fíjese como me pilla – la dije señalando mi mandil todo ensangrentado.-

  • Bueno, pues vengo mañana.

  • Mejor, señora Angustias, no llegue muy tarde pues mañana habrá una súper oferta de carne picada.



miércoles, 13 de julio de 2016

Princesa






Cuantas veces hubiera dado la vida entera
Porque tú me pidieras
Llevarte el equipaje.

  • Anoche soñé contigo
  • ¿Si?
  • Estábamos juntos, en una habitación, un local en ninguna parte, tumbados sobre una alfombra yo te acariciaba el tobillo.
  • Jaja no es un sitio ni erótico ni romántico.
  • No me interrumpas anda, yo te miraba arrobado y tú me mirabas complacida.
  • Mira qué bien.
  • Nos habíamos vuelto a encontrar después de muchos años, era un sueño melancólico, de añoranza. No sé por qué suelo soñar últimamente así contigo. Es como una premonición, siento mucho calor y tristeza, son sueños recurrentes, agobiantes, me despierto apesadumbrado y abatido, casi con ganas de llorar.
  • ¿Tú piensas que lo nuestro es para siempre?
  • Yo solo sé amar para siempre.
  • ¿Hablarás mal de mí a tus futuras novias?
  • No sé por qué dices eso, tú eres la mujer de mi vida y nunca nadie lo podrá evitar ni siquiera superar, es algo que no concibo.
  • “Nunca” es demasiado tiempo.
  • Tú siempre tan pragmática ¿está bien dicha la palabra pragmática?
  • Mejor di realista, fíjate en el mundo, no hay nada inmutable, mira a tu alrededor, todo esto que nos rodea, hace un millón de años, hace mil años, un año, un día, todo esto ha cambiado en todo este tiempo y o bien no estábamos aquí para apreciarlo, o sencillamente no nos dimos cuenta que estaba sucediendo.
  • Yo solo sé que te querré siempre, mi amor no tendrá fin.
  • Ja ja ja no te pongas así, sabes que no te pega, ni el ponerte melodramático ni ponerte romántico, no lo eres por mucho que te empeñes en pensar lo contrario. Si lo nuestro terminara, seguro que lo pasaríamos mal un tiempo más o menos largo, pero luego cada uno por separado nos tocaría rehacer nuestra  vida. A la larga solo seríamos un recuerdo del pasado.
  • Nunca te olvidaré.
  • Ni yo quiero que lo hagas.



sábado, 11 de junio de 2016

Stormy weather


Tiempo de tormenta y no era incierto, densos nubarrones cubrían el cielo a la par que gruesos goterones de sudor surcaban mi frente. Una tormenta de verano se avecinaba, lo que hacía que el bochorno me hiciera jadear pesaroso por la alta temperatura ambiente y la humedad que más que sentirse, casi se llegaba a oler a pesar de la distancia que había hasta las nubes.

En la radio a cassette la gran Ethel Waters susurraba “Stormy weather” con una voz que ni el ángel de la Anunciación sería capaz de imitar en dulzura. Y ni la pobre estereofonía del aparato, más que añejo, que portaba mi viejo Seat Panda, ni el ruido del tráfago a mi alrededor que entraba a raudales por las ventanillas abiertas, eran capaces de impedirme silbar y tararear a ratos la  pegadiza melodía que me envolvía.

El llevar bajado la ventanilla del añoso vehículo me hacía creer en una brisa fresca en el interior, la verdad era otra, con los sobacos a lo “Camacho”, grandes chafarrinones de sudor marcaban mi espalda. La carretera, monótonamente recta, transcurría entre campos de maíz. Ciertamente no estaba en Luisiana, pero la música y el paisaje así lo asemejaban.

Un torbellino de polvo entró por la ventanilla y me cegó momentáneamente. – Maldita sea.- acabaré pareciendo a Al Jolson y precisamente no considero que tenga el alma blanca. Froto con fruición mis ojos para sacudir las motas de polvo que se habían introducido en mis ojos, con lo que consigo lagrimear abundantemente. –Lágrimas de cocodrilo.- A la par he reducido la marcha hasta quedar casi completamente parado en una encrucijada entre el cañaveral de maíz.

Since you went away, the blues walked in and met me.

If the stay away, ol’rocking chair will get me.

Desde que te fuiste la tristeza llegó, pero eso fue hace mucho tiempo, tanto que ya no duele. Me acostumbré a vivir sin ti, en el filo de la navaja, me derrumbé y continúo arrastrándome por la vida. Aceptando los trabajos más abyectos para poder seguir levantándome un día más, quitando paletadas de tierra de mi propia fosa.

Un lejano trueno pone fin a mis pensamientos, el cielo cada vez se oscurece más, tiempo de tormenta. Continúo por el mismo camino, el mismo sendero entre el maizal, sin una leve referencia de mi situación ni de mi destino, aturdido por el calor, aturdido por la música que entristece mi corazón.

It’s raining all the time, keeps raining all the time.

Keeps raining all the time.

Pero no es cierto, ni siquiera tengo ese consuelo, no llueve a pesar del mareante olor a tierra mojada que me inunda. El sudor de la frente se desborda y me vuelve a cegar los ojos, los enjugo como puedo con los nudillos, lo que me provoca un doloroso escozor.

Vuelvo a maldecir. Un relámpago lejano hace que se me escape un escalofrío, cuento para medir la distancia a la tormenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, pierdo la cuenta. Mis pensamientos me llevan a mi niñez cuando en días como este, temerosos, mis hermanos y yo nos arrebujábamos junto al cuerpo de mi madre buscando protección. El estampido del trueno me hace dar un respingo y mi cabeza choca contra el techo de metal. Maldita sea.

Por fin a lo lejos vislumbro mi destino, una vieja cabaña de madera, al acercarme observo que está rodeada de viejas herramientas herrumbrosas, un tractor completamente lleno de orín junto una cosechadora tumbada de costado que apenas contiene la mitad de las piezas que solía. En la fachada principal, hay  una marquesina a la que una parra sarmentosa parece soportar, dos mirlos que estaban picoteando las uvas huyen al acercarse mi coche.

Aparco sobre el parterre que hay frente a la casa, sin que me importe a mí ni a las dalias que aún no acertaron a florecer por falta de riego. Giro la llave del contacto y consigo acallar el motor, un leve torbellino de vapor escapa del capó recordándome que hace demasiado tiempo que no vigilo los niveles de agua y aceite.

Can’t go on, everything I have is gone

Stormy weather

Salgo del coche y las primeras gotas de la tormenta comienzan a caer, son gordas como monedas y al golpear el suelo polvoriento me manchan mis zapatos blancos y negros y me duele que se ensucien, me costó conseguirlos, los encontré en una tienda vintage en el barrio de Malasaña, desde entonces son mi seña de identidad así como mis pantalones con el dobladillo por fuera.

Entonces por fin debió denotar mi presencia, abrió la puerta y la mosquitera y abrió la boca en un gesto exagerado de sorpresa. No se la dejé cerrar, para entonces ya había sacado una Luger de mi bolsillo, lo reconozco, me encantan los detalles “retro” y si encima me dan fiabilidad, mejor que mejor. La bala le entró por la boca sin dañarle ninguna pieza dental, soy un romántico y me gusta que la familia no tenga que velar un cadáver con el rostro deformado. La calota es otra cosa, el agujero en la parte posterior del cráneo producido por un disparo a tan corta distancia impresiona.

Pasé sobre él procurando no ensuciar mis preciados zapatos y me introduje en la casa, allí en un aparador encontré su sancta sanctorum, su objeto más preciado, cogí el estuche y me dirigí de nuevo a la puerta. Era incapaz de vislumbrar mi coche, una cortina de agua lo cubría todo, formaba un muro imposible de franquear, en la parte derecha del porche una mecedora de mimbre se balanceaba quejosa y allí me dirigí.

Keeps raining all the time, keeps raining all the time.

Abrí el estuche, saqué el trombón y una gamuza que lo acompañaba y me puse a bruñirlo suavemente silbando de nuevo la pegadiza canción que me acompañaba toda la tarde. Miré al caído y no pude por menos que hablarle con desprecio:

-          Ya no volverás a desafinar.




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