jueves, 11 de agosto de 2016

Terrores nocturnos





Me desperté chillando. No era nada nuevo, seguro que mis vecinos estaban acostumbrados a mis terrores nocturnos y a los sobresaltos que les causaba con relativa frecuencia. Es curioso, siempre que sucedían me despertaba boca abajo y con los brazos entumecidos por tenerlos  debajo del cuerpo, quizás algo tuviera que ver esta circunstancia al sentirme indefenso, sin poderme proteger o incluso luchar, pues en mis sueños era un mero espectador sin poder actuar de ninguna manera, solo sufriendo agresiones e injusticias, sobre todo lo segundo.



Por nimias que fueran sobre todo las segundas, solo podía manifestar mi disgusto y disconformidad, entonces era cuando comenzaba a hablar en sueños primero y finalmente con un exasperado chillido, ponía fin a mi sueño llenándome de alivio al poder constatar que nada en realidad había existido.



Entonces comenzaba el resto de la jornada, una jornada en la que comenzaba a arrastrar las piernas por la calle apesadumbrado, triste y con unas tremendas ganas de llorar aun sin motivo. El carácter se me agriaba y era incapaz de esbozar la más leve sonrisa. Abría la tienda y era incapaz de ser amable con los primeros clientes que osaban entrar a comprar, lo que desde luego no era bueno para el negocio.



Desde hace años regentaba una carnicería de barrio, a duras penas conseguía lograr el ganar un beneficio decente a fin de mes. La competencia con las grandes superficies era cada vez más abrumadora y solo a base de trabajar cada vez más horas y de rebuscar en el mercado mayorista una carne excelente, pero a  la vez no muy cara, conseguía mantener una parroquia fiel.



Cuando abrí el negocio, apenas recuerdo cuántos años hace ya de eso, incluso pude tener el lujo de mantener a sueldo a un ayudante, tan bien iba el negocio, pero comenzó la crisis y además el barrio se llenó de inmigrantes musulmanes que en ningún modo podrían comprar la carne que yo vendía al no cumplir con sus preceptos religiosos.



Por eso aquel día me extrañó ver dos miembros de esa comunidad que entraban en la tienda.




  • Buenos días ¿Qué les pongo?

  • No, nada, nosotros venimos hablar con ti

  • Pues ustedes dirán.

  • Nosotros queremos negocio con ti, hay mucho delincuencia en el barrio, creo que tu dar cuenta.

  • Pues sí, la verdad es que todo está fatal últimamente, con esto de la crisis hay mucha necesidad y hay muchos que han tirado por la calle del medio comenzando a delinquir.

  • Por eso nosotros ofrecemos seguridad, tu nos pagas cincuenta euros a la semana y tú no tener problemas de atracos, nosotros ser los vigilantes del barrio. Si tú tener problema dilo y nosotros solucionar.

  • Ca caramba. – Apenas pude tartamudear. – Me pillas recién abierto el negocio no tengo un duro en la caja.

  • No problemo, tú decir cuando volver.

  • Pues venid sobre las ocho y media que habré terminado.

  • Muy bien, nosotros venir luego.




Apenas se fueron comencé a maldecirme a mí y a mi perra suerte, esto sí que significaba el fin de mis sueños y tanto afán puestos en el negocio.



El resto del día lo pasé como buenamente pude, gracias al guante de malla metálica no perdí ningún apéndice, lo que es de agradecer, pues no tenía más que negros pensamientos, barruntaba problemas y eso me hacía descomponer el vientre, tuve que ir varias veces a los aseos a descargar y esto hizo que al mediodía no pudiera probar bocado. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, incluso alguna vez tuve que enjugar alguna lágrima que pugnaba por salir. Nunca creí que la película “El padrino” se hiciera realidad en Vallecas, el Nueva York de los años 20 quedaba muy lejos en tiempo y lugar, o eso creía.



Yo era más ingenuo, lo que más me asemejaba a un gánster eran Giuliano Gemma y Bud Spencer en la película que tanto me hizo reír en mi niñez: También los ángeles comen judías. Donde eran incapaces de cobrar el “impuesto de protección” gracias a su gran corazón.



Comenzaba a darme cuenta que la vida real es totalmente distinta, ya no existen los buenos corazones y los héroes justicieros son cosa de las novelas de Marvel.



Con todos estos pensamientos rondándome por la cabeza llegó la hora temida de echar el cierre y aguardar la llegada de los recaudadores y éstos no se hicieron esperar.




  • Hola, venimos por lo nuestro.

  • Vale, pero pasad a la trastienda, aquí delante de todo el mundo no es conveniente, cualquiera puede vernos a través del escaparate.

  • Nos parece muy bien.




Pasamos a través de una cortina de canutillos que había entre el mostrador y una habitación donde se hallaba la cámara frigorífica y una gran mesa de madera donde troceaba las piezas de las reses que compraba.




  • ¿Y bien, dónde está nuestro dinero?

  • Aquí, en el cajón.




No sé si fue un acto reflejo, creo que sí, desde luego no fue premeditado, pero junto a la recaudación del día tenía mi otro bien más preciado, un cuchillo comprado en Albacete al que cuidaba como la niña de mis ojos, solo apto para filetear la mejor carne para mis clientes más distinguidos.



Pues bien, así el cuchillo, y al extorsionador que tenía a la derecha de un tajo le seccioné la garganta, prácticamente llegué a las cervicales, casi no pudo ni ponerse las manos en el cuello para hacer un vano intento de taponar la herida, trastabilló dos pasos hacia atrás, se apoyó en la puerta de la cámara frigorífica y allí mismo fue resbalando suavemente hasta quedar sentado en el suelo con el pecho tinto en sangre.



Su compañero apenas podía moverse paralizado por la sorpresa y esto lo supe aprovechar, con el mismo movimiento de retracción del brazo y se lo clavé en el pecho hasta la empuñadura. Sonó igual que el rasgueo del pellejo cuando intentas descuartizar el cuarto trasero de un cerdo, pero algo que había escuchado cientos de veces, esta vez me puso los pelos de punta.



Entonces me fijé en sus ojos, unos ojos desorbitados, que denotaban sorpresa, que ni por asomo esperaban ver lo que estaba ocurriendo. Y lo que ocurría sencillamente es que la vida se le escapaba a chorros. Yo lo sentía, con cada latido, un golpe de sangre caliente me llegaba a la mano en la que empuñaba el cuchillo, cada vez más caliente, pero cada vez con menos volumen de líquido, hasta que de pronto paró. Intentó aferrarse a mí para no caer, pero me zafé de él extrayendo de paso el cuchillo, con un golpe sordo cayó boca abajo en el suelo.



En ese momento me di cuenta que mis terrores nocturnos habían terminado, jamás tendría unas pesadilla, eso quedaba para el pasado, por fin había vencido a mis temores.



La campanilla que tenía en lo alto de la puerta de entrada de la tienda rompió el silencio con su repiqueteo, a mí me pareció el mismo estruendo que hubiera hecho las campanas de la catedral de Santiago tocando a rebato. Asomé la cabeza a través de la cortina de canutillos y observé a una de mis más ancianas parroquianas.




  • ¿Estás ya cerrado, Jose Antonio?

  • Sí señora, fíjese como me pilla – la dije señalando mi mandil todo ensangrentado.-

  • Bueno, pues vengo mañana.

  • Mejor, señora Angustias, no llegue muy tarde pues mañana habrá una súper oferta de carne picada.



miércoles, 13 de julio de 2016

Princesa






Cuantas veces hubiera dado la vida entera
Porque tú me pidieras
Llevarte el equipaje.

  • Anoche soñé contigo
  • ¿Si?
  • Estábamos juntos, en una habitación, un local en ninguna parte, tumbados sobre una alfombra yo te acariciaba el tobillo.
  • Jaja no es un sitio ni erótico ni romántico.
  • No me interrumpas anda, yo te miraba arrobado y tú me mirabas complacida.
  • Mira qué bien.
  • Nos habíamos vuelto a encontrar después de muchos años, era un sueño melancólico, de añoranza. No sé por qué suelo soñar últimamente así contigo. Es como una premonición, siento mucho calor y tristeza, son sueños recurrentes, agobiantes, me despierto apesadumbrado y abatido, casi con ganas de llorar.
  • ¿Tú piensas que lo nuestro es para siempre?
  • Yo solo sé amar para siempre.
  • ¿Hablarás mal de mí a tus futuras novias?
  • No sé por qué dices eso, tú eres la mujer de mi vida y nunca nadie lo podrá evitar ni siquiera superar, es algo que no concibo.
  • “Nunca” es demasiado tiempo.
  • Tú siempre tan pragmática ¿está bien dicha la palabra pragmática?
  • Mejor di realista, fíjate en el mundo, no hay nada inmutable, mira a tu alrededor, todo esto que nos rodea, hace un millón de años, hace mil años, un año, un día, todo esto ha cambiado en todo este tiempo y o bien no estábamos aquí para apreciarlo, o sencillamente no nos dimos cuenta que estaba sucediendo.
  • Yo solo sé que te querré siempre, mi amor no tendrá fin.
  • Ja ja ja no te pongas así, sabes que no te pega, ni el ponerte melodramático ni ponerte romántico, no lo eres por mucho que te empeñes en pensar lo contrario. Si lo nuestro terminara, seguro que lo pasaríamos mal un tiempo más o menos largo, pero luego cada uno por separado nos tocaría rehacer nuestra  vida. A la larga solo seríamos un recuerdo del pasado.
  • Nunca te olvidaré.
  • Ni yo quiero que lo hagas.



sábado, 11 de junio de 2016

Stormy weather


Tiempo de tormenta y no era incierto, densos nubarrones cubrían el cielo a la par que gruesos goterones de sudor surcaban mi frente. Una tormenta de verano se avecinaba, lo que hacía que el bochorno me hiciera jadear pesaroso por la alta temperatura ambiente y la humedad que más que sentirse, casi se llegaba a oler a pesar de la distancia que había hasta las nubes.

En la radio a cassette la gran Ethel Waters susurraba “Stormy weather” con una voz que ni el ángel de la Anunciación sería capaz de imitar en dulzura. Y ni la pobre estereofonía del aparato, más que añejo, que portaba mi viejo Seat Panda, ni el ruido del tráfago a mi alrededor que entraba a raudales por las ventanillas abiertas, eran capaces de impedirme silbar y tararear a ratos la  pegadiza melodía que me envolvía.

El llevar bajado la ventanilla del añoso vehículo me hacía creer en una brisa fresca en el interior, la verdad era otra, con los sobacos a lo “Camacho”, grandes chafarrinones de sudor marcaban mi espalda. La carretera, monótonamente recta, transcurría entre campos de maíz. Ciertamente no estaba en Luisiana, pero la música y el paisaje así lo asemejaban.

Un torbellino de polvo entró por la ventanilla y me cegó momentáneamente. – Maldita sea.- acabaré pareciendo a Al Jolson y precisamente no considero que tenga el alma blanca. Froto con fruición mis ojos para sacudir las motas de polvo que se habían introducido en mis ojos, con lo que consigo lagrimear abundantemente. –Lágrimas de cocodrilo.- A la par he reducido la marcha hasta quedar casi completamente parado en una encrucijada entre el cañaveral de maíz.

Since you went away, the blues walked in and met me.

If the stay away, ol’rocking chair will get me.

Desde que te fuiste la tristeza llegó, pero eso fue hace mucho tiempo, tanto que ya no duele. Me acostumbré a vivir sin ti, en el filo de la navaja, me derrumbé y continúo arrastrándome por la vida. Aceptando los trabajos más abyectos para poder seguir levantándome un día más, quitando paletadas de tierra de mi propia fosa.

Un lejano trueno pone fin a mis pensamientos, el cielo cada vez se oscurece más, tiempo de tormenta. Continúo por el mismo camino, el mismo sendero entre el maizal, sin una leve referencia de mi situación ni de mi destino, aturdido por el calor, aturdido por la música que entristece mi corazón.

It’s raining all the time, keeps raining all the time.

Keeps raining all the time.

Pero no es cierto, ni siquiera tengo ese consuelo, no llueve a pesar del mareante olor a tierra mojada que me inunda. El sudor de la frente se desborda y me vuelve a cegar los ojos, los enjugo como puedo con los nudillos, lo que me provoca un doloroso escozor.

Vuelvo a maldecir. Un relámpago lejano hace que se me escape un escalofrío, cuento para medir la distancia a la tormenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, pierdo la cuenta. Mis pensamientos me llevan a mi niñez cuando en días como este, temerosos, mis hermanos y yo nos arrebujábamos junto al cuerpo de mi madre buscando protección. El estampido del trueno me hace dar un respingo y mi cabeza choca contra el techo de metal. Maldita sea.

Por fin a lo lejos vislumbro mi destino, una vieja cabaña de madera, al acercarme observo que está rodeada de viejas herramientas herrumbrosas, un tractor completamente lleno de orín junto una cosechadora tumbada de costado que apenas contiene la mitad de las piezas que solía. En la fachada principal, hay  una marquesina a la que una parra sarmentosa parece soportar, dos mirlos que estaban picoteando las uvas huyen al acercarse mi coche.

Aparco sobre el parterre que hay frente a la casa, sin que me importe a mí ni a las dalias que aún no acertaron a florecer por falta de riego. Giro la llave del contacto y consigo acallar el motor, un leve torbellino de vapor escapa del capó recordándome que hace demasiado tiempo que no vigilo los niveles de agua y aceite.

Can’t go on, everything I have is gone

Stormy weather

Salgo del coche y las primeras gotas de la tormenta comienzan a caer, son gordas como monedas y al golpear el suelo polvoriento me manchan mis zapatos blancos y negros y me duele que se ensucien, me costó conseguirlos, los encontré en una tienda vintage en el barrio de Malasaña, desde entonces son mi seña de identidad así como mis pantalones con el dobladillo por fuera.

Entonces por fin debió denotar mi presencia, abrió la puerta y la mosquitera y abrió la boca en un gesto exagerado de sorpresa. No se la dejé cerrar, para entonces ya había sacado una Luger de mi bolsillo, lo reconozco, me encantan los detalles “retro” y si encima me dan fiabilidad, mejor que mejor. La bala le entró por la boca sin dañarle ninguna pieza dental, soy un romántico y me gusta que la familia no tenga que velar un cadáver con el rostro deformado. La calota es otra cosa, el agujero en la parte posterior del cráneo producido por un disparo a tan corta distancia impresiona.

Pasé sobre él procurando no ensuciar mis preciados zapatos y me introduje en la casa, allí en un aparador encontré su sancta sanctorum, su objeto más preciado, cogí el estuche y me dirigí de nuevo a la puerta. Era incapaz de vislumbrar mi coche, una cortina de agua lo cubría todo, formaba un muro imposible de franquear, en la parte derecha del porche una mecedora de mimbre se balanceaba quejosa y allí me dirigí.

Keeps raining all the time, keeps raining all the time.

Abrí el estuche, saqué el trombón y una gamuza que lo acompañaba y me puse a bruñirlo suavemente silbando de nuevo la pegadiza canción que me acompañaba toda la tarde. Miré al caído y no pude por menos que hablarle con desprecio:

-          Ya no volverás a desafinar.




jueves, 19 de mayo de 2016

Punto final


Siempre mira el lado brillante de la vida y eso hacía silbando la pegadiza canción, el bulevar de la calle de Ibiza nunca me pareció tan ancho ni tan largo como ahora se me presentaba. Esquivando cacas de perro y quioscos iba caminando hacia el Retiro, o eso intentaba, el aturdimiento que sentía en mi cabeza me hacía discernir escasamente las distancias y el ya nombrado bulevar se me antojaba como el campo de futbol de Oliver y Benji.

Número 216 JA, cuando salió en la pantalla de la sala de espera me levanté como un resorte, llevaba más de media hora aguardando mi turno, claro que también he de decir que mucho de ese tiempo correspondía a mi inveterada costumbre de llegar con antelación a cualquier cita y esta vez no iba a ser menos, siempre dije de mí que llegaría incluso puntual con la muerte y nunca imaginé cuán pronto se me presentaría la ocasión de demostrarlo.

Entro en el Retiro y mis pasos me llevan inconscientemente hacia la antigua Casa de Fieras, lo recuerdo como un lugar de solaz de mi infancia, un mundo inexplorado y salvaje que siempre terminaba por sorprenderme, los animales que allí se exhibían eran del todo distintos de los que solía ver en la Sierra Norte de Madrid, cuyos exponentes de mayor fiereza eran el toro y el verraco de la villa amén de alguna víbora.

  • Lo siento, se encuentra en un estado muy avanzado.

Más lo siento yo, acierto a pensar a pesar de encontrarme grogui en mi rincón, sin una banqueta ni un asistente en quien apoyarme, estoy al borde del K.O. Y aquí no me sirve de nada arrojar la toalla, me veo besando la lona.

Recuerdo los fosos vacíos otrora llenos de animales a los que observábamos sin tener conciencia del daño atroz que les causábamos con su confinamiento. Para la sociedad de entonces no eran más que fieras, un escaparate a la vida salvaje, simpáticas sabandijas a las que alimentar tirándolas trozos de pan y cacahuetes.

Como no espero que me compadezca, abandono la consulta sin siquiera despedirme, tampoco podría, el nudo que atenaza mi garganta me hace incluso lagrimear, las enjugo como puedo y desdeñando el ascensor, bajo los escalones casi flotando, esta vez no tengo nadie en quien apoyar mi hombro.

Salgo del zoológico y me siento en un banco del parque, la primavera se muestra en su esplendor y los gorriones revolotean ruidosos a mi alrededor, busco en mis bolsillos algo con qué premiarlos y con el movimiento de mi cuerpo se retiran asustados quedando únicamente una paloma a la que solo puedo ofrecer las migajas de lo que fui.


martes, 10 de mayo de 2016

Así comenzó todo


Tap, tap, tap, el golpeteo rítmico de mi bastón blanco sobre las baldosas de la calle, me guían en mi camino mil veces repetido. Cerrado el quiosco, marcho a casa. La calle de Alcalá es mi yincana particular, una carrera de obstáculos me aguarda. Cubos de basura, carteles publicitarios, corrillos de personas aturdidas por su propia conversación, tanto que no denotan mi presencia.

Lo peor, las múltiples baldosas sueltas que mi bastón no es capaz de detectarlas, a ver si inventan de una vez el bastón radar.

Hoy es un día especial y no sé la causa, pero me encuentro alegre, he logrado vender todos mis cupones, lo que no suele ocurrir todos los días, cosa de la crisis.

Pero la causa principal ha sido la conversación que he tenido con una viejecita, o eso he colegido a causa de su cascada voz. Venía muy contenta pues la había tocado un pellizquito, lo justo para  compensar la magra pensión que cobra. Me ha comprado una tira y al pagar me ha dejado una flor en la bandeja.

Al despedirse me dijo alegre:

-          Ojalá tus deseos se cumplan.

-Qué simpática- Me dije. Cogí la flor y la acerque a mi nariz. Era una rosa de la que lamenté no discernir el color, pero su maravilloso olor me satisfizo por el sentido perdido.

En fin, ya de camino a casa me quedó el último obstáculo, las dársenas de Ciudad Lineal. Después de esquivar viandantes aguardando su transporte y a los propios autobuses, un último semáforo, no adaptado para los invidentes, huérfano pues de señales acústicas.

Golpeo varias veces contra el suelo el bastón en busca de un buen samaritano que me ayude a cruzar el Rubicón. Esta vez escucho a pesar del ruido del motor del bus a una persona que al parecer se dirige al conductor y lo interpela:

-          Espérame un segundo, voy a ayudar a esta persona y ahora subo.

Se acerca a mí y me toma del brazo, sietes pasos más adelante me advierte:-Cuidado con el escalón- Y una vez a salvo en la acera se despide:

-          Hasta luego.

No tengo tiempo de agradecer su acto pues escucho desolado cómo el bus ha partido sin aguardar a mi benefactor.

-          Vaya, cuánto lo siento –Solo acierto a decir compungido.

-          No te preocupes, no tardará en llegar otro.

Entonces recuerdo las palabras de la viejecita y le digo:

-          Deseo que seas feliz.



Es más que probable que no volveremos a encontrarnos, pero estoy seguro que tarde o temprano mi deseo se cumplirá.





Dedicado a Pali, que cumplas muchos más.


miércoles, 20 de abril de 2016

Gotas de recuerdos


Yo te hablaba pero tú no parecías escucharme, todos los fantasmas del pasado pasaron entonces por mi memoria. Siempre fui un patán, siempre malogrando cualquier relación. Te hablo y no me miras, sigues contemplándote frente al espejo en una casa ajena, desconocida, quizás sea en la que ahora vives tú.

Mi sueño me traslada a otros momentos, otras relaciones, inexorablemente rotas cuando apenas comenzaban a madurar. Y allí quedo yo, con los ojos abiertos, a veces arrasados por las lágrimas que pugnan por brotar, pero siempre en silencio. –Qué más decir. A veces pienso que eso ha sido mi vida, una sucesión de fracasos entre intervalos más o menos dilatados en el tiempo.

Quizás han sido las gotas de lluvia que repiquetean en la ventana, las que me han hecho despertar y tener que hacerme recordar este mal sueño. Arrebujado entre las mantas, me doy la vuelta buscando en la oscuridad el olvido de mi vida anterior pero no lo consigo.

En la oscuridad se me representan otros rostros, otros amores malogrados, mil historias que pudieron ser y nunca fueron. Vuelvo a moverme incómodo en la cama y al estirar el brazo me doy cuenta de lo grande que es la cama sin ella y la tristeza que me acompaña.

Por fin suena el despertador, casi como el gong salvador de un luchador grogui, pero antes de enfrentarme con el mundo me encuentro con el abrazo y el húmedo lametón de mi mejor amigo.


lunes, 11 de abril de 2016

Naufrago



Un hálito de esperanza se abrió paso hasta él, no se lo esperaba. Abrazado a su tabla de naufrago no esperaba sino la muerte.
Después de escuchar cientos de cantos de sirenas que se le abrían al paso, comprendió que la salvación se hallaba frente a él, a unas solas brazadas, solo tenía que esforzarse un poco.
El tiempo dictaría su sentencia, solo tenía que dar tiempo al tiempo. Poco a poco la orilla se acercaba, solo rezaba para que en vez de unos terribles farallones encontrase una plácida playa donde dejarse resbalar y abrazado a la madre tierra, descansar y dormir, sobrevivir después de la tormenta.
 Pero eso solo el tiempo lo dirá.


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