domingo, 19 de noviembre de 2017

Mi viejo sombrero


Me dio un ataque de nostalgia y me fui a mi casa, no donde vivo ni la primera casa que compré, sino a la casa donde crecí y viví mi niñez, esa casa donde me encuentro siempre que cierro los ojos y tengo un plácido sueño. No pillaba lejos, toda mi vida ha estado circunscrita en unas pocas manzanas, quizás porque nunca pude alejarme mucho de esta casa, de la primera casa de mis padres, de mi primera y única casa.

Me acercaba por la parte de atrás, por el patio donde al abrigo de la seguridad que daba a mi madre el estar cerrado por dos muros, uno inexpugnable por la altura y otro cerrado por una verja con candado del que nunca nadie supo encontrar la llave. En este caso no tuve dificultad, en la parte del muro, hace tiempo que lo abatieron para poder poner locales comerciales y por la parte de la verja, alguien había tomado la expeditiva determinación de arrancar el candado por medios mecánicos.

Cuando bajaba, los ecos de mi memoria me iban llenando la mente con los viejos recuerdos de la infancia. Esta era la ventana que Manolo y yo llenamos de piedras y basura pues pensábamos que su moradora, una pobre anciana, era una malvada bruja, lo que nos valió la reconvención de nuestros padres. Más abajo, la casa de Manolo con un triste remedo de lo que llegó a ser su jardín, cruelmente cercenado por los vecinos de la otra calle y su estúpida demanda por la creencia de que las humedades que tenían en sus tristes infraviviendas, eran causadas por las plantas que el señor Manolo, el padre de mi amigo, cultivaba frente a su ventana.

Al cabo llegué a mi casa, pero no me entretuve esta vez a mirarla ni a evocar mis juegos en las arenas junto a la ventana. Junto a los nuevos locales comerciales, un cartel me llamó la atención: “Iglesia okupada” nunca imaginé que fuera posible tal. En el interior, una cadena de voluntarios trasegaban alimentos destinados a los más necesitados, era un espectáculo curioso y más viendo el lugar donde se desarrollaba.

-Hola

Ella hizo un bello mohín al reconocerme, de gesto siempre serio, me sorprendió ver que era capaz de sonreír.

La conocía desde siempre, o eso me parecía a mí, de mi antigua parada de autobús, donde coincidíamos todas las mañanas, excepto la de los viernes, ella con su triste abrigo verde oliva de un penoso parecido militar y su andar algo zambo cuando se acercaba. Nunca me saludó o eso me llegó a parecer. Nunca daba los buenos días a los congregados en la parada y nunca los devolvía si alguien donosamente se los daba.

También tenía una costumbre poco sana, se detenía invariablemente una parada antes del final de la línea, me costó averiguar el motivo, pero cuando lo logré no me gustó el detalle y es que aprovechaba el postrero trayecto para encender un cigarrillo mientras caminaba hasta la dársena de Ciudad Lineal, una vez allí retomaba el viaje en otro autobús. Me hubiera gustado conocer dónde se paraba finalmente y elucubrar cuál sería su trabajo, si no fuera porque ya no iba al banco todas las mañanas a ingresar los talones que me daban en el departamento de contabilidad de mi trabajo, hubiéramos coincidido en el nuevo trayecto y hubiera podido sacar algo más de su vida.

 Y allí estaba ella mirándome con ojos arrebolados, no lo entendía bien pero estaba ocurriendo, me cogió de la mano y echamos a andar por las calles del barrio, aunque aquel ya no era el mío, salimos a la zona antigua de Vallecas y me señaló su casa, un caserón de principios del siglo pasado. La escalera con peldaños de madera crujía bajo nuestros pies mientras etapa tras etapa trepábamos hasta su puerta, una  vieja y recia puerta que ella empujó para que accediera. Nos recibieron otros inquilinos, un pequeño gato y un enorme perro. El minino se enredó en mis pies buscando estática en el fondillo de mis pantalones, pero el perro realmente me atemorizó con sus enormes fauces.

-          No hace nada. – Me dijo mientras me enseñaba como si nada el lugar por donde se accedía a su alcoba.

Eso tenía la esperanza yo y en todo caso suponía que tras cerrar la puerta de la habitación interpondría un mundo entre el perro y su dueña, temía que al hacerla el amor ella chillase, dando una equivocada llamada de auxilio.

Allí mismo nos besamos, al introducir la lengua obtuve como premio un pequeño y redondo caramelo de menta.

-          Mejor así, con buen aliento, serán muchos besos.

No dije nada, lo oculté bajo mi lengua y seguí besándola con ardor. Tenía una boca suave con una lengua juguetona y muy dócil, hubiera pasado una vida así a pesar de mis urgencias.

La puerta se abrió de improviso, una elegante figura con un brillante batín satinado, un corbatín en el cuello apuntaba a un rostro perfectamente afeitado exceptuando un fino bigote perfilado. Me dio la mano y la apreté con fuerza lo que le cogió de improviso, pero tuvo la suficiente prestancia como para no quejarse y al final del apretón sujetar con firmeza mi mano.

Era su hermano que vivía con ella. Charlamos algo y cuando comprendimos que no iba a tener la delicadeza de marcharse poniendo cualquier baladí pretexto, decidimos marcharnos.

-          ¿Dónde vamos? – Me preguntó.

-          Vamos a mi antigua casa, todavía no la he vendido, no tenemos muchas comodidades, pero sirve, además no tiene calefacción. – La dije mientras guiñaba un ojo.

Había un problema, no tenía las llaves conmigo. En esos momentos vivía con mi madre y allí tendríamos que ir sin más remedio. Tomamos el camino donde siempre hacían frontera mis sueños y justo al borde, en la última casa vivía mi madre.

Ella estaba dentro, nos acogió bien, algo nerviosa como siempre que conocía a alguien, intercalando el tuteo con el voseo. Puesto que era la hora, nos sentamos a la mesa donde primorosa no puso mi madre un plato de patatas con bacalao.

-          ¿No te importa que mi hermano sea homosexual? – Me espetó de repente

No era una de mis conversaciones favoritas y la obvié, el tiempo se acababa y quería llegar cuanto antes a la casa y sobre todo a la cama.

En el río nos bañamos, jugábamos como dos críos salpicándonos y persiguiéndonos sin descanso. La abrazaba y cada vez me iba excitando más con el contacto desnudo de nuestros cuerpos.

En la verde pradera el sol me calentaba y secaba mi piel a la vez que evocaba momentos placenteros mientras cogía una brizna de hierba y la metía en mi boca.

De pronto la eché de menos, con la mirada recorrí los alrededores y no la vi, me levanté y no estaba, en un rincón sobre unas matas busqué las ropas que dejé allí para que no se mancharan y tampoco estaban, solo me dejó mi viejo sombrero Stetson y mis curtidas botas de vaquero.


lunes, 4 de septiembre de 2017

El culpable


A ratos aporreo la máquina de escribir como si fuera un piano, intento, a veces en vano, que no se me escape la inspiración. Quizás solo el vago recuerdo que me une a ella me termina por sujetar a la silla, pero después de un tiempo golpeando las teclas, los dedos comienzan a dolerme lo que es suficiente para que tire de la hoja de papel hacia arriba, esto produce un chirrido quejumbroso en el rodillo como si le doliera que al sacar el papel también arrancase algo de su vida.

Del perchero recojo la gabardina y me sumerjo en la pestilente calle donde tengo mi oficina, llueve, por lo que me subo el cuello de la gabardina y cruzo las solapas, además encojo el cuello en un vano intento de evitar que la lluvia se cuele por mi pescuezo.

Meto las manos en el bolsillo y tanteo la vieja pistola que hace tiempo me agencié en un antro de los bajos fondos. Nunca la he utilizado por lo que no tengo nada claro que el día que la necesite funcione.

Llego donde aparqué mi viejo Oldsmóbile, observo con asco que las multas se van acumulando en el parabrisas ahora mojadas y desteñidas. Tras varios intentos girando la llave consigo que tras varias toses, el reumático motor se ponga en marcha.

A través del parabrisas, las gotas de lluvia forman un caleidoscopio donde se reflejan los escaparates de las tiendas y las amarillas luces de las farolas. Apago el mojado cigarrillo que llevaba hace tiempo mordisqueando y del que apenas conseguía sacar algo de humo, ni hablar de sabor, con el repetido mil veces gesto de ponerlo encima del cenicero atiborrado por decenas de colillas que nunca vacié.

Me las va a pagar mascullé. Era mucha la rabia acumulada que sentía. Di un volantazo y aparqué frente a la puerta de su trabajo. No tenía escapatoria, por allí tendría que pasar y esta vez iba a ajustar cuentas con él.

Sí, porque él era el culpable de esta situación, era el culpable de todos estos meses de parón de desidia por su parte. Por su culpa me hallaba allí con el folio recién sacado de la máquina en las que para romper este tiempo muerto, sin escribir, sin crear. Me había obligado a actuar, a ponerte tras la máquina y escribir estas líneas llenas de tópicos como si fuera Sam Spade, como si fuera un autor de novela negra, todo por ver subido al blog un triste relato.


jueves, 15 de junio de 2017

Viento


The answer my friend is blowin’ in the wind

 

El viento soplaba recio y como siempre me daba en la cara haciendo que las lágrimas anegaran mis ojos. ¿Pero quién soy yo para quejarme? una pobre señora lloraba dentro de un banco, pataleaba incluso de desesperación, le acababan de comunicar que el dinero de toda una vida se había esfumado, el Banco entero valía solo un triste euro, empleados incluidos. Y qué le podían decir estos pobres empleados, si ellos mismos habían cobrado sueldos en el mismo papel mojado que agita temblando la mujer.

Pero esto es así y no hay que darle más vueltas, pasa una y otra vez, en dictadura y en democracia, en el pasado, en el presente y en el futuro. No es cuestión de picaresca, es más bien la triste condición humana de robar, pero elegantemente.

En el Parlamento, imágenes sacadas de otros tiempos. Mientras un pater conscriptus enumera todos los presuntos del país, en sus escaños los aludidos leen el periódico. Deben de ser los últimos lectores de ese elemento de aleccionamiento de masas, la gente ya no los compra, prefieren la caja tonta, es más cómodo y eficaz para adormecer conciencias. Sólo les interesa un chico portugués que maneja con los pies una esfera de cuero que cosió por un salario de miseria un niño de Bangladesh.

Mientras tanto en las redes sociales fluye la noticia en la que un afamado industrial textil, que también se preocupa de que a los infantes asiáticos no les falte unas piastras por su labor, ha donado gentilmente unos milloncejos, calderilla para él, para el tratamiento de no sé qué enfermedad. Debería de sonarme, puesto que la padecí. Pues bien, hay ingratos que piensan que es malévolo al donar sus migajas, cuando a base de ingeniería fiscal se ahorra todos los años mucho más del doble, que bien podrían ir a las arcas de ese mismo país y así no harían falta tan arteras contribuciones. Afortunadamente siempre salen defensores de causas perdidas hasta debajo de las piedras. Es cierto pues lo que se dice, en caso de apocalipsis zombi, siempre saldría una  ONG que los amparase.

No tengo nada claro que quiera tener un nieto, el motivo es muy sencillo: El mundo se va a la mierda. Fin, kaputt, the end, c’est fini. Porque no creo que venga un viento asolador que limpie los establos de Augías y estoy seguro que en algún lado hay un pergamino que ponga: "El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas"

 

The answer is blowin’ in the wind


domingo, 11 de diciembre de 2016

Mi viejo amigo Tom


Las aguas del Mississipi, el padre de los ríos, bajaban lánguidamente. Tumbado perezosamente en la hierba en uno de sus recodos, sostenía una caña de pescar hecha de bambú entre el pulgar y el índice de mi pie derecho. A mi derecha se encontraba mi viejo amigo de nombre impronunciable Huckleberry Finn, hijo de lo que ahora se llama una familia desestructurada, pero con un corazón que no le cabe en su pecho, capaz de dejarlo todo, incluso una vida regalada junto a la viuda Douglas, por mor de llevar hacia la libertad al bueno de Jim, un pobre esclavo nacido en la nación de la libertad.

A mi izquierda estaba tumbado viendo las nubes pasar con una brizna de hierba en la comisura de la boca, mi gran amigo Tom Sawyer, un gran tipo, capaz de lo mejor y también de crear la mayor barrabasada que alguien pudiera imaginar.

No sé qué extraña magia me había hecho llegar hasta allí, cierro los ojos y no tengo muy claro dónde estoy, los olores me son muy familiares, me recuerdan al río Lozoya a su paso por Alameda, pero estaba dispuesto a disfrutar cualquier aventura que a Tom se le ocurriese, a él o al genial Samuel Langhorne Clemens. A pesar de estar terriblemente a gusto tumbado en la orilla del río, ansiaba que fuera de noche para que provistos de un pico y una pala fuésemos a desenterrar un tesoro bajo la sombra de la luna proyectada por un árbol, donde hubiesen ahorcado a un criminal.

Esa misma noche, aprovechando que nuestro hermanastro Sid dormía como un lirón, vino Huck a maullar debajo de nuestra ventana, utilizando el emparrado que trepaba por la fachada nos descolgamos alegres por la nueva aventura que íbamos a vivir. Yo había encontrado un gato muerto e íbamos a utilizarlo para eliminar nuestras verrugas ¿cómo? Muy fácil, se lleva el gato al cementerio y a las doce en punto se lanza el gato sobre una tumba reciente acompañándolo del siguiente sortilegio: El diablo sigue al muerto, el gato sigue al diablo, las verrugas siguen al gato y yo ya me las he quitado. Es un remedio infalible según cuentan los esclavos negros del lugar.

Pero no contábamos con lo que estábamos a punto de presenciar pues no éramos los únicos visitantes del camposanto, el doctor Gordon, el borracho de Muff Potter y el indio Joe acababan de desenterrar un cadáver, a mis amigos y a mí se nos erizaron los cabellos al contemplar la escena, pues de pronto comenzaron a discutir y enseguida pasaron a las manos y a las armas, pues el doctor le dio con la pala a Muff Potter y acto seguido el indio Joe le asestó al doctor una artera puñalada. Aprovechando el fragor de la reyerta pusimos pies en polvorosa y no paramos hasta llegar al pueblo, allí nos juramentamos para no contar jamás lo ocurrido.

A la mañana siguiente todo el pueblo se levantó alborotado, nos acercamos a los mentideros de la plaza mayor y contemplamos horrorizados como por la avenida del Generalísimo, una pareja de la guardia civil traía esposado al pobre de Eleuterio. Ya era un viejo conocido de la Benemérita, al parecer era dado a sustraer volátiles en corrales ajenos. Tom y yo nos miramos sobrecogidos mientras lo introducían en los calabozos, pero, nos bastó una mirada en dirección al gitano Joe para reafirmarnos en nuestro código de silencio.

Pero la vida continúa  y nuestro afán de divertirnos y hacer trastadas también. Tom tuvo una dolorosa discusión con su tía Molly que le hizo acreedor de un par de papirotazos con el dedo enfundado en un dedal metálico, me dolió a mí incluso cuando me lo contó. Con estas decidimos fugarnos de casa y llevar a partir de entonces una vida de piratas y perroflautas.

Rápidamente hicimos los preparativos, cada uno aportó todo lo que pudimos para la despensa común, Tom aportó su espada de madera, su inseparable caña de pescar así como sus aparejos, una hamaca de pita y su peonza más sus canicas. Huckleberry aportó lo poco que su magra economía le permitió: varias pipas hechas de mazorca de maíz, tabaco y unas hierbas que dijo que nos aumentarían la euforia y las ganas de vivir.  Tom y yo nos miramos estupefactos, pues él no sabía fumar y yo desde mi infarto no lo hago, por lo que las risas solo se las iba a pasar el bueno de Huck.

Por mi parte aporté todos mis tesoros, mi ebook, mi móvil para poder seguir conectado al Facebook y mi cámara fotográfica, además de la paletilla que nos dieron por Navidad en mi empresa, pues algo hay que echarse entre pecho y espalda.

Cargados pues con todos estos tesoros nos embarcamos en el Manzanares y tomamos una barca de las que usan para medir el nivel de espuma sobre el río. En medio del cauce más o menos frente al estadio del Atleti, se encontraba una isla ignota por todos donde pusimos nuestras miras para pasar allí nuestra aventura. Allí pasamos nuestro primer día de libertad haciendo lo que más placía a tres rapaces de nuestra edad: nadar, leer, publicar bulos en Twitter y ver películas pornográficas.

Al segundo día cuando nos desayunábamos contemplamos con estupor nuestra cara en los cartones de leche ¡nos daban por desaparecidos! Esa noche contemplamos alborozados el programa de Lobatón que estábamos al mismo nivel que el niño pintor de Málaga. Al parecer iban a celebrar unos funerales in corpore insepulto en la Almudena lo que nos hizo que nuestras neuronas trabajasen afanosamente. Pues sí, ¿quién no es capaz de acudir a su propio funeral y ver llorar a sus deudos?

Por mi parte lo que quería era aprovechar los funerales y que las fuerzas vivas de la ciudad estarían dentro de la catedral, para desvalijar todas las joyerías y bancos del pueblo, pero mis prosaicos deseos se vieron abatidos por la más romántica idea de Tom. Allí nos vimos pues en la iglesia del pueblo, nos abrimos paso entre los Mercedes estacionados en la puerta pues allí se encontraban la jet-set del Estado, ministros, inspectores de Hacienda, tertulianos del Sálvame, futbolistas, toreros y hasta un cantante de éxito galardonado con el Cervantes.

Al vernos, nuestros familiares corrieron hacia nosotros alborozados, los políticos en cambio se fueron amoscados, pues todos sabemos lo bien que salen en la tele dando el pésame contritos y cariacontecidos.

Varios días después, ya restablecidos de los zurriagazos recibidos, nos embarcamos en la siguiente aventura, esta vez con Becky mi novia. Nos habíamos aficionado a asistir a una cueva: el Osiris 2 allá por Cea Bermúdez, un territorio inexplorado, recóndito y recoleto, un lugar ad hoc para sentarnos en un cómodo rincón y besarnos con fruición bajo la luz de una vela. Una infausta tarde descubrimos consternados que uno de los camareros era ni más ni menos que el indio Joe, por lo que tuvimos que huir despavoridos entre sus galerías, atestadas de pollos ociosos que intentaban sacar a bailar a las muchachas que por allí pululaban sin gozosos resultados.

Huyendo pues del indio Joe, me interné junto a mi bella lady Marian en el proceloso bosque de Sherwood. Enseguida nos encontramos al estúpido acromegálico con el equívoco nombre de “pequeño Juan”, me arrojó en un duelo sobre un riachuelo, pero con mi buen corazón lo perdoné e incorporé a mi banda recién creada, por fin iba a dedicarme al latrocinio como ansiaba.

Teníamos un radio a cassette en el que no parábamos de introducir cintas de Arévalo y enseguida nos conocieron por aquellos lugares como la alegre banda de Robin Hood.

Durante años disfruté de múltiples aventuras, ora como Robin Hood, ora como John Silver “el largo” y distintos alias más como “el Lute”, “Gárate”, “Old Shatterhand”,”Ulises” etc.

De vez en cuando usaba el de Jose Antonio, mis aventuras no eran tan espectaculares pero eran más vívidas, aventuras como llegar a fin de mes teniendo dos hijos adolescentes y sueldos miserables trabajando doce horas y cómo soportar a encargados empeñados en hacerte la vida imposible sin desfallecer ni cometer un crimen.

Por eso a veces no llego a distinguir la realidad de la ficción, ni cuando soy lector o cuándo soy el protagonista de la aventura.


viernes, 21 de octubre de 2016

Ucronía


Año 2036. Tras la victoria del Nuevo Frente Popular y la instauraciónón de la III Republica estalla la Segunda Guerra Civil. La caudillesa Soraya con la ayuda de la Unidad Militar de Emergencias y el ICONA levantados en armas desde las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla y tras un valeroso paso del Estrecho confiscando las pateras que por doquier había, avanzan primero hacia Sevilla donde a pesar de ser la patria chica de la zarina Susana, las tropas acantonadas allí se alzaron contra el gobierno andaluz gracias a las soflamas emitidas por la radio por el insigne periodista del Olmo.
Desde allí las tropas legionarias portando brazos en alto al Cristo de la buena muerte, toman la taifa de  Extremadura, tristemente abandonada a su suerte por el Gobierno Central que no acude en socorro de su titular, siempre crítico con la cúpula del soviet de la nación.
Por el camino hacia Madrid, se desvían las tropas hacia Toledo donde José Bono y los nietos de Raphael, sobreviven a duras penas encastillados en su finca, rodeados de milicianos que exigen la reforma agraria.
Pero al llegar noviembre la conmoción estalla, Pablo Iglesias, líder de la facción más izquierdista, es “afusilado” en la cárcel de Alicante donde estaba prisionero desde el principio del conflicto, juzgado porque al parecer se le encontró un “Errejón” armado en su domicilio, fue condenado a la pena capital. Las malas lenguas dicen que desde el Soviet de la Federación Ibera, la zarina Susana no había hecho nada por evitarlo, incluso desoyendo a los que optaban por canjearlo por Alberto Rivera, preso en los Países Catalanes. El muy honorable y nuevo conde de Barcelona, Artur Mas i Mas Artur se había negado bajo ningún concepto a liberarlo.



miércoles, 5 de octubre de 2016

Pañales


Hoy mientras esperaba mi turno en el médico, un extraño ruido rompió el silencio que siempre suele acompañar a estos locales, un desconsolado lloro de un bebé en los brazos de su solícita madre que intentaba amorosamente acallar sus vagidos.

Hace muchos años que mis vástagos dejaron la edad de llorar, por lo que el ruido me llenó de estupor y, cómo no, de añoranza.

Después, ya de camino al trabajo me crucé con dos monjas octogenarias que a duras penas se sostenían la una contra la otra, y me dio por pensar que a la postre era una manera de controlar la natalidad, en circunstancias normales se entiende, Al igual que en los países de Asia donde a los monjes budistas, se les mantiene, graciosamente, en su alimentación, pues representan otra manera de que la superpoblación no se dispare. Lo que me lleva a pensar que en el fondo la crisis de vocaciones es una mala noticia. Quién lo iba a decir.

A la espera de un apocalipsis zombie o de que China despierte y den una patada contra el suelo todos sus habitantes, no está de más que vayamos pensando en menos vagidos de los niños. No tengo ni idea cómo hemos sobrepasado los peores pronósticos realizados a finales del siglo pasado, en los que para estas fechas estaríamos sin una gota de petróleo y ni un triste grano de trigo, pero tengo claro que “esto” va a estallar en cualquier momento.

Y no será porque un virus ataque al papel, como indicaba Stalislaw Lem, más bien el virus será informático, porque de irnos al espacio a poblar las estrellas estamos todavía en pañales.

Los pañales que solicitaba esta mañana le fueran cambiados al neonato de esta mañana.


jueves, 11 de agosto de 2016

Terrores nocturnos





Me desperté chillando. No era nada nuevo, seguro que mis vecinos estaban acostumbrados a mis terrores nocturnos y a los sobresaltos que les causaba con relativa frecuencia. Es curioso, siempre que sucedían me despertaba boca abajo y con los brazos entumecidos por tenerlos  debajo del cuerpo, quizás algo tuviera que ver esta circunstancia al sentirme indefenso, sin poderme proteger o incluso luchar, pues en mis sueños era un mero espectador sin poder actuar de ninguna manera, solo sufriendo agresiones e injusticias, sobre todo lo segundo.



Por nimias que fueran sobre todo las segundas, solo podía manifestar mi disgusto y disconformidad, entonces era cuando comenzaba a hablar en sueños primero y finalmente con un exasperado chillido, ponía fin a mi sueño llenándome de alivio al poder constatar que nada en realidad había existido.



Entonces comenzaba el resto de la jornada, una jornada en la que comenzaba a arrastrar las piernas por la calle apesadumbrado, triste y con unas tremendas ganas de llorar aun sin motivo. El carácter se me agriaba y era incapaz de esbozar la más leve sonrisa. Abría la tienda y era incapaz de ser amable con los primeros clientes que osaban entrar a comprar, lo que desde luego no era bueno para el negocio.



Desde hace años regentaba una carnicería de barrio, a duras penas conseguía lograr el ganar un beneficio decente a fin de mes. La competencia con las grandes superficies era cada vez más abrumadora y solo a base de trabajar cada vez más horas y de rebuscar en el mercado mayorista una carne excelente, pero a  la vez no muy cara, conseguía mantener una parroquia fiel.



Cuando abrí el negocio, apenas recuerdo cuántos años hace ya de eso, incluso pude tener el lujo de mantener a sueldo a un ayudante, tan bien iba el negocio, pero comenzó la crisis y además el barrio se llenó de inmigrantes musulmanes que en ningún modo podrían comprar la carne que yo vendía al no cumplir con sus preceptos religiosos.



Por eso aquel día me extrañó ver dos miembros de esa comunidad que entraban en la tienda.




  • Buenos días ¿Qué les pongo?

  • No, nada, nosotros venimos hablar con ti

  • Pues ustedes dirán.

  • Nosotros queremos negocio con ti, hay mucho delincuencia en el barrio, creo que tu dar cuenta.

  • Pues sí, la verdad es que todo está fatal últimamente, con esto de la crisis hay mucha necesidad y hay muchos que han tirado por la calle del medio comenzando a delinquir.

  • Por eso nosotros ofrecemos seguridad, tu nos pagas cincuenta euros a la semana y tú no tener problemas de atracos, nosotros ser los vigilantes del barrio. Si tú tener problema dilo y nosotros solucionar.

  • Ca caramba. – Apenas pude tartamudear. – Me pillas recién abierto el negocio no tengo un duro en la caja.

  • No problemo, tú decir cuando volver.

  • Pues venid sobre las ocho y media que habré terminado.

  • Muy bien, nosotros venir luego.




Apenas se fueron comencé a maldecirme a mí y a mi perra suerte, esto sí que significaba el fin de mis sueños y tanto afán puestos en el negocio.



El resto del día lo pasé como buenamente pude, gracias al guante de malla metálica no perdí ningún apéndice, lo que es de agradecer, pues no tenía más que negros pensamientos, barruntaba problemas y eso me hacía descomponer el vientre, tuve que ir varias veces a los aseos a descargar y esto hizo que al mediodía no pudiera probar bocado. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, incluso alguna vez tuve que enjugar alguna lágrima que pugnaba por salir. Nunca creí que la película “El padrino” se hiciera realidad en Vallecas, el Nueva York de los años 20 quedaba muy lejos en tiempo y lugar, o eso creía.



Yo era más ingenuo, lo que más me asemejaba a un gánster eran Giuliano Gemma y Bud Spencer en la película que tanto me hizo reír en mi niñez: También los ángeles comen judías. Donde eran incapaces de cobrar el “impuesto de protección” gracias a su gran corazón.



Comenzaba a darme cuenta que la vida real es totalmente distinta, ya no existen los buenos corazones y los héroes justicieros son cosa de las novelas de Marvel.



Con todos estos pensamientos rondándome por la cabeza llegó la hora temida de echar el cierre y aguardar la llegada de los recaudadores y éstos no se hicieron esperar.




  • Hola, venimos por lo nuestro.

  • Vale, pero pasad a la trastienda, aquí delante de todo el mundo no es conveniente, cualquiera puede vernos a través del escaparate.

  • Nos parece muy bien.




Pasamos a través de una cortina de canutillos que había entre el mostrador y una habitación donde se hallaba la cámara frigorífica y una gran mesa de madera donde troceaba las piezas de las reses que compraba.




  • ¿Y bien, dónde está nuestro dinero?

  • Aquí, en el cajón.




No sé si fue un acto reflejo, creo que sí, desde luego no fue premeditado, pero junto a la recaudación del día tenía mi otro bien más preciado, un cuchillo comprado en Albacete al que cuidaba como la niña de mis ojos, solo apto para filetear la mejor carne para mis clientes más distinguidos.



Pues bien, así el cuchillo, y al extorsionador que tenía a la derecha de un tajo le seccioné la garganta, prácticamente llegué a las cervicales, casi no pudo ni ponerse las manos en el cuello para hacer un vano intento de taponar la herida, trastabilló dos pasos hacia atrás, se apoyó en la puerta de la cámara frigorífica y allí mismo fue resbalando suavemente hasta quedar sentado en el suelo con el pecho tinto en sangre.



Su compañero apenas podía moverse paralizado por la sorpresa y esto lo supe aprovechar, con el mismo movimiento de retracción del brazo y se lo clavé en el pecho hasta la empuñadura. Sonó igual que el rasgueo del pellejo cuando intentas descuartizar el cuarto trasero de un cerdo, pero algo que había escuchado cientos de veces, esta vez me puso los pelos de punta.



Entonces me fijé en sus ojos, unos ojos desorbitados, que denotaban sorpresa, que ni por asomo esperaban ver lo que estaba ocurriendo. Y lo que ocurría sencillamente es que la vida se le escapaba a chorros. Yo lo sentía, con cada latido, un golpe de sangre caliente me llegaba a la mano en la que empuñaba el cuchillo, cada vez más caliente, pero cada vez con menos volumen de líquido, hasta que de pronto paró. Intentó aferrarse a mí para no caer, pero me zafé de él extrayendo de paso el cuchillo, con un golpe sordo cayó boca abajo en el suelo.



En ese momento me di cuenta que mis terrores nocturnos habían terminado, jamás tendría unas pesadilla, eso quedaba para el pasado, por fin había vencido a mis temores.



La campanilla que tenía en lo alto de la puerta de entrada de la tienda rompió el silencio con su repiqueteo, a mí me pareció el mismo estruendo que hubiera hecho las campanas de la catedral de Santiago tocando a rebato. Asomé la cabeza a través de la cortina de canutillos y observé a una de mis más ancianas parroquianas.




  • ¿Estás ya cerrado, Jose Antonio?

  • Sí señora, fíjese como me pilla – la dije señalando mi mandil todo ensangrentado.-

  • Bueno, pues vengo mañana.

  • Mejor, señora Angustias, no llegue muy tarde pues mañana habrá una súper oferta de carne picada.



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