Presentación

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domingo, 14 de abril de 2013

En blanco




No podía creer en mi buena suerte, por fin un caso que si fuera capaz de resolver, me encumbraría, me pondría en el “candelabro” Sofía Mazagatos dixit, mi fama subiría como la espuma, me pondría al nivel de otros ilustres investigadores, como Hércules Poirot, Sherlock Holmes e incluso como el mismísimo Plinio de Tomelloso. Solo había que esperar que la bola de la ruleta se parara en mi casilla, ¡bingo!

En la puerta del templo, el subinspector Del Río tomaba notas y controlaba que no se colara ningún curioso.

-      ¡Caramba, inspector! Llevo un buen rato llamándole y he pasado orden a todas las patrullas que lo localizasen.

-      Efectivamente. – Contesté – ahora es relativamente complicado encontrarme.

Antes era muy fácil hacerlo, no había más que buscarme en el Búho Bizco, indefectiblemente allí me encontrarían, acodado en la barra, sentado en un taburete. Pero ¡ay de mí! Un aciago día lo encontré cerrado y nadie supo darme razón de la gente que alegraba mis momentos muertos, cuando no tenía ni un triste crimen que resolver. Puse a trabajar toda la maquinaria policial, pero no conseguí más que leves rumores sobre su destino. Se comentaba que Jota, el dueño del Búho Bizco, se había retirado con Margarita Ricchi a un pueblo próximo a Alicante, y de Lola -¡Ay mi Lola! – No se sabía nada, era como si se la hubiera tragado la tierra, como si fuera la actriz secundaria de una novela y el autor la hubiera suprimido de un plumazo. Ya había sucedido anteriormente con dos personas cercanas al Búho, el anterior dueño, Thomas Garrafón, se había esfumado de la noche a la mañana traspasando antes de partir el local a Jota. También se esfumó un albanokosovar de nombre Goran, cuyo expediente de la Interpol era de lo más enjundioso, los últimos contactos con el databan de un par de años por la zona de Marbella.

No conseguí nada más, sabía que encontrar a Jota, me daría la llave para resolver el enigma, mientras tanto arrastraba mis osamenta por bares donde después de beberme el güisqui que me vendían, deseaba de corazón tirar la placa y sacar mi arma reglamentaria y no dejar bicho vivo.

Pues bien, allí me encontraba yo, la noticia había corrido como la pólvora en los mentideros de la capital: Francisquín el hijo de la famosa tonadillera “la Trampantoja” viuda a su vez del afamado banderillero “Curro patillas de hacha”.

El lugar, la iglesia del Santo Niño del Remedio, muy cerquita de la Puerta del Sol.

-      ¿Se sabe el porqué de su presencia en el templo? Le hacía más de discotecas que de iglesias al chavea. – Pregunté a mi segundo.

-      Al parecer estaba entrenando para la procesión de Semana Santa, al parecer, con el cuerpo “pelotilla” que había echado, ya no estaba por la labor de llevar pasos grandes, y claro, al Niño del Remedio no hay que echar muchos arrestos para auparlo y pasearlo, es lo que tienen las imágenes “mini”.



-      ¡Qué curioso! Y dime ¿Cómo murió?

-      Un único disparo en la base del cráneo, hemos encontrado el casquillo. El arma, una Walter PPK calibre 7,65, como la de James Bond.

-      Y la que utilizó Hitler para suicidarse, listillo. –Apuntillé ufano.

-      No lo sabía inspector. – Reconoció bajando la mirada

-      Por eso soy inspector y tú no. En fin, salgo disparado a interrogar a la madre antes de que la prensa colapse la zona.

Esto prometía, no era un crimen del tres al cuarto, ni era un atraco que salió mal, además podría conocer a la reina de las folclóricas, ahora en horas bajas tras su “affaire” con el alcalde de Marfea, Julián Gil y Gil, un feo asunto que ha emborronado muchas páginas judiciales y de papel “couché”.

Como ya he dicho antes, el Búho Bizco se encontraba cerrado, por lo que mi ingesta de alcohol se había reducido e incluso suprimido los más de los días, por lo que era capaz de moverme por la ciudad en mi propio vehículo, mi eficaz Seat Panda de color blanco, lo que me permitía poder aparcar siempre de manera cercana a mis destinos, aunque el desplazamiento se demoraba un poco, el “reprise” era algo tardo, pero no se pueden pedir peras al olmo, digo yo.

A pesar de mi rapidez en acercarme, la zona estaba ya tomada por los periodistas, la puerta del chalet “mi calorra” era un hervidero de cámaras y micrófonos, periodistas, ya se sabe, vi pocos, casi todo era morralla.

Utilicé los codos y me abrí paso hasta la puerta flanqueada por dos agentes de uniforme que me saludaron al pasar.

Una vez dentro, la vi en el salón, descompuesta, transida de dolor, la pobre, como aquel día de Pozonegro donde perdió su primer amor.

-      Como admirador suyo antes que policía, la acompaño en su dolor.

-      ¡Ay mi pequeño del alma, con su piel de canela! Marinero de luces cruzó la bahía, huy, perdón eso era del otro.

-      La entiendo perfectamente, la ruego me disculpe, pero me hallo en la obligación de propinarla unas preguntas.

-      Propíneme usted, no se corte, pero siéntese en el sofá, disculpe que haya bolsas de basura, es que con el disgusto no he podido ir al banco.

-      ¿Sabe si su hijo tenía algún enemigo?

-      ¡Por Dios! ¿Quién podría odiarle? Era tan entrañable, tan trabajador, tan cariñoso. El otro día mismamente, me dijo: Mami, voy a trabajar en la tele, saldré media hora y cinco minutos ¡estaré de pié! Además tenía en proyecto salir en la película Torrente 56 El codo hijodeperra de la ley.

-      Una terrible pérdida sin duda alguna. Y con sus exnovias ¿Qué tal se llevaba?

-      De fábula, la mitad están colocadas en Sálvame.

-      ¿Y la otra mitad?

-      En el Sálvame de Luxe.

-      En fin aquí tiene mi tarjeta, no dude en llamarme si se le ocurre cualquier cosa (mira que me gustaba decir esta frase, que conste que es original mía)

-      Como usted diga inspector ¡Ayyyyy que pena!

Justo en aquel momento el teléfono móvil sonó, era el subinspector Del Río.

-      ¡Inspector!

-      Al aparato.

-      ¡Venga usted disparado! ¡Bombazo informativo!

-      Dispara ya, hombre de dios.

-      ¡Han asesinado a Caspillas! El portero del Mandril y de la Selección

Continuará…

viernes, 29 de marzo de 2013

Pasión


Máxima expectación, el trabajo de todo un año depende exclusivamente de la meteorolología, todas las miradas se elevan al cielo, algunos incluso musitan una plegaria rogando a su santo preferido para que las nubes cenicientas que flotan sobre la urbe, no descarguen una sola gota que puedan mancillar e impedir que la talla tan venerada por todos, pueda ser expuesta y paseada en loor de multitudes.

Una multitud se apelotonaba en los alrededores de la iglesia, todos miraban repetidamente el reloj  y el cielo, pero esta vez el cielo iba a  darles una tregua, por lo que todos iban respirando aliviados. Las madres, solícitas, componían en reparaciones de última hora, a sus retoños vestidos para la ocasión con las galas de la Congregación que iba a sacar el paso, por doquier jóvenes y no tanto, engalanados y con el capirote aun sin colocar, apuraban esos instantes mágicos antes de la procesión; algún osado incluso fumaba nervioso. Por el otro género, multitud de mujeres vestidas de negro también aguardaban de la misma manera, orgullosas de portar sus mejores galas, enhiesta la peineta sujetando vaporosas mantillas, todas mirando en derredor para sentirse observadas y admiradas.

De pronto, la expectación devino a más, un sacerdote preconciliar ensotanado, miró hacia el exterior del templo como el mismísimo alguacil de una plaza de toros y dio su aquiescencia, el acto podía comenzar, la banda de música empezó a templar los instrumentos y los esforzados portadores del paso entraron en tropel, algunos dándose un postrer apretón a su faja, todos desaparecieron en las entrañas de madera que les aguardaba y tensos esperaron la orden de marcha.

Un silencio imposible de comprender en un espacio donde tanta gente se hallaba se creó, quizás hasta los corazones se pararon así como todos aguardaban expectantes conteniendo la respiración. Un leve golpe con un martillete en una campana y al unísono se levantó la imagen y la banda principió a entonar los compases del himno patrio.

El silencio ya roto, mutó por un ensordecedor aplauso unánime, algunos exaltados incluso en un estado rayano en el éxtasis gritaba: -¡Guapa! ¡Viva la madre que te parió- El sueño y las ilusiones de todo un año se habían materializado por fin.

Como en una enorme partida de ajedrez, todas las figuras se situaron en sus escaques, en dos enormes filas, los penitentes con sus cirios encendidos, luego el paso y después las madrinas, como si cada uno en el día de su nacimiento supiera ya el lugar que tenía asignado para la eternidad. Con cortos pasos todo el conjunto se puso en marcha por el camino mil veces recorrido que todos sabían de memoria.

No transcurrió mucho tiempo hasta la primera parada, en el balcón, muy peripuesta, una de las cantantes de saetas de la localidad, se arrancó con un cante quejumbroso que a todos los creyentes, les puso la carne de gallina, algunos lloraban

Entonces actué, me acerqué a ella, mi sufrimiento iba a terminar para siempre, ya no me molestaría más, ya no penaría en el trabajo; de debajo del ropaje saqué el estilete y de un violento empujón se lo clavé por la espalda. A través del metal sentí el escalofrío que ella padeció, notaba como sus latidos expulsaban la vida a borbotones por la herida, como el aire escapaba de sus pulmones para no retornar y como poco a poco la fuerza de sus piernas la iban abandonado.

Poco a poco, como si de una película a cámara lenta, fue dejándose caer hasta el pavimento, allí quedó de rodillas.

Mientras la gente iba caminando rodeándola, incluso con admiración comentaban su pasión su devoción y su dolor.

Me alejé poco a poco de allí, con el paso marcado por la música de trompetas y tambores de la banda, pasito a pasito, con el cirio en la mano izquierda y el puñal en la derecha bajo la ropa.

¿Hay mayor impunidad que estar bajo la protección de un capirote?

 

 

Dedicado a Jesús, pues le extrañaba que no fuera capaz de asesinarla.

 


sábado, 16 de marzo de 2013

Ciento veinte minutos


No sé por qué me dio por pensar en ello, mi vida transcurría normalmente hasta la revelación, me consideraba una persona feliz, incluso descontando aquellos momentos en los que no sabía la razón por la que me embargaba una tristeza repentina, la mente es un órgano caprichoso, nunca sabes qué te va a traer, o lo que te hará pensar, los recuerdos que hará devenir, o ese impulso que te hará tomar una cierta decisión.

Tantos proyectos, tantas inquietudes, tantos compromisos, todo se agolpaba frente a mí. Y yo mientras tanto me dejaba llevar viviendo mi vida, a veces de una manera insulsa intentando dar un empuje más, una mayor intensidad, esa pizca de pimienta que me permitiera cerrar los ojos por la noche y decirme: soy feliz.

Huir de la monotonía es complicado en estos tiempos, qué diantres, y en todos los tiempos,  el ocio nos hace salir de ella, a veces para caer en otro tipo de rueda infernal de divertido aburrimiento, subir rodando la misma piedra por la montaña una y otra vez para observar desazonado como cae hacia el otro lado sin remisión.

El fin del mundo ¿el mundo tiene límite? Si lo tenía, me dispuse a encontrarlo. Eché a andar un paso tras otro, así hasta perder la cuenta, por el camino pregunté a todo el que se me cruzó, pero nadie me daba cuenta, sabios y necios todos me miraban con estupor, no se daban cuenta que me moría de sed y el agua no me podría saciar.

No recuerdo cuantos pares de botas desgasté siguiendo a la Vía Láctea, pues por ella me guiaba para no repetir camino, fue entonces cuando lo encontré y no me gustó.

¿Somos amos de títeres o simplemente somos nosotros los títeres? Miré a mi perro y me di cuenta que la mascota era yo, mucho peor, había un guión escrito y yo era un simple figurante, siquiera era el protagonista, solo tenía que ponerme en mi marca y actuar, pasar de aquí para allá para dar al conjunto una sensación de movimiento, mientras otros daban réplicas y contrarréplicas dando sentido a la actuación.

Sí, porque me di cuenta que estaba en el lado equivocado de la pantalla, al otro lado estaban los espectadores riendo, sonriendo, asombrados y a veces aplaudiendo conseguí vislumbrar que al otro lado de la luz brillante que me cegaba los ojos, un centenar de personas, sentados cómodamente en sus butacas miraban hacia mí, observaban mi vida en ciento veinte minutos.

domingo, 10 de marzo de 2013

El chico del autobús


 

No llevo mucho tiempo cogiendo esta línea de autobús, va para un año que encontré este trabajo, no me puedo quejar, aunque no lo paguen como me gustaría y aunque tenga que traerme la tartera desde casa todos los días y me toque cocinar por la noche le plato del día siguiente.

El viajar todos los días a la misma hora, hace que termine viendo todas las mañanas las mismas caras, más o menos somnolientas, como la mía; en verano aprovecho para parapetarme tras mis grandes gafas de sol y así echar una cabezada, más bien un duermevela, hasta el final de la línea donde me apeo para coger el metro, son un par de paradas más hasta mi destino, pero la verdad es que sin esta extensión de mi trayecto, podría quedarme lo menos diez minutos más en la cama.

Uno de los habituales compañeros de viaje es un hombre un poco descarado a la hora de mirarme, él no se da cuenta que tras mis gafas de sol escamoteo mis ojos y soy capaz de ver sin ser vista y me doy cuenta de las miradas que me echa. En periodo invernal, me llevo un libro del que apenas soy capaz de entender nada por culpa del sueño, pero también me sirve de atalaya para contemplar sus miradas. A veces no lo puedo evitar y enfrento mi mirada contra la suya, solo para tener el placer  de ver como su mirada huye espantada y ruborizado baja los ojos raudos buscando su libro.

Aparenta alrededor de cuarenta y tantos años, principia a perder su lucha contra la báscula y es una pena, pues tiene un rostro agradable y amigable, va siempre enganchado a unos cascos escuchando música, por lo que su tono de voz al decirme “buenos días” es muy bajo, diluido por el ambiente, aunque últimamente se quita uno de los auriculares para hacerlo.

Un buen día, una rubia de bote enfundada en un abrigo de pellejo, tan artificial como toda ella, no respetó la mínima norma deseable de urbanidad exigida a quien monta en autobús, es decir, si llegas la última, subes la última; y con una desvergüenza torera, avanzó con su contoneo hasta la puerta del autobús. Este hecho hizo sobrepasar el límite de la indignación que podía soportar y exclamé:

-          ¿Será  posible? ¡Qué morro tiene!

Tengo por cierto que el haber levantado la voz hizo que mi secreto admirador mirase, ya sin disimulo, hacia mí con agrado, se le notaba en el semblante, él mismo al pasar junto a la rubiales también la increpó con su suave voz, sí, no es que sea una voz cantarina, pero su dulce tono me encandiló, por lo que esta vez en vez de sentarme frente a él como suelo, lo hice a su lado ¿Sería capaz de entrarme y entablar conversación conmigo?

 Primera decepción, como todos los días, sacó su libro electrónico y se puso a leer, me quedé atónita ¡habrase visto! Si así se lo ponían a Fernando VII, y él es incapaz de pegar la hebra, vaya panoli, no sé a qué venía todo ese juego de miradas que se trae conmigo.

Ante tamaña desilusión, me dedicaré a sacarle faltas, que bien merecido lo tiene.

Segunda decepción, viste siempre igual, excepto por la camisa que cambia todos los días de modelo, parece llevar uniforme, los pantalones aun cuando los cambie, son siempre del mismo tono, marrón claro en verano y azul o gris en invierno, el mismo chaquetón y bufanda le acompañan dos inviernos ya y la mochila de donde saca el libro está pidiendo a gritos urgente renovación.

Tercera decepción, no tiene culo ¿pero dónde lo ha metido? Me gustan los hombres tipo Mario Casas con un culito redondito que dan ganas de pellizcarlo y que me lleve  en un barco velero al fin del mundo, para, para que me voy por las nubes, en fin volvamos a lo terreno, porque al fin y al cabo, este buen mozo tiene una naricilla de lo más curiosa, es cuasi perfecta, una pirámide en medio de la cara soportando muy bien sus antiparras.

En fin, no me molestaré más, a ver si llega pronto el verano para pasarme el trayecto con mis ojos ocultos tras las gafas dormitando ¡él se lo pierde!
 
 

domingo, 3 de marzo de 2013

La chica del autobús

Es difícil precisar cuándo empezó todo, tras varios años de tomar siempre el mismo autobús a la misma hora ¿cómo saber cuál fue el primer día que la vi? Lo que sé es que llego inevitablemente a las 07,40 y ella lo hace a las 07,44 y el autobús lo hace a las 07,47 y si alguien se retrasa suele ser el autobús, así día tras día y mes tras mes.

Nunca pensé en que oiría su voz pues cuando llega ella siempre llevo los auriculares puestos escuchando música de los años setenta por lo que tanto los “buenos días” que lanzo como los “buenos días” que recibo quedan evaporados en el limbo de la mañana y  nunca llegaron a mis oídos, tampoco me hacía ilusiones sobre el tono de su voz todavía no había llegado a ese grado de interés hacia su persona.

Todo hubiera quedado así si no hubiera sido por esa rubia que después de llegar la última a la parada, se plantó la primera a picar el abono transporte, como el linchamiento incruento o meternos en manada contra una persona que ha hecho algo mal es un deporte realmente excitante, ambos participamos de buen gusto,  para esto me quité los auriculares por si la rubia contestaba a nuestras saetas, pero no, se hizo con la capa de invisibilidad de Harry Potter y solo me quedó el consuelo de escuchar la voz de mi perpetua vecina de autobús:

-          ¡Qué morro tiene!

Primera decepción, una voz ronca y poco femenina salió de su garganta - ¿Qué esperabas? – ¡Serás bobo! Una voz acariciadora me imaginaba que tendría, como la dobladora al español de Rita Hayworth (dios mío, vaya apellido, lo he tenido que buscar en san Google) o la de Ava Gardner si es que no es la misma persona, pero en fin, hoy en día ¿quién se enamora de una voz? Y no iba a ser yo el primero ¡faltaría más!

Segunda decepción, lleva aparato, bueno eso dice mucho de ella, es inconformista, perfeccionista y le gusta sonreír a pesar de todo, no sé si el llevar aparato bucal lleva incorporada alguna virtud más que se me escape, al fin y al cabo solo es un amor platónico, no he pensado ni por lo más mínimo en besarla y menos con esos alambres entre los dientes que más bien parece Hannibal Lecter de paseo en su carretilla ¿habré exagerado un poco?

Tercera decepción, es culibaja, sé que queda feo decirlo pero es así, no puedo remediarlo, me gustan los culos femeninos empinados y que embutidos en unos vaqueros, llenen el recipiente en toda su amplitud, ella no lleva vaqueros, pero estoy seguro que se quedaría a medias dándoles volumen, no es que lleguen a la altura o más bien la bajura de la matrícula de un biscuter, pero no son hermosos.

Cuarta decepción, es incapaz de darme conversación, sí, ya sé que no ayuda mucho que abra mi libro electrónico y me imbuya en la lectura ¡Caramba! Ni son las sombras de Grey (¡dios me libre!) ni el collar del neandertal de Arsuaga, soy educado y si me hablan contesto y si quieren entablar conversación, la entablo de mil amores, en vez de eso, sacó un libro de esos “de papel” forradas las pastas, por lo que mi curiosidad sobre qué libro prestaba su atención, quedó insatisfecha. Solo he forrado un libro en mi vida: el libro de acceso a la UNED, más que nada porque tenía idea de venderlo al año siguiente, cosa que no hice.

¿Más decepciones? Seguro que sí, pero no vamos a hacer más sangre del árbol caído, en el fondo me da pena, pobrecilla, seguro que es una desgraciada en su vida, trabaja doce horas para mantener a un marido vago, alcohólico y del madrid, y  que en la tartera que porta en la bolsa lleva un par de piedras por el qué dirán de sus chismosas compañeras de trabajo, no se vayan a pensar que su miseria la lleva a esos extremos como el de prostituirse en una esquina de Carretas.

Creo que a partir de ahora la miraré con otros ojos, dándome cuenta que lo mejor es que la siga ignorando, seguiré atento a Simón y Garfunkel y a la lectura de los libros descargados de forma irregular y sin pagar derechos de autor, editor, librero y recepcionista de la editorial, que uno tampoco es perfecto si te pones a pensar, aunque tenga a bien tener el don de una nariz perfecta.



domingo, 10 de febrero de 2013

Gorrioncito


Estuve hace cuatro años en Roma (cuatro años ya) y me pareció la ciudad más triste del mundo por un simple motivo, no tiene gorriones, no los tiene, si tenéis la suerte de poder visitar la Ciudad Eterna no los busquéis pues no los encontraréis, hallaréis palomas y cuervos pero no “passerotti”.
Gorrioncito qué melancolía, en tus ojos muere el día ya” que cantaba Sandro Giacobbe, está claro que el bueno de Sandro no es romano, yo como madrileño aprecio en su buena medida el valor de una ciudad con gorriones, y es que lejos de apreciar el canto de un gallo como despertador, prefiero que el alboroto que suelen armar mis amigos cuando las primera luces del día apuntan, sea el aviso de una nueva jornada y si es festiva, mejor.
En Lanzarote, alrededor de la piscina, pude disfrutar de sus rapiñas hacia las más lentas palomas del lugar, casi conseguí que me conocieran pues el emparedado de la mañana se lo desmigaba a las doce con gran revuelo y alborozo de su parte.
¿Más historias de gorriones? Tendría que mirar mi archivo  fotográfico, rara es la ciudad donde voy que no aprovecho para fotografiarles, Segovia, Gibraltar, Aberdeen, Edimburgo, Algeciras y muchos lugares más, en todos ellos posaron para mí.
Desde hace algunos años estoy preocupado, ya no me despiertan los gorriones de mi calle, los he dejado de sentir, no solo por la mañana, sino en todo el día, raro es el momento que sobrevuelan frente a mi ventana, está claro que ya no hacen nidos en los árboles de mi calle, pues ya no veo en primavera gurriatos precoces en abandonar el nido, a los que hay que poner a buen recaudo de los gatos, aupándolos de nuevo en las ramas de las moreras. También leí la noticia: según la Sociedad Española de Ornitología, es cierto, nos vamos quedando poco a poco, inexorablemente sin gorriones y otras avecicas, el uso de pesticidas y la caza incontrolada en el campo, va reduciendo poco a poco su número.
Como seguramente a nuestros gobernantes les importa un bledo que haya o no gorriones, en pocos años nos veremos abocados a ver como se “romanizan” nuestras ciudades y es una lástima, no será el pájaro más bello ni el que mejor cante, pero que nadie me diga que no es el más simpático.
Los británicos tienen infinidad de defectos (si queréis abro una lista) pero nos llevan siglos de ventaja en el amor a los animales (si, a pesar de la caza del zorro) por lo que en mi último viaje a Escocia me he permitido emularles, me he comprado este sencillo comedero para echarles una mano a los sufridos gorrioncitos de mi barrio, a pesar que ellos ensucien la ropa que mi mujer pone a tender, nadie dijo que no fueran desagradecidos.


lunes, 28 de enero de 2013

Tiempo atrás


A mi alrededor el equipo de la policía científica, fotografiaba, medía y tomaba muestras del escenario del crimen, pero prácticamente no me daba cuenta de ello, me encontraba en el invernadero de lo que fue la antigua estación de Atocha, con la vista fija en ella y en el charco de sangre que había salido de su cabeza, formando una grotesca figura redondeada, por su forma parecía uno de aquellos animales fantásticos que de niños intentábamos adivinar mirando las nubes; entonces éramos felices y nos tumbábamos en la hierba del prado junto al rio Lozoya en aquél remanso donde solíamos bañarnos, allí fuimos felices jugando a amarnos, pues con esa edad todo eran juegos inocentes, evocándolo ahora no pude por menos que enjugarme una rebelde lágrima.

El comisario Bermudez encargado de ese distrito me palmeó la espalda:

-         Hombre Gracia, siempre en el lugar exacto solucionando todos los crímenes importantes, todavía no me explico cómo lo haces ¿conocías a la asesina? Me consta que la última llamada la hizo a tu móvil.

-         ¿Que si la conocía?

 

-         Te conozco y sé que no vas a ser capaz de apretar el gatillo.

 

-         Ha pasado mucho tiempo, creo que ya no me conoces lo suficiente.

 

-         También tienes razón, pero para mí es más fácil conversar si apartas la pistola de tu cabeza.

 

-         No, tu fama te precede, no de daré esa ventaja.

 

-         Si tan solo supiera el porqué ¿qué te ha ocurrido, tan mal se ha portado la vida contigo?

 

-         Tú no sabes lo que he padecido, el infierno en que se convirtió mi vida, noche tras noche deseando la muerte, pero había algo que me decía que debía ser fuerte, que todo podía mejorar, que él se daría cuenta y cambiaría ¿tú sabes lo que es que den treinta cintarazos? Al día siguiente te tienes que quedar en la cama, pues te duele hasta respirar.

 

-         Todo eso se podía solucionar ¿por qué no le denunciaste? Me podías haber llamado y lo hubiera solucionado.

 

-         El propio miedo que le tenía me atenazaba, incluso me hacía darle la razón, pensaba: soy mala y yo tengo la culpa, me encontraba prisionera de mis miedos, él además era todo un capitán de la guardia civil ¿quién me iba a creer?

 

Nos quedamos en silencio mirándonos, y era incapaz de exponer más argumentos para evitar que además de homicida, se convirtiera en suicida, no están la puertas del cielo como para ir acumulando pecados.

-         ¿Y cómo te pudiste unir a ese monstruo? – sólo pude argüir.

-         Es raro que me preguntes tú precisamente eso, te estuve esperando, esperé una llamada, una carta, alguna nueva de tu parte, pero solo recibí el silencio más absoluto, después de aquellos maravillosos días pasados juntos cuando estabas de permiso del servicio militar, todos esos planes que pergeñamos juntos, toda una vida frente a nosotros, tú con la anuencia de mi padre, entrarías en la guardia civil y estábamos seguros que medrarías rápido, fíjate, si lo has hecho tú solo en la policía, qué no hubieras sido capaz con mi ayuda. En vez de eso, tuve que tapar tu ausencia con este pobre hombre, de buena familia y pésimas intenciones ¿por qué no me escribiste? Tantas esperanzas, tantas ilusiones creadas para nada, sueños rotos día tras día esperando al cartero, abriendo el buzón para esperar la nada, el vacío como mi corazón. Varias veces estuve tentada de coger el tren desde esta misma estación, aquel mismo tren que nos separó para siempre y viajar a aquella remota provincia donde hacías la mili ¿pero dónde buscar? ¿en qué cuartel? No me veía con fuerzas de ir de cuartel en cuartel esperando la hora de paseo como si fuera una buscona ¡Dios qué dolor¡

La dejé desahogarse en su soliloquio, las lágrimas hasta ahora ausentes, comenzaron a manar de sus bellos ojos, ahora que lo pienso, es la primera vez que la veo llorar, nunca estando juntos ocurrió algo que la pusiera en esa tesitura, todo fueron momentos dichosos ¿pero cómo decirla que un maldito número nos separó? Nunca dejé de arrepentirme de haber sido tan estúpido como para haber olvidado el número de tu casa y en el sobre donde te enviaba mi corazón, haber puesto el número doce en vez del trece que era el de tu portal, es cierto, el trece da mala suerte ¿cómo decírtelo ahora? Imposible. Mi mutismo te condenó, pues supe al mirarte a los ojos que en ese instante ibas a apretar el gatillo.

 

La mañana en el Búho Bizco transcurría con exquisita placidez, acompañada por mi búsqueda del fondo del vaso donde de vez en cuando Lola me surtía de güisqui y yo me empeñaba en volverlo a vaciar, esta vez acompañado del son acompasado que provocaba ella al hojear cada poco las páginas del periódico de la mañana.

-         ¿Qué horóscopo tiene usted, inspector?

-         No sé, alguno que tenga cuernos y mala leche.

-         O sea capricornio, a ver que dice: Hoy descubrirás nuevos alicientes amorosos y debes disfrutarlos porque la vida te los regala, no para cuestionarlos, sino para vivirlos. Número de la suerte: 13

-         Lamento disentir, pero el trece nunca será el número de la suerte para mí, no sé como pierdes el tiempo con la astrología, qué se puede esperar de un sistema que sitúa a la tierra como el centro del universo. ¡Vaya! Hablando de mala suerte, por allí viene el subinspector Del Rio, toquemos madera ante el pájaro de mal agüero.

-         ¡A sus ordenes inspector! Traigo un despacho urgente de comisaría, un asunto muy feo que requiere de su inmediata atención.

-         A ver ¿qué ocurre? No, espera, mejor lo adivino, hoy toca un crimen pasional.

-         Pu, pu, pues no sé cómo lo hace usted para acertar siempre – Balbuceó el subinspector. – Pero el Comisario está que echa chispas, pues al parecer el muerto es nada menos que un capitán de la guardia civil.

-         ¡Toma! ¿Y sabemos algo del que le dio el pasaporte al capitán de la benemérita?

-         Si, presuntamente es su mujer, atiende a las siglas M.S.S. aquí tiene el informe.

Al leer su nombre en el atestado, mi mente se nubló, después de tantos años volvía a tener noticias de ella y maldita sea mi estampa, en qué terribles circunstancias nuestros caminos se volvían a juntar, el destino siempre es cruel.

-         ¿Se sabe dónde está?

-         Negativo jefe, tanto nosotros como los picoletos estamos en pié de guerra pero todavía sin resultados.

-         Avisa a todo el mundo para que suspendan la búsqueda, sé dónde encontrarla. Y tú, acerca el coche patrulla y llévame a la estación de Atocha.





Por cierto ¿aun no sabes qué comprar para el día de san Valentín? pues no lo dudes, hazme caso y compra el libro de nuestro amigo José Antonio del Pozo, triunfarás conseguirás que tu amado/a se rinda a tus pies, deja ya de leer las cochinadas de Grey y ponte en contacto aquí con él.




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
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