domingo, 14 de junio de 2020

El primer día


Es curioso, pero me marcó más el primer día en el cuartel de Algeciras y su viaje, que el primer día realmente de militar, cuando fui al CIR de Obejo, en Córdoba.

Quizás porque ya sabía por mis amigos de mayor edad y que ya habían tenido la experiencia militar, que el CIR era para pasarlo lo más rápidamente posible, no hacer amistades, pues el sorteo posterior para darte destino, siempre será caprichoso e inexorablemente te separará de aquél con quien hayas congeniado.

Total al CIR fui en autocar como si de una excursión se tratara y una vez dentro de las instalaciones, todo fue una carrera continua de filiaciones, tallaje, reconocimiento médico, vacunas, retirada de ropa y atalajes y colocación en la camareta de la Compañía, en la que durante los próximos cuarenta y cinco días sería mi nuevo hogar.

Lo de contar con la experiencia ajena de mis amigos del barrio, fue muy importante a la hora de sobrevivir esos días. Sabía que fumando como yo hacía tabaco rubio, sería muy oneroso para mi bolsillo, por lo que en un bolsillo tenía tabaco rubio del que fumaba y en el otro bolsillo, llevaba tabaco negro que era el que me servía para pagar las tasas que nos imponían a los reclutas, los veteranos del lugar, esos pobres diablos que pasarían toda la mili en el CIR viendo pasar cada cuarenta y cinco días a los pelusos que tendrían a su cargo, para instruirlos en el más básico nivel militar.

De repente llegaba el día en que consideraban que ya sabías cómo atarte los cordones de las botas, para qué lado disparaba el CETME y eras capaz de desfilar sin tropezar demasiado. Entonces  montaban una gran fiesta a la que invitaban a tus padres a asistir y te hacían desfilar con el uniforme de calle.  Tus padres intentaban en vano distinguir cuál de esas cabezas era la de su hijo, mientras los hijos intentaban en vano divisar en aquél maremágnum a sus padres, mientras imaginas a tu madre soltando una lagrimita. Y cuando vuelves a la Compañía te dan los papeles para un permiso de quince días y el nuevo destino: Algeciras, Compañía de policía militar número 25.

Bueno, me dije, podía haber sido peor, más lejos está Ceuta, Melilla y las Canarias. O sea que por poco no me fui al fin del mundo, o eso creía, vana ilusión.

Los quince días, como el tiempo en la juventud, pasaron volando. El decimosexto día me encontré en la vieja estación de Atocha, flanqueado por mis padres buscando un hueco para poder subirme al tren que partía para Algeciras. ¡Caramba! Me dije, debe de haber una guerra por allí. La razón era sencilla, todo me recordaba a las películas que había visto sobre las guerras modernas, un andén abarrotado de soldados, muchos de ellos asomados a las ventanillas del tren despidiéndose de sus allegados y muchos padres atribulados contemplándolos.

Dos besos apresurados a mis padres y la orden de que no formaran parte del espectáculo de padres expectantes y una subida apresurada al tren para que nadie pudiera observar las lágrimas que pugnaban por salir y que me costaba reprimir.

Vagón de segunda clase, nunca había viajado en tren largas distancias, por lo que no sabía que un vagón de  la RENFE al principio (y al final) de los años ochenta del pasado siglo, era algo que a los afamados torturadores chinos se les había escapado contemplar y más, si dentro de mi ignorancia, había que pasar toda la noche y parte de la mañana siguiente en él.

Pero allí ocurrió una buena cosa para variar, conocí a José Luis. Era de mi remplazo y casualmente también tenía como destino Algeciras y la policía militar. José Luis era de las pocas almas puras que por entonces quedaban por el mundo, quizás me puede escribir tan bien de él el saber que está muerto. Falleció varios años después en Montejo de la Sierra, su pueblo natal, intentando apagar un incendio forestal como se hacía por entonces en el campo, las campanas de la iglesia tocan a rebato y todos los vecinos se presentan con picos y palas para atajar el incendio. Como solía pasar en muchos casos, estos bomberos voluntarios y aficionados, eran proclives a accidentes graves cuando las condiciones ambientales variaban y un golpe de viento podía hacer que un remolino de llamas te rodeara.

Mientras el cansancio no nos venció, estuvimos contándonos nuestras vidas, él trabajaba en Madrid en el Corte Inglés y sus padres trabajaban en el pueblo como ganaderos. La proximidad del pueblo de mis abuelos al suyo, hizo que nuestro tema de conversación fuera inacabable. Sí, porque el descansar era imposible, allí en aquél compartimento donde estábamos ocho personas, descansar era imposible, no podías estar nada más que sentado y con la espalda recta soportando los terribles traqueteos que te iban moliendo el cuerpo.

En medio de la noche una larga parada nos anunciaba la llegada a Córdoba, no me lo podía creer, apenas habíamos recorrido la mitad del camino, creí morir. Ya casi de madrugada una nueva parada: Bobadilla, no tenía ni idea de dónde estábamos, mi Geografía aprendida no daba para tanto. En Bobadilla siempre ocurría un hecho curioso: desde Atocha el convoy salía tirado por una locomotora eléctrica, pero en Bobadilla se terminaba el tendido eléctrico, por lo que había una larga parada mientras cambiaban la locomotora por otra diésel. Durante los próximos años padecí (y todos los viajeros) ese estúpido desorden estructural, this is Spain.

El resto del camino, una vez que hubo luz para contemplarlo, el paisaje fue algo excepcional. El tren atravesaba las serranías de Ronda y de Grazalema, tan diferente de los campos de viñas y olivos del principio del periplo.
San Roque, desbandada casi general. Luego supe que tanto San Roque como en la Línea estaban plagadas de cuarteles, nunca supe si era para algún día invadir a los pobres habitantes del Peñón o por miedo de que estos nos invadiesen.

Cuatro secarrales más adelante llegamos por fin a nuestro destino, la vieja estación de Algeciras nos abrió sus puertas. Humedad y luz, no se me olvida, allí mismo este nuevo clima me dejó algo trastornado. Hasta entonces no había viajado mucho, no estaba entre mis aficiones ni había tenido ninguna necesidad de ello. Un viaje a Orense para la boda de mi tío, los inevitables viajes a Calatayud para ver a la familia de mi padre y el viaje a Valencia que hice con un amigo en el permiso de jura de bandera, todo esto era mi bagaje viajero.

El viaje a Valencia como dije, lo hice en el  permiso de jura de bandera, me obsesionó la idea de no tener que agradecer a la milicia el conocer el mar. Así que al día siguiente de llegar a casa cogí por banda a mi amigo Javier y mi querido Seat 127 y nos fuimos a Valencia, más concretamente al camping del Saler. Montamos la tienda de campaña y me fui a ver el gran azul. Efectivamente, era grande y salado, lo pude comprobar in situ, metía la mano en el agua y la chupé, inmediatamente escupí.

Volviendo a la estación de Algeciras, José Luis y yo nos encontramos como el aviador del Principito: Estaba realmente más perdido que un náufrago sobre una balsa en medio del océano.

A pesar de todo había dos cosas que marcaban la diferencia: éramos soldados y estábamos de uniforme. A la salida de la estación, recuerdo que había un pequeño aparcamiento y allí se encontraban varios Jeeps (vaya, luego me enteré que la variante para la exportación se llamaba Willys) y a su alrededor pululaban varios soldados de la policía militar. Estos son de los nuestros, me dije. Y me dirigí al que parecía que daba las órdenes, un cabo primero que en aquél momento, más que gritar, ladraba las órdenes.

- A sus órdenes mi primero, mi compañero y yo estamos destinados a la policía militar.
-  Muy bien, poneros allí junto a aquél Willy.

En aquél momento me di cuenta de varias cosas, el cabo primero y todos los miembros que por allí pululaban de la patrulla, llevaban guantes blancos de desfile y pañuelo al cuello. Esto les hacía tener buena planta a juego con el casco y las trinchas blancas. Yo, sin llegar a ser como Goering, desde siempre me gustaron los bellos uniformes y el de “granito” o de paseo que llevaba el ejército español por entonces me parecía espantoso, no habíamos evolucionado nada desde Alfredo Landa y su “recluta con niño”. Otra cosa fue que aquél cabo primero, luego se convertiría en mi compañero de camareta cuando yo a mi vez me convertí en cabo primero.

Al cabo, cuando todo el trasiego de soldados se solucionó, montamos en el willys y nos llevaron al cuartel. Aquí tengo que hacer un alto para explicar un poco cómo estaba el ejército español en los años ochenta, intentaré que no sea una tesis doctoral. Pues bien, el país estaba dividido en Regiones militares, pero al parecer las había de primera y de segunda división y dentro de estas había cuarteles y algo parecido a cuarteles.

El cuartel general del Regimiento mixto de Artillería número 5 (RAMIX5) donde estaba situada la compañía de policía militar era algo que puedes imaginar encontrar en una película del Oeste, un lugar donde los buenos, o sea los yanquis van a atacar a los malos, o sea los mejicanos. Un edificio viejo, blanco por incontables manos de cal y con un aire de fortaleza medieval. Cuando vi a los centinelas me di cuenta que el tiempo no había pasado por allí, llevaban todavía los mosquetones de la guerra civil, claro que mis compañeros todavía portaban el subfusil Z-45 donde el 45 indicaba el año de comienzo de fabricación, una variante local del subfusil alemán que podemos ver en las películas de la Segunda Guerra Mundial.

Tuvimos suerte, justo llegamos a la hora de comer. Tengo que confesar que en el CIR nunca fui al comedor, sencillamente me daba asco el olor de las cocinas y no fui capaz de comer en la típica bandeja con varios huecos donde te ponían la comida. Pues allí era peor, también olía muy mal y la comida era grasienta y de mal sabor.

En la que iba a ser nuestra compañía por el año siguiente (en mi caso tres años) nuevas carreras, filiaciones, reparto de mantas y equipo con el consiguiente fielato en forma de tabaco, aunque luego nos embromaron a todos los novatos haciéndonos pasar por una ficticia oficina donde nos sacaron dinero para luego todos juntos tomar unos litros de calimocho.
Era muy tarde, ya habían tocado Silencio y oscurecido el cuartel cuando conseguí acostarme en mi catre. Estaba derrengado después de una noche sin dormir y un día cargado de emociones, cerré los ojos pensando en qué me depararía el destino en los próximos meses, cómo sería mi vida y deseando volver a Madrid, a mi ambiente.

Hasta entonces la experiencia no había sido mala, ingenuo pensaba que a la postre todo el mundo estaba allí como yo, para pasar el año de servicio lo más rápida y cómodamente. Luego te das cuenta de que todo no es enteramente así, encontraría gente maravillosa pero también perfectos hijos de la gran puta, encontraría mandos militares muy profesionales y  también perfectos inútiles que en la vida civil estarían pasando hambre, casualmente estos últimos luciendo la insignia del camello, pero se me estaban cerrando los ojos y ya era incapaz de pensar más.



Dedicado a mis amigos José Luis de Horcajo, Sema Estévez y a todas las buenas personas que encontré allí.




jueves, 7 de mayo de 2020

Mirada torva


Había hecho mucho calor todo el día, lo corriente en la provincia de Sevilla cualquier día de julio, pero al parecer esto había molestado a alguien en las alturas. Una enorme nube de condensación se iba formando  y cada momento, según iba creciendo, su color iba tornándose más oscuro.

El aire acondicionado de mi coche no daba más de sí, por los conductos de salida apenas salía un aire tibio y todavía me quedaban dos horas para llegar a mi destino. Un fuerte viento lateral comenzó a sacudir mi coche según me iba acercando a la tormenta y a la oscuridad.

Poco a poco la lluvia comenzó a caer, al principio pequeñas gotas, pero estas solo eran un anticipo de lo que estaba por llegar. Gruesos goterones comenzaron a machacar el parabrisas sin conmiseración, cada segundo que pasaba con mayor cantidad y virulencia. El limpia apenas era capaz de dejarme vislumbrar la carretera. Encendí los faros coincidiendo con el fogonazo de un rayo, lo que me hizo sobresaltarme. El poco tiempo transcurrido entre el rayo y su correspondiente trueno, me indicó que me encontraba en el centro de la nube y que estaba justo en lo peor.

Aminoré todo lo que pude la velocidad para poder hacerme con el manejo del vehículo con toda seguridad, puesto que apenas había visibilidad alguna y el firme estaba totalmente anegado. Pocos metros más adelante, en el arcén derecho se encontraba otro vehículo con las luces de emergencia puestas y junto a él, una mujer me hacía violentos aspavientos con los brazos para llamar mi atención. Pensando que había sucedido una desgracia, me detuve unos metros más adelante. No hizo falta que me bajase, la mujer se acercó a la ventanilla gritando para superar el ruido del temporal:

    - ¡Por favor, ayúdeme!

    - ¿Qué le ocurre?

    - Mi coche, se ha averiado.

    - ¿Quiere que avise a emergencias?

    - No, ya lo hice yo, por favor ábrame la puerta.

Esa respuesta me envaró, llevo muchos años en la carretera y son muchas las ocasiones que en casos muy parecidos a este el “buen samaritano” es sorprendido por un cómplice de la supuesta víctima para desvalijarlo.

Miré a ambos lados de mi coche intentando ver si había alguna persona agazapada en los alrededores, pero apenas veía más que los cristales empañados chorreando cascadas de agua. Nerviosamente apreté el botón de desbloqueo de las puertas, lo que hizo que la mujer se introdujera en el habitáculo.

Ella se encontraba chorreando agua, los pelos se le pegaban a la cara impidiéndome en un primer momento contemplar su rostro. Enseguida ella los apartó como pudo con sus dedos, pudiendo entonces ver que se trataba de una mujer de entre treinta y cuarenta años. Nunca se me ha dado bien valorar la edad de las personas, pero creo que en esta ocasión no me equivocaba. Llevaba unos vaqueros ensombrecidos por la humedad y una camisa totalmente pegada al cuerpo, que al mojarse se había pegado a su torso como una segunda piel, mostrando los encajes y dibujos de su sujetador.

Cuando terminó de componerse, me miró a la cara y entonó en modo de súplica:

    - Necesito que me hagas un favor, te lo ruego, me tienes que llevar a una dirección no muy lejos de aquí, te pagaré lo que me pidas.

    - Pero…

    - De verdad, es muy importante para mí.

    - Pero tu coche…

    - Ya he avisado a una grúa, no hay problema, en un rato vienen y se llevan el coche, pero necesito que me lleves a un sitio, tengo una cita importantísima.

    - La verdad es que…

    - No te lo pediría si no fuera tan importante para mí.

Francamente me estaba hartando de que no me dejara terminar mis frases. Pero con sus últimas palabras, dudo si lo hizo inconscientemente, se estiró la camisa separándola de su cuerpo mojado, dejando apreciar unas hermosas ondulaciones.

No sé si fue por la bella visión de su anatomía o por mi espíritu de caballero andante por lo que accedí, todavía no las tenía todas conmigo sobre en qué clase de aventura me estaba metiendo. No tenía ninguna prisa por llegar a mi destino, un triste hotel en un pequeño pueblo, donde haría noche para seguir con mi labor comercial por el resto de la provincia de Sevilla.

    - Vale, ¿por dónde vamos?

    - Ay, muchas gracias de verdad, eres un cielo. Sigue por esta misma carretera, yo te iré guiando.

Me incorporé de nuevo a la calzada con toda precaución y continuamos varios kilómetros por la misma autovía, hasta que me indicó una salida, no pude ver el pueblo de destino, la densa lluvia me impidió ver el contenido del cartel. Circulábamos por una carretera comarcal atravesando campos de labor. Ella cogió el teléfono y discutía con el destinatario de la llamada intentando hacerle comprender el motivo de su retraso.

La noche se iba echando encima rápidamente, pero afortunadamente caía ya una lluvia fina por lo que reduje la velocidad de los limpiaparabrisas. Ella terminó su llamada y fijó su atención en mí.

    - No nos hemos presentado, me llamo Perla.

    - Qué casualidad, yo tuve una perra que se llamaba así.

No sé por qué dije esa mentira, la verdad es que lo dije con socarronería, nunca había tenido una perra llamada así, aún más nunca tuve perras, solo miembros masculinos de la familia de los cánidos. Creo que fue más bien porque me chocaba que alguien se pudiera llamar así, bajo mi punto de vista, Perla era más bien el nombre de alguien de la farándula o el nombre de guerra de una prostituta y no estaba muy seguro de a cuál de los dos mundos pertenecía mi pasajera.

Ella al parecer no se lo tomó a mal y siguió hablando.

    - Ah, ¿sí? y ¿cuál es tu nombre?

   - Jose Antonio.

   - Pues yo tuve un hámster que se llamaba así. ¿A qué te dedicas?

   -  Soy viajante de comercio, represento a una empresa de ascensores. ¿A qué te dedicas tú?

   - Soy abogada, estoy en un despacho en Sevilla, estamos especializados en herencias, no es un mundo muy apasionante que digamos, pero el sueldo y las comisiones están pero que muy bien.

La hora siguiente la pasamos conversando muy amigablemente, una vez roto el hielo, Perla, pues así me juró que era su auténtico nombre, se reveló como una excelente conversadora, unido a mi condición de vendedor, lo que hacía que a mí tampoco me faltasen buenos temas de conversación, hizo que el tiempo se pasase volando y nos conociéramos un poco. Ella estaba realmente agradecida con el favor que la había hecho y notaba que algo la rondaba por la cabeza.

   - Mira, estamos casi llegando, no sé si dejar que me acompañes. Si vienes conmigo ten en cuenta que vamos a un lugar muy especial.

     - ¿Como cuánto de especial?

   - Muy, muy especial. Tiene unas normas muy estrictas, tienes que prometerme que las vas a cumplir a rajatabla, si en algún momento te ves incómodo, te marchas en silencio y aquí no ha pasado nada.

      - Caramba, cuanta intriga.

     - No te lo tomes a chacota, allí dentro hay gente muy importante.

    - No será una secta? – Dije amoscado.

    - No, no te preocupes no es nada religioso, solamente es un club algo especial.

Apenas pudimos ya charlar más, ella me indicó que aminorara la marcha y a lo lejos vi el portón como tantos otros que se ven en Andalucía, indicando la entrada a un cortijo. Me desvié como ella me había indicado y tomamos un camino de gravilla que se perdía entre campos de trigo.

Un último relámpago me mostró la silueta del cortijo donde terminaba la carretera, aparqué en un lateral del mismo en un lugar habilitado para ello. Según descendimos del coche, dos porteros con grandes paraguas salieron a recibirnos para acompañarnos al interior. Un portal rústico daba acceso a una entrada donde mi acompañante enseñó una credencial y explicó que yo era un invitado excepcional. El portero asintió con un leve gesto y me dejó pasar, no sin antes entregarme una tarjeta magnética sin estampación alguna, toda ella de color blanco.

Perla me condujo a una estancia lateral donde colegí enseguida que se trataba de un vestuario y allí, frente a dos taquillas vacías ella comenzó a desvestirse sin mostrar pudor alguno. No me quedé atrás aun cuando era incapaz de dejar de contemplar cómo lo hacia ella. Sin duda era muy hermosa, más de lo que sus ropas mojadas dejaban entrever, su piel será tersa y firme con las redondeces justas para mi gusto. No tenía tatuaje alguno, lo que hizo merecer mi postrera aprobación.

Al caer su última prenda de ropa, ella abrió la taquilla y sacó un albornoz blanco, lo que me hurtó seguir disfrutando de la visión de su bello cuerpo. Prácticamente a la par que ella terminé de desvestirme y también me enfundé la bata. Ella me tomó de la mano y la seguí mansamente.

Creo que realmente me llevó al infierno de Dante y cada sala era un anillo. Todo el lujo y la ostentación se encontraban en las salas, todas llenas de pecadores y todas llenas de objetos para pecar. Había una sala con todos los artilugios para jugar: ruleta, mesa de bacarrá, dados, póker, etc. Otra sala llena de artilugios de tortura sadomasoquista, que bien podía parecer un viaje hacia atrás en el tiempo al Toledo del tiempo de la Inquisición. Una sala con participantes en un remedo de misa negra, otra mucho más terrorífica con participantes en sesiones de necrofilia lo que me provocó retirar rápidamente la mirada de ellos mientras me acometían violentas arcadas.

Me reservo la narración de las demás salas que tuvimos que atravesar, creo que lo más conveniente hubiera sido crear un pasillo y cerrar con puertas esos pozos de verdadera maldad, de la conducta más infame e ignominiosa que la mente humana hubiera podido imaginar.

En fin, parecía que lo más abyecto de la sociedad tenía su acomodo allí y lo que era peor, todavía no sabía en qué sala me acomodaría Perla, realmente cualquier atisbo de curiosidad se había esfumado por mi parte y francamente, lo único que deseaba era salir de allí y encontrarme lejos de aquél lugar.

Pero al parecer lo que realmente me aguardaba era mejor que lo que temía, me terminó arrastrando a una cabina con doseles y un diván con varios almohadones. En una pequeña mesa adjunta se encontraban varias botellas de distintos licores, junto a unos vasos y una cubitera con trozos de hielo.

Nos acomodamos y ella literalmente se abalanzó sobre mí. Me comenzó a besar con auténtica pasión, como solo una mujer enamorada es capaz de hacer, lo que me hizo enrojecer hasta las raíces del cabello. No solo manejaba bien la lengua, la mano no se le daba mal, sus caricias iban cada vez subiendo de tono mientras cada vez iban bajando más sobre mi anatomía.

Yo intentaba no quedarme atrás intentando manejarme diestramente en las caricias en justa reciprocidad, su piel suave y templada me enervaba cada vez más.

Parecía que aquello iba a durar un siglo, no teníamos ninguna prisa, me encontraba flotando. De vez en cuando parábamos lo suficiente para tomar aire y beber una copa de licor. Yo apenas unos chupitos, al fin y al cabo tendía que conducir, ella en mucha más cantidad que yo, realmente casi de forma compulsiva, llenaba el vaso y de golpe lo echaba al coleto casi con violencia.

Creo que algo se comenzó a fundir en su interior, movía la cabeza como una poseída al compás de mis caricias agitando con fuerza sus cabellos. Tenía la lengua trabada y ya no conseguía entender lo que iba diciendo cada vez más fuerte, hasta que terminó chillando como una loca.

Me separé súbitamente de ella acurrucándome en un rincón de la estancia. Creo que sus gritos alarmaron a nuestros vecinos, porque al poco rato se presentaron los dos porteros y la sacaron de allí casi a rastras. Todo esto lo iba contemplando estólidamente con los ojos muy abiertos y totalmente lleno de asombro y de pavor.
Apenas tuve tiempo de meditar sobre lo ocurrido, al cabo se presentó un hombre vestido de traje negro que se sentó junto a mí y comenzó a hablarme.

-         Si puede ser no me interrumpa ni responda, voy a ser totalmente claro. Lógicamente para el lugar donde se halla, hemos abierto la taquilla y revisado su documentación. No se preocupe, no le falta nada ni siquiera los 320 euros que hay dentro en billetes. Para nuestra base de datos usted es un don nadie y no tiene el mínimo nivel económico para haber entrado aquí. La señorita Perla ha cometido un grave error y ha sido reconvenida por ello. A continuación le voy a dar varias directrices de obligado cumplimiento para usted: Usted no ha estado aquí, en cuanto salga del complejo, se le olvidará la situación de este lugar, usted no ha visto ni oído nada, no ha visto ni conoce a ninguna persona que se halla en este lugar. Tenga algo muy en cuenta, sabemos dónde vive, cualquier indiscreción por su parte hará que usted o alguien de su familia pague por ello. ¿Me ha comprendido?

    - Si señor – fue lo único que conseguí musitar ante tamaña contundencia.

    - ¿Alguna pregunta?

    -¿Cómo se encuentra la señorita Perla?

  - No se preocupe usted, se encuentra bien atendida por nuestro servicio médico. Por supuesto entre las órdenes, también se encuentra la de no volver a ponerse en contacto con ella bajo ninguna circunstancia ¿entendido?

    - Perfectamente ¿puedo irme ya?

     - Por supuesto, permítame acompañarlo.

Y efectivamente bajo su mirada circunspecta, me acompañó al vestuario para recoger mi ropa y después a la salida. Allí mismo en la puerta me despidió con un:

    - Buenas noches y hasta nunca, recuerde lo que hemos hablado.

Asentí gravemente y me di media vuelta encaminándome a mi coche. La tormenta hacía tiempo que había terminado y en el horizonte no había ninguna nube. El cielo al estar lejos de cualquier ciudad estaba estrellado, resplandeciente como un millón de alfileres incandescentes.




sábado, 16 de noviembre de 2019

Mirar atrás


Miré hacia atrás, sabía que no debía hacerlo pues de inmediato sentí que mis ojos se anegaban de lágrimas, atrás quedaba toda una vida de recuerdos, toda una vida.

-         -¿No te llevas ninguna foto?

-                No

No veía el motivo, cada marco con una fotografía era una puñalada a mi maltrecho corazón. Eran espejos donde se reflejaba mi vida anterior, la juventud, la de mis hijos, la de mis seres queridos, la de los viajes y momentos donde fuimos tan felices. Todo eso dejaba atrás y no quería que me siguiera dando dolorosas punzadas allá donde iba.

Con un suspiro cerré la puerta del que había sido mi hogar durante tantos años y esta vez no me guardé la llave en el bolsillo, la puerta se cerró para siempre, quizás como despedida chirrió un poco, siempre tuve bien engrasados los goznes, por lo que lo tomé como un adiós.

Bajé torpemente los escalones, qué diferencia de cuando los subí por primera vez, feliz e ilusionado, ágil y joven, toda una vida por delante en un sitio al que llamaría hogar.

Entré por la puerta trasera del vehículo de mi hijo y miré por última vez las calles por las que tanto paseé, el jardín por el que paseaba a mis queridas mascotas. Hacía ya unos años que me negué a tener más, no quería que ningún perro me sobreviviese dejándolo huérfano y en otro hogar que no fuera el mío bajo mis cuidados.

Al cabo de un tiempo llegamos al destino, el cartel me hizo que otra lágrima rodara por mi mejilla: Residencia Nuestra Señora del Rosario. Abrí la ventanilla y respiré profundamente, ésta sería mi última bocanada de aire fresco hasta que un día cercano cerrasen la tapa de mi ataúd.



sábado, 1 de junio de 2019

Sudor


Todavía recuerdo como si fuera ayer la primera y última vez que me subí a un ring y tuve mi primera pelea de boxeo. No fue un pecado de juventud como se podría suponer, más bien era un pecado crepuscular. En mi juventud tuve a bien proteger mi cara y sobre todo mi nariz, ese hermoso apéndice piramidal que aun mantengo recto, en sus justas proporciones y con las reglas estéticas justas para que no parecer desagradable a los componentes el otro sexo.

El lugar donde ocurrió era tan sórdido como sórdidos son todos los lugares relacionados con ese mundillo y sobre todo el olor a sudor, ese olor que es igual a todos los gimnasios y que desde mi niñez lo recuerdo. Recuerdo cuando acompañaba a mi tío al gimnasio, transcurrían  los años sesenta del pasado siglo y milenio y mantenía la costumbre de acompañarlo muchas tardes.

El lugar era la antigua Casa del Pueblo de Vallecas, expropiada por la Falange en los años cuarenta, albergaba la Delegación Nacional del Movimiento, o algo así. La última planta, desconozco a instancias de quién, se había convertido en la afamada entonces, escuela de boxeo de Vallecas. Por allí pasó una juventud dispuesta a abrirse paso a mamporros, antes de caer en el desengaño de la triste realidad que sobrellevaba el convertirse en un mero pelele, sparring se decía, de figuras emergentes con un adinerado apoderado.

Endiosado en mi imaginación de niño, mi tío entrenaba allí a diario. Mi diversión era estirar y enrollar las vendas que protegían sus puños y mi sueño era verlo participar en un combate en lo alto del ring.

El gimnasio por supuesto tenía uno, pero para mi desgracia nunca conseguí ver a mi tío subido en él. Indefectiblemente todas las tardes participaba en ejercicios gimnásticos de fintas, levantamientos de pesas y salto de comba. Mi interés entonces se movía en observar a otros esforzados gimnastas en golpear sacos de arena que colgaban del techo. Allí comprendí la fortaleza que debían de llegar a tener, pues estos sacos eran duros como piedras e inamovibles, para mí,  como pudiera ser un edificio.

Todos los presentes sudaban con ese olor del que ya he hablado, un sudor que se mantenía perenne día tras día, con ellos o sin ellos. Cuando terminado el tiempo de esforzado entrenamiento, todos corrían a las duchas, yo me quedaba solo en aquella enorme sala mal iluminada y sentía como aquél maremágnum de olores me iba impregnando todo mi cuerpo. Cuando salíamos a la calle de camino a la casa de mis padres, me avergonzaba pensar que la gente por la calle fuera capaz de sentir ese olor y mirarme de forma despectiva.

Volviendo al pasado más cercano, ahora era yo el que estaba rodeado de esos olores que en cierta manera me repugnaban, más uno nuevo, el del linimento y otras cremas que profusamente mi entrenador me embadurnaba por cara y cuerpo, exacerbados  al máximo por el vaporub que había puesto al comienzo de mis fosas nasales para intentar que estas no se cerrasen durante la pelea y poder oxigenarme.

Enfundado en un viejo batín que había conocido infinidad de dueños, hice el paseíllo hasta el centro del ruedo, donde aguardaba un centenar y pico de pequeños mafiosos y especuladores de tres al cuarto, viciosos de las apuestas, ansiosos de sangre y dinero ajeno. El local no estaba ni por asomo lleno en su aforo, los buenos tiempos del boxeo hacía bastantes años que pasaron y todo ya era un triste y denigrante espectáculo.

Nunca pensé que con mis cuarenta años cumplidos me vería allí, pero estaba abocado a conseguir algo de dinero por cualquier vía. Por aquél entonces había tocado fondo en mi vida y algunas alimañas me convencieron de que esa era una manera como cualquier otra de redimirme y no acabar durmiendo en algún banco de un parque envuelto entre cartones.

Subo al ring y encuentro que hasta en esto todo es decepcionante, en vez de la luz cegadora de los focos, encuentro algunas luces mortecinas dispuestas con la finalidad de permitir la justa iluminación de la contienda. Miro desde allí al público y me fijo en un energúmeno que me grita desaforado: ¡Albañil! – Tú qué sabrás, desgraciado.

En mi esquina aguardo a mi contrincante, él tiene el privilegio de ser esperado, es de mi misma edad pero por lo menos ha combatido en varias ocasiones, lo que le otorga un cierto status ante mí.

Por fin llega, es más alto y más fuerte que yo, o eso me parece. Su cabello ralea por la coronilla lo que le asemeja a un monje tonsurado que hubiera tenido una mala noche. Es moreno y malencarado, tiene toda la espalda y los brazos llenos de pelos, parece un oso. Pienso que quizás el dinero lo quiere para hacerse un trasplante de pelo hacia la cabeza. Me mira feroz, intento lanzarle la misma mirada, pero creo que solo he conseguido un rictus de tristeza.

Mi preparador me dice algo que no entiendo mientras me sigue embadurnando la cara de vaselina. Comienzo a sudar y un reguero que recorre la espalda, intento que no me provoque un escalofrío y lo consigo. El runrún del público sigue en aumento, huelen la sangre o la tragedia que es lo mismo y eso les excita. Miro de reojo al energúmeno y sigue gritando pero ya no le oigo, no oigo nada ni a nadie ni siquiera al árbitro que nos reúne en el centro del ring y nos dice algo.

Cuando termina de hablar, mi contrincante golpea sus puños contra los míos, me ha pillado de improviso y estos caen hacia abajo dando un triste espectáculo y una triste imagen sobre mí, los abucheos crecen.

De vuelta al rincón aguardo expectante al sonido de los clarines, pienso que me va a destrozar en cuestión de segundos, mi cara saldrá tan desfigurada de esta experiencia, de tal manera que mi pobre madre será incapaz de reconocerme.

Transcurre un mundo hasta que por fin suena el gong y hago lo que me han enseñado, me lanzo para adelante. Veo a cámara lenta como un puño se desplaza hacia mi cara con aviesas intenciones, por instinto me agacho e inexplicablemente y quizás solo por el instinto de supervivencia, desplazo mi puño hacia arriba. Siento un tremendo dolor en los nudillos, han alcanzado su objetivo. La cámara lenta no deja de acompañarme, su cara se vuelve de plastilina y sus ojos denotan la sorpresa de lo que le está ocurriendo. Poco a poco como si fuera un pino talado va cayendo hacia el suelo, sus ojos se cierran de golpe.

 Cae en la lona y su cabeza rebota varias veces, abre los brazos en aspa y allí se queda por fin inmóvil, de su boca abierta se escapa el protector bucal. El árbitro me empuja a mi rincón pero soy incapaz de dar un paso, mi entrenador me coge de los hombros y me arrastra, pero sigo siendo incapaz de dejar de mirarlo. Recogido y aprisionado contra las cuerdas me siento protegido, miro hacia el energúmeno y creo leer en sus labios: está muerto, está muerto. 


lunes, 1 de octubre de 2018

Elisabeth


Se llamaba Elisabeth, era rubia y era estadounidense. Desde luego lo tenía todo para destacar en aquel pueblito de la sierra pobre de Madrid. Sería amiga de alguna veraneante, porque ella en sí no creo que desde aquellas lejanas tierras se enterase de la existencia ni de la situación en el mapa de Alameda del Valle, nunca lo sabré ni importa para la historia.

Destacaba y de qué manera, a todos los adolescentes los traía locos y a los preadolescentes, como era mi caso, también. Era el centro de la pandilla de los chicos del preu, no recuerdo qué chicas formaban parte también de su pandilla, pero seguro que estarían de uñas con ella.

Yo tenía por entonces la edad justa en la que empezaba a mirar de otra manera a las chicas y si eran algo mayores, más formadas, más mujeres y no tan niñas como las de mi edad, mejor. La mayor parte de mi tiempo  vacacional la dedicaba a pescar, a montar en bicicleta, a nadar en el río ye en todos estos supuestos nunca entraba, ni era de imaginar, una chica en ellos. Las chicas eran algo molesto y  chillón que cuando se entrometían por la tarde en nuestros juegos en las Escuelas del pueblo, generalmente terminaban llorando porque jugando al rescate o al pañuelo, nunca entendieron el valor de la fuerza para zafarse de pringar y perder el juego.

Había algo que comenzaba a cambiar y éramos conscientes de ello pues las mirábamos de otra manera, pero siempre nuestros pensamientos volaban hacia sus hermanas mayores o las veraneantas ocasionales y este verano la reina era Elisabeth.

El Refugio era el baile del pueblo. Un local que el ayuntamiento cedió a los mozos de la villa. Las chicas del pueblo hicieron una colecta y con ella compraron un tocadiscos y algunos singles de los éxitos de aquellos años. Ya no había que esperar a las fiestas patronales para poder escuchar buena música y poder bailar, todos los días de verano se celebraban guateques.

De aquellos años me viene mi gusto por la música de Roberta Flack, Adamo, Pekenikes, Los Sirex y toda aquella caterva de melenudos como los apostrofaban nuestros mayores.

Pero el Refugio no estaba acorde con los tiempos, el interior estaba deslavazado pintura blanca en las paredes que la humedad desconchaba, dos bombillas de 60 vatios derramando luz por todos los rincones y ni una triste silla donde descansar entre baile y baile.

Todo cambió aquel verano, una nueva colecta hizo afluir las obras al local. Un poyo corrido de piedra y cemento trajo las conversaciones y corrillos al local, además de atalaya donde las chicas feas aguardaban a que las sacasen a bailar. Pero lo mejor estaba por llegar: la pintura.

Y aquí interviene mi querida Elisabeth, los chicos pintaron en tonos pastel las paredes, pero estaban huérfanas de toda simbología. Elisabeth se puso manos a la obra, llenó de vida y color aquellos muros. Allí conocimos el símbolo de la paz, que love significa amor y toda la parafernalia hippie, corazones y psicodelia. Pero lo mejor lo dejó para el final. En el centro de la pared, dos figuras, una masculina y otra femenina vestidas a la moda de final del siglo XIX con una mirada de desprecio y de superioridad, con  un bocadillo en el que figuraba la frase: Míralos, cómo se divierten.

Como si de un tótem se tratara donde toda la tribu bailaba alrededor, aquellas figuras se convirtieron en santo y seña del local, de repente el Refugio se puso de moda, la juventud de los pueblos de alrededor vinieron a observar aquél prodigio. Nosotros, yo también me incluía, estábamos exultantes de orgullo, éramos el referente del Valle. Durante muchos años aquellas pinturas fueron algo más que unos simples trazos en la pared, desgraciado fue el día en que las vi desaparecer.

Ello llevó a la cúspide de la fama y de la gloria a Elizabeth, era querida y admirada, hasta las personas mayores del pueblo, reacias en un principio por su condición de extranjera a saludarla, se dirigían a ella con aquiescencia. Era feliz y era joven ¿Qué más podía desear?

Yo llegué a saberlo, había algo que la inquietaba y era su gran secreto. Un día que paseaba como siempre, seguramente con un palo en la mano creyéndome alguien importante o soñando con un futuro lleno de dicha y aventuras como mi apreciado Tom Sawyer, la vi en un rincón a la sombra de un fresno. No era la mejor manera que me hubiese gustado de contemplarla pues lloraba, lloraba y sufría. No tenía consuelo y yo no era nadie para dárselo. Escondido tras unos arbustos la veía llorar sin parar, unos lloros quedos y lastimeros que me rompían el corazón.

Musitaba unas frases en inglés que para mi desgracia no pude entender, la chamulla de Chespir nunca fue de mi agrado ni pude hacerme con ella. Para mi desgracia, allí estaba la solución al secreto que la afligía, seguramente entre su alocución estaría el nombre del maldito que la hacía sufrir. Lo odiaba y a la vez lo envidiaba, cuanto daría porque aquel ángel se hubiera fijado en mi persona, aunque hubiera tenido que esperar a que mis hormonas se estabilizaran, en vez de aquél maldito charrán.

Al cabo dejó de llorar, se acercó al riachuelo que bordeaba el prado donde se hallaba y se lavó la cara, si hubiera podido acercarme también al río sin descubrirme, hubiera bebido de él para poder llevar dentro de mi sus lágrimas, pues era lo más poético que en aquel momento sentía.

El resto del verano transcurrió pesadamente, llegó el Trofeo Carranza y con él la llegada del día 31 de agosto, nefasta fecha en la que volvíamos a la gran ciudad. Sentado en el asiento del coche de mi padre de camino a Madrid en la salida del pueblo la vi. Solitaria llevaba un ramo de florecillas, el tipo de flores que salen al final del verano, flores de colores apagados, tristes, aromosas pero sin vida, casi como ella con la mirada perdida. Volví mi mirada hacia la carretera, enjugué una lágrima rebelde y supe que no la volvería a ver.


miércoles, 25 de julio de 2018

Sauca arriba III


En este mismo lugar sobre la carretera mis recuerdos me llevan a una tarde que pudo ser aciaga. Mi hermano y yo estábamos allí mismo esperando la llegada de nuestros padres que venían de Madrid, mientras aguardábamos la llegada del autocar de la Continental, comenzamos a jugar y poco a poco la cosa se desmandó, lo que era el arrojarnos unos simples arrancamoños terminó arrojándonos piedras de considerable tamaño. Éramos incapaces de advertir el peligro que se avecinaba. Al parecer alguna de las piedras alcanzó a Rafa y éste con la mala leche que le caracterizaba se abalanzó hacia nosotros (principalmente sobre mí, que era el que más cerca le pillaba) con aviesas intenciones, intenté correr como alma que lleva el viento, pero mis zancadas eran nimias en comparación con loa velocidad que traía Rafa, cuando estaba a punto de sufrir su dentellada fatal, se oyó la voz salvadora de Ventura que con un grito estentóreo, hizo cesar a Rafa de su acometida. Nunca agradecí lo suficiente su presencia en aquél lugar. Aliviado y contrito me senté junto a mi hermano en la valla del Hostal del Marqués para continuar la espera sin más novedad.

Ah, no lo he dicho, Rafa era el maldito perro de Ventura, el dueño del Hostal.

Allí mismo un poco más arriba de la pocilla que hay, en otro tiempo muy cercano a mi anterior aventura cogí una de las mayores truchas que he sacado del rio. Y es que tengo la habilidad de meterme en las pozas y sin más herramienta que mis manos sacar la truchas que pululan por las pozas. Recuerdo que bajaba con ella en mis manos y el mismo señor Ventura me la quiso comprar, me ofreció 250 pesetas de la época, un dineral, pero yo ufano como iba de enseñarla en casa me  negué en redondo.

Sigo remontando y llego a una zona muy hundida sobre el nivel de la calle en la que el río baja sobre un lecho de roja arcilla, al socavar la arcilla endurecida forma una poza en la que las truchas se resguardan y son imposibles de extraer. La memoria me falla y ya no recuerdo a los acompañantes de mi aventura, pero en un principio intentamos sacarlas con el truco de envenenar el agua, “alguien” le había contado a uno de mis acompañantes que cierta hierba que abundaba por la zona, atontaba a los peces, por lo que hicimos acopio de esas hierbas machacándolas para que hicieran reacción con el agua de la poza, pero no hubo caso, allí los únicos atontados éramos nosotros esperando el milagro.

Pero nuestra inquieta mente no cejó en el empeño y decidimos enderezar la curva del río, de esa manera la poza no recibiría agua y poco a poco se vaciaría. Nos pusimos manos a la obra y con nuestros escasos medios, palos y poco más, iniciamos la ímproba tarea de abrir un nuevo cauce, pero por mucho que nos empeñamos apenas hicimos bajar el nivel de las aguas. Por lo que después de un breve concilio, observamos la poza con las truchas y a una lanzamos el triste  corolario: “¡No están maduras!”

Ahora viene un tramo donde el Sauca discurre bajo la maraña de los árboles ribereños, es una zona sin pozas que termina de bordear el monte de la Cabeza y termina en una poza redonda ya casi colmatada por el aluvión. Recuerdo que la hicieron dos operarios que hicieron el chalet de la doctora, no se anduvieron con chiquitas, tomaron la retroexcavadora y ¡ale hop! Ya se podían bañar a voluntad.

Según se atraviesa el puente de la dehesa se llega a un lugar mágico, el prado donde desaguaba antaño el manantial del Cañuelo. Hoy una fea construcción de ladrillo tapa lo que antes era un agujero por donde afloraba entre burbujas, que levantaban la fina arena del fondo, el agua más cristalina que nade vio. Creo que además era sabrosa, recuerdo que nunca me saciaba, me inclinaba apoyado en unos cantos y bebía con fruición hasta hartarme, salía fría y podías extasiarte mientras bebías con el movimiento de la arena del fondo.

Era el lugar favorito de mi familia para merendar en verano, nos reuníamos bajo la sombra de los fresnos ribereños y dábamos cumplida cuenta del bocata de pan con chocolate o con mortadela. La mullida hierba que lo rodeaba te invitaba después a tumbarte mientras contemplabas las nubes discurrir.

Con el paso de los años sirvió el lugar para mis primeros escarceos amorosos, ese fue el lugar donde contemplé un pecho femenino en vivo y en directo.

Se llamaba Nuria y tenía más experiencia que yo, pero aquél momento fue inolvidable, mi corazón latía a mil revoluciones y seguro que nunca hubo una caricia más torpe. Luego me enteré que no estábamos solos, como si de la leyenda de lady Godiva fuera, tuvimos también tuvimos un “Tom el mirón” pululando por allí, no solo fue mirón, también fue “largón” pues fuimos la comidilla de las comadres de Alameda.

 
Continua.



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