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miércoles, 27 de abril de 2022

La marquesa

 

Una vez acabada la Semana Santa, no se esperaba en la iglesia basilical muchas más emociones y pasión, hasta las fiestas patronales de la población. En este impasse, todos los parroquianos sesteaban todas las tardes tras el rosario de rigor.

Por eso mismo, el sonido de la campanilla sonó como un cañonazo en el silencio de la tarde, solo roto por algunas tosecillas de los orantes más ancianos. Solo doña Fuencisla, la que fue boticaria por cincuenta años en la plaza del pueblo, osó ponerse en pie, despojarse del velo y dejarlo en el reclinatorio. Tonta ella, pensaba que alguien llamaba a la puerta, como si las iglesias tuvieran timbre.

Siguiendo el sonido, encaminó sus pasos por la nave lateral y en la capilla de la Encarnación halló el origen del insistente repiqueteo.

La capilla era la joya de la iglesia. En el centro, un panteón llenaba de orgullo a los paisanos por la grandiosidad del mismo. En él reposaban los restos del IX marqués de la Roñalera y de su señora esposa doña Gertrudis. Este linaje de rancia prosapia, procedía de los tiempos de los Trastámara.

El primer marqués según la maledicencia, le apretaba la almorrana al mismísimo Fernando IV el Emplazado. Y el actual titular del marquesado, en un alarde de orgullo y de demostración de poderío, se había hecho construir en vida, un panteón de mármol rojo Cehegín para ello había hecho llamar a un joven artista en ciernes, un escultor bohemio aficionado a la absenta.

Algunos años después y tras varios kilogramos de azucarillos, la obra estuvo terminada. Un hermoso panteón donde, sobre un túmulo apoyado sobre leones, dos bellas tallas yacentes del marqués y señora con las cabezas apoyadas en sendos almohadones y los pies sobre fieles lebreles.

No le dolió haber enajenado la finca de caza “Las jarillas”. Total, la hiperuricemia que padecía le impedía exterminar con fruición todas las sabandijas de la finca. A la postre se había ahorrado el estipendio del escultor, puesto que el continuo trasiego del verde licor, le llevó a ser un inquilino más del afamado sanatorio de Ciempozuelos, recién inaugurado por entonces.

El día de la exposición oficial a las fuerzas vivas del lugar, incluso vino el señor arzobispo, todos se extrañaron de un adminiculo que tenía el panteón. En la mano de la señora marquesa, una campanilla de bronce estaba enganchada a un cable que se hundía en el interior del conjunto en mármol.

El marqués se vio en la obligación de explicar que su señora esposa no estaba, como todas las mujeres de entonces, enganchada a las novelas de Guillermo Sautier Casaseca. Para su desgracia, pues él no entendía el beneficio, su esposa lo que leía afanosamente eran las novelas de Edgar Alan Poe. Tras leer “el entierro prematuro” le había hecho jurar sobre una pequeña biblia que atesoraban en el cajón de la mesilla, que haría todo lo posible para que a ella no le acaeciese lo mismo.

Pues bien, treinta años tras el entierro de la señora marquesa, la famosa campanilla devino a sonar para trastorno de los parroquianos.

Retomando al descubrimiento de doña Fuencisla, ésta hizo llamar al coadjutor que se encontraba en su despacho preparando el ropero de santa Rita. Tras un camino hacia la capilla donde hacía chanza de la pobre Fuencisla, al entrar y observar el prodigio, agobiado por la emoción se le aflojó el esfínter allí mismo.

El párroco alarmado por los gritos de espanto que proferían los fieles y guiado por el olor, al ver el panorama, tomó las siguientes determinaciones: en primer lugar que doña Paulina que era conocida por su mansedumbre, algunos decían imbecilidad, que limpiase con agua y lejía el interior de la capilla. Segundo, que el coadjutor corriese como pudiera a adecentarse y cambiar de vestimenta. Tercero, que el monago corriese hacia la casa solariega de los marqueses de Roñalera a dar noticia del hecho acaecido. Y por último que se diera parte al cabo de la guardia civil.

Todas las órdenes se cumplieron al instante y tras las medidas de higiene, se presentó el cabo de la benemérita que tomó las medidas oportunas para que nadie se acercase a la capilla. 

El señor XI marqués de la Roñalera, que no había conseguido que a sus espaldas todos le llamasen don Tirsín, se acercó con parsimonia como si aquello no le importase nada, a la postre apenas disfrutaba del patrimonio familiar, patrimonio que apenas existía, dilapidado en nocturnas timbas de poker y viajes a Méjico para consumir hongos que no eran níscalos precisamente.

En su mano portaba la llave del panteón y tembloroso, no se sabe si por mor del consumo de opiáceos, abrió la cerradura y tras abrir con esfuerzo la puerta, que chirrió lastimera sobre sus goznes, se introdujo en la oscuridad.

Varios minutos después salió con el cabello empolvado de telarañas y con paso vacilante, volvió a cerrar con llave la puerta. Se dirigió hacia la salida de la capilla donde aguardaban expectantes el cabo y el cura que le interrogaron con la mirada.

-       -  Nada, que la señora marquesa dice que quiere salir tres veces a la semana de paseo. ¡Y en calesa!

Y volviéndose como si se le hubiera olvidado algo, de un fuerte tirón arrancó el cable a la campanilla, mientras exclamaba:

-        -    No te jode




jueves, 7 de mayo de 2020

Mirada torva


Había hecho mucho calor todo el día, lo corriente en la provincia de Sevilla cualquier día de julio, pero al parecer esto había molestado a alguien en las alturas. Una enorme nube de condensación se iba formando  y cada momento, según iba creciendo, su color iba tornándose más oscuro.

El aire acondicionado de mi coche no daba más de sí, por los conductos de salida apenas salía un aire tibio y todavía me quedaban dos horas para llegar a mi destino. Un fuerte viento lateral comenzó a sacudir mi coche según me iba acercando a la tormenta y a la oscuridad.

Poco a poco la lluvia comenzó a caer, al principio pequeñas gotas, pero estas solo eran un anticipo de lo que estaba por llegar. Gruesos goterones comenzaron a machacar el parabrisas sin conmiseración, cada segundo que pasaba con mayor cantidad y virulencia. El limpia apenas era capaz de dejarme vislumbrar la carretera. Encendí los faros coincidiendo con el fogonazo de un rayo, lo que me hizo sobresaltarme. El poco tiempo transcurrido entre el rayo y su correspondiente trueno, me indicó que me encontraba en el centro de la nube y que estaba justo en lo peor.

Aminoré todo lo que pude la velocidad para poder hacerme con el manejo del vehículo con toda seguridad, puesto que apenas había visibilidad alguna y el firme estaba totalmente anegado. Pocos metros más adelante, en el arcén derecho se encontraba otro vehículo con las luces de emergencia puestas y junto a él, una mujer me hacía violentos aspavientos con los brazos para llamar mi atención. Pensando que había sucedido una desgracia, me detuve unos metros más adelante. No hizo falta que me bajase, la mujer se acercó a la ventanilla gritando para superar el ruido del temporal:

    - ¡Por favor, ayúdeme!

    - ¿Qué le ocurre?

    - Mi coche, se ha averiado.

    - ¿Quiere que avise a emergencias?

    - No, ya lo hice yo, por favor ábrame la puerta.

Esa respuesta me envaró, llevo muchos años en la carretera y son muchas las ocasiones que en casos muy parecidos a este el “buen samaritano” es sorprendido por un cómplice de la supuesta víctima para desvalijarlo.

Miré a ambos lados de mi coche intentando ver si había alguna persona agazapada en los alrededores, pero apenas veía más que los cristales empañados chorreando cascadas de agua. Nerviosamente apreté el botón de desbloqueo de las puertas, lo que hizo que la mujer se introdujera en el habitáculo.

Ella se encontraba chorreando agua, los pelos se le pegaban a la cara impidiéndome en un primer momento contemplar su rostro. Enseguida ella los apartó como pudo con sus dedos, pudiendo entonces ver que se trataba de una mujer de entre treinta y cuarenta años. Nunca se me ha dado bien valorar la edad de las personas, pero creo que en esta ocasión no me equivocaba. Llevaba unos vaqueros ensombrecidos por la humedad y una camisa totalmente pegada al cuerpo, que al mojarse se había pegado a su torso como una segunda piel, mostrando los encajes y dibujos de su sujetador.

Cuando terminó de componerse, me miró a la cara y entonó en modo de súplica:

    - Necesito que me hagas un favor, te lo ruego, me tienes que llevar a una dirección no muy lejos de aquí, te pagaré lo que me pidas.

    - Pero…

    - De verdad, es muy importante para mí.

    - Pero tu coche…

    - Ya he avisado a una grúa, no hay problema, en un rato vienen y se llevan el coche, pero necesito que me lleves a un sitio, tengo una cita importantísima.

    - La verdad es que…

    - No te lo pediría si no fuera tan importante para mí.

Francamente me estaba hartando de que no me dejara terminar mis frases. Pero con sus últimas palabras, dudo si lo hizo inconscientemente, se estiró la camisa separándola de su cuerpo mojado, dejando apreciar unas hermosas ondulaciones.

No sé si fue por la bella visión de su anatomía o por mi espíritu de caballero andante por lo que accedí, todavía no las tenía todas conmigo sobre en qué clase de aventura me estaba metiendo. No tenía ninguna prisa por llegar a mi destino, un triste hotel en un pequeño pueblo, donde haría noche para seguir con mi labor comercial por el resto de la provincia de Sevilla.

    - Vale, ¿por dónde vamos?

    - Ay, muchas gracias de verdad, eres un cielo. Sigue por esta misma carretera, yo te iré guiando.

Me incorporé de nuevo a la calzada con toda precaución y continuamos varios kilómetros por la misma autovía, hasta que me indicó una salida, no pude ver el pueblo de destino, la densa lluvia me impidió ver el contenido del cartel. Circulábamos por una carretera comarcal atravesando campos de labor. Ella cogió el teléfono y discutía con el destinatario de la llamada intentando hacerle comprender el motivo de su retraso.

La noche se iba echando encima rápidamente, pero afortunadamente caía ya una lluvia fina por lo que reduje la velocidad de los limpiaparabrisas. Ella terminó su llamada y fijó su atención en mí.

    - No nos hemos presentado, me llamo Perla.

    - Qué casualidad, yo tuve una perra que se llamaba así.

No sé por qué dije esa mentira, la verdad es que lo dije con socarronería, nunca había tenido una perra llamada así, aún más nunca tuve perras, solo miembros masculinos de la familia de los cánidos. Creo que fue más bien porque me chocaba que alguien se pudiera llamar así, bajo mi punto de vista, Perla era más bien el nombre de alguien de la farándula o el nombre de guerra de una prostituta y no estaba muy seguro de a cuál de los dos mundos pertenecía mi pasajera.

Ella al parecer no se lo tomó a mal y siguió hablando.

    - Ah, ¿sí? y ¿cuál es tu nombre?

   - Jose Antonio.

   - Pues yo tuve un hámster que se llamaba así. ¿A qué te dedicas?

   -  Soy viajante de comercio, represento a una empresa de ascensores. ¿A qué te dedicas tú?

   - Soy abogada, estoy en un despacho en Sevilla, estamos especializados en herencias, no es un mundo muy apasionante que digamos, pero el sueldo y las comisiones están pero que muy bien.

La hora siguiente la pasamos conversando muy amigablemente, una vez roto el hielo, Perla, pues así me juró que era su auténtico nombre, se reveló como una excelente conversadora, unido a mi condición de vendedor, lo que hacía que a mí tampoco me faltasen buenos temas de conversación, hizo que el tiempo se pasase volando y nos conociéramos un poco. Ella estaba realmente agradecida con el favor que la había hecho y notaba que algo la rondaba por la cabeza.

   - Mira, estamos casi llegando, no sé si dejar que me acompañes. Si vienes conmigo ten en cuenta que vamos a un lugar muy especial.

     - ¿Como cuánto de especial?

   - Muy, muy especial. Tiene unas normas muy estrictas, tienes que prometerme que las vas a cumplir a rajatabla, si en algún momento te ves incómodo, te marchas en silencio y aquí no ha pasado nada.

      - Caramba, cuanta intriga.

     - No te lo tomes a chacota, allí dentro hay gente muy importante.

    - No será una secta? – Dije amoscado.

    - No, no te preocupes no es nada religioso, solamente es un club algo especial.

Apenas pudimos ya charlar más, ella me indicó que aminorara la marcha y a lo lejos vi el portón como tantos otros que se ven en Andalucía, indicando la entrada a un cortijo. Me desvié como ella me había indicado y tomamos un camino de gravilla que se perdía entre campos de trigo.

Un último relámpago me mostró la silueta del cortijo donde terminaba la carretera, aparqué en un lateral del mismo en un lugar habilitado para ello. Según descendimos del coche, dos porteros con grandes paraguas salieron a recibirnos para acompañarnos al interior. Un portal rústico daba acceso a una entrada donde mi acompañante enseñó una credencial y explicó que yo era un invitado excepcional. El portero asintió con un leve gesto y me dejó pasar, no sin antes entregarme una tarjeta magnética sin estampación alguna, toda ella de color blanco.

Perla me condujo a una estancia lateral donde colegí enseguida que se trataba de un vestuario y allí, frente a dos taquillas vacías ella comenzó a desvestirse sin mostrar pudor alguno. No me quedé atrás aun cuando era incapaz de dejar de contemplar cómo lo hacia ella. Sin duda era muy hermosa, más de lo que sus ropas mojadas dejaban entrever, su piel será tersa y firme con las redondeces justas para mi gusto. No tenía tatuaje alguno, lo que hizo merecer mi postrera aprobación.

Al caer su última prenda de ropa, ella abrió la taquilla y sacó un albornoz blanco, lo que me hurtó seguir disfrutando de la visión de su bello cuerpo. Prácticamente a la par que ella terminé de desvestirme y también me enfundé la bata. Ella me tomó de la mano y la seguí mansamente.

Creo que realmente me llevó al infierno de Dante y cada sala era un anillo. Todo el lujo y la ostentación se encontraban en las salas, todas llenas de pecadores y todas llenas de objetos para pecar. Había una sala con todos los artilugios para jugar: ruleta, mesa de bacarrá, dados, póker, etc. Otra sala llena de artilugios de tortura sadomasoquista, que bien podía parecer un viaje hacia atrás en el tiempo al Toledo del tiempo de la Inquisición. Una sala con participantes en un remedo de misa negra, otra mucho más terrorífica con participantes en sesiones de necrofilia lo que me provocó retirar rápidamente la mirada de ellos mientras me acometían violentas arcadas.

Me reservo la narración de las demás salas que tuvimos que atravesar, creo que lo más conveniente hubiera sido crear un pasillo y cerrar con puertas esos pozos de verdadera maldad, de la conducta más infame e ignominiosa que la mente humana hubiera podido imaginar.

En fin, parecía que lo más abyecto de la sociedad tenía su acomodo allí y lo que era peor, todavía no sabía en qué sala me acomodaría Perla, realmente cualquier atisbo de curiosidad se había esfumado por mi parte y francamente, lo único que deseaba era salir de allí y encontrarme lejos de aquél lugar.

Pero al parecer lo que realmente me aguardaba era mejor que lo que temía, me terminó arrastrando a una cabina con doseles y un diván con varios almohadones. En una pequeña mesa adjunta se encontraban varias botellas de distintos licores, junto a unos vasos y una cubitera con trozos de hielo.

Nos acomodamos y ella literalmente se abalanzó sobre mí. Me comenzó a besar con auténtica pasión, como solo una mujer enamorada es capaz de hacer, lo que me hizo enrojecer hasta las raíces del cabello. No solo manejaba bien la lengua, la mano no se le daba mal, sus caricias iban cada vez subiendo de tono mientras cada vez iban bajando más sobre mi anatomía.

Yo intentaba no quedarme atrás intentando manejarme diestramente en las caricias en justa reciprocidad, su piel suave y templada me enervaba cada vez más.

Parecía que aquello iba a durar un siglo, no teníamos ninguna prisa, me encontraba flotando. De vez en cuando parábamos lo suficiente para tomar aire y beber una copa de licor. Yo apenas unos chupitos, al fin y al cabo tendía que conducir, ella en mucha más cantidad que yo, realmente casi de forma compulsiva, llenaba el vaso y de golpe lo echaba al coleto casi con violencia.

Creo que algo se comenzó a fundir en su interior, movía la cabeza como una poseída al compás de mis caricias agitando con fuerza sus cabellos. Tenía la lengua trabada y ya no conseguía entender lo que iba diciendo cada vez más fuerte, hasta que terminó chillando como una loca.

Me separé súbitamente de ella acurrucándome en un rincón de la estancia. Creo que sus gritos alarmaron a nuestros vecinos, porque al poco rato se presentaron los dos porteros y la sacaron de allí casi a rastras. Todo esto lo iba contemplando estólidamente con los ojos muy abiertos y totalmente lleno de asombro y de pavor.
Apenas tuve tiempo de meditar sobre lo ocurrido, al cabo se presentó un hombre vestido de traje negro que se sentó junto a mí y comenzó a hablarme.

-         Si puede ser no me interrumpa ni responda, voy a ser totalmente claro. Lógicamente para el lugar donde se halla, hemos abierto la taquilla y revisado su documentación. No se preocupe, no le falta nada ni siquiera los 320 euros que hay dentro en billetes. Para nuestra base de datos usted es un don nadie y no tiene el mínimo nivel económico para haber entrado aquí. La señorita Perla ha cometido un grave error y ha sido reconvenida por ello. A continuación le voy a dar varias directrices de obligado cumplimiento para usted: Usted no ha estado aquí, en cuanto salga del complejo, se le olvidará la situación de este lugar, usted no ha visto ni oído nada, no ha visto ni conoce a ninguna persona que se halla en este lugar. Tenga algo muy en cuenta, sabemos dónde vive, cualquier indiscreción por su parte hará que usted o alguien de su familia pague por ello. ¿Me ha comprendido?

    - Si señor – fue lo único que conseguí musitar ante tamaña contundencia.

    - ¿Alguna pregunta?

    -¿Cómo se encuentra la señorita Perla?

  - No se preocupe usted, se encuentra bien atendida por nuestro servicio médico. Por supuesto entre las órdenes, también se encuentra la de no volver a ponerse en contacto con ella bajo ninguna circunstancia ¿entendido?

    - Perfectamente ¿puedo irme ya?

     - Por supuesto, permítame acompañarlo.

Y efectivamente bajo su mirada circunspecta, me acompañó al vestuario para recoger mi ropa y después a la salida. Allí mismo en la puerta me despidió con un:

    - Buenas noches y hasta nunca, recuerde lo que hemos hablado.

Asentí gravemente y me di media vuelta encaminándome a mi coche. La tormenta hacía tiempo que había terminado y en el horizonte no había ninguna nube. El cielo al estar lejos de cualquier ciudad estaba estrellado, resplandeciente como un millón de alfileres incandescentes.




sábado, 1 de junio de 2019

Sudor


Todavía recuerdo como si fuera ayer la primera y última vez que me subí a un ring y tuve mi primera pelea de boxeo. No fue un pecado de juventud como se podría suponer, más bien era un pecado crepuscular. En mi juventud tuve a bien proteger mi cara y sobre todo mi nariz, ese hermoso apéndice piramidal que aun mantengo recto, en sus justas proporciones y con las reglas estéticas justas para que no parecer desagradable a los componentes el otro sexo.

El lugar donde ocurrió era tan sórdido como sórdidos son todos los lugares relacionados con ese mundillo y sobre todo el olor a sudor, ese olor que es igual a todos los gimnasios y que desde mi niñez lo recuerdo. Recuerdo cuando acompañaba a mi tío al gimnasio, transcurrían  los años sesenta del pasado siglo y milenio y mantenía la costumbre de acompañarlo muchas tardes.

El lugar era la antigua Casa del Pueblo de Vallecas, expropiada por la Falange en los años cuarenta, albergaba la Delegación Nacional del Movimiento, o algo así. La última planta, desconozco a instancias de quién, se había convertido en la afamada entonces, escuela de boxeo de Vallecas. Por allí pasó una juventud dispuesta a abrirse paso a mamporros, antes de caer en el desengaño de la triste realidad que sobrellevaba el convertirse en un mero pelele, sparring se decía, de figuras emergentes con un adinerado apoderado.

Endiosado en mi imaginación de niño, mi tío entrenaba allí a diario. Mi diversión era estirar y enrollar las vendas que protegían sus puños y mi sueño era verlo participar en un combate en lo alto del ring.

El gimnasio por supuesto tenía uno, pero para mi desgracia nunca conseguí ver a mi tío subido en él. Indefectiblemente todas las tardes participaba en ejercicios gimnásticos de fintas, levantamientos de pesas y salto de comba. Mi interés entonces se movía en observar a otros esforzados gimnastas en golpear sacos de arena que colgaban del techo. Allí comprendí la fortaleza que debían de llegar a tener, pues estos sacos eran duros como piedras e inamovibles, para mí,  como pudiera ser un edificio.

Todos los presentes sudaban con ese olor del que ya he hablado, un sudor que se mantenía perenne día tras día, con ellos o sin ellos. Cuando terminado el tiempo de esforzado entrenamiento, todos corrían a las duchas, yo me quedaba solo en aquella enorme sala mal iluminada y sentía como aquél maremágnum de olores me iba impregnando todo mi cuerpo. Cuando salíamos a la calle de camino a la casa de mis padres, me avergonzaba pensar que la gente por la calle fuera capaz de sentir ese olor y mirarme de forma despectiva.

Volviendo al pasado más cercano, ahora era yo el que estaba rodeado de esos olores que en cierta manera me repugnaban, más uno nuevo, el del linimento y otras cremas que profusamente mi entrenador me embadurnaba por cara y cuerpo, exacerbados  al máximo por el vaporub que había puesto al comienzo de mis fosas nasales para intentar que estas no se cerrasen durante la pelea y poder oxigenarme.

Enfundado en un viejo batín que había conocido infinidad de dueños, hice el paseíllo hasta el centro del ruedo, donde aguardaba un centenar y pico de pequeños mafiosos y especuladores de tres al cuarto, viciosos de las apuestas, ansiosos de sangre y dinero ajeno. El local no estaba ni por asomo lleno en su aforo, los buenos tiempos del boxeo hacía bastantes años que pasaron y todo ya era un triste y denigrante espectáculo.

Nunca pensé que con mis cuarenta años cumplidos me vería allí, pero estaba abocado a conseguir algo de dinero por cualquier vía. Por aquél entonces había tocado fondo en mi vida y algunas alimañas me convencieron de que esa era una manera como cualquier otra de redimirme y no acabar durmiendo en algún banco de un parque envuelto entre cartones.

Subo al ring y encuentro que hasta en esto todo es decepcionante, en vez de la luz cegadora de los focos, encuentro algunas luces mortecinas dispuestas con la finalidad de permitir la justa iluminación de la contienda. Miro desde allí al público y me fijo en un energúmeno que me grita desaforado: ¡Albañil! – Tú qué sabrás, desgraciado.

En mi esquina aguardo a mi contrincante, él tiene el privilegio de ser esperado, es de mi misma edad pero por lo menos ha combatido en varias ocasiones, lo que le otorga un cierto status ante mí.

Por fin llega, es más alto y más fuerte que yo, o eso me parece. Su cabello ralea por la coronilla lo que le asemeja a un monje tonsurado que hubiera tenido una mala noche. Es moreno y malencarado, tiene toda la espalda y los brazos llenos de pelos, parece un oso. Pienso que quizás el dinero lo quiere para hacerse un trasplante de pelo hacia la cabeza. Me mira feroz, intento lanzarle la misma mirada, pero creo que solo he conseguido un rictus de tristeza.

Mi preparador me dice algo que no entiendo mientras me sigue embadurnando la cara de vaselina. Comienzo a sudar y un reguero que recorre la espalda, intento que no me provoque un escalofrío y lo consigo. El runrún del público sigue en aumento, huelen la sangre o la tragedia que es lo mismo y eso les excita. Miro de reojo al energúmeno y sigue gritando pero ya no le oigo, no oigo nada ni a nadie ni siquiera al árbitro que nos reúne en el centro del ring y nos dice algo.

Cuando termina de hablar, mi contrincante golpea sus puños contra los míos, me ha pillado de improviso y estos caen hacia abajo dando un triste espectáculo y una triste imagen sobre mí, los abucheos crecen.

De vuelta al rincón aguardo expectante al sonido de los clarines, pienso que me va a destrozar en cuestión de segundos, mi cara saldrá tan desfigurada de esta experiencia, de tal manera que mi pobre madre será incapaz de reconocerme.

Transcurre un mundo hasta que por fin suena el gong y hago lo que me han enseñado, me lanzo para adelante. Veo a cámara lenta como un puño se desplaza hacia mi cara con aviesas intenciones, por instinto me agacho e inexplicablemente y quizás solo por el instinto de supervivencia, desplazo mi puño hacia arriba. Siento un tremendo dolor en los nudillos, han alcanzado su objetivo. La cámara lenta no deja de acompañarme, su cara se vuelve de plastilina y sus ojos denotan la sorpresa de lo que le está ocurriendo. Poco a poco como si fuera un pino talado va cayendo hacia el suelo, sus ojos se cierran de golpe.

 Cae en la lona y su cabeza rebota varias veces, abre los brazos en aspa y allí se queda por fin inmóvil, de su boca abierta se escapa el protector bucal. El árbitro me empuja a mi rincón pero soy incapaz de dar un paso, mi entrenador me coge de los hombros y me arrastra, pero sigo siendo incapaz de dejar de mirarlo. Recogido y aprisionado contra las cuerdas me siento protegido, miro hacia el energúmeno y creo leer en sus labios: está muerto, está muerto. 


domingo, 19 de noviembre de 2017

Mi viejo sombrero


Me dio un ataque de nostalgia y me fui a mi casa, no donde vivo ni la primera casa que compré, sino a la casa donde crecí y viví mi niñez, esa casa donde me encuentro siempre que cierro los ojos y tengo un plácido sueño. No pillaba lejos, toda mi vida ha estado circunscrita en unas pocas manzanas, quizás porque nunca pude alejarme mucho de esta casa, de la primera casa de mis padres, de mi primera y única casa.

Me acercaba por la parte de atrás, por el patio donde al abrigo de la seguridad que daba a mi madre el estar cerrado por dos muros, uno inexpugnable por la altura y otro cerrado por una verja con candado del que nunca nadie supo encontrar la llave. En este caso no tuve dificultad, en la parte del muro, hace tiempo que lo abatieron para poder poner locales comerciales y por la parte de la verja, alguien había tomado la expeditiva determinación de arrancar el candado por medios mecánicos.

Cuando bajaba, los ecos de mi memoria me iban llenando la mente con los viejos recuerdos de la infancia. Esta era la ventana que Manolo y yo llenamos de piedras y basura pues pensábamos que su moradora, una pobre anciana, era una malvada bruja, lo que nos valió la reconvención de nuestros padres. Más abajo, la casa de Manolo con un triste remedo de lo que llegó a ser su jardín, cruelmente cercenado por los vecinos de la otra calle y su estúpida demanda por la creencia de que las humedades que tenían en sus tristes infraviviendas, eran causadas por las plantas que el señor Manolo, el padre de mi amigo, cultivaba frente a su ventana.

Al cabo llegué a mi casa, pero no me entretuve esta vez a mirarla ni a evocar mis juegos en las arenas junto a la ventana. Junto a los nuevos locales comerciales, un cartel me llamó la atención: “Iglesia okupada” nunca imaginé que fuera posible tal. En el interior, una cadena de voluntarios trasegaban alimentos destinados a los más necesitados, era un espectáculo curioso y más viendo el lugar donde se desarrollaba.

-Hola

Ella hizo un bello mohín al reconocerme, de gesto siempre serio, me sorprendió ver que era capaz de sonreír.

La conocía desde siempre, o eso me parecía a mí, de mi antigua parada de autobús, donde coincidíamos todas las mañanas, excepto la de los viernes, ella con su triste abrigo verde oliva de un penoso parecido militar y su andar algo zambo cuando se acercaba. Nunca me saludó o eso me llegó a parecer. Nunca daba los buenos días a los congregados en la parada y nunca los devolvía si alguien donosamente se los daba.

También tenía una costumbre poco sana, se detenía invariablemente una parada antes del final de la línea, me costó averiguar el motivo, pero cuando lo logré no me gustó el detalle y es que aprovechaba el postrero trayecto para encender un cigarrillo mientras caminaba hasta la dársena de Ciudad Lineal, una vez allí retomaba el viaje en otro autobús. Me hubiera gustado conocer dónde se paraba finalmente y elucubrar cuál sería su trabajo, si no fuera porque ya no iba al banco todas las mañanas a ingresar los talones que me daban en el departamento de contabilidad de mi trabajo, hubiéramos coincidido en el nuevo trayecto y hubiera podido sacar algo más de su vida.

 Y allí estaba ella mirándome con ojos arrebolados, no lo entendía bien pero estaba ocurriendo, me cogió de la mano y echamos a andar por las calles del barrio, aunque aquel ya no era el mío, salimos a la zona antigua de Vallecas y me señaló su casa, un caserón de principios del siglo pasado. La escalera con peldaños de madera crujía bajo nuestros pies mientras etapa tras etapa trepábamos hasta su puerta, una  vieja y recia puerta que ella empujó para que accediera. Nos recibieron otros inquilinos, un pequeño gato y un enorme perro. El minino se enredó en mis pies buscando estática en el fondillo de mis pantalones, pero el perro realmente me atemorizó con sus enormes fauces.

-          No hace nada. – Me dijo mientras me enseñaba como si nada el lugar por donde se accedía a su alcoba.

Eso tenía la esperanza yo y en todo caso suponía que tras cerrar la puerta de la habitación interpondría un mundo entre el perro y su dueña, temía que al hacerla el amor ella chillase, dando una equivocada llamada de auxilio.

Allí mismo nos besamos, al introducir la lengua obtuve como premio un pequeño y redondo caramelo de menta.

-          Mejor así, con buen aliento, serán muchos besos.

No dije nada, lo oculté bajo mi lengua y seguí besándola con ardor. Tenía una boca suave con una lengua juguetona y muy dócil, hubiera pasado una vida así a pesar de mis urgencias.

La puerta se abrió de improviso, una elegante figura con un brillante batín satinado, un corbatín en el cuello apuntaba a un rostro perfectamente afeitado exceptuando un fino bigote perfilado. Me dio la mano y la apreté con fuerza lo que le cogió de improviso, pero tuvo la suficiente prestancia como para no quejarse y al final del apretón sujetar con firmeza mi mano.

Era su hermano que vivía con ella. Charlamos algo y cuando comprendimos que no iba a tener la delicadeza de marcharse poniendo cualquier baladí pretexto, decidimos marcharnos.

-          ¿Dónde vamos? – Me preguntó.

-          Vamos a mi antigua casa, todavía no la he vendido, no tenemos muchas comodidades, pero sirve, además no tiene calefacción. – La dije mientras guiñaba un ojo.

Había un problema, no tenía las llaves conmigo. En esos momentos vivía con mi madre y allí tendríamos que ir sin más remedio. Tomamos el camino donde siempre hacían frontera mis sueños y justo al borde, en la última casa vivía mi madre.

Ella estaba dentro, nos acogió bien, algo nerviosa como siempre que conocía a alguien, intercalando el tuteo con el voseo. Puesto que era la hora, nos sentamos a la mesa donde primorosa no puso mi madre un plato de patatas con bacalao.

-          ¿No te importa que mi hermano sea homosexual? – Me espetó de repente

No era una de mis conversaciones favoritas y la obvié, el tiempo se acababa y quería llegar cuanto antes a la casa y sobre todo a la cama.

En el río nos bañamos, jugábamos como dos críos salpicándonos y persiguiéndonos sin descanso. La abrazaba y cada vez me iba excitando más con el contacto desnudo de nuestros cuerpos.

En la verde pradera el sol me calentaba y secaba mi piel a la vez que evocaba momentos placenteros mientras cogía una brizna de hierba y la metía en mi boca.

De pronto la eché de menos, con la mirada recorrí los alrededores y no la vi, me levanté y no estaba, en un rincón sobre unas matas busqué las ropas que dejé allí para que no se mancharan y tampoco estaban, solo me dejó mi viejo sombrero Stetson y mis curtidas botas de vaquero.


miércoles, 20 de abril de 2016

Gotas de recuerdos


Yo te hablaba pero tú no parecías escucharme, todos los fantasmas del pasado pasaron entonces por mi memoria. Siempre fui un patán, siempre malogrando cualquier relación. Te hablo y no me miras, sigues contemplándote frente al espejo en una casa ajena, desconocida, quizás sea en la que ahora vives tú.

Mi sueño me traslada a otros momentos, otras relaciones, inexorablemente rotas cuando apenas comenzaban a madurar. Y allí quedo yo, con los ojos abiertos, a veces arrasados por las lágrimas que pugnan por brotar, pero siempre en silencio. –Qué más decir. A veces pienso que eso ha sido mi vida, una sucesión de fracasos entre intervalos más o menos dilatados en el tiempo.

Quizás han sido las gotas de lluvia que repiquetean en la ventana, las que me han hecho despertar y tener que hacerme recordar este mal sueño. Arrebujado entre las mantas, me doy la vuelta buscando en la oscuridad el olvido de mi vida anterior pero no lo consigo.

En la oscuridad se me representan otros rostros, otros amores malogrados, mil historias que pudieron ser y nunca fueron. Vuelvo a moverme incómodo en la cama y al estirar el brazo me doy cuenta de lo grande que es la cama sin ella y la tristeza que me acompaña.

Por fin suena el despertador, casi como el gong salvador de un luchador grogui, pero antes de enfrentarme con el mundo me encuentro con el abrazo y el húmedo lametón de mi mejor amigo.


martes, 19 de enero de 2016

El último abrazo



La abracé y acto seguido la coloqué el collar que compré para ella, después puse un cálido beso en su cuello, la miré a los ojos y la dije: Te quiero. - Eso no cambia nada, me contestó.
Una lágrima pugnaba por salir a la superficie, la enjugué como pude y retruqué a mi vez: -Eso no cambia nada, te seguiré queriendo.
Se zafó de mi abrazo y se alejó de mi sueño y de mi vida.


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