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domingo, 11 de agosto de 2013

Amarcord


¿Cuál es el recuerdo más antiguo de mi infancia?

Nunca se me olvidará, hacía calor, estaba con mi hermano e íbamos a comprar a la tienda de chucherías de al lado, la atendía un señor muy mayor, o eso me parecía, era además minusválido marcado por la terrible enfermedad que entonces era la polio. Recuerdo que abría los ojos de manera desmesurada cuando veía su bota con un alza descomunal, más parecida a las protecciones que usaban los picadores que a un zapato normal, quizá por eso cojeaba tan ostensiblemente – Me decía en mi ingenuidad.

Al principio de los años sesenta, una tienda de chucherías no era el mundo de estanterías y receptáculos de hoy, poco había entonces donde elegir, caramelos de fresa, naranja y limón y los socorridos “sacis” ¡cinco céntimos el caramelo! No de euro sino de peseta, pero inexorablemente eran de sabor a menta; además podías encontrar chupachups y a su prima la piruleta y su familiar lejano el pirulí. Y se acabó, el muestrario de chuches acababa, bueno, es esta tienda, pues en la calle de atrás tenían como exquisitez pastillas de leche de burra, algo realmente exótico.
 

No era de extrañar que cuando aparecían vendedores ambulantes publicitando sus productos, como gallos y manzanas de caramelo, generalmente eran los meleros de la Alcarria cargados de serones llenos de queso y miel y con una especie de estandarte de madera donde introducían los palitos para sujetar sus exquisiteces.

Vuelvo mis pensamientos a la tienda, pues aparte de los dulces, vendían pequeños juguetes de latón y sobre todo de plástico que poco a poco se iban imponiendo a los primeros, casi todos eran mecánicos, recuerdo la cámara de fotos que al apretar el disparador, salía una cara sonriente de repente del objetivo con un gañido. También estaba la pistola que en la punta del cañón tenía la cara de un bulldog y al jalar el gatillo un oculto mecanismo hacía abrir la boca al can y soltar un ladrido.

Además de coches  y aviones de plástico y recortables especialmente fabricados para los niños, vendían, cosa de los tiempos, toda una panoplia de proto-armamentos quizás preparándonos para la ardua vida del servicio militar que nos aguardaba cumplir en su momento, pistolas, escopetas, cuchillos, arcos y flechas, etc. Había pistolas que se les acoplaban unas tiras de fulminantes y con cada disparo lograbas un estampido y una nube de humo acompañada del olor a fósforo correspondiente, que hacían nuestros juegos de indios y cow-boys más convincentes.



¡Y qué decir de los petardos! Aquellos de color verde que hacíamos explotar debajo de las latas por el placer de hacerlas volar, también existían los “fósforos” pegados en una cinta de papel que al frotarlos contra el suelo ardían chisporroteando, otra acción menos sana era lamerlos y frotarlos contra la piel para formar un efecto similar a los fuegos fatuos

La tienda y el señor renco desaparecieron de mi vida sin solución de continuidad. Un anciano “el abuelillo” ávido amante de nuestro infantil dinero, aposentó sus reales en la esquina de la calle mercando los mismos productos, pero sin ocupar local alguno, lo que supongo que aumentaba el margen de beneficio de esas mercancías de tan minorado precio ¡Ay de ti si no controlabas las vueltas al comprar! Por arte de birlibirloque y cambios en el minuendo ye el sustraendo, total, que alguna pesetilla se quedaba huérfana de tu bolsillo.

El primer amigo que tuvimos al unísono mi hermano y yo, fue Manolo, convecino de patio donde jugábamos. A pesar de que por nuestra calle nunca pasaba un coche, pues en toda la calle solo aparcaba el taxi en el que trabajaba mi padre y la vespa con sidecar del vecino del primero A, nuestra madre se sentía mejor si situábamos nuestro terreno de juego dentro del patio trasero de la comunidad, un patio alargado con una puerta con cancela sin más acceso que los privilegiados vecinos que vivíamos en el bajo.

El corroído cadáver de una vespa, tumbada en medio del patio marcaba el epicentro de nuestros juegos, a pesar de mil y un cortes y arañazos padecidos por su roce y a pesar de las admoniciones de nuestras madres augurándonos un futuro atrozmente recortado por culpa del tétanos, era nuestro cobijo, el fuerte donde guarecernos del ataque de todo tipo de tribus indígenas, nosotros como el general Custer éramos irreductibles y solo lo abandonaríamos con las botas puestas.



Si hay algo que me duele es haber olvidado su nombre, pudiera ser Juanita o Carmina, pero también pudiera ser que no, lo que nunca olvidaré es su bondad, en mi corazón infantil su presencia era un bálsamo en un lugar donde tanto sufrí, pues al lado estaba el demonio que tanto me atormentó, su nombre es (pues todavía la sigo viendo) Isabel, hablo pues del parvulario.

Éramos unos párvulos temerosos de ser desasnados, a pesar de estar en la misma calle recuerdo el frio del invierno en mis pantorrillas desprotegidas sin perneras para ir al cole. Entonces los niños llevábamos impenitentemente durante todo el año pantalones recortados más allá de las rodillas ¿Qué no? Solo tenéis que observar a Tintín o a Pedrín, el compañero de Roberto Alcazar.

En el mundo solventaban el problema del frío a base de pantalones bombachos y calcetines largos, en España siempre alejados de las innovaciones, los críos llevábamos en invierno leotardos para vergüenza y oprobio propios, siempre marcados por los afortunados a los que sus madres atendiendo más al cuidado filial que a las modas, les surtían de tan preciada prenda.

El patio fue mi primera escuela de entomología y horticultura además de avicultura, ahora ya no se encuentran tantas sabandijas como entonces, no recuerdo la última vez que vi una mariposa en Madrid, de vez en cuando encuentro escarabajos y zapateros cuando paseo junto a algún solar que la voracidad del ladrillo no ahogó, pero en mi patio tenían entonces cabida todos esos bichejos a los que incorporaba a mis juegos, sobre todo arañas, otrora narré el motivo de mi aracnofobia, aquí pagaba mi peaje poniendo en la boca de los agujeros donde moraban, hormigas y moscas previamente capturadas y observaba con morboso estremecimiento como en un abrir y cerrar de ojos los prendían e introducían en el lóbrego agujero donde seguramente, como si del mismísimo averno se tratara, darían mil tormentos a los pobres animalillos antes de comérselos.

Luego, por la noche, nada más cerrar los ojos soñaba que me transformaba en el increíble hombre menguante ¡cuánto daño me hizo el visionado de esa película!…
 
 

lunes, 14 de febrero de 2011

La gota

Ya está la gota, inmisericorde, una y otra vez golpeando contra el suelo, con su “plonc, plonc” una y otra vez, como si de una pesadilla se tratase, se mete en los oídos a pesar de mis patéticos intentos de taponarlos con la almohada, pero es un tormento chino, no hay posibilidad de acallar este ruido que me está volviendo loco.

Poseído por la desesperación, me incorporo del catre y paseo por la celda de manera mecánica, un, dos, tres, media vuelta y de nuevo a empezar. Camino sin pensar en lo que hago, mi mente se vacía, a veces sueño mientras ando, intento imaginarme en mi pueblo allá en la sierra, me hallo descalzo y piso la hierba mojada junto al río, me introduzco en él intentando no resbalar sobre los guijarros redondeados por el arrastre de la primavera, el agua está helada, pero eso nunca fue un impedimento para mí, entro en la poza formada en un recodo y cuando el agua me llega a las rodillas, de golpe, como he hecho siempre, me zambullo en su interior, tras una larga brazada, emerjo en la mitad del cauce, luchando contra la corriente para así con este ejercicio, no me afecte la frialdad de las aguas, el río baja cantando entre las rocas de granito de las riberas, hasta que de nuevo el sonido de la gotera me devuelve a mi obscura realidad.

¡Maldita sea! Papillón y Chessman disfrutaron de un silencio a su pesar que a mí se me niega ¿Qué problema supone arreglar una triste gotera? Sobre todo cuando no hay manera de evitar que su golpeteo monótono se meta en mis oídos.

Vuelvo al pasear como un león enjaulado, un, dos, tres, media vuelta, un, dos, tres. ¡Alto! Me quedo parado como una estatua y agacho la cabeza avizorando el suelo, efectivamente, es una hormiga, me arrodillo y con un cuidado de relojero la atenazo entre mi pulgar y el índice, es muy importante no matarla ni lesionarla. Con ella por fin aprehendida me incorporo y me acerco al rincón de la celda junto a la ventana, allí está Petra, en su infinita paciencia aguarda esperando una presa, hoy no se puede quejar, la cena se la sirvo yo. Con la precisión que da el haber repetido este acto varias veces, introduzco la hormiga en la boca de la telaraña, teniendo sobre todo cuidado para no enganchar mis dedos en los hilos de la tela que se extienden radicalmente a partir de la boca de su cueva. No tarda mucho en aparecer y veloz como el rayo, cierra sus quelíceros en el abdomen se la victima y la sumerge en la profundidad de su madriguera. Sic transit gloria mundi

Mi relación con Petra es especial, debo aclarar que no es mi mascota, una mascota es algo más, una actitud de cariño cuando menos y yo obviamente no la tengo, todavía no tengo la mente tan perjudicada como para sentir afecto por una araña. Un día apareció en la celda, se coló por la ventana y sin pedir permiso, instaló su hogar en un rincón de la celda, me pasé horas de pié, observando como hilo a hilo, montaba su madriguera de forma tubular en una grieta del fondo del rincón, a partir de ahí fue extendiendo un tapiz de seda alrededor del agujero donde los insectos que lo rozaran, quedarían apresados sin escapatoria y finalmente varios hilos longitudinales que le avisaran de esta circunstancia.

¿Por qué consentí su estancia? No lo se, quizás porque en mi niñez dormía en la cámara en la casa de mis abuelos, un sitio terrible, lleno de ruidos de mil ratones que correteaban a sus anchas intentando aprovecharse de las legumbres que mi abuela disponía extendidas para su secado, el techo era un entramado de vigas de madera que sujetaban las tejas y un par de tragaluces llenos de polvo que daban una cierta luz por el día, todo esto se hallaba envuelto por infinidad de telas de arañas y dentro de estas, huéspedes de todos los tamaños que uno puede asociar a estos bichos.

Tácitamente hice un trato con las arañas, yo sería su amigo si ellas no me hacían nada, sobre todo por la noche, no se descolgarían para meterse conmigo en la cama. En pago de estos favores, todas las tardes recogía de vuelta del colegio, moscas y hormigas que iba introduciendo en una caja de cerillas y que al llegar a la casa de mi abuela, antes de merendar el rutinario bocadillo de carne de membrillo, subía los escalones hacia la cámara y allí iba depositando una a una todas las presas del día a mis nuevas favorecidas.

Gracias a todos estos recuerdos, he conseguido pasar otra tarde más sin volverme loco, un día más de condena, un día menos para la libertad.

Llega la oscuridad, me tumbo en el jergón, cierro los ojos, pero ahí está de nuevo con su plonc, plonc, la tabarra infernal de la maldita gota.

martes, 23 de marzo de 2010

Las arañas

- Mamá no me quiero dormir.
- Duérmete niño, que es tarde.
- Es que nada mas dormirme vienen los monstruos y me quieren comer.
Cerré los ojos y como siempre, como todas las noches, metí la cabeza debajo de las mantas, el miedo a las arañas me tenía sometido a esa costumbre, una liturgia ya.
Dormir en casa de mi abuela me resultaba traumático, ella alquilaba las habitaciones del piso bajo a veraneantes, los nietos teníamos que dormir en el altillo, una única sala en el piso superior, sin cielo raso en el techo, donde se secaban en otoño las judías que sembraba mi abuelo y donde se guardaban además de los aperos del campo, una cantidad de trastos recubiertos por el polvo secular del olvido.
Al ser el techo de vigas de madera, que directamente soportaban las tablas que a su vez sujetaban las tejas, un cantidad inmensa de arañas habían anidado allí, lo que me hacía que al acostarme temiera que alguna cayera sobre mi cabeza y se introdujera entre las sabanas, la iluminación breve, escasa que aportaban bombillas y una corriente de 125 voltios daban al lugar un aspecto tenebroso, acompañado por el ruido difuso y disperso de varias sabandijas que campaban por sus anchas en el lugar y que al arrastrarse por el suelo de madera , hacían que las noches fueran especialmente tétricas.
Por el día, una fuerza irresistible me hacía observar las arañas entre sus telas, me llamaban y me hacían pagar el tributo por dejarme dormir allí, tenía que capturar y llevares moscas y hormigas para su sustento, al arrojarlas en sus telas, ellas se abalanzaban rápidamente para clavarles sus dientes (quelíceros me enteré después que era su nombre) y sorber sus jugos, para después de sacarles toda la sustancia, arrojar a mis pies el cadáver consumido del insecto.
De la casa de mi abuela, apenas que da ya el vestigio de unas ajadas fotografías en blanco y negro, pero no puedo dejar de sentir un escalofrío, al recordar aquellas noches de mi niñez en que tuve que dormir allí.

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