martes, 3 de abril de 2012

La imagen del asesino


De nuevo otro crimen sangriento, parece que últimamente todos los criminales más sanguinarios han salido de su abyecto cubil para llenar de sangre y dolor las calles de la urbe. Esta vez un pequeño industrial, empresario de una agencia de mensajería había sido asesinado en el interior de su local, éste a pesar de su enjuto y escurrido cuerpo, había creado un enorme charco de sangre a su alrededor, junto a él sus gafas habían sido pisoteadas con saña, haciendo mil añicos los lentes y una figura imposible de reproducir la montura de pasta.

-          ¿Y bien Guillen*? –Pregunté a mi subalterno.

-          Varón, cincuenta y cuatro años, presenta herida incisa en el vientre de catorce centímetros, con evisceración, afectando a varios órganos, mortal de necesidad, hora aproximada de la muerte las 22 horas de ayer.

-          ¿Testigos?

-          Nadie oyó nada ni vio nada, las persianas estaban echadas y el finado trabajaba regularmente hasta muy tarde por lo que nadie lo echó de menos, a veces se quedaba trabajando toda la noche, por lo que su viuda no lo echó de menos; lo descubrió el primero de sus empleados al venir a trabajar a las ocho de la mañana.

-          ¿Posibles enemigos?

-          Estamos hablando con los empleados, y francamente, les falta muy poco para empezar a descorchar champán

-          ¿Tanto lo apreciaban?

-          Imagínese, al parecer lo llamaban “Gárgamel” era un explotador según sus palabras, once horas de trabajo a toda pastilla por ochocientos eurillos.

-          Es lo que tiene la reforma laboral, enséñeme un mileurista si lo encuentra.

-          ¿La viuda?

-          Deshecha, se acaba de marchar al Corte Británico a comprarse unos trapillos para celebrarlo.

Dejé este diálogo que me empezaba a aburrir y eché un vistazo al local, detrás del mostrador lo de siempre, ordenadores y papeles descolocados sobre las mesas, en un rincón, sobres y paquetes esperaban su distribución y entrega.

-          ¿Los empleados dónde paran?

-          En el bar de al lado señor inspector.

Allí me dirigí, dentro haciendo un ruedo, se hallaban tres recepcionistas y cuatro mensajeros, dentro de su comprensible dolor por la pérdida sufrida, bailaban “Paquito chocolatero” con un énfasis realmente conmovedor. Uno de ellos, el más bebido a pesar de la hora cantaba desaforadamente:

Ya se murió el burro de la tía "Vinagre", ya se lo llevó Dios de esta vida miserable. Que tururururú, que tururururú

Intentaron enlazar una conga conmigo como cabecera, pero con un hábil juego de cintura conseguí zafarme de aquellos locos cercanos al coma etílico. A su lado, bastante más despejada pues estaba en estado de buena esperanza, se hallaba una  de las secretarias, me acerqué a ella confiado en conseguir respuestas.

-          Veo que están contentos.

-          Tienen sus motivos, el no tener que soportarle tiene mucho valor, aunque mañana con la resaca recapacitarán y verán el futuro algo más gris.

-          ¿Y eso?

-          La viuda venderá la empresa en cero coma, ella también padecía su mezquindad, en cuanto recoja los millones ¡Baden Baden!

-          ¿Quién se alegra especialmente de su muerte?

-          Pregunte más bien, quien no se alegra, seguro que encontrará a menos gente, todos le odiábamos, su viuda, los trabajadores, los clientes hasta la dueña del quiosco de prensa, y eso que no compraba el periódico.

-          ¡Qué barbaridad! No voy a tenerlo fácil para encontrar al culpable.

-          Seguro que no, y por nuestra cuenta no va a encontrar facilidades, todos bendecimos al autor.

-          Veo que tampoco lo apreciaba.

-          Yo me limitaba a hacer mi trabajo, pero he visto y oído muchas cosas, las suficientes para no tener compasión de él, pero no piense que uno de nosotros lo hayamos matado, si hubiéramos sido más valientes, nos habríamos marchado de la empresa, pero fuimos cobardes y nos quedamos, aquí, lo suficientemente cobardes para ser incapaces de pergeñar un crimen.

Nuestro diálogo fue interrumpido por la llegada de la viuda, lo colegí al verla entrar cargada de bolsas de el Corte Britano, le fui presentado por la amable secretaria.

-          Vaya, parece que el negro para el luto ya no está de moda.

-          ¡Qué gracioso es usted señor inspector! Son cuatro trapitos que he comprado para los consiguientes actos que llegan.

-          Me hago a la idea, no sé si acompañarla a usted en el sentimiento.

-          Como usted guste, pero que sea rápido que tengo hora en la peluquería.

-          Solo una pregunta ¿Quién puede odiar así a su marido?

-          Ya le habrán dicho estos (señalando a los empleados que ahora hacían una especie de ciempiés todos arrodillados en el suelo del bar) que habría seguramente cola para despachar a mi marido, si la gente hubiera tenido pelotas, pero claro, hay pocos hombres en el mundo, aunque yo me propongo buscar a uno de verdad ahora.

-          Encomiable proyecto, señora mía ¿No estará ocultando algún nombre por pura simpatía?

-          En honor a la verdad y a la justicia, la única persona capaz hubiera sido un ex empleado, un jefe de equipo que tuvimos muchos años, hace un tiempo a mi marido le dio por hacerle la vida imposible, el pobrecito aguantó hasta lo indecible durante casi dos años fue un sinvivir, hasta que le plantó cara a mi marido, le sacó los cuartos y se largó ¡Ole sus huevos!

-          ¿Recuerda su nombre y dirección?

-          Si, como no, dele recuerdos de mi parte cuando lo vea y dígale que no le guardo rencor, dios le bendiga.

Fue entonces cuando las cosas se empezaron a torcer, no sabía el por qué pero aquella filiación no me era del todo desconocida, había algo que me desconcertaba, que embarullaba mi cabeza y me decía que nada bueno iba a sacar de aquello, pero el sentido del deber que siempre me acompañaba, despejó aquellas dudas que me asaltaban, me monté en el coche patrulla y le indiqué al conductor la dirección de destino, sin que los densos nubarrones que me acompañaban me dejaran meditar tranquilo.

Según nos íbamos acercando al barrio de Vallecas donde vivía el sospechoso, una sensación de “deja vu” iba creciendo dentro de mí, esos árboles, los baches, las calles llenas de inmigrantes, todo ello me hacía pensar que me encontraba dentro de un sueño mil veces repetido, intentaba pensar en mi niñez pero no lograba recordar nada, era como si mi pasado se hubiera borrado de un plumazo, como si fuera pura fachada y detrás de mí no existiera sino un andamio que sustentara mi ser ¿Quién era yo al fin y al cabo? ¿Realmente contribuí a la captura del enano del botón rojo, a la detención de Carrillo, a impedir el golpe de estado del 23-F? ¿O me encuentro en un plano distinto de la realidad?

Todas estas preguntas se me agolpaban en mi mente cuando el auto se detuvo, me apeé y me encaminé al portal, no me hizo falta llamar al telefonillo de ningún vecino para que me abriera, pues en mi mano apareció un manojo de llaves, una de ellas encajaba perfectamente en la cerradura, subí por la escalera hasta el segundo piso y de nuevo con otra llave abrí la puerta, en la entrada me estaba esperando, le miré fijamente y no supe qué decir, holgaban las preguntas, las respuestas salían de repente como una ametralladora, mi mente casi era incapaz de comprender a la vez tantos descubrimientos, me di la vuelta y me alejé del espejo del recibidor que me había devuelto la imagen del asesino.








-          Enhorabuena inspector, todos los diarios no paran en mientes de su éxito al detener a la viuda derrochona, otro blasón en su carrera.

-          Muchas gracias Lola, la mejor de las Lolas del mundo entero.

-          Fue increíble su perspicacia al hallar el arma del crimen, después que a pesar de todos los registros no se le había encontrado encima.

-          No hay nada como saber dónde mirar en el momento apropiado.

-          No le veo muy alegre de todas formas ¿Le ocurre algo?

-          Lola ¿Nunca te has parado a pensar que pudiera ser que somos unos seres de papel, que no existimos y que somos parte de la imaginación de otros seres?

-          ¡Stop inspector! Tómese un güisqui como solía y deje esas cosas a Stephen Hawkins.






 * Me he permitido cambiar el nombre del subinspector Bernal por el de Guillén, ¿motivo?, muy sencillo, he descubierto  varios libros escritos por un tal David Serafín cuyo protagonista es el comisario Bernal y ambientados en el Madrid de la transición, os los recomiendo, son fabulosos y tienen una frescura que desde el Plinio de  García Pavón no había leído, si tenía un motivo para el apellido Bernal, también lo tengo para el apellido Guillén, pues procuro nunca dar puntadas sin hilo, aprovecho también para dar las gracias a Javir (y van…) por sacudirme la pereza en base de darme ideas para desarrollar escritos, ya sabéis, si no os ha gustado este relato de quién es la culpa.







domingo, 1 de abril de 2012

Último encuentro


Allí estaba, desde la esquina en que me hallaba parapetado lo vislumbraba a través de las persianas, la luz encendida me dejaba ver su silueta, el resto me lo imaginaba yo, calvo, enjuto con sus sempiternas gafas de pasta, seguro que como siempre tendría alguna herida en la cabeza, siempre se estaba golpeando con algo, armarios, el cierre metálico, cualquier saliente con que pudiera tropezar, siempre lamentaba que no fuera a más, que de verdad se partiera alguna vez el occipital, no solo los cuernos, toda la testuz.

No me faltaba valor, sabía lo que iba a hacer, solo me estaba regodeando, tenía que acabar con tantos años sufriendo interminables pesadillas, necesitaba una paz espiritual que carecía de ella desde hacía casi veinte años, veinte años en los que había soportado múltiples vejaciones el último día, hacía ya cinco años de eso, que había trabajado para él.

Nunca logré quitarme las pesadillas de mi torturada mente, generalmente repetitivas, una y otra vez soñaba lo mismo, estaba de nuevo trabajando para él, sufriendo de nuevo sus insultos, sus malos modos, sus desprecios, sus amenazas. Así una y otra noche, sin poderme liberar de esa opresión, de enérgicos y amargos despertares bañados en un sudor frio con la mente obnubilada, deseoso de encontrar la realidad, siquiera el alivio de conocerla y entender que ese plano de su existencia había pasado ya, no encontraba la más mínima alegría, no servía para nada, el corazón y la mente seguían lacerados.

Resuelto, avancé por la calle para encontrarme con mi destino, o el de él, al parecer van juntos los dos de la mano, alcé un poco el cierre metálico y colé mi cuerpo por debajo, luego empujé la puerta de cristal que sabía que siempre dejaba abierta, el sonido de la persiana le alertó haciéndole mirar hacia mí, sus ojos me dijeron la sorpresa que le acababa de producir mi presencia ante él, tras un segundo eterno donde no se oyó nada, absolutamente nada, farfulló a media voz:

-          ¿Pero, qué haces aquí?

Solo encontró mi silencio, no estaba dispuesto a dialogar con él, demasiadas palabras nos dijimos en su tiempo y demasiados silencios insidiosos me regaló, ahora no pensaba decir nada, todo estaba dicho ya.

-          ¡Márchate! – Rugió – Aquí ya no eres bienvenido.

Esta vez acompañó sus palabras con la acción, se acercó a mí dispuesto a expulsarme del local, craso error, lo dejé que se acercara, como tantas veces pensaba que era la araña y yo la polilla, pero aquella vez se encontró con una avispa. En el último momento di un paso hacia él y nuestros cuerpos se juntaron, clavé mi aguijón en su vientre y el soltó un gemido de sorpresa, nunca lo hubiera imaginado, mejor; una vez ensartado, apenas tuve que hacer esfuerzo alguno para sujetarlo, su cuerpo escurrido por décadas de mal comer y abusos con las drogas, era como una cáscara vacía, aún así con mi brazo izquierdo evité que se pudiera separar de mí y entonces los dos oímos el rasguido que producía mi mano libre al ir subiendo por su vientre, esta no iba sola, había conseguido mi más valiosa herramienta afilando por los dos lados un cuchillo militar de extraordinario temple, por lo que apenas encontraba oposición según subía la mano, un chorro de sangre me salpicó, cayendo entre mis manos, haciendo que su calor me causara un leve escalofrío de placer. Con cada latido su vida se le escapaba y yo lo iba notando, busqué su cara y fijé mis ojos en los suyos, quería que en esta vida lo último que viera fueran mis ojos, que se llevara mi imagen al infierno donde seguramente le estaban aguardando con la plaza asegurada desde hace mucho tiempo.

Acerqué también mi boca a su oído y cuando la última palpitación me indicaba que se acercaba el final, le susurré:

-          Soy el ángel de la muerte


lunes, 12 de marzo de 2012

La bombilla roja


Cuando los hombres se ponen a conversar sobre la mili, las mujeres hacemos oídos sordos, siempre las misma historia repetida una y mil veces ad nauseam, pueden cambiar los contertulios, pero las historias de los hombres de caqui son idénticas, puede parecer raro que sea yo, Lola, quien lleve el hilo de esta historia, pero el Búho Bizco estaba en aquellos momentos en pleno arrebatador debate sobre quien había sufrido más y mejor en la mili.

-          Pues yo en Cerro Muriano hacía marchas de ciento cincuenta kilómetros con una mochila de ochenta kilos de peso, pues el capullo del sargento mayor me tenía manía – Exponía Jota.

-          En España sois unas pobres bailarinas en comparación con el tratamiento que nos daba el antiguo régimen maoísta de mi país – Alegaba Goran – A mí me hicieron ir andando hasta Pekín, con un cañón al hombro ¡Y descalzo!

-          ¿Y tú inspector? Seguro que la hiciste enchufado en oficinas, o en la PM

-          Tienes razón, la hice en la PM, la plana mayor, como conductor y ahora que hace poco que pasó el aniversario del 23-F, algún día la democracia tendrá  que agradecerme lo que hice por ella y que se mantenga en España.


Pues sí, (soy Lola de nuevo) lo que todos temíamos sucedió, el inspector tomó las riendas de la conversación y apurando el güisqui que tenía frente a él, se puso a hablar.



Madrid, Congreso de los Diputados, 23 de Febrero de 1981, 18,22 horas

Teniente Coronel Tejero dirigiéndose a los diputados:


-          Esperaremos pues a la “autoridad competente” que será la que tenga que determinar lo que tenga que ser.



Acuartelamiento de E.G. Plana Mayor del Regimiento, barracón dormitorio de la tropa, 18,30 horas

-          ¡Hontanares! Tres a grande, cuatro a chica y cinco a pares.

Ya eran míos, los tenía entre la espada y la pared, si no aceptaban los envites nos saldríamos de puntos, y si osaban echar un órdago, también les ganaríamos, mi compañero de partida y de servicio, Estevez, me acababa de pasar la seña de tres ases, sumados a mis tres reyes la partida era nuestra, el fin de semana nos libraríamos del servicio y serían ellos los que estarían pringados. Pero no contaba yo con mi perra suerte, por los altavoces de la cantina se oyó la maldita voz metálica que nos chafaban todos los planes.

-          Conductor y escolta de servicio, acudan al Cuerpo de Guardia.

-          ¡Salvados por la campana! – Gritaron al unísono nuestros rivales.

Salimos disparados hacia el Seat 131 que teníamos asignado en cocheras, mascullando nuestra venganza y echando pestes del maldito mando militar que a esa hora requería de nuestro servicio. En la puerta del cuerpo de guardia, de pié, nos aguardaba el general G. se le notaba impaciente mirando el reloj mientras nos acercábamos.

-          A Madrid, al Congreso de los Diputados.

-          ¡A la orden de vuecencia!

Me lo imaginaba, esta noche comeremos la cena fría, no nos iba a dar tiempo de volver a tiempo, ser conductor, a veces no era ningún chollo.

Enfilamos la carretera a Madrid, en aquella hora atestada de vehículos en plena hora punta de trabajadores de regreso a sus domicilios, este hecho le puso aun más nervioso al general, incesantes sus miradas hacia el reloj de pulsera.

-          ¿No hay manera de atajar? Tengo mucha prisa.

-          Mi general, a quinientos metros está el desvío de la carretera de El Pardo, está algo bacheada, pero nos ponemos en Puerta de Hierro en un instante.

-          Pues venga, no te lo pienses.

No era mi camino favorito, una carretera estrecha y casi sin señalizar, con un asfalto añoso con bastantes baches y remiendos, pero sobre todo por todo esto, muy solitaria, también tenías que tener mucho cuidado con los ciervos que campaban por el monte y que te podías encontrar al final de una curva. Con todo esto, lo peor que puede pasar, pasará.

El motor comenzó a ratear y a perder potencia, hasta que al final se paró, con la inercia que conservaba, detuve el coche fuera de la carretera entre dos chaparros y le dije al general:

-          Lo siento mi general, pero tenemos avería.

-          ¡Vaya por Dios! ¡Y con la prisa que tengo! ¿Ahora qué hacemos?

-          No se apure mi general, a pocos kilómetros está el pueblo de El Pardo y desde allí telefonearé al regimiento para que nos manden el coche de respeto.


-          ¡Pues venga apúrense!



Madrid, Congreso de los Diputados, 23 de Febrero de 1981, 21,05 horas

-          Tejero ¿Cómo va todo? ¿Ha llegado ya el elefante blanco?

-          ¡Qué va! Por aquí aún no ha llegado nadie, estoy harto, esta situación es difícil de sostener.

-          No te preocupes, ya sabes que yo no flaqueo, tengo Valencia controlada con los tanques en la calle, esto está hecho, ten un poco de paciencia.


-          ¡A sus ordenes mi general!



Barrio de El Pardo (Madrid), 21,15 horas

-          Mira, macho, una casa por fin.

-          Déjate de coñas, eso es un puticlub ¿Acaso no ves que hay una bombilla roja encima de la puerta?

-          ¡Ostras! ¿Y ahora qué hacemos?

-          Pues pasar, so panoli.

Así lo hicimos, abrimos la recia puerta de madera y entramos en un mundo desconocido por lo menos para mi, supongo que también para Estevez, pues parecía tan pardillo como yo en estos asuntos. Luego, y solo por motivos profesionales, que conste, me introduje en cientos de umbrales parecidos a este. Una luz tenue alumbraba el interior, donde en una larga barra enfrentada a varios taburetes y sentados en ellos varias señoritas fumaban mientras meneaban la cabeza al compás de la música que un juke-box escupía disonante “Lady Laura” de Roberto Carlos. Al vernos entrar, una conmoción sacudió el lugar, todas y cada una se relamieron, no sé si para resaltar el rouge de labios o pensando en la presa que se les avecinaba. La más cercana a la puerta aprovechó la cercanía a nosotros para espetarnos:

-          Hola guapos ¿Venís a desfilar? Cuando queráis nos ponemos firmes.

-          Buenas noches señora, hemos tenido una avería, necesitaríamos un teléfono para hacer una llamada.

-          Acompáñame, la cabina la tengo arriba.

Me cogió de la mano y me hizo acompañarla escaleras arriba, a mi me extrañaba todo mucho, pero no tenía mucho mundo por entonces y pensaba que todo era normal, aunque me extrañó cuando de un armario del pasillo ella recogió una toalla, abrió entonces una puerta y me hizo entrar en una habitación en la que a primera vista no encontré ningún teléfono.




Madrid, Congreso de los Diputados, 23 de Febrero de 1981, 23,17 horas

-          ¿Pero esto qué es? Todo se ha ido al carajo.

-          Seguro que es una traición, a mí el general G. me juró que se iba a poner al frente de todo el operativo.

-          Pues ya lo has visto, al final se ha echado para atrás el muy cobarde.


-          Se acabó, a ver que hacemos ahora



-          En fin, así gracias a mi persona, la democracia salió triunfante, pero ¿Creéis que alguien me recompensó? Al contrario, me gané un mes de calabozo y unas purgaciones.

domingo, 12 de febrero de 2012

Elemental


Lo primero que pensé cuando entré en aquella habitación, fue la extrañeza de que en un cuerpo humano cupiera tanta sangre, había un enorme charco de sangre, desproporcionado, desbordante, atroz, nada parecido había visto en mi vida, una vida dedicada a ver cuerpos muertos de todas las maneras, unas veces la muerte había llegado más o menos voluntariamente, otras de una manera artera, con resultados las más de las veces nada agradables para la vista.
Qué extraño, recuerdo la frase sobre la sangre de la gente, la dijo mi admirado Hércules Poirot, fabuloso detective simpar nacido de la pluma de la maravillosa Agatha Christie, envidia de la pluma del que me sustenta; lo que no recuerdo era el caso y la novela donde se pronuncia esta frase, quizás pudiera sacar alguna ayuda que me sirviera para resolver el caso que principiaba.
A mi espalda, el incombustible Bernal a duras penas lograba sujetar su bolo alimenticio entre las arcadas que le venían.
-    Si vas a vomitar hazlo en la calle, recuerda que estas dentro del escenario de un crimen.
Asintió con la mano cerrando la boca y salió con premura de la habitación dejándome solo con el finado. Ante mí, boca arriba o decúbito supino, como se diría finamente o en lenguaje forense, la camisa otrora blanca, estaba completamente empapada de sangre, el rojo es muy escandaloso, que decían nuestras abuelas; los ojos abiertos saliéndose de las órbitas y la boca torcida en un rictus de dolor, sorpresa y desesperación. Era, el finado, una persona ya mayor, alrededor de los sesenta, solamente le cubría la cabeza algunos cabellos grises sobre las sienes, regordete y no muy alto, alrededor de metro sesenta, si tuviera un fino bigote, podría ser realmente parecido a Franco con su edad.
Mal no le fue en vida, me encontraba en un hermoso chalet en la Piovera, con jardín, piscina y pista de pádel, dos alturas más garaje, donde asomaban el morro un par de Mercedes, y casa detrás para el servicio.
-    ¿Tenemos ya los datos del occiso?
Un Bernal de rostro amarillento causado por la bilis que acababa de soltar me contestó:
-    Facundo Peribañez, industrial del ramo de la construcción, 62 años, casado con Puri Ridruejo, dos hijos (estos se encuentran ahora en el extranjero, el mayor un varón de veinticinco años está en Saint Moritz esquiando y la hija, veintidós, en San Francisco, no he logrado averiguar para qué está allí); no constan enemigos conocidos, al parecer el móvil no ha sido el robo, pues la caja fuerte está cerrada y no falta nada del interior, la mujer se encontraba durmiendo en su habitación (pues lo hacen en dormitorios separados) y no oyó ni sintió nada pues toma píldoras para dormir.
-    Muy bien chaval, por una vez te estás ganando los garbanzos, tu sigue cerca de mí y algún día volverás a ser inspector sin necesidad de que te enchufen de nuevo tus oscuros amiguetes. ¿Qué hay del servicio?
-    Un mundo, tienen mayordomo, dos doncellas, cocinera, jardinero-chofer, amén de eventuales guardias de seguridad, camareros, costureras y limpiadoras según se van necesitando. Pero se alojan en el otro pabellón por lo que nadie oyó nada, están todos temblorosos pensando en su futuro; y es que con la crisis que está cayendo…
-    Muy bien, pasemos a ver a la desconsolada viuda
-    En el salón de té la tiene usted.
Si el finado era talmente Paco, la ya enlutada (qué rapidez en cambiar el atrezzo) viuda, era la Collares sin duda alguna, una serpiente nacarada daba mil vueltas sobre su arrugado cuello. Me miró altiva con esa soberbia y altivez, que solo los ricos de solemnidad saben poner delante de alguien a quien consideran poco menos que un gusano.
-    La acompaño en el sentimiento señora de Peribañez, estoy aquí para llegar al fondo del asunto y encontrar al criminal, permítame unas preguntas.
-    Como usted diga, pero por favor sea breve, imagínese mi estado, además debo hacerme cargo de las exequias.
-    No se preocupe, su marido de usted ¿tenía algún enemigo reconocido?
-    ¿Facundo? Quite usted, era un trozo de pan, todo el mundo lo apreciaba de veras, nada más que tenía amigos en todas partes, pregunte usted, la casa siempre estaba llena de gente que venía a saludarle, banqueros, políticos, empresarios, marqueses, fíjese, hasta obreros venían y él les atendía como amigos, hasta les daba la mano, esto ha sido cosa de los anarquistas, ¡Dios mío! Como en el 36 ¿Dónde vamos a ir a parar?
-    Ya, ya veo, en fin, no la molesto más, a sus pies señora de Peribañez.
Me alejé de su presencia haciéndola una media reverencia y es que tal y como están las cosas, esta buena mujer tiene mucho poder al otro lado del hilo telefónico, los Peribañez están emparentados aunque lejanamente con G… flamante nuevo ministro, recién recuperado mi cargo y mi dignidad, había que ir con pies de plomo y sin pisar callos ajenos.
-    Inspector, el comisario Guillén ha llamado, dice que vaya pitando para Jefatura.
-    Muy bien, mira, cógeme al mayordomo y te lo llevas a comisaría y me lo aplicas el tercer grado, a ver qué sacamos.
De camino a Jefatura iba pensando en todos estos oscuros meses que habían discurrido hasta mi reposición, no había olvidado a mi archienemigo el Dtr. I. Mero, se me hacía raro sentir que nadie excepto yo supiera de su identidad y de sus oscuros planes para dominar el mundo, me sentía un poco como James Bond contra el doctor No, o como el que puso fuera de combate a Fu Manchú ¿Cómo se llamaba? Caramba, cuando llegue a casa tendré que mirarlo en la wikipedia.
El comisario Guillén era un advenedizo, de nuevo en esta era se habían puesto de moda los “cesantes” que según quien gobernara, trabajaba o no en el ministerio correspondiente a su enchufe, alguien que por afinidad política o familiar iba repartiendo cargos entre sus allegados, ¿Volverá también algún Larra a glosar sus desventuras?
-    Gracia, estamos en un lío, necesito que el crimen del industrial Peribañez se solucione a la máxima brevedad, un gran escándalo político se avecina, nuestros enemigos nos lo echarían en cara, fíjese, recién <nos> hacemos cargo del país y no somos capaces de traer la paz al reino, la ruina.
-    Me hago a la idea, comisario, no se preocupe, he puesto todos los medios a mi alcance para su resolución.
-    No es que quiera agobiarle, pero en el ministerio me indican que si no, rodarán cabezas, no se andan con chiquitas allí, imagínese, lo mismo que uno sube, pues cae de golpe.
Acompañó este movimiento con el de su palma de la mano simulando ser un avión cayendo en picado, golpeando al final las palmas de sus manos, como en una catástrofe aérea.
La entrevista no me satisfizo en absoluto, pero como los hechos eran de esta manera, decidí ir a mi lugar de meditación favorito.
-    Buenos días inspector ¿un guisquicito?
Se me acaban los adjetivos para describir al ángel que me aguardaba detrás de la barra del Búho Bizco, día tras día me la encontraba allí, bella, pizpireta y con esa sonrisa que lo iluminaba todo, lástima que la diferencia de edad entre nosotros fuera un muro infranqueable, tenía muy claro que la bella Lola (pues de ella se trataba ¿qué esperabas si no?) tiene la edad para ser mi hija, en el hipotético caso que en este hilo de la realidad y dimensión en que me hallaba, hubiera tenido alguna hija y eso me echaba para atrás, arrojándome tras el rastro siempre esquivo de la Ricchi, Margarita de nombre.
-    Me pareció oír el arrullo de un ruiseñor.
-    Nadie tan zalamero como usted.
Era perfecta, pues siempre acompañaba sus palabras con la acción, por lo que según me sentaba en el taburete, delante de mi persona se encontraba ya el ambarino liquido.
-    Óyeme Lola ¿por un casual no tendrás una hermana mayor o tu madre estará disponible para unir su vida a este pobre pecador? Pero sólo en el caso que sean tan hacendosas como tú.
-    Lo siento inspector, además de haber sido hija única, tengo el dudoso título de huérfana desde tierna edad.
-    Tú siempre serás tierna con cualquier edad.
Como en los cuentos de E.Alan Poe, siempre hay un cuervo que viene a fastidiarlo todo, en este caso fue el subinspector Bernal el que vino a interrumpir tan idílico momento.
-    Inspector, ya terminé con el mayordomo, ha cantado de plano, el comisario Guillén está hecho unas fiestas ¿cómo sabía usted que era el asesino?
-    Elemental querido Watson ¿o eso es de otra historia?
                                                                                                                                                                             
       

martes, 24 de enero de 2012

Paradoja


Al accionar el interruptor de la luz y verme puso la cara de sorpresa que esperaba encontrar, es lógico, encontrar a un desconocido dentro de tu casa apuntándote con un arma te tiene que causar esa reacción, la otra fue preguntarme:
-    ¿Qué hace usted aquí?
Me regodeé con la situación antes de contestarle, sabía que cuando comenzara a hablar, su sorpresa y extrañeza serían mayores, tenía memorizado el discurso que le iba a endilgar, pero aun así un ligero temblor me recorría la espina dorsal.
-    Vengo del futuro.
Una sombra de duda le cruzó la mente, le vi torcer el gesto y poner cara de extrañeza, era lógico ¿a quién no le pasaría lo mismo?
-    Si, no me mires así, es difícil de creer, dentro de unos años será posible, pero claro, con limitaciones, solo se permitirán para estudiar ciertos años y a muy poca gente, por eso de evitar cambiar la historia y no provocar paradojas.
-    ¿Entonces… que hace aquí?
-    Te comentaré, según la línea del tiempo, mañana vas a conocer a una mujer, os gustaréis desde el primer momento, tanto que en apenas un año os casaréis.
-    ¿Y qué tiene eso que ver contigo?
-    Tiene que ver que soy un cobarde y un pusilánime, mi vida ha sido siempre un infierno, no me extenderé mucho, apenas queda tiempo, no valgo para suicidarme, mi miedo al dolor me impide intentarlo ¿Y si algo sale mal? No puedo imaginar siquiera errar en el intento, sufrir, ya lo he hecho durante todos los años de mi vida y quiero abandonarla en paz, sin dolor.
-    Pero yo no tengo que ver en nada de eso.
-    Más de lo que te imaginas, en apenas dos años provocarás todo lo malo que me ha sucedido en la vida, lo siento, pero eres el único responsable de todo lo que me va a acontecer al conocer mañana a mi madre.
-    Entonces… ¿Soy tu padre?
-    Efectivamente.
-    ¿Y a qué viene entonces lo de apuntarme con un arma?
-    Ya te he dicho que soy un cobarde que no aguanta el dolor y voy a aprovecharme de la paradoja espacio-tiempo, si yo te mato, nunca habré existido, sufrimiento para mí: cero.



martes, 17 de enero de 2012

La abadía

Como una jauría, si, eso mismo le parecían sus perseguidores, una jauría desbocada persiguiendo a una liebre, lástima que la liebre fuera él, siquiera el haberse introducido en el fragoso bosque le había dado la ventaja que anhelaba, no había servido esta vez para despistar a sus enemigos, esta vez debían de ser expertos en estas lides, además de contar con excelentes sabuesos, a los que con sus tretas no había sido capaz de despistar, lo había intentado todo, desde circular un largo trecho dentro de un arroyo, hasta volver sobre sus propios pasos varias veces, de manera desesperada jugó su última carta rebozándose las calzas con excrementos de vaca, pero no logró distraer un instante el olfato de los perros.
La fatiga se iba apoderando de él, llevaba casi todo el día corriendo a pié desde que en un mal salto había perdido a su caballo, una pata fracturada en el pero momento, se entretuvo lo justo para poner fin a su sufrimiento, si bien no le importaba el sufrimiento de sus congéneres, incluso a veces disfrutaba infringiéndolo, era incapaz de ver como un noble animal sufría, lo degolló con un experto tajo y allí mismo dejó las alforjas con su botín, pensando que quizás sirviera para detener la persecución, lo que no había logrado a su pesar.
Se encontraba en lo más intrincado del bosque, por cierto un bosque que apenas recordaba, por lo que desconocía cualquier sendero o atajadero que le diera cierta ventaja, iba cada vez más a ciegas pues ciertamente la noche se iba abatiendo sobre todos, varias veces estuvo a punto de caer en precipicios que se asomaban a negras aguas turbulentas entre riscos, las más veces las ramas de los árboles le herían en cara y manos entorpeciéndole su huída y llenándole el cuerpo de arañazos que iban dejando su cuota en sangre.
Un cuarto de luna salió de pronto entre las nubes mostrándole más adelante la sombría forma de un edificio de piedra en lo alto de un otero, no se lo pensó dos veces y hacia allí dirigió sus pasos, una vivienda significaba un lugar de cierto cobijo, descanso o donde alimentarse y si la suerte acompañaba, donde conseguir un caballo para facilitar su huída.
Una alta valla de piedra le guió hacia la entrada del recinto, allí se aclaró su rostro con una sonrisa, ¡estaba salvado! Recorrió los pocos metros hasta la abadía, justo a tiempo, pues casi podía sentir el aliento de sus perseguidores, golpeó con todas las fuerzas que le quedaban en la puerta y una suave voz le contestó:
-    ¿Quién vive?
-    Mi nombre es Luis de la Peña y reclamo mi derecho de acogerme a sagrado.
-    Pasad pues, voy a buscar al padre prior, para ver que es lo que gusta de disponer.
Me introduje suspirando de alivio dentro del cenobio dejándome caer derrumbado en un poyo junto a la puerta, no podía creer en mi buena suerte, acababa de dejar con un palmo de narices a mis perseguidores, esta noche podría descansar y yantar y más adelante en un descuido de los guardianes que a buen seguro pondrían fuera de los muros de la abadía, escaparía de allí seguramente lleno el zurrón de alguna reliquia o del copón de oro de la sacristía, algo para poder resarcirme de la pérdida del botín que atrajo tras de mí a la jauría.
-    Por favor, descalzaos y seguidme
El fraile portero apareció de repente delante de mí sin darme cuenta de su llegada, seguramente al estar cavilando no me di cuenta  de su aparición ni por donde había llegado.
-    ¿Por qué he de quitarme las calzas?
-    Estáis pisando sobre suelo bendecido por nuestro fundador.
-    Por favor, coge esa cruz y sígueme.
-    Pero, ¿por qué?
-    Sígueme, por favor, todo a su tiempo.
Vaya, no sabía si era costumbre allí, así que recogí un pesado madero en forma de cruz y me lo encimé sobre el hombro, siguiendo al curioso personaje a través de una galería porticada, esta salía al claustro, donde encontré más monjes, cada uno de ellos portando también una cruz, por lo que me uní a ellos caminando por las pandas, no sé por qué, pero una pesadez se fue apoderando de mi ser, era incapaz de pensar con claridad, mis sentidos se iban embotando, mi vista nublada apenas me permitía vislumbrar la espalda del monje que me precedía, solo era capaz de andar cargando con el pesado madero, un paso, después otro, otro más, así una hora tras otra, un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro, siglo a siglo, eón a eón, dando vueltas sin parar subido a este loco carrusel del que soy incapaz de apearme, con un dolor infinito de huesos y articulaciones, no sé dónde está el alma, pero seguro que también me duele, mi pies descalzos acuchillados por el sempiterno frío que transmiten las baldosas, incapaces de sangrar a pesar del rozamiento, puede que sea porque ya me he convertido en un espectro y los espectros no sangran, solo penan.




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-    ¡Maese Lope! Fijaos, el rastro se pierde aquí, justo en las ruinas de la vieja abadía.
-    ¡Rodeadla, no puede andar muy lejos!
-    Pero maese, los perros han perdido su rastro, parece como si se hubiese volatilizado.
-    ¡Maldita sea, no puede quedar sin castigo ese bellaco!
-    ¡Chitón! Me parece oír algo.
-    Es cierto, un lejano rumor se oye… parece un madero arrastrándose.
-    ¡Bah! No es posible, prosigamos la búsqueda por aquella vereda.




sábado, 7 de enero de 2012

Kirk of Saint Nicholas


Miró por enésima vez su reloj, apenas era capaz de ver la esfera, maldijo no haberse comprado como le dijeron varias veces, un reloj electrónico, así a pesar de los vapores etílicos que le nublaban la vista, sería capaz de saber con exactitud la hora exacta.

Nunca le había dado los muertos ni su proximidad, y menos fallecidos hace tanto tiempo, creía recordar que el último enterramiento databa de mil ochocientos y pico, pero aun así no era un lugar para pasar un par de horas, con esta humedad y este silencio ¡y todo por una estúpida apuesta! Creía recordar que era hasta las tres de la madrugada, debía permanecer allí sin más compañía que un montón de lápidas y algunas cruces celtas a su alrededor, todas recubiertas de una pátina verde de tantos años cayendo la lluvia inmisericorde de Escocia. Afortunadamente ahora sólo caía una suave niebla húmeda que apenas servía para mojarle la cara y que debía restañar frotándose los ojos de vez en cuando, apenas una tenue luz se escapaba ya de la luz del reloj de la abadía de St. Nicholas, el resto era una oscuridad que tremolaba a su alrededor movida por un ligero céfiro moviendo la niebla.

Las baldosas que pisaba estaban desniveladas por el paso del tiempo y de tanta gente como las había hollado, se dispuso a caminar para desentumecer los músculos de unas piernas que le temblaban por el exceso de güisqui de la tarde pasada con sus amigos, creía recordar que un poco más adelante había un recio banco de madera, allí se apoyaría e incluso si no estaba muy mojado podría tumbarse, de pronto, algo le sujetó el pie, unas garras salidas del mismo infierno se aferraban a su tobillo, intentó desembarazarse de ellas pero fue incapaz de lograrlo, al contrario, otras manos huesudas, descarnadas le comenzaron a sujetar de la manga del abrigo, con la mano izquierda luchó por zafarse de ese abrazo, pero solo consiguió sentir dolor, mucho dolor, algo pegajoso le corría por los dedos, espantado observó que era sangre, su propia sangre que se escapaba de varios surcos de la palma de su mano, ahogó una maldición mientras que con todas las fuerzas que fue capaz de reunir tiró de si mismo en un esfuerzo brutal, por fin consiguió escapar de aquel abrazo mortal, tambaleándose por la inercia, no se dio cuenta que cayó dentro de una fosa recién levantada por las autoridades esa misma mañana para restaurar la lápida, tampoco se dio cuenta que aquel extraño ruido era el de su cuello al romperse.





























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