martes, 6 de julio de 2010

Venganza

Una lucerna de aceite era la única iluminación que había en el lugar, mejor estar entre penumbras pensé, así mi cara de miedo no se transmitirá a nadie, no podrán saber el miedo que me llena el corazón, no sirve de nada todo el entrenamiento a que he sido sometido, una inquietud corroe mis sentidos y un ligero temblor sube por mi pierna derecha, intento alejarlo dando patadas al suelo, pero no consigo nada, no se como templar mis nervios.

Todo empezó aquel día en que este pueblo tan “civilizado” asaltó mi aldea por sorpresa, éramos unos pobres labriegos, sin mas pretensiones que el poder vivir de unas magras cosechas y unos pocos animales famélicos, arrasaron todas las cabañas y asesinaron a todos los que les pusieron una mínima oposición, a los ancianos también mataron, sabían que no soportarían la larga travesía del cautiverio, nos encadenaron en una larga fila y emprendimos camino hacia un exilio del que ya nunca regresaríamos.

Pronto aprendí a llorar, a humillarme y a suplicar un cuenco lleno de bazofia y unas gotas de agua, que apenas servían para mojar mis labios resecos, pero suponían lo justo para tener otro día más de miserable existencia.

Enseguida un nuevo sentimiento desconocido para mi, empezó a llenar mi alma: el odio, un odio atroz y visceral que me corroía por dentro, un odio a mis captores, por las noches sólo soñaba con liberarme de mis cadenas y acercarme donde dormían y uno por uno estrangularles con mis propias manos, sintiendo como la vida se les escapaba de sus cuerpos, como sus ojos salían de sus órbitas, como sacaban la lengua de su boca en un inútil intento de respirar: sólo con ese pensamiento era capaz de quedarme dormido y ser capaz de continuar con mi existencia mísera.

Nunca habíamos visto una ciudad, y mucho menos aquella urbe, una metrópolis como no había otra en el orbe, tras un leve paso por el mercado de esclavos, me reuní con mi nuevo amo, un avezado lanista, la preparación duró meses de durísimo esfuerzo, sudor y golpes.

Y así llegó el día de la verdad, el rugido de la gente se oye a través de las paredes, una turbamulta nos espera con pasión, la hora sublime ha llegado, de pronto se abre una compuerta y una luz cegadora lo invade todo, intento proteger mis ojos con el brazo, pero ya no hay tiempo, me empujan hacia la luz, tembloroso salgo hacia la arena, cojo mi arma y me reúno con mis rivales en el centro de la palestra y todos juntos gritamos:

  -¡Ave Cesar, los que van a morir te saludan!

Cometieron un error, me enseñaron a matar de mil formas distintas, esta vez era yo el verdugo, me dieron un poder que no poseía, mi venganza estaba cada vez mas cerca, ahora comienza la carrera de Espartaco.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails